Capítulo 19. El dios de la guerra tiene voz de mujer
El dios de la guerra tiene voz de mujer
Ay observaba con atención a su esposa nieta Anjesenamón. Su rictus furibundo congestionaba un rostro de líneas delicadas y rasgos candorosos. Los ojos despedían fuego y el porte, acero.
—¡No puedes cometer tal felonía! —acusó de nuevo, escupiendo su rabia—. No sólo has forzado un interregno, sino que ahora pretendes robarle la tumba a mi esposo.
—Ahora tu esposo soy yo —apuntó él en tono glacial.
—Tan sólo a ojos de los hombres, jamás de los dioses.
Ay frunció los labios con desagrado y la conminó a callar con un gesto admonitorio.
—Sea como fuere, soy tu esposo y el faraón de todo Egipto, el dios hecho carne y la mayor autoridad en la Tierra. La tumba de Tutankamón todavía no está terminada; la mía, sí. Que ocupe la mía. Su alma ya está junto a Osiris, de todos modos.
Anjesenamón avanzó hacia él con la sombra belicosa de Seth titilando en sus pupilas. El dios de la guerra habló con voz de mujer.
—La tuya no es una tumba real, tu categoría es inferior y, por ende, su tamaño y su enclave son del todo inapropiados.
Tutankamón merece ser enterrado con todos los honores de un dios y en el lugar que le pertenece por derecho.
Lo que sucede es que tú ansías su tumba, su mujer, su reino y su poder, relegándolo al olvido. ¡Eres un vil traidor!
Ay sintió una llamarada prender su interior con la vehemencia de un rayo atravesando un árbol. Alzó la mano y la estampó en la tersa mejilla de la reina.
—¡Soy tu esposo, tu faraón y tu dueño! —vociferó fuera de sí—. Y la próxima vez que oses enfrentarte a mí será a ti a la que ejecutarán por traición. Fui yo, redomada necia, el que evitó que te ajusticiaran por pactar con el rey hitita para desposarte con uno de sus hijos.
Anjesenamón retrocedió cubriéndose la mejilla con la mano. Tenía los ojos arrasados en lágrimas y el gesto contraído.
—Lo evitaste para utilizarme como escalón divino.
Necesitabas desposarte conmigo, con alguien de estirpe real, para compensar tus carencias.
Pero por mucha tumba que robes, por mucha reina que mancilles, por mucho trono que usurpes, jamás serás el faraón que merece Kemet.
Yo misma me encargaré de que no seas recordado cuando mueras.
Ay se sintió tentado de azotarla él mismo con su cayado, pero logró controlar el acceso de ira cerrando los puños con fuerza.
—Ya veremos quién muere primero.
Aquella amenaza hizo palidecer a la reina. Lo contempló un largo instante, con ojos desorbitados. Los dedos de sus manos se crisparon contra la seda de su túnica.
—Sin duda, ha caído una maldición sobre Tebas tras la muerte del faraón —declaró compungida—. Y juro por cuanto hay de divino en esta tierra de dioses que el culpable pagará con su alma.
Tras aquella contundente afirmación, salió de la sala con paso raudo.
Ay se sentó caviloso con el cejo fruncido y el ánimo inquieto.
Tras los muros, la diosa Neftis se desperezaba indolente, agitando sus brunas alas sobre la ciudad.
El croar pausado y monótono de las ranas ascendía mezclado con el rumor del agua.
Más allá, el sofocado murmullo de conversaciones se deshilachaba en la brisa nocturna, como una nota más en aquella sinfonía adormecedora que acunaba los sentidos.
No obstante, los sentidos del faraón se hallaban despejados y alertas. Y su mente, rebosante de pensamientos afilados.
Anjesenamón suponía una amenaza a su legado.
Su carácter subversivo y el amor a su difunto esposo la convertían en un escollo en su reinado.
Debía idear el modo de silenciarla sin levantar sospechas, no habría llegado tan lejos si albergara escrúpulo alguno.
Si tanto veneraba a Tutankamón, ¿qué mejor ofrenda que reunirse con él?
Y de repente, supo lo que tenía que hacer.
Sonrió ladino y se regodeó en su astucia.
Trazó con precisión el plan en su mente, ejecutándolo mentalmente. Ya tenían un asesino merodeando por la ciudad, ¿por qué no aprovecharlo?
Su otra amenaza era Horemheb, dueño de los ejércitos. Si se alzaba contra él contaría con el respaldo de las huestes y el favor del pueblo, y no podía afrontar aquel riesgo. Pero también había trazado planes para él. Anubis iba a estar muy ocupado.
Acarició reflexivo el colgante que llevaba al cuello, la cruz anj , la llave de la vida, símbolo de renacimiento, de búsqueda de la inmortalidad, la vida eterna tras la muerte, el origen de todo moraba en el secreto que escondía.
Sus pensamientos se detuvieron entonces en otra cuestión.
Era vital que Tutankamón fuera enterrado cuanto antes.
Ya había pedido a los embalsamadores reales que precipitaran el ritual, a pesar de que en el proceso el cuerpo podía verse afectado y la conservación se adulterara con el tiempo.
Pero como faraón nadie podía oponerse a sus deseos, así que Adom obedeció y a lo sumo en pocos días podrían sellar por fin la tumba donde moraría Tutankamón: la suya.
Su artera sonrisa se amplió. También había conseguido en vida del faraón que la terminación de la tumba real se atrasara, precisamente con ese fin.
Y ahora él descansaría en una tumba de la realeza, mientras el desdichado faraón niño lo haría en una de menor rango.
Pero, ¡por Osiris!, cuánto había luchado para disfrutar de tan merecida recompensa.
Años de educar a un niño enfermo, de regir un reino, de meditar con antelación cada paso, para que todo convergiera en el punto en el que ahora se encontraba.
Suspiró largamente y se sentó en el trono. Era faraón del Alto y el Bajo Egipto, una divinidad carnal, todopoderoso e intocable. Se había ganado ese título, y por Ra que lo conservaría.
Cerró los ojos un instante, lo necesario para permitirse una pequeña desconexión, todavía tenía mucho en que pensar, pero necesitaba aquellos breves lapsus para recargarse.
Dormitó dando cabezadas, hasta que uno de sus sirvientes le sacudió suavemente el hombro.
—El arquitecto real ya está aquí.
Ay asintió y se refregó los ojos burdamente.
Observó al hombrecillo con verdadera intriga. No solía pedir audiencia y menos con tanta urgencia. Por eso había elegido aquella hora vespertina, porque intuía que el tema que tratar gozaba de un carácter confidencial.
—¿Y bien, Ineni?, ¿qué es tan urgente para molestar a estas horas a tu faraón?
El hombre compuso una mueca pesarosa y de inmediato pidió perdón por algo que había elegido Ay. Aquella subordinación pueril lo satisfizo en extremo.
—Se trata del capitán de la guardia.
—¿Qué ocurre con Najmint?
—Ocurre que me ha interrogado sobre los túneles secretos de palacio.
—¿Cómo sabe que existen?
Ay se envaró en su asiento y lo fulminó con la mirada.
—Al parecer, descubrió a un intruso una noche en su cámara huyendo por una entrada secreta.
El faraón agrandó con honda estupefacción los ojos y se demudó.
—¡Por todos los demonios del Amenti ! Sólo nosotros poseemos los planos secretos y custodiamos las llaves de... —Se detuvo de pronto, consternado por la iluminación de su siguiente pensamiento.
Se puso en pie, mientras en su mente buscaba posibles culpables.
—¿Quién atendió a Tutankamón cuando murió?
Se reprochó a sí mismo no haber prestado atención a aquel detalle, pero tantas cuestiones delicadas y urgentes por resolver lo habían eclipsado.
—Creo que Hasani.
Entonces Ay reparó en el desnudo cuello de Ineni.
—¿Dónde está tu llave? Tu encomienda exige llevarla siempre encima. Así como saberte los planos de memoria.
—La llevo encima —se aprestó a responder el arquitecto—, pero no está visible.
Ay se llevó instintivamente la mano a la garganta y palpó la cadena donde la llave moraba junto a su pecho, oculta a la vista.
—Pues no cabe duda de que el intruso le robó la llave a Tutankamón cuando expiró.
—¿Y los planos? —inquirió Ineni reflexivo.
El anciano faraón amusgó los ojos y frunció los labios con disgusto.
—Si hay alguien que sabe dónde los guardaba el joven Tut es Anjesenamón. Hemos de comprobar si los han robado o si el intruso se limita a recorrerlos para explorarlos.
—Me temo, mi señor, que el capitán no cejará hasta penetrar en los túneles y cazar al merodeador.
—Conozco sobradamente su carácter pertinaz, pero de eso me ocuparé yo. Ni él ni nadie debe adentrarse en ellos.
—Antes daría mi vida que entregar esta llave.
Ay asintió y lo despidió desdeñoso.
Bien parecía que los dioses jugaran con él.
¿Acaso no merecía tener un reinado tranquilo y provechoso?
Cuanto ansiaba era que el reino prosperara y que su nombre traspasara los siglos venideros haciéndolo inmortal.
Pero no, todo a su alrededor parecía resquebrajarse lentamente, como si los dioses conspiraran en su contra.
Chasqueó la lengua y sumó otra preocupación más a su ya larga lista de cuitas pendientes.
Debía averiguar quién había robado la llave de los túneles además de contener la incómoda curiosidad de Najmint; no supo discernir cuál de esas dos tareas le costaría más.
Intentó animarse recordando que pronto tendría lugar el festival de Opet, donde podría consolidar su poder, reafirmando sus estrechos lazos con Amón-Ra ante su pueblo, convirtiéndose así en la encarnación viviente de Horus sobre la Tierra.
Se sentó de nuevo y se reclinó en el sitial.
Aquel trono tan ansiado le estaba reportando más inconvenientes de lo que había imaginado.
Procuró ordenar en su mente una lista de prioridades para ejecutarlas trazando un plan adecuado a cada una de ellas.
En algún punto de aquellos contubernios, volvió a dormirse.