Capítulo 18. Piezas que encajan
Piezas que encajan
El taller del artesano ofrecía una visión sobrecogedora.
Toda clase de piezas con forma humana asomaban de ganchos o se diseminaban sobre una larga mesa, alternadas con gubias, cinceles y punzones, escoplos, hachas, leznas, sierras de diferentes tamaños y lijas, correajes de cuero, cintos y hebillas.
También observó elementos de joyería, metales y piedras, incrustados en algunas de las réplicas.
A pesar de que la intención era imprimirles elegancia, a Selkis se le antojaron todavía más inquietantes.
En aquel momento, el artesano trabajaba pródigamente sobre la pieza que habían ido a buscar, el medio pie de Issey.
Lo había confeccionado en madera de cedro, que ahora lustraba con cera.
Admiró la delicada perfección en los detalles. Le pareció soberbia la imitación de la anatomía de los dedos, con curvas tan gráciles como los reales, incluso había tallado con exquisita precisión el relieve de las uñas.
La forma del encaje exhibía el ingenio del fabricante y la preocupación por la comodidad.
Había ahuecado el exterior de la pieza para ensamblarla al pie, de modo que pareciera una extensión de éste, respetando el tamaño.
Una tira de lino con cordeles cruzados lo fijaría a la extremidad, aportando además suavidad a la piel.
—¡Es soberbio! —halagó embelesada.
El carpintero sonrió congratulado, sin apartar la vista de la pieza que lustraba.
—Japari es un artista completo, orfebre y pintor excelso —informó Amsu—. Sus tallas son dignas de exhibirse en los templos de Karnak. Esculpe la madera como si modelara barro con las manos.
Selkis derramó su mirada por aquel amplio taller, admirando la profusa variedad de elementos que utilizaba en sus obras.
Un familiar destello azulado llamó su atención.
En un rincón descubrió numerosas gemas de lapislázuli apiñadas, junto a otros minerales de colores vistosos, cornalinas, malaquitas, jaspes verdes y rojos, turquesas, obsidianas, turmalinas y una gran plancha de alabastro.
—¿Suelen pedirle que enjoye las réplicas? —inquirió interesada.
—Bastante a menudo, aunque en mi opinión le arrebata naturalidad y credibilidad a la pieza.
—A Japari le piden toda clase de excentricidades, ¿no es así? —intervino Amsu, que acariciaba en aquel momento una larga pierna de madera de ciprés.
—Así es, he replicado ojos humanos y hasta falos.
Recuerdo a una mujer que me pagó una suculenta suma por reproducir el de su esposo muerto.
Naturalmente, lo quería enhiesto, para lo que tuve que imaginar el miembro en aquella vigorosa posición.
La dama regresó al cabo de los días con una gran sonrisa agradecida, alabando mi trabajo.
—No me extraña —replicó el sunu —. Le brindaste un gozoso recuerdo de su esposo.
Los hombres rieron la chanza.
—Al parecer, no es lo único gozoso que he aportado a los lechos tebanos. Algunas mujeres fantasean con fornicar con un dios. He reproducido todo tipo de máscaras divinas para colmar esos deseos lujuriosos.
Selkis enarcó las cejas sorprendida ante la gran imaginativa que se derrochaba en el lecho.
—Bien, puedes avisar al muchacho de que pase a probársela. Esta pieza ya está lista para su uso —adujo el carpintero con un tono satisfecho timbrando su voz.
Amsu asintió aliviado y posó la mano en el hombro de su amigo.
—¿Cómo se encuentra tu esposa?
—Mucho mejor. Tu remedio ha obrado el milagro, han desaparecido los dolores de cabeza.
—Me complace saberlo, amigo mío.
Luego se volvió hacia su avezada discípula.
—¿Tu voraz curiosidad ha quedado satisfecha, Selkis?
—Sí, maestro.
—Bien, en tal caso, regresemos a la Casa de la Vida.
Salieron al implacable sol del mediodía, seguidos por la escolta que Najmint había impuesto a su esposa. Ra-Horajti los asedió durante el trayecto, abocándolos a cuanta sombra encontraban al paso.
Era época de crecidas, y las aguas del Nilo inundaban las riberas y los terrenos de cultivo, inseminándolas con su fértil simiente, lo que ocasionaba que el calor y la humedad se conjugaran en una neblina espesa y sofocante que pendía sobre la ciudad como un pesado manto.
Tan sólo el soplido de Amón en el ocaso lograba aligerarlo.
Cuando ya atravesaban el patio central de Karnak, Amsu rompió el silencio que los había acompañado.
—Todavía no has cumplido tu parte del trato —apuntó con cierto deje reprobador.
—He de confesarte algo —comenzó ella con gesto pesaroso.
Amsu la observó curioso y se detuvo a la sombra de un imponente pilono. En la expresión de la joven descubrió una honda culpa oscureciendo su rostro.
—Habla, muchacha, libera esa carga.
—Alguien me ha robado los papiros que yo misma sustraje.
El médico entreabrió la boca exhalando un gemido sorpresivo.
—¡Eso no puede ser!
—Yo lo hice —resaltó avergonzada.
—Para estudiar, no es una excusa que te exima, pero el fin cuando menos es loable.
—Por mi culpa ahora han desaparecido, y jamás podré perdonármelo.
—¿Tienes alguna idea de quién ha podido llevárselos?
Selkis le contó el episodio del intruso en su alcoba, pues estaba convencida de que había sido la misma persona que había dejado el escarabeo en su pecho.
Aquello sobrecogió poderosamente al sunu .
—¡Que Isis te proteja, muchacha! ¡Corres grave peligro!
—Najmint me protege, y nunca voy sola a ninguna parte, como puedes ver. —Señaló con la barbilla a los dos guardias que se mantenían a una distancia discreta.
—Un asesino te acecha, uno interesado en los papiros de Imhotep y en silenciar un secreto en poder de los escribas —infirió Amsu meditabundo.
De repente, el gesto del médico se tensó estirando sus facciones. Sus ojos se abrieron con desmesura y un gemido conmocionado escapó de sus labios.
—¡Ésa es la conexión! —farfulló pasándose las manos por el cráneo.
—¿Qué conexión? —preguntó Selkis intrigada.
—La que busca tu esposo.
—¿Un asesino me acecha?
Por su expresión desconcertada, Amsu comprendió que ella no asumía la gravedad de su situación por carecer de datos. Conminó mentalmente a Najmint por no ponerla al corriente.
—El asesino del templo deja escarabeos en las bocas de sus víctimas. El mismo, al parecer, que depositó en tu pecho aquella noche.
Selkis entreabrió los labios dejando escapar un gemido sorpresivo.
—Ahora entiendo el celo de mi esposo respecto a mi seguridad —musitó angustiada.
Amsu observó la repentina palidez en el rostro de Selkis y la obligó a sentarse en la base de una columna.
—¿Te encuentras bien, muchacha?
La joven negó con la cabeza y se llevó las manos a la boca.
—Intenta respirar lenta y profundamente para aliviar las náuseas.
Ella negó de nuevo y casi simultáneamente se dobló en dos presa de abruptas arcadas. Finalmente, vomitó entre continuos espasmos.
Amsu llamó a los guardias y les pidió que la llevaran en brazos a su cámara.
Una fila de enfermos se agrupaba a su puerta. Se adentró en la estancia disculpándose con sus pacientes y ordenó que la depositaran en una camilla.
Le ofreció agua con miel y la abanicó ideando un remedio eficaz para sus molestas náuseas.
Cuando recuperó el color, Selkis se incorporó algo más recuperada.
En su mirada destellaba una llama febril prendida por el atropello de pensamientos cruzados buscando una razón.
—¿Cómo pudo descubrir que yo había robado ese papiro? —susurró presa de una honda inquietud—. ¿Y cómo averiguó dónde lo había escondido?
—Te vio —aseveró el anciano rotundo—. Tiene acceso a tu cámara, te ha estado espiando.
Quizá el día que robaste los papiros, él andaba cerca y te vio salir o entrar de la biblioteca.
Busca algo, algo tan vital como para atreverse a matar ocultándose y protegiéndose bajo una cabeza de chacal, usando un veneno letal que obliga a inhalar y refugiándose en la protección de Amón, pues no cabe duda alguna de que habita en el templo.
El culpable mora entre nosotros. Nos observa y actúa en consecuencia.
—Cabeza de chacal... ¿Quién mejor que Anubis para guiar al inframundo? —profirió ella, encogiéndose de hombros.
—Anubis... —repitió Amsu.
Sus miradas se cruzaron convergiendo en una misma y abrumadora conclusión: ¡las máscaras que encargaban a Japari, el carpintero!
—¡Tenemos que avisarlo, si el asesino sabe que lo hemos visitado acabamos de condenarlo a muerte! —exclamó el sunu con preocupado apremio.
—Yo me encargo —se ofreció Selkis, que ya corría hacia la puerta.
Cuando la abrió, se dio de bruces con Omari, que le prodigó una mirada malhumorada.
—Podrías haber derribado a alguno de los enfermos —reprochó ceñudo.
Selkis no se molestó en responderle, la urgencia imperaba en aquel momento.
Salió a la carrera seguida de su escolta.
Amsu suspiró largamente. Un insidioso brote atormentado comenzó a aflorar en su pecho, extendiendo sus ominosos filamentos por todo su ser.
No, se dijo, el chacal no podía ser tan rápido ni tan omnipresente. Japari estaría bien, seguramente comiendo ya junto a su esposa y sus hijos. Debía tranquilizarse y pensar halagüeñamente.
—¿Comenzamos ya la consulta?
Como especialista en todo tipo de traumatismos, la mayoría de sus pacientes adolecían de roturas, contusiones y torceduras.
Pero, a pesar de que en Kemet cada médico atendía una especialidad, él, en su avidez de conocimiento por sanar todo tipo de enfermedades, había bebido de otras para no ceñirse tan sólo a un campo.
Tratar todo tipo de dolencias le había ganado la enemistad y la rivalidad de sus compañeros, que lo acusaban de robarles pacientes, pero en contraposición se nutría de la gratitud de los enfermos que en una sola consulta eran atendidos de cuanto mal los acechara.
Además, debía ser fiel a su promesa de sanador y custodio de un saber oculto, que sólo él y su elegido podían conocer y aplicar.
—Haz pasar al que más se lamente.