Capítulo 17. El nacimiento de un dios
El nacimiento de un dios
Tebas, la principal metrópoli del cuarto nomo del Alto Egipto, se engalanó como se viste a una novia el día de su entrega.
Lucía colorida y vistosa, con ondeantes oriflamas y los banderines amarillos de rigor que se exhibían cuando se anunciaba una gran celebración como aquélla, vital para el destino de Kemet.
Todo un coro de trompetas anunciaba al pueblo el gran día.
Su sonido largo y grave recorría las angostas callejas de la urbe, penetrando en las casas y en los corazones de los vecinos, sembrando en ellos un cierto regocijo esperanzado, teñido de incertidumbre.
La muchedumbre se apiñaba frente al palacio real, aguardando ver asomar a su nuevo faraón para rendirle pleitesía, para lanzar vítores, y para sumarse a la celebración con ánimo festivo.
Desde una de las balconadas de la sala del trono, Selkis, ataviada con su más opulenta indumentaria, observaba aquella masa móvil y vistosa que se congregaba en la fachada principal.
Tras ella, la nobleza al completo formaba diseminados grupos de conversación mientras degustaban vino especiado y dátiles.
Inspiró profundamente y se volvió hacia los invitados.
Una profunda mirada del color de la melaza al sol se clavó en ella.
Najmint la observaba con fijeza, con gesto impertérrito. Desde aquella noche en que la rechazó se había mostrado distante y resentido. La escudriñó un largo instante, de arriba abajo. Un sutil brillo de aprobación fue el único signo apreciativo que detectó.
Su ceñido kalasiris de fina muselina blanca resaltaba sus curvas y dejaba entrever ligeramente su piel. Se había recogido el largo cabello para lucir un klaft , un tocado de rayas que rozaba sus hombros. Y se había maquillado los ojos y los labios, decorando sus manos y sus brazos con alheña.
Él, por su parte, lucía imponente.
Vestía un shenti de gala, ceñido a la cintura con un cíngulo dorado.
Cubría su torso una túnica de níveo lino que se adhería a su fornido pecho.
En torno a la garganta portaba un collar usej de metales coloreados que le confería un porte regio.
Llevaba los ojos maquillados con kohl negro, lo que acentuaba más el subyugante tono ámbar que poseían.
Una diadema de oro acomodada sobre su frente le contorneaba el cráneo sujetando el nemes , el tocado masculino, blanco con bandas en añil y filamentos dorados, que ocultaba su cabello.
Selkis también se detuvo en su observación, reconociendo la apostura de su esposo y las miradas femeninas que atraía sobre sí.
Tendió su mano hacia ella, la tomó y se dejó guiar hacia el centro del suntuoso salón.
El sonido de timbales y crótalos anticipó la llegada del futuro faraón. Las tertulias se acallaron y la expectación creció entre los asistentes.
Las grandes puertas del salón se abrieron y la comitiva real hizo su pomposa entrada, precediendo a los protagonistas.
Las armónicas notas de una lira cabriolearon en el aire, flotando ondulantes y sugerentes, como plumas invisibles que cosquilleaban la piel.
Al cabo, apareció Ay, enjaezado con todos los símbolos de poder del cargo que pronto ocuparía, a falta de la corona que tanto ansiaba. A su lado, Anjesenamón quitaba el aliento.
Su kalasiris dorado y drapeado se ajustaba a su esbelta figura como una segunda piel, de sus hombros emergían dos anexos de plumas largas en añil y oro, simulando las alas de Isis.
No faltaba detalle alguno en su vestimenta que no resaltara su condición de reina, toda fruslería había sido tenida en cuenta, envolviéndola en ese halo majestuoso que irradiaba.
Todo en ella relumbraba, menos su gesto, sombrío y apesadumbrado.
Tras dos palmadas imperiosas, dio comienzo el banquete.
Las mujeres, con sus conos de perfume sobre las pelucas, reían seductoras, mientras la grasa de buey con que se fabricaban se derretía, liberando los penetrantes aromas que encerraban.
La sala se inundó de esencias diversas: perfume de lirios, jacintos, hierbaluisa, mirto y cardamomo, con toques cítricos y florales.
El ágape fue sustancioso y abundante. Y mientras los comensales paladeaban las viandas, bailarinas medio desnudas danzaban ante ellos, exhibiendo su artística procacidad. Habilidosos acróbatas prodigaban sus malabares a una concurrencia entregada.
Selkis bebió un exquisito shedeh y comió frugalmente. Su estómago no le permitía llenarse, pues las náuseas continuaban asediándola. Se preguntó cuánto tardaría Najmint en descubrir su secreto. Y qué haría al respecto.
Aquellas tribulaciones la sumieron en un silencio apático.
—¿No tienes apetito, esposa?
—No mucho —reconoció.
Cuando fue a servirse más shedeh , Najmint apresó su muñeca.
—Apenas estás comiendo, si sigues bebiendo no podrás levantarte de la silla.
—Quizá no desee levantarme.
—Tras el convite, debemos acompañar al futuro faraón en su presentación al pueblo de Tebas.
Y luego marchar en comitiva hacia el templo de Karnak, donde será investido por los sacerdotes ante los dioses tras desposar a la reina viuda.
Y a continuación iremos a la dársena donde nuestra flota aguarda la bendición de Ay antes de partir para engrosar las filas de tu padre.
—Los fastos de palacio se alargarán varias jornadas, no creo que nadie repare en mi ausencia hoy —rezongó Selkis apática.
—Como mi esposa, has de estar a mi lado en los actos protocolarios.
Selkis oprimió los labios con disgusto, pero terminó claudicando. Asintió con desgana y dejó que Najmint le sirviera agua.
Cuando el ágape concluyó, los cortesanos salieron de palacio, aguardando en la entrada a la comitiva real para seguirla.
Su presencia anunció al populacho que su nuevo faraón estaba a punto de aparecer.
La multitud se reactivó como si acercaran brea a una llama.
Junto a Najmint apareció una mujer hermosa, ostentosamente engalanada. Era Merit, una de las favoritas del harén.
A Selkis no le pasó inadvertida la complicidad que rezumaban.
Merit entornó seductora su felina mirada y le sonrió traviesa. Najmint se mostró incómodo y algo violento. Esbozó una mera sonrisa cortés que soliviantó a la mujer.
—Ay lucirá la corona de faraón, pero tú, capitán, posees el porte de un dios.
Aquella lisonja, festoneada de lujuria soterrada, irritó a Selkis.
—Al que seguro ya habréis rendido culto —profirió incisiva.
Najmint la contempló reprobador. Incómodo, se rascó aquella cicatriz apenas imperceptible de su sien.
Merit le dedicó una sonrisa artera y un gesto fatuo.
—Siempre que tengo ocasión le prodigo ofrendas que acoge de buen gusto.
Selkis sintió aguijonazos en su orgullo. Clavó en su esposo un gesto airado y se alejó unos pasos de ellos.
Los observó de soslayo conversar en susurros. Najmint parecía derramar reproches en Merit, y ésta sólo aprovechaba la cercanía para enlazarse a su brazo y prodigarle zalamerías.
Las trompetas sonaron altas y vigorosas, divulgando fanfarrias y despertando un ensordecedor clamor popular.
El rutilante faraón irrumpía por fin ante su expectante pueblo.
La vasta plaza pareció convulsionarse al unísono, como si fueran hilos cosidos en una única y colorida alfombra que se ondulaba sacudida por una invisible mano, agitando los flecos al viento.
La muchedumbre, tras alzar los brazos con entusiasmo, guardó un reverencial silencio ante el avance de su faraón.
Ay fue presentado por Perennefer y consagrado ante su pueblo entre alabanzas y buenos auspicios.
Cuando comenzó a descender la escalinata de palacio, el tapiz vibrante comenzó a deshilacharse por el centro, ansioso por acoger esa hebra divina que lo surcaría.
En el preciso instante en que Ay puso los pies en la plaza, todos se postraron respetuosos ante él.
Flanqueados por su escolta y seguidos por su séquito real, entre los que se encontraban Najmint y Selkis, Ay y Anjesenamón recorrían aquella brecha hasta los muelles del templo.
Sobre ellos llovían pétalos de rosas, agasajos y admiración.
Cuando por fin llegaron a Karnak, compuesto por tres templos importantes, el primero el de Amón, el segundo en honor al dios Montu y el tercero a Mut, enfilaron hacia el oeste, rumbo al templo del Oculto, señor de dioses.
Atravesaron los seis pilonos hasta llegar al sanctasanctórum, donde los aguardaba toda la plana mayor del clero de Amón.
El primer profeta, Perennefer, debía oficiar la boda, para conferir a Ay el linaje real del que carecía. Su esposa le transmitiría a través de los votos la divinidad necesaria para ser merecedor de tan sagrada condición.
Tras las fumigaciones y libaciones pertinentes, una vez purificado de todo lo mundano, se apeló al favor de los dioses en aquella unión desprovista de todo sentimiento. Y cuando por fin terminó la ceremonia, dio comienzo el rito de ascenso real, o iniciación en los grandes misterios.
Pronunciados los rezos, los ensalmos y las aclamaciones de los representantes de Amón, Ay fue tocado con la corona hedjet , presidida por el ureus , la cobra real.
Se le dio el cetro nejej , asociado al dios Osiris, y el cayado heka , vinculado a la magia.
Con el flagelo y el cayado cruzados sobre el pecho, recibió las bendiciones y pronunció la sagrada e incorruptible promesa de proteger a Kemet de sus enemigos, proveerlo de riquezas y bienestar y engrandecer el reino.
Completados los votos, el flamante faraón ocupó el sitial real, esgrimiendo una sonrisa ladina, convertido en un dios carnal. La complacencia de la ambición satisfecha refulgió en su aviesa mirada.
Todos los presentes se arrodillaron ante su nuevo faraón.
El aroma del incienso pendió sobre ellos como si fuera el aliento del todopoderoso Amón, confiriendo más solemnidad si cabía, al ritual.
Su nombre de coronación fue Jeperjeperura Irimaat, «eternas son las manifestaciones de Ra, el que hace justicia».
Tras las promesas de obediencia, concluyó la ceremonia. Todos se alzaron, pero inclinaron la cabeza en respeto al dios cuando éste se incorporó para salir del templo.
La nutrida comitiva lo acompañó hacia el muelle de Karnak.
La estampa que allí los aguardaba resultaba imponente, toda una demostración del gran poder militar que irradiaba Tebas.
Numerosas barcazas de guerra, algunas con sesenta remeros, salpicaban el embarcadero y el centro del gran Nilo. Todas iban cargadas con la soldadesca, y en algunas incluso atisbaba cuadrigas y caballos.
—Espero que los esclavos que hemos aleccionado tan duramente cumplan su cometido —masculló Bomani junto a Najmint.
Y en ese preciso instante Selkis tuvo la certeza de que Nun era uno de ellos.
Agudizó la vista, cubriéndose los ojos con la mano ahuecada, evitando los molestos destellos de Ra-Horajty, el implacable sol del mediodía.
Resultaba imposible localizarlo a bordo de alguna de las naves. Sin embargo, lo sintió tan cerca que su corazón se encogió. La ansiedad comenzó a dominarla y se adelantó unos pasos, abriéndose camino entre el séquito.
Junto al muelle habían construido provisionalmente una tribuna donde el rey y la reina despedían a la flota tebana, prodigándole buena fortuna y un regreso cargado de exitosas noticias y merecidos erarios.
Los tambores comenzaron a retumbar y los remos a bogar. Sus latidos se acompasaron al mismo ritmo, acelerándose ante la inminente marcha del hombre que amaba. Un hombre al que posiblemente no volvería a ver jamás. Y que probablemente moriría en las escaramuzas fronterizas.
Cerró los ojos con fuerza, encomendando su protección a Montu. Llevó la mano diestra a su pecho y elevó una plegaria impregnada de devoción y desesperación.
En su mente pronunció el juramento de no olvidarlo nunca y en su corazón anidó el deseo de libertad y felicidad futura si acaso sobrevivía, pues no merecía otra recompensa a la maldición de haberla conocido.
Unas lágrimas resbalaron por sus mejillas, cálidas y amargas.
El nudo que atenazaba su pecho se emplomó cuando la flota enfiló hacia la bocana para incorporarse al curso central del río. Sobek fue invocado para protegerlos de todo mal. Y a golpe de remo, las naves avanzaron gráciles sobre la titilante superficie del Nilo.
Una mano se apoyó en su hombro.
Selkis contuvo el aliento mientras giraba el rostro para ocultar su emoción. Fingió estornudar para secar todo rastro de llanto. Pues si algo había aprendido era la pertinaz insistencia de Najmint en que lo mirara cuando se dirigía a ella.
Su esposo le aferró delicadamente la barbilla y la obligó a enfrentarlo, como ya supuso que pasaría.
—Dicen que no se debe mirar mucho tiempo un junco que arrastra la corriente río abajo, pues se corre el riesgo de seguirlo; es mejor agarrarse a los que pueblan las orillas, pues nutren de vida, brindan refugio y te anclan a la tierra.
¿Acaso la estaba consolando? ¿Era un consejo o una advertencia? ¿Qué sabía realmente de Nun, o de lo que tan celosamente encerraba su corazón? Al parecer, más de lo que ella imaginaba.
Lo observó con acentuada insolencia.
—Deberías saber que pocas veces hago lo que se me dice.
—Bien lo sé, gracias a eso llegaste a mí.
La verdad que moraba en aquellas palabras la golpeó con saña. Paradójicamente, todos y cada uno de sus actos de rebeldía la habían esclavizado para siempre.
Apartó el rostro con rudeza y, por tercera vez aquel día, se alejó de su esposo.