La muerte que respiras Capítulo 15. Un ojo se cierra, muchas bocas se abren
30%

Capítulo 15. Un ojo se cierra, muchas bocas se abren

Un ojo se cierra, muchas bocas se abren

Lukma, el oráculo, yacía inerte en las frías losas del pavimento.

Amsu lo observaba compungido mientras el capitán y sus hombres estudiaban el cuerpo.

Había sido envenenado de igual manera que los anteriores y, como ellos, en su boca abierta y desencajada por la congelada mueca de la desesperación asomaba un escarabeo de lapislázuli.

Sin embargo, aquella muerte sí desató la alarma en el pueblo de Waset.

Si algo veneraba un tebano, además de a los dioses y sus representantes, era el poder divino del oráculo, el más respetado de los sacerdotes de Amón, pues a través de sus visiones guiaba el destino de Kemet, advirtiendo de peligros y anticipando bonanzas.

Su videncia mágica confería protección, llegando a considerarse una especie de amuleto carnal contra las tragedias, por su condición de adivino.

El templo de Karnak, el gran santuario de Amón, había sido mancillado por la muerte, vilipendiado por un infame asesino que sacrificaba a los representantes de Amón impunemente, amenazando con perder el favor de los dioses; bullía de actividad aquella mañana.

Decenas de curiosos pululaban alrededor de éste compartiendo cuchicheos, atentos a todo movimiento, tan temerosos como beligerantes.

Los hombres de Najmint contenían a la indignada muchedumbre, intentando fútilmente que regresaran a sus hogares.

En algunos puntos estallaban reyertas que los soldados se aprestaban a sofocar a golpes. Los encendidos ánimos de la turba, creyéndose desprovistos del favor del dios, culpaban a la guardia real de no saber proteger debidamente el más importante enclave de culto de la metrópoli.

Amsu examinaba con detenida atención el cuerpo de Lukma, mientras aguardaba a que la guardia pusiera orden en el exterior. Sin embargo, su examen fue interrumpido por Hasani y dos sacerdotes más, Mosi y Ebo, que lo contemplaron reprobadores.

—No oséis profanar el cuerpo de nuestro amado oráculo —advirtió ceñudo Hasani.

—No hacía tal cosa.

—¿Y qué hacíais, entonces?

—Buscar pistas en él que puedan conducirnos a su asesino.

Mosi, el más anciano y rígido de los tres, se adelantó para taladrarlo con una mirada despectiva.

—Sois un simple médico que apenas sabe de dolencias en los vivos.

No estáis capacitado para tratar con los muertos, sólo los embalsamadores reales podrían hallar la causa de la muerte.

Ya fuimos informados de la carnicería que obrasteis en el cuerpo de Badrú, y puedo aseguraros que pagaréis por ello.

No habéis sido autorizado para encargaros de una empresa tan delicada.

—Fui requerido y autorizado por el capitán de la guardia.

—Entre los muros de este templo la única autoridad la ejerce el sumo sacerdote y primer profeta Perennefer. Nadie más —recordó afilando su tono.

Hasani esgrimió una sonrisa relamida.

—El capitán Najmint es el encargado de la investigación y necesita respuestas a sus preguntas para encontrar al culpable —se defendió Amsu furioso.

—Debería haber acudido al embalsamador real, Adom, sólo él puede dárselas —apuntó Mosi vehemente—. ¿Quién le dijo que acudiera a vos?

—No lo sé, pero yo no dudé en prestarle mi ayuda, como haría cualquiera de nosotros.

—Los médicos laicos sois insubordinados e impertinentes. Vagáis itinerantes y, cuando se os ofrece un lugar donde afincaros, os negáis a asimilar sus normas. La ingratitud es el más vil de los defectos, a mi parecer.

—No, el más infame y peligroso de los defectos es la soberbia —replicó Amsu malhumorado—, pues denota inflexibilidad de pensamiento, ciega la mente y además ata las vendas a quienes desean ver.

Mosi compuso una expresión iracunda. Su tez enrojeció y sus pequeños ojos oscuros se amusgaron rebosantes de resentimiento.

—Vuestra ofensa se cobrará un merecido destierro. No cejaré hasta que seáis expulsado del templo. —Acompañó la amenaza de una mirada afilada y mordiente.

Amsu observó en Hasani la misma intención.

Sus enemigos se multiplicaban como las plagas del desierto sacudidas por la ira de Horus.

Observó a Ebo, intentando adivinar en la impertérrita expresión del sacerdote más joven algún atisbo que lo definiera.

Pero fue incapaz de discernir si aquella máscara pétrea que esgrimía ocultaba a un aliado o a un adversario.

—Si el primer profeta así lo dispone, abandonaré el templo —aceptó simulando indiferencia—. Mientras tanto, continuaré colaborando con el capitán de la guardia, sea o no de vuestro agrado.

Una vez declarada la guerra abiertamente, no tenía sentido mostrar sumisión. Así que compuso una pose altiva y un gesto retador.

Mosi le digirió una mirada despectiva y se alejó seguido de sus acólitos.

La sola idea de abandonar el templo sembraba en su interior un desasosiego insidioso.

A su ya avanzada edad y con las capacidades mermadas, moriría de inanición en cualquier inhóspito rincón.

Su expulsión no sólo implicaba la muerte, también la ignominia y el fracaso de su más vital fin: traspasar el gran secreto de su estirpe.

Suspiró caviloso, debía encontrar la manera de impedir su destierro. Ver a Najmint cruzar las puertas de entrada y encaminarse hacia él le supuso una especie de revelación. Si había un hombre en todo Tebas que podía ayudarlo, ése era él.

Su expresión huraña y su gesto torvo no empañaron el mohín decidido que pulsaba en su mentón.

Se detuvo a los pies de Lukma, le dirigió una fugaz mirada y luego posó sus penetrantes ojos en Amsu, inquisitivos y apremiantes.

—Sigue las pautas de los anteriores, ¿no es así?

—Así es, capitán.

Najmint asintió ceñudo e inspiró profundamente. Fuera, la plebe continuaba su alzamiento.

—Debemos atrapar al culpable o toda la ciudad se amotinará en nuestra contra. Y de momento, no hemos logrado descubrir nada que nos conduzca al culpable —se lamentó frustrado.

—Consulté los papiros sobre venenos y toxinas y no encontré nada que encaje con los síntomas.

El bizarro capitán observó de nuevo el cuerpo de Lukma y una chispa iluminó su sagaz mirada.

—¿Encontraron aquí el cuerpo?

—Sí.

—¿Y no te parece extraño?

Amsu no había pensado sobre ello, pero ante la mención asintió con franca extrañeza. A pesar de vivir en un anexo del templo, apenas mantenía contacto con los sacerdotes ni conocía sus rutinas, a no ser que lo buscaran a él para algún particular.

—Sí, a los otros dos los sorprendió la muerte en la biblioteca.

—Sin embargo —reflexionó el capitán—, debe de haber un nexo de unión entre las víctimas. Algo que haya atraído hacia ellos la mirada del asesino.

—Los tres son escribas del templo, a juzgar por las manchas de tinta en sus dedos —informó Amsu.

Najmint se agachó en cuclillas, tomó la mano diestra del cadáver y observó las yemas de sus dedos.

—En efecto, como los anteriores, aparecen manchas de tinta emborronada, como si acabara de escribir algo.

—O de borrar o rectificar algo —matizó el sunu .

Aquella observación sumió a Najmint en más cavilaciones.

—Quizá comenzó a sentirse mal y, temiéndose su fatal destino, salió corriendo de la biblioteca hacia la salida, quizá para... quizá para avisar al guardia que tengo en la entrada... ¡Maldición!

Amsu lo miró expectante. Podía ver cómo tras la vivaz mirada del capitán se apelotonaban multitud de teorías, que, como hebras en un telar, intentaba tejer de manera coherente.

Descartando hilos sueltos y apretando la urdimbre de un tapiz que comenzaba a configurarse paulatinamente, mostrando una imagen que hizo refulgir su mirada con la chispa del conocimiento.

De repente, Najmint avanzó a la carrera atravesando la sala hipóstila. El viejo sunu intentó seguirlo, pero por la dirección que tomaba supo adónde se dirigía.

Llegó jadeante a la vasta biblioteca, dentro de la Casa de la Vida. El capitán revisaba los pupitres de los escribas escudriñando los útiles de escritura.

—El de Lukma debía de ser ése —señaló Amsu, apuntando su índice hacia un rincón sombrío—, es el único que tiene una vela consumida. A los escribas les está prohibido dejar velas en la biblioteca, las portan y se las llevan consigo para evitar accidentes.

Najmint se apresuró hasta el lugar de trabajo del oráculo.

—El veneno debe de esconderse en alguna de las herramientas. Puede estar diluido en la tinta o impregnado en el cálamo.

Ambos posaron su atención en los utensilios que había sobre el tablero: dos cuencos de granito donde se machacaban los pigmentos, un recipiente con agua, una paleta con dos cavidades, una manchada de tinta negra y otra con tinta roja, y el cálamo, que tenía uno de los extremos deshilachado y tiznado de negro.

Najmint tomó este último y lo olfateó con ciertas reservas.

Aquel gesto despertó en Amsu un conocimiento dormido.

—Sea lo que sea lo que contenga esa tinta ya es inocuo.

El capitán frunció el ceño y lo observó inquisitivo.

—Pues acaba de matar a un hombre.

El sunu asintió y derramó la mirada sobre los cuencos con semblante reflexivo.

—Acabo de recordar haber leído que los venenos inhalados son volátiles. Se diluyen en el aire y, por consiguiente, pierden su efectividad pasado poco tiempo. De no ser así, no quedaría una rata viva en todo el templo.

—En tal caso, cabe suponer que el asesino los obligó a inhalarlos. Quizá acercándoles un paño impregnado en esos letales efluvios —elucubró Najmint.

—Es una posibilidad —coincidió Amsu.

Tomó el cuenco donde reposaban restos de tinta negra y lo acercó a su nariz.

De pronto, agrandó los ojos, golpeado por un aroma en particular.

—¡Huele a cobre!

Era un olor sutil, efímero y huidizo, pero para él claramente identificable.

—¡Por Osiris, ¿cómo he podido ser tan necio?! —agregó mientras se daba palmadas en la frente.

—¿Qué se te ha pasado por alto?

—La tinta negra está confeccionada con negro carbono ¡y cobre!

Najmint entrecerró la mirada y le arrebató el cuenco para olfatearlo.

—Yo sólo detecto un leve toque ahumado.

—Es difícil de percibir para quienes no están habituados a él, pero yo suelo usar escamas de cobre para preparar algunos ungüentos curativos bastante peculiares y reconozco a la perfección el olor, es bastante característico.

—Entonces, el asesino olía a tinta.

—Sí —confirmó Amsu—, no sabemos si porque es un escriba o porque manipula la tinta para mezclarla con el veneno.

—O por ambas cosas —apostilló el capitán.

En aquel momento Najmint se demudó y sus ojos adquirieron ese peculiar fulgor que otorga la comprensión súbita.

—Por eso el asesino utiliza una cabeza de chacal, una máscara, para no inhalar el veneno mientras lo manipula.

—Y por eso la respiración que yo oí aquella noche era sofocada —recordó Amsu—. Si la curiosidad me hubiera hecho abrir los ojos, el asesino me habría matado.

Najmint asintió, todavía enfrascado en sus propias especulaciones.

—Las tres víctimas comparten también un borrón de tinta en la yema de los dedos, estaban trabajando, solos y a horas intempestivas, algo imagino poco habitual en el templo.

Y en ninguno de sus tableros de trabajo se ha encontrado el papiro sobre el que lo hacían.

Lo que me lleva a pensar que el asesino sabía de qué se trataba y no quería que continuaran con aquella labor.

—¿Y no le resultaría más fácil robar simplemente los legajos?

Najmint inspiró profundamente y negó con la cabeza.

—No se trata sólo de eso, hay algo más en todas estas muertes.

Estoy seguro de que todo debe guardar una minuciosa relación: el veneno elegido, los papiros que roba, el escarabeo en la boca, hasta la elección de Anubis para la máscara.

.. Nos falta encontrar un vínculo común para resolver el misterio.

Cuando sepamos el motivo, será más fácil despejar la última incógnita, la identidad del asesino.

De momento, ya tengo otro hilo del que tirar.

—¿Cuál es el siguiente paso? —preguntó Amsu arrobado con la brillante lógica del capitán.

—Si hay alguien en Karnak con la potestad de encargar un trabajo secreto a los escribas del templo, debe de ser el primer profeta, el sumo sacerdote, Perennefer; nada entre estos muros escapa a su control.

Amsu reparó entonces en que, efectivamente, que los escribas trabajaran a aquellas horas sólo podía deberse a que el encargo exigía un celo especial. Una labor peligrosa y secreta que nadie había de conocer.

—Quizá por eso Perennefer no autorice a tus hombres a que ronden el templo de noche.

—El pueblo se subleva, exige la captura del asesino, el Chacal del Templo, lo llaman.

Mi intención era usar la presión de un levantamiento para forzar al sumo sacerdote a permitir que mi guardia traspase estos muros por la noche.

Pero ahora también la usaré para hacerlo hablar sobre ese misterioso encargo a los escribas.

—Os deseo suerte, capitán, aunque a una mente tan aguda como la vuestra no le hará mucha falta.

—Siempre es necesario el favor de los dioses.

—Y tan necesario, yo rezaré a Amón para que evite mi destierro.

Najmint alzó las cejas con asombro.

—¿Tu destierro?

Amsu asintió con semblante sombrío y ánimo preocupado. Respiró pesadamente y le narró lo sucedido con los sacerdotes del templo.

—Ellos contarán con el respaldo de Perennefer, pero yo cuento con el del futuro faraón. Y te aseguro que en este templo, y a tenor de las circunstancias, las medidas del faraón y su guardia se impondrán por el bien de Tebas.

El sunu asintió complacido. La determinación que exudaba el capitán alivió sus temores.

Confiaba en aquel hombre, y en aquel momento supo que los consejos dados a Selkis habían sido de lo más acertados.

Si alguien podía protegerla, cuidarla y amarla, era él.

Y una mujer como ella, indómita y temeraria, necesitaba un guardián a su lado.

Sobre todo con el legado que pronto llevaría sobre sus hombros.