La muerte que respiras Capítulo 14. Lanzando y mordiendo anzuelos
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Capítulo 14. Lanzando y mordiendo anzuelos

Lanzando y mordiendo anzuelos

Ay lo contempló con mirada ausente desde la silla del trono del difunto Tutankamón. Verlo ahí sentado instaló en Najmint una desazonadora inquietud.

Hasta transcurridos los setenta días que duraba el proceso de embalsamamiento real, no podía celebrarse la ceremonia de investidura del sucesor. Y, por tanto, aquella inusitada ostentación de poder podía considerarse sacrílega.

Las libertades que Ay se tomaba eran fruto de su ilimitada ambición.

Lo urgía apoderarse del trono y quizá pretendía que la corte comenzara a acostumbrarse a su inminente posición, haciendo uso de los enseres que no le pertenecían y que pasarían a formar parte del ajuar del difunto cuando fuera encerrado en su cámara funeraria.

Y esa impaciencia revelaba el temor a que cualquier contingencia le usurpara el poder que tanto ansiaba.

Una contingencia con nombre de general.

A pesar de que Horemheb estaba en la frontera conteniendo a los enemigos del imperio, todavía podía regresar a tiempo de oponerse a la investidura. Y ese miedo, infundado o no, precipitaba riesgosamente las libertades que el chaty se tomaba.

—¿Qué te trae hasta mí, buen Najmint?

Cuando por fin salió de su abstracción y fijó sus ojos en él, descubrió en ellos esa veta de rencor soterrado que había emergido a raíz de su matrimonio con Selkis.

—Acudo a vos por el caso de los asesinatos en el templo.

Ay frunció el ceño y exhaló un suspiro desdeñoso.

—Es un asunto que no me atañe, es tu función velar por la seguridad del palacio y del templo, pero veo con pesar que parece sobrepasarte.

Najmint encajó el reproche oprimiendo los labios.

—Os atañe más de lo que imagináis —osó replicar—, pues no os conviene que vuestro reinado coincida con las muertes de los representantes de Amón, el pueblo podría interpretarlo como un mal augurio.

Ay torció el gesto y repiqueteó los dedos de ambas manos en los extremos de los reposabrazos con forma de león en oro macizo.

—¿Qué necesitas de mí? —inquirió con acritud.

—Que convenzáis a Perennefer de permitir a mi guardia hacer rondas nocturnas por el templo. Creemos que el culpable mora ahí.

—Sería pedirle que transgrediera las sagradas normas, y ahora mismo no me interesa contrariar al sumo sacerdote.

Najmint avanzó unos pasos con semblante severo.

—¿Debemos esperar entonces a que sigan asesinando a más sacerdotes hasta que el pueblo se amotine a sus puertas? —presionó ofuscado.

El chaty frunció los labios con acentuado disgusto y lo fulminó con una mirada airada.

—Soy un hombre anciano —comenzó pausado—, no viviré mucho, a lo sumo unos pocos años.

Mi intención es nombrarte mi sucesor. Te has desposado con la hija de mi rival y, por ende, del tuyo.

Horemheb es astuto y taimado y hará cuanto esté en su mano para desbancarte.

De hecho, ya ha comenzado a hacerlo, logrando que su bella hija te manipule con sus encantos.

Debemos buscarnos apoyos para enfrentar sus intrigas, obtener el favor del alto clero de Amón es imprescindible.

Yo no puedo disgustar a Perennefer, y tú has de evitar más muertes y capturar al culpable.

Mi ascenso no fue azaroso, Najmint, llevo labrándolo muchos años, desde que Tutankamón quedó huérfano y me convertí en su asesor.

Fui yo quien le hizo ver la herejía de su padre Akenatón, rindiendo culto a un solo dios, al infame Atón, fundando la ciudad de Amarna, llevando a su pueblo a la desgracia de esa utopía absurda.

El joven Tut restableció el culto a Amón y al resto de las divinidades gracias a mis consejos, incluso se cambió el nombre para reafirmar su culto.

Obtuvimos de nuevo el apoyo de los sacerdotes y del pueblo, y la Tierra Negra prosperó.

Me ha costado mucho llegar hasta aquí. Ahora te toca sembrar a ti; yo te he puesto en el camino, pero debes andarlo tú.

Najmint asintió con rictus imperturbable. Permaneció un instante en silencio reflexionando sobre la disertación de Ay. Tras ordenar sus pensamientos y plantearse una estrategia que seguir, musitó:

—Un camino pretencioso, sin duda, para el que no sé si estoy cualificado, pero agradezco profundamente la confianza depositada en mí.

No obstante, mis ambiciones no aspiran a tan elevado cénit, y dudo que a vuestra muerte yo logre imponerme a un héroe nacional como lo es el comandante de los ejércitos, el gran Horemheb, a los ojos de pueblo y del clero.

Soy un hombre cabal y realista, conocedor de mis limitaciones y de mi alcance.

Las intrigas de la corte, las luchas de poder y la política de Estado no entran dentro de mis aspiraciones.

Me siento complacido con el puesto que ocupo en el reino, un lugar privilegiado a mi entender.

Salvaguardar a los gentiles es un trabajo que me satisface plenamente.

Así pues, y conociendo mi escasa posibilidad de ascender al trono de Kemet, y mis nulas ganas de poseerlo, vuelvo a pediros que penséis sólo en vuestro reinado y valoréis si os conviene más disgustar al sumo sacerdote de Amón o exponeros a que el pueblo se amotine.

Para su asombro, Ay sonrió admirado. La ajada piel de sus mejillas remarcó sus ya profundas arrugas, como si fueran dunas de carne superponiéndose unas a otras, empujadas por el viento de su ánimo.

—Egipto se perderá un gran faraón. Extremadamente inteligente, honesto, noble y valeroso. Créeme que lamento tu decisión.

—Yo sigo aguardando la vuestra.

Ay inspiró largamente y al final asintió.

—Hablaré con Perennefer. Mas mucho me temo que deberé adelantar mi investidura, incurriendo en el interregno.

Najmint guardó silencio. Una vez conseguido lo que había ido a buscar, la prudencia lo instó a no seguir mostrándose tan audaz.

Y más con un tema tan peliagudo que además le era ajeno.

Dejó que el taimado Ay le adjudicara la culpa de romper el plazo de investidura y coronarse antes de tiempo, para ejercer su poder sobre el sumo sacerdote sin temor a represalias, cuando en realidad eran las ansias de poder lo que lo urgían a semejante transgresión.

Pero aquello no lo competía.

Bajó la cabeza en señal de respeto, dando por concluida la reunión, y Ay lo despidió con un altivo y efímero gesto de la barbilla.

Anochecía cuando abandonó la cámara real.

Repasó en su cabeza la lista de pendientes que había trazado al inicio del día, para descubrir que se había dejado dos sin resolver.

Había olvidado interrogar al testigo, Lukma, el oráculo.

Se disculpó a sí mismo, pues la jornada había sido ajetreada y productiva.

Al día siguiente se encargaría de esclarecer ese cabo suelto.

Sin embargo, el otro asunto no podía demorarlo.

Habían intentado forzar la apertura del rincón donde había oído cerrarse una puerta, pero ni picando la piedra caliza habían conseguido nada.

Así que, por seguridad, decidió tabicar todo el muro con bloques nuevos, taponando al menos aquella salida.

Pero todavía quedaba encontrar la entrada de aquellas ratoneras y averiguar quién estaba usándolas y con qué fin.

Todo apuntaba a que era el asesino del templo y, si así era, todavía urgía más su captura.

Mandó llamar al arquitecto real y se sentó a esperarlo en la cámara de su barracón.

Ineni, un hombre menudo de mirada afilada y gesto despierto, apareció sin ocultar su desconcierto ante lo intempestivo de la hora.

—Disculpa el momento, pero apenas he tenido un respiro en todo el día, y me urge hablar contigo.

—Siempre a vuestra disposición, y más si el motivo es de gravedad, como parece.

Su estentórea voz contrastaba con su frágil corporeidad.

Que todos en palacio supieran que era el favorito de Ay, el futuro faraón, le había ganado adeptos interesados que se afanaban por complacerlo. Al menos, la desmedida ambición del chaty lo favorecía en algo.

—Me consta que en palacio existe un entramado de túneles secretos que conectan algunas cámaras entre sí. Necesito el plano que los muestre.

Ineni lo observó con fijeza, entrecerrando perspicaz la mirada.

—En efecto, así es, se construyeron para seguridad del faraón y los altos dignatarios de la corte, en caso de invasión enemiga. Mi antecesor sólo hizo tres planos de ellos que debían estar en poder del faraón, del chaty y del arquitecto en funciones.

—O sea, tú.

—Yo poseo una de las copias, para ello tuve que jurar preservar su confidencialidad —apuntó con semblante digno.

Najmint, ante la firmeza en la expresión de Ineni, decidió abordar la cuestión desde otro ángulo. Una de las máximas de todo enfrentamiento era calibrar al enemigo, estudiar su técnica y distraerlo hasta encontrar su punto débil.

—Si son túneles construidos ante la amenaza de una invasión, presupongo que desembocan en el exterior, y no sólo de palacio, ¿no es así? —aventuró.

—Cierto, llevan a los muros exteriores de la ciudad.

—¿Tan largos son?—inquirió fingiendo afectada impresión.

—Si el enemigo invade el palacio es de suponer que ya habrá conquistado previamente toda la ciudad —explicó con marcada suficiencia.

—Una idea brillante, como todas las que vuestro gremio nos regala —alabó Najmint.

Otra de las tácticas que solían darle excelentes resultados era alabar al interrogado.

Aquello conseguía dos cosas importantes.

Una, engrosar su ego para confiarlo, y la segunda, favorecer su colaboración, pues todo hombre agasajado era más susceptible de soltar la lengua para ratificar los halagos recibidos y obtener más.

Y por su nutrida experiencia sabía que la locuacidad solía ser fuente de asombrosas revelaciones.

—Y ante mi magna ignorancia en estos temas —continuó en tono fascinado—, pero usando la lógica, imagino que las puertas de acceso a los túneles desde el exterior gozarán de algún ingenioso mecanismo para que sólo puedan abrirse desde dentro, ¿es así?