La muerte que respiras Capítulo 16. Regresa a nosotros
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Capítulo 16. Regresa a nosotros

Regresa a nosotros

La proclama que recorría las calles de Tebas levantó vientos áridos y malintencionados que silbaban afilados en los oídos de la facción más conservadora de la ciudad.

Un interregno era auspicio de un reinado maldito. Y en apenas dos días, con el cuerpo de Tutankamón todavía sin embalsamar y sin descansar en su tumba real, tendrían lugar dos celebraciones. Se coronaría a Ay como faraón de Kemet y se oficiaría la boda con su viuda, Anjesenamón.

Las ansias de poder de Ay precipitaron el rechazo de la corte, que murmuraba su desaprobación abiertamente y se mostraba escandalizada por la ruptura de un ritual tan sagrado como era el entierro del faraón.

El pueblo de Waset comenzó a vincular los asesinatos con el desamparo de los dioses a un pueblo que sería gobernado por un hombre ambicioso ajeno a la estirpe real.

Por sus venas no corría el poder divino de los grandes faraones.

Y, al parecer, en su corazón tampoco anidaba el respeto por las tradiciones.

Demasiados condimentos que digerir para un reino tan supersticioso como aquél.

Nun escuchaba con atención los rumores que los carceleros intercambiaban entre sí. Algunos presos los ratificaban, pues el contacto con sus familias los proveían, además de comida, de noticias del exterior.

Él aguardaba impaciente la visita de la suya, deambulando en su celda sin dejar de atisbar entre las rejas.

Uno de los centinelas introdujo la llave en la cancela y abrió la puerta.

—¡Cantero, sal al patio!

Nun obedeció ansioso.

Cuando vio a su familia su pecho se constriñó prensado por una emoción intensa.

Corrió hacia ellos, y la pequeña Acenath, de ocho años, se encaramó de un salto a su pecho. La abrazó con fuerza, sintiendo cómo el bálsamo del amor más puro cubría sus heridas y vendaba su nostalgia.

Miró a su madre, anegada en lágrimas y estrechada por el brazo de su padre. Se aproximó a ellos y la piña se cerró en un abrazo común.

Nun fue incapaz de mantenerse entero. En aquel llanto no sólo liberó la alegría de poder verlos una vez más, sino que con aquel alivio emergió también todo lo sufrido.

El dolor, el miedo, la pérdida y el amor roto tan trágicamente por el destino confluyeron en amargas lágrimas que humedecieron sus mejillas.

Cuando alzó el rostro se sumió en las acuosas miradas de su familia. En cada una de ellas percibía un matiz distinto. En la de su madre, preocupación y ternura; en la de su padre, rabia y compasión, y en la de su pequeña hermana, alegría y tristeza en igual medida.

Se sentaron los cuatro a la sombra de un sicomoro en una esquina del patio de armas, mientras eran observados por los centinelas. Su madre, Berenice, desenvolvió cuidadosamente un paquete, descubriendo una pequeña marmita colmada de guiso de legumbres y hortalizas, y un odre con cerveza.

—Come, hijo, debes recuperar tu fortaleza para servir bien al faraón y obtener tu libertad.

—Está más delgado, Berenice, pero yo lo veo más fibroso —repuso su padre—. No dudes de que regresará a casa cubierto de honores.

—Rezo fervientemente a Horus para que lo devuelva sano y salvo de esa guerra a la que lo arrastran.

Su padre, Kosei, asintió complacido y ambos lo miraron alentándolo a comer.

Nun devoró famélico todo el guiso, rebañando con la torta de pan de trigo que lo acompañaba. Bebió la cerveza y, para terminar tan delicioso ágape, degustó los higos compartiéndolos con su hermana.

—Nun, ¿cuándo volverás a casa?

—Pronto, Acenath, cuando cumpla mi cometido.

—¿No podemos ir contigo?

Nun sonrió ante la ingenua dulzura de su hermana.

—No, a la guerra sólo pueden ir soldados.

—Pero tú eres cantero.

—Ya no, ahora me han instruido para partir a la batalla.

—¿Y regresarás como un héroe?

—Lucharé por regresar; es cuanto sé, hermanita.

Berenice acarició su cabeza y besó su hombro. Nun le regaló una sonrisa meliflua, devolviéndole un sentido beso en la frente.

—Sé que Montu, el dios de la guerra, te acompañará brindándote su escudo y su espada —auspició su padre.

Nun se limitó a asentir. Tras deglutir el último higo apuró la cerveza e inspiró complacido y pleno.

—Gracias, madre, por estas viandas, aunque no hay mejor alimento que el cariño que ahora recibo.

Berenice se cobijó en su pecho y Nun la rodeó con sus brazos. La pequeña Acenath se subió a su regazo y se acurrucó junto a ellos.

Kosei los observaba en silencio. A su faz asomó un velo oscuro, apesadumbrado y con un claro deje resentido.

Nun sostuvo su mirada, aguardando su reproche.

—¿Por qué lo hiciste, hijo? Fue por esa maldita mujer, ¿no es así?

—Esa maldita mujer salvó la vida de Acenath y de los niños del arrabal.

—Y te condenó a ti.

—No, yo me entregué por propia voluntad.

—Lo hiciste por salvarla a ella.

—Padre, mi corazón así me lo pidió, y yo obedecí. Ella no merecía ser castigada por una buena acción, aunque derivara en algo tan terrible.

—¿Y tú sí?

—Kosei —increpó Berenice ceñuda—, de nada sirven los reclamos. No puede deshacerse lo hecho, hemos de dar gracias de que siga vivo. Aún no sé a qué dios agradecerlo, pues el castigo a semejante delito es la muerte.

Nun había pensado mucho en aquello. Habían dictado sentencia contra él, lo habían torturado y lo iban a ajusticiar. Y, de repente, le perdonaron la vida. Y algo en su fuero interno le gritaba que quizá Selkis también estaba detrás de eso.

El recuerdo de verla en la galería, con los brazos tendidos hacia él..., tan hermosa y arrojada como siempre, lo conmovió de nuevo.

—Ahora es la flamante esposa del capitán de la guardia real —informó Kosei.

La noticia lo impactó. Y aunque siempre había sabido que ella era inalcanzable, saberla desposada tan repentinamente clavó un puñal en su pecho.

¿Estaría ya prometida cuando estuvo con él?

Un regusto amargo ascendió por su garganta y se aposentó en ella.

Intentó tragar aquella bola invisible pero áspera y filamentosa que se adhería insidiosa a su ser.

¿Lo había utilizado? Necesitaba que la fecundaran por ese maldito sueño, ¿qué demonios se proponía?

Y entonces recordó lo que ella le había dicho aquella noche sobre su sueño, que debían gestar un niño que sería vital para el destino de Egipto.

Y en ese instante la verdad lo golpeó con dureza.

Igual que había necesitado su simiente, ahora necesitaba a un padre poderoso que colocara a ese hijo en una situación favorecida. ¿Y qué mejor que el capitán de la guardia, favorito de Ay y quizá futuro faraón?

Sintió en sus entrañas un caldero hirviendo, el calor se extendió por sus metu , que crepitaban de rabia y frustración.

¿Y si ella..., ¡por Osiris!, y si ella también había planeado la muerte del faraón para que esa endemoniada pretensión achacada a un sueño premonitorio se cumpliera?

¿Podía Selkis ser tan abominablemente manipuladora?

Aquellas nefastas especulaciones lo sumieron en una congoja que ensombreció su rostro.

—¿Te encuentras bien, hijo? —inquirió Berenice.

—Sí, madre, la luz de la verdad me ha deslumbrado; cuando me acostumbre a ella volveré a ver.

Lo observaron con extrañeza, pero ninguno se atrevió a preguntar más sobre aquel tema.

Berenice envolvió parsimoniosamente la marmita ya vacía y el odre en un lienzo deshilachado y le dedicó una sonrisa afectada.

—¿Cuándo partes al norte?

—El mismo día en que Ay sea investido faraón, las tropas de su meli marcharán a la frontera para defender la Tierra Negra de sus enemigos.

—Un nefasto día ese —masculló su padre con pesadumbre.

—¿Por qué nadie se opone abiertamente a la investidura de ese hombre?

—No conozco las intrigas palaciegas, pero Ay es un hombre astuto y ladino que a buen seguro ha sabido ganarse favores prometiendo cargos importantes, tierras, caudales y poder si asciende al trono.

Debe de contar con apoyos en la corte, aunque está claro que ve amenazada su posición y por eso se ha arriesgado con el interregno.

—Un movimiento peligroso ese, que ha soliviantado al pueblo y a gran parte de los gentiles.

—Si Horemheb estuviera aquí, los enemigos de Ay se habrían alzado, pues tendrían un postor al trono.

—De todos modos, tampoco tiene linaje real —rebatió Nun—, y sería difícil discernir cuál de los dos gobernaría mejor Kemet.

—Cierto. Además, es bastante posible que vivamos ambos reinados, Ay es un hombre anciano.

La sacudida de un escandaloso badajo puso fin a la conversación.

El centinela agitó de nuevo la campana y se encaminó hacia ellos.

Berenice se abrazó a su cuello. Nun cobijó su rostro en el de su madre y elevó una silente plegaria por su familia.

Después se puso de rodillas y abrazó a su hermana con extremo mimo.

Acarició su sedoso cabello zaíno y, al separarse, la miró largamente, memorizando sus rasgos.

Quizá tardaría en volver, y buscó en ella a la mujer en que se convertiría, despidiéndose de la niña que ahora tenía enfrente.

—Debes prometerme que cuidarás de ellos hasta mi regreso, ¿lo harás?

Acenath asintió con semblante apenado.

—Claro que sí, no pienso casarme hasta que me releves.

Nun sonrió y le alborotó el cabello.

Se puso en pie y se encaró a su padre.

Kosei tenía la mirada húmeda y el gesto contraído.

—Hijo..., regresa a nosotros.

Se abrazaron impregnados de cariño y sentimientos encontrados. Kosei palmeó su espalda y esquivó su mirada cuando se separaron. No fue suficiente para ocultar el llanto que ya manaba desbordado. Se refregó con rudeza el rostro y se enjugó los ojos con el borde de su túnica.

—Regresaré, y entonces llorarás de alegría.

Kosei asintió. Su mentón retemblaba, y Nun deseó volver a abrazarlo.

—Y de orgullo —añadió con voz quebrada.

—¡A la celda! —ordenó el guardia.

Nun caminó hacia atrás sin darle la espalda a su familia, absorbiendo su imagen, atrapando cada gesto, paladeando cada instante.

Los vio alejarse empujados por otro centinela, abrazados y contritos.

Y en ese preciso momento, se dijo que enfrentaría al mismísimo Horus si era necesario para volver a verlos.

Se adentró en el calabozo cabizbajo y ausente, masticando duramente el dolor que ya reventaba en su pecho como las flores de loto que adornaban la ribera del Nilo. Se sentó en una esquina penumbrosa y se abrazó a sus rodillas, escondiendo la cabeza entre ellas.

Dejó que los sollozos emergieran, sofocados y rotos. Sin embargo, no se permitió regodearse en ellos. Cuando consiguió aligerar la garra que oprimía su corazón, se secó el rostro y permaneció absorto en el juego de luces y sombras que Atum-Ra dibujaba entre los barrotes.

Pasó largo tiempo en aquella posición, inmóvil, cautivo de sus pensamientos, ausente de su alrededor.

La tarde dio paso a Neftis, la dama de la noche, trocando oro por plata, agrisando las luces y ennegreciendo las sombras.

Al final, lo rindió el cansancio y se tendió en el frío y duro lecho de tierra, dejándose vencer por el sueño.

Se sucedieron varias y agitadas duermevelas hasta que un sonido lo despejó.

Alguien chitaba a su lado.

Parpadeó confuso y miró en derredor.

Fenuku apenas se recortaba contra la oscuridad, el blanco de sus grandes ojos y el fugaz e intermitente resplandor de su dentadura lo vistieron de realidad.

—Cantero, necesito tu apoyo en un encargo especial —susurró intrigante.

Nun se incorporó, todavía confuso, y se encogió de hombros.

—¿De qué se trata?

—Me han encomendado una misión. Pero necesito un grupo que me secunde, es urgente que se realice con éxito.

—¿A ti, un esclavo nubio? —inquirió receloso.

—A mí, sí, justamente porque lo soy.

—¿Quién te ha pedido el encargo?

—No puedo decirlo, pero sí la recompensa. Seremos libres y dueños de un buen puñado de plata con el que podremos establecernos cómodamente donde queramos.

—¿Y te fías?

Oyó un resoplido y atisbó en la oscuridad un ligero movimiento que supuso de hombros.

—¿Tengo otra opción?

—Se supone que alcanzaremos la libertad si servimos bien al faraón en sus contiendas.

—¿Y te fías? —devolvió Fenuku agudo.

Nun inspiró hondo y se rascó la cabeza.

—Escúchame, Nun, ¿cuántas batallas habremos de librar para que el faraón se dé por satisfecho y nos libere? ¿A cuántas batallas podremos sobrevivir? Siempre habrá enemigos contra los que luchar, fronteras que defender y reinos que conquistar. Esa libertad puede tardar más que la vida que nos quede.

Nun reflexionó sobre aquello, descubriendo la verdad en las palabras del nubio.

—¿Qué tenemos que hacer?

—Matar a Horemheb.

En efecto, tendría que enfrentarse al mismísimo Horus para regresar.