Capítulo 20. En las fauces de un dios voraz
En las fauces de un dios voraz
Japari no aparecía.
Se habían organizado partidas de búsqueda entre los vecinos, pero tras dos infatigables días desistieron.
Su mujer sostenía que algo horrible debía de haberle ocurrido a su esposo, y aquella creencia era compartida por todos. Quien conocía al artesano sabía que jamás abandonaría a su familia, pues lo eran todo para él. Y aquella inexplicable desaparición sólo podía deberse a un trágico desenlace.
Amsu pensó que nada había más fácil que deshacerse de un cuerpo lanzándolo al Nilo. Y aunque desconocía la identidad del culpable, sí conocía su motivación: Japari podía reconocerlo.
Ya no cabía duda alguna respecto a la certeza de que el asesino del templo le había encargado la cabeza de chacal.
Pero lo que realmente sobrecogía al médico era la omnipresencia de aquel individuo.
Parecía estar en todas partes, parecía saberlo todo y se anticipaba con una fortuna increíble a cuanto podía perjudicarlo.
Cuando Selkis regresó al taller, no debía de haber transcurrido mucho tiempo, y sin embargo, Japari ya no estaba en él.
Lo que significaba que el asesino los estaba siguiendo, los observaba, como ya había hecho con Selkis.
Y de repente comprendió súbitamente que era a ella a quien seguía.
Era Selkis en quien estaba interesado. Lo que lo llevó a su siguiente reflexión: si aquello era cierto, debía de existir alguna relación entre la muchacha y los asesinatos de los escribas. Pero ¿cuál?
Ella había puesto en conocimiento de los hechos a su esposo, puesto que aquella desaparición estaba directamente vinculada con el asesino del templo.
Y Najmint había registrado el taller e interrogado a la familia de Japari, pero la discreción del artesano se había convertido también en el manto de su asesino.
Al capitán no le quedaba ninguna duda de que, además de la máscara de Anubis, le había confeccionado los escarabeos.
Nunca habría imaginado que en un taller de carpintería se fabricaran réplicas de miembros humanos y menos aún que los enjoyaran.
Por eso la búsqueda de orfebres que hubieran confeccionado varios escarabeos a un mismo cliente había sido infructuosa, según les contó aquel mismo día.
El anciano paseaba por la avenida de las esfinges que llevaba al palacio real. Aguardaba la salida de Selkis hacia la Casa de la Vida.
A pesar de su vista empañada, y de lo molesto que le resultaba la deslumbrante presencia de Ra a aquellas horas, necesitaba caminar, quizá con la vana esperanza de oír en el trayecto que su gran amigo Japari había aparecido.
Aprovechaba también para acercarse a ofrecer algo de consuelo a la familia y asegurarse de que no les faltara nada. A pesar de que les faltaba todo.
Suspiró sufridamente. Su mente lo alfileteó con recuerdos punzantes.
Ya no volvería a jugar al senet con su gran amigo, ni a disfrutar de conversaciones interminables junto al río al llegar el ocaso, ni a beber cerveza recién hecha en la puerta de su taller.
Japari había resultado ser un hombre sabio e ingenioso con una virtud muy poco habitual: sabía escuchar sin juzgar las opiniones ni desmerecerlas sólo para sobreponer la suya.
Su tolerancia y su pensamiento flexible lo convertían en un compañero de dialéctica excepcional.
Sintió cierto solaz al pensar en él en presente, a pesar de las escasas esperanzas que albergaba de volver a verlo vivo.
Se cobijó bajo la sombra de un palmeral y resopló jadeante. Una brisa que parecía emerger del mismo centro del averno lo hostigó con saña.
Corría el mes de paofi , segundo de la estación de Ajet , la de la inundación del Nilo, y pronto tendría lugar la fiesta más hermosa y simbólica de todo Kemet, el festival de Opet.
En las gentes titilaba ese ánimo festivo que emergía en miradas ilusionadas y preparativos anticipados.
Los vociferantes mercachifles ya ofrecían toda clase de productos para engalanarse, perfumarse, embellecerse y brillar ese día.
Otros animaban a adquirir viandas para la celebración, y algunos ensalzaban las virtudes de ungüentos varios para todo tipo de dolencias.
Embaucadores, truhanes, charlatanes y ladronzuelos completaban aquel vistoso y colorido tapiz rebosante de vida.
Al fondo de la avenida observó un extraño revuelo. Apenas podía enfocar con precisión la escena, pero a través de aquel molesto paño que tamizaba su visión logró discernir a un grupo de personas que parecían apiñarse curiosas en torno a una carreta.
Un largo y desgarrado lamento llegó hasta él. No supo si fue el timbre, con esa inquietante nota familiar, o su propio instinto lo que le encogió el corazón.
Corrió cuanto pudo bajo aquel sol implacable hasta llegar a la piña de gente que parecía palpitar sobrecogida. Se infiltró entre ellos para ver cómo de la carreta descargaban miembros amputados a dentelladas.
La conmoción de ver a la esposa de Japari abrazada al medio cuerpo devorado de su esposo lo dejó sin aliento.
Cayó de rodillas y se cubrió el rostro con las manos.
Precisó de unos instantes para sofocar el dolor que lo atravesaba.
Se permitió liberarlo en un solo sollozo, estirado y agónico.
Luego inspiró profundamente y dejó que fuera la rabia lo que lo ayudara a ponerse en pie.
Las rodillas le flaquearon cuando vio con horror cómo los dos hijos pequeños de Japari descubrían el maltrecho cadáver de su padre.
Uno de ellos gritó aterrado y se alejó a la carrera, y el otro permaneció estático, inexpresivo, paralizado, ausente.
Amsu reunió la suficiente entereza para acudir junto al niño y abrazarlo. Aquel súbito contacto fue suficiente para que se derrumbara.
—Sobek se lo ha llevado —murmuraba la gente.
Quiso responderles que no, que el dios cocodrilo había dado buena cuenta de su cadáver, pero que se lo había llevado Anubis.
Soltó al niño cuando dos mujeres, familiares de la viuda, lo atendieron. Fue más difícil conseguir que la madre soltara el tronco mordisqueado de Japari.
Cuando lograron separarla de él, sus agudos gritos desgarrados atravesaron afilados cada fibra de su ser. Amsu dejó escapar un gemido dolorido apenas audible, y sus hombros se sacudieron presos de un silencioso llanto.
Una mano se apoyó en su hombro, consoladora, cálida, oportuna.
Supo a quién pertenecía sin mirarla siquiera.
Se dejó apartar de la tragedia, como aquel niño roto que apenas un instante antes había cobijado en sus brazos.
Una estentórea voz se alzó entre los murmullos impresionados de la gente.
Esa misma mano le ofreció agua y él la tomó a tragos cortos.
Cuando comenzó a sosegarse alzó los ojos hacia Selkis.
Su compasiva mirada se derramó con infinita ternura sobre él, que logró esbozar un atisbo de sonrisa agradecida.
Unos pasos se acercaron entonces a ellos.
—Tu esposa corre grave peligro —profirió el sunu con voz trémula.
A pesar de que su ánimo había sufrido un duro varapalo, no podía dejarse arrastrar por el dolor. No ahora. Ahora precisaba contener la pena y centrarse en evitar que volviera a matar. Ya tendría tiempo de seguir llorando a su amigo.
Najmint lo contempló con gesto sombrío.
—Lo sé.
—¿Qué puede tener en mi contra? —masculló ella mordiéndose con preocupación el labio inferior.
—Tengo la sensación de que el asesino espera algo —respondió Amsu—, en caso contrario ya estarías muerta. Sin embargo, cuando ese algo ocurra, irá a por ti.
Aquella inquietante predicción los enmudeció.
—No permitiré que nada le suceda —espetó Najmint con ardorosa vehemencia—. Reforzaré su escolta y pondré vigilancia día y noche.
La afectada mirada que prodigó a su esposa confirmó al médico lo que ya había intuido. Lo sorprendía que alguien tan sagaz como ella no percibiera el gran amor de que era objeto.
—Ahora hemos de pensar en capturar a ese malnacido. Y para eso debemos desentrañar todas las pistas que tenemos a mano —adujo el anciano.
Najmint miró receloso a su alrededor para asegurarse de que nadie los estaba escuchando.
—Siento que tenemos todas las piezas en nuestro poder y que sólo hemos de encajarlas en el lugar adecuado. ¿Por qué un escarabeo?
—¿Por qué una máscara de Anubis? —preguntó Selkis.
—Para evitar inhalar el veneno —contestó Najmint. Compuso un rictus meditabundo y añadió—: Y porque se ha erigido en el guía del inframundo de las desdichadas almas que sesga.
—Con lo cual, lo utiliza porque guarda relación con los simbolismos que añade a los crímenes. Nos deja pistas sobre su motivación —intervino Selkis cavilosa.
—Un asesino sagaz y metódico como es éste no deja pistas para que lo cacen —puntualizó el capitán—. No son pistas en realidad, son avisos para alguien. Amenazas, de hecho. Y sabemos a quién van dirigidas.
Selkis clavó su inquisitiva mirada en él.
—Perennefer —reveló.
Amsu asintió coincidente.
—Todo conduce a pensar que el sumo sacerdote encargó a sus escribas transcribir algo de carácter tan peligroso que se lleva a cabo en el más absoluto secreto —amplió el sunu —.
El asesino intenta evitar que se realice, y al mismo tiempo busca la fuente original para zanjar definitivamente algo que debe de suponer una amenaza para él.
—¿Y cree que yo puedo llevarlo hasta esa fuente? —planteó ella en tono estirado. Sus facciones se tensaron con preocupación.
—Lamentablemente, eso cree —aseveró Amsu.
Najmint los observó alternativamente con la intriga dibujada en su gesto.
—¿Qué más ha pasado que desconozco?
Amsu fijó su atención en Selkis.
—Tu esposa debe confesarte algo. Es de vital importancia que no haya secretos entre nosotros, todo cuanto concierna a este asunto debe mostrarse a la luz, sólo así podremos elucubrar con bases fundamentadas. Tres mentes agudas trabajando en la misma dirección.
Ella arrugó el ceño y asintió, no sin cierta desgana y recelo.
Finalmente confesó a su esposo haber sustraído uno de los legajos médicos de la biblioteca del templo y cómo, a su vez, el intruso los había robado la noche que se infiltró en su cámara y le depositó un escarabeo en el pecho.
Najmint la escuchó demudado. Su consternación se entreveró de pinceladas furiosas que encendían su mirada como si fueran chispas de un pedernal.
No obstante, a Amsu lo maravilló el gran dominio que ejercía sobre sus emociones.
Permaneció un largo instante en silencio, reordenando sus pensamientos, asimilando la flagrante desconfianza que le profesaba su esposa y, posiblemente, reposicionando las piezas de aquel siniestro mosaico que había configurado en su mente para esclarecer los crímenes.
Tras una larga y resentida mirada a la joven, inspiró hondo y musitó:
—No más secretos entre nosotros, Selkis, es cuanto te pido. Debes prometérmelo.
La tomó por los hombros y la obligó a mirarlo.
Ella asintió levemente. Pero él no quedó satisfecho.
—No voy a exigirte nada que yo no esté dispuesto a ofrecerte. Sé por qué aceptaste casarte conmigo. Sé que crees haber sido la causante de la muerte del faraón, y sé a quién pertenece tu corazón.
La estupefacción apresó las facciones de la mujer, componiendo un lienzo alarmado.
—Siempre lo he sabido, incluso antes de tomarte por esposa —añadió.
—Entonces... ¿por qué me aceptaste?
—Ese misterio has de resolverlo sola —concluyó.
Selkis lo observó con fijeza, sin ver lo que a priori era tan evidente.
Amsu no podía creer que aquella mujer tan inteligente no fuera capaz de discernir la respuesta. Y aquel pensamiento lo trasladó de repente a la cuestión principal.
—¡Lo estamos enfocando mal! —interrumpió el médico en tono ansioso—.
Hemos de mirar el asunto desde otra perspectiva.
A veces, cuando dibujamos hipótesis sobre algo, nos dedicamos a perseguir la que consideramos más plausible, sin darnos cuenta de que en realidad lo que hacemos a continuación es buscar datos que la hagan consistente, en lugar de dejar que las piezas vayan encajando solas.
Elucubrar sobre lo que el asesino busca nos ciega más y nos puede llevar a senderos errados.
—Eso, y hacernos preguntas, pero dejar que sean las respuestas las que nos encuentren —subrayó Selkis sabiamente.
—Exacto —remarcó Amsu—, debemos evitar la tentación de responderlas nosotros. Por fortuna, ninguno puede meterse en la mente de un asesino, en sus motivaciones, ni en su piel. Trazar teorías sólo puede confundirnos más. Sigamos las pistas, y que sean ellas las que nos guíen.
—Estoy de acuerdo —intervino Najmint—, me he centrado en discernir el significado del escarabeo, de la máscara, del veneno, pero ésos tan sólo son complementos de la verdad que busco.
Todo apunta al sumo sacerdote y a la labor secreta de los escribas.
Es ahí donde se esconde el asesino. Y es ahí adonde irán mis pasos ahora.
Y, sin más preámbulos, el capitán marchó rumbo al templo.