Capítulo 14. Lanzando y mordiendo anzuelos #2
—Así es, se trata de un artificio similar al que se usa para evitar que los saqueadores accedan a las tumbas reales, pero a mucha menor escala, naturalmente, y con sus necesarias diferenciaciones.
—¡Qué gran mente se debe poseer para elucubrar algo tan magnífico!
—Es nuestro trabajo, construir y preservar.
Najmint fingió una pose cavilosa animada por un brillo entusiasta en los ojos, como si su mente fuera sometida al reto de un acertijo enrevesado. Finalmente, terminó su argucia lanzando el cebo.
—Se trata de un compendio de trampas, ¿no es cierto? —pronunció aquellas palabras con la excitación inocente de un niño aguardando la aprobación de su maestro.
Ineni negó relamido, mordiendo el anzuelo.
—No, en este caso no se sella el acceso, no tendría sentido. Pero se han usado unos dispositivos compuestos de ejes y pernos engranados que se activan ensamblando una llave especial. Al introducirla, un juego de poleas desbloquea la puerta. Naturalmente, la ranura está en la cara interna.
—Soberbio —musitó Najmint—. Debe de ser una llave muy concreta, se me ocurre que quizá ni parezca una llave, para así camuflar el secreto que conlleva.
—Sois muy sagaz, capitán, es un colgante que pasa muy desapercibido.
Najmint fijó sus ojos en el desnudo cuello de Ineni.
—Veo que tu prudencia no te permite llevarlo encima.
—Está a buen recaudo, junto con el plano.
Najmint ocultó la sonrisa complacida que cosquilleaba en las comisuras de sus labios. En cambio, el iluso Ineni la mostraba en todo su esplendor, desconocedor de la valiosa información que acababa de proporcionarle.
—¿Puedo saber para qué necesitáis esos planos?
—Para acceder a ellos.
—Sólo pueden usarse en caso de extrema emergencia.
—Pues alguien los está usando.
Ineni agrandó sorpresivamente los ojos y desencajó la mandíbula en una mueca impresionada.
—Eso es imposible —alegó nervioso.
—Uno de los túneles acaba en mi cámara, yo mismo presencié la otra noche cómo algo se cerraba ante mí, un trozo de pared. Hay un merodeador que se ha hecho con la llave y los conoce a la perfección. El único modo de capturarlo es atraparlo en su propia ratonera.
—No estoy autorizado a proporcionaros lo que pedís. Sólo el faraón puede ordenármelo.
—Bien, en tal caso, habré de conseguirlo de otro modo. Puedes retirarte.
Ineni asintió y se marchó cabizbajo.
Najmint se dirigió a su vez hacia su cámara, ordenando la información en su cabeza y planeando los pasos que seguir.
Si había tres llaves y tres planos, sólo había un propietario que ya no podía custodiarlas: Tutankamón.
Y aquella posibilidad subrayaba una hipótesis inquietante.
El asesino era allegado del fallecido faraón.
Fue fácil comenzar a atar cabos. Vivía en el templo, y tenía acceso al cuerpo.
El círculo se cerraba. Su mente se centró en los embalsamadores reales y en los sacerdotes de más rango.
Tragó saliva, sintiendo en la garganta la aspereza que otorgaba la desazón.
Una imagen acudió a su mente mientras enfilaba el corredor que llevaba a su puerta: el colgante que lucía Ay en su pecho. Un dije de oro representando el signo anj pendiendo de una cadena de plata, el emblema de la vida. ¿Sería ese dije la llave?
Abrió las puertas de su cámara. Y lo que vio ante él volatilizó toda elucubración sobre el caso.
Selkis, de espaldas a él, recortada contra la ventana, lucía una camisola semitransparente que más que cubrir resaltaba las gráciles líneas de una espalda sinuosa.
Sus ojos bebieron con avidez aquella tentadora estampa, deteniéndose en la curva de su angosta cintura, en las redondeces de sus caderas, en la turgencia de sus nalgas prietas, en la esbeltez de unas piernas largas y bien torneadas.
Dejó escapar una exhalación cautivada.
Cuando ella se volvió hacia él, dos rosadas areolas atraparon su atención asomando a través de aquella fina seda y, como si sus ojos fueran presos de un hechizo que los imantaba a aquel soberbio y lozano cuerpo, descendieron en contra de su voluntad hacia el triángulo de vello que ocultaba su femineidad.
Sintió la feroz pulsión de su masculinidad latiendo hambrienta en su ingle, reclamando alivio, exigiendo compensación a la tortura de la contención diaria, pues cada noche la sufría cuando ella, rendida a un sueño profundo, se rozaba contra él.
Sentir la calidez y el peso de su cuerpo junto al suyo envaraba su ánimo, sometiendo a una dura prueba de fuego su determinación, desgastándola, hasta el punto de tener que salir del lecho y pasear por la habitación, e incluso acudir al estanque del patio y refrescarse en mitad de la noche.
Pero aquello, aquella subyugadora visión, sin duda urdida por la diosa Anuket, desgarraba hebra a hebra la firme renuncia de poseer su cuerpo si antes no se había ganado su corazón.
Apretó los puños, desvió la mirada y se dirigió al lecho.
—Esposo —ronroneó ella.
Aquella voz..., aquel tono... macerado en ambrosía, modulado con la cadencia de un arpa acariciada por los dioses, prendió una llama nueva en la vivaz hoguera que ya lo consumía.
La miró con extrañeza, para descubrir una copa en su mano que había pasado por alto.
Estudió sus hermosos ojos felinos, en ellos refulgían los traviesos taninos de un vino juguetón. Bes, el licencioso dios de la embriaguez, bailoteaba en ellos.
Se acercó a ella, le arrebató la copa y bebió un trago. Era shedeh , y de muy buena calidad, por cierto.
Aquella curiosidad lo expuso a sus encantos. Selkis aprovechó la cercanía para ceñirse a él y rodearle la nuca con las manos.
—Hathor me ha hablado —comenzó melosa.
—¿Y qué te ha dicho la diosa del amor?
—Que soy tuya.
Acercó su boca a la suya y lo besó, al principio tímida y con reservas. Pero ante su aparente impasibilidad, ella se volvió más audaz. Sentir cómo la húmeda y sedosa punta de su lengua se abría camino entre sus labios lo abocó a un abismo del que no estaba seguro de poder volver.
No obstante, se dejó arrastrar a la vorágine de un beso apasionado, saboreando las mieles prohibidas, rindiéndose momentáneamente a aquel implacable deseo que lo constreñía, como si un alacrán pinzara sus entrañas.
Y, en efecto, un veneno insano brotó de su interior, extendiéndose como una plaga arrolladora.
Sus manos acariciaron cada palmo de aquel voluptuoso cuerpo, encendiendo el suyo propio.
Los gemidos de la mujer y su rendida entrega anularon su juicio, y finalmente la tomó en sus brazos para llevarla al lecho.
En su apresurado avance, golpeó con el pie un ánfora y el vino se derramó, recordándole que su esposa lo había necesitado para poder ofrecérsele.
Aquel pensamiento fue su más gélido estanque.
La depositó en la cama y la observó con el ánimo inflamado, ya no de deseo, sino de ira.
Ella tramaba conseguir algo de él y se entregaba sin reservas en pos de un interés oculto.
Y si aquello no fuera lo suficientemente deleznable, que precisara beber para seducirlo lo convertía en un hombre nada deseable a ojos de su esposa.
Herido en su orgullo y en su corazón, se apartó de ella.
Selkis atrapó su muñeca intentando atraerlo.
—Será mejor que duermas. Sea lo que sea lo que busques de mí, seguro que acabarás por arrepentirte.
—Busco ser tu esposa a ojos de los dioses.
Su voz ya no le pareció sensual, sino simplemente pastosa.
—Cuando no necesites a Osiris para buscarme, seguro que me encontrarás.
Y salió raudo de la cámara.