La muerte que respiras Capítulo 13. La incipiente llama de la vida
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Capítulo 13. La incipiente llama de la vida

La incipiente llama de la vida

El anciano comenzó a jadear conmocionado.

Su mirada desorbitada y la mano izquierda aleteando sobre su pecho hicieron temer a Selkis un ataque de cardias, como los que había leído en los papiros.

Tenía entendido que comenzaba con un dolor en el brazo y seguidamente en el pecho hasta engarrotar al enfermo, provocándole una muerte súbita.

Se precipitó sobre Amsu para abanicarlo con un trapo.

Aunque temía que su confesión le hubiera provocado semejante impresión, no recordaba haber leído la cura a semejante dolencia.

Asustada, corrió a por agua, sin ocurrírsele nada más efectivo para aliviar su consternación.

—¿Te has propuesto acabar conmigo? —gimió atribulado—. ¿A qué de tanta cura si al final habías planeado matarme de un disgusto?

—Lo siento, maestro... Es sólo que, bueno, yo...

—Vamos por partes, muchacha, y te ruego que alargues los detalles, esas contundentes aseveraciones tuyas son como flechas en mi pecho. Me niego a creer que tú, tan entregada a la sanación, hayas provocado la muerte a alguien, y mucho menos a nuestro faraón.

El sunu se sentó y aceptó de buen grado el agua que ella le ofrecía.

—En realidad provoqué su muerte indirectamente.

—Por el todopoderoso Amón-Ra, esto empieza a escampar —murmuró aliviado.

Selkis narró todo lo ocurrido, desde que decidió robar la medicina del faraón para ofrecerla a los niños enfermos del arrabal, hasta el descubrimiento del escarabeo sobre su pecho y la puerta secreta que había en su cámara.

Una vez empezó a hablar, se vertió por entero, como el agua que brota de un manantial, incontenible y cristalina.

La ligereza que le otorgaba esa descarga emocional se fundió con la tranquilidad de saber que sus secretos continuaban a salvo, compartidos con aquel hombre que ya sentía como alguien de su familia, si acaso hubiera sabido lo que era el calor fraternal.

Cuando por fin acabó, inspiró profundamente, liberada de aquella carga, naciendo en ella la esperanza de recibir la ayuda de su mentor en la huida que ya estaba urdiendo.

Aguardó paciente a que Amsu asimilara su relato. Tras un dilatado silencio, aquella esperanza murió con el primer aliento que manó de sus palabras.

—Has de olvidarlo, Selkis. Shai os ha separado por una buena razón.

—¿Y qué razón es ésa? —prorrumpió malhumorada.

—Tu destino está aquí. Has sido elegida para algo muy elevado y ahora, en el cénit de mi vida, gracias a ti yo descubro el propósito que me fue asignado por los dioses.

—¿Y qué propósito es ése?

—Formar a la senut más poderosa y sabia que ha conocido la Tierra Negra, convirtiéndola en el receptáculo de un saber antiguo, tan secreto como mágico.

—Mi corazón me dicta otra cosa.

—El corazón a veces contamina la mente con sentimientos tan profundos como insensatos.

Y cuando esas cosquilleantes emociones se apagan te dejan sumido en un vacío existencial que no muchos logran superar.

El amor, mi joven aprendiz, es un estado de embriaguez pasajera que nos hace cometer locuras, unas podemos solventarlas, otras no.

Si te fugas con Nun no habrá vuelta atrás para ninguno. Te condenarás tú y lo condenarás a él.

—A él ya lo he condenado —se lamentó pesarosa.

—Te casaste con Najmint para salvarle la vida, ya has intentado enmendar una culpa que además no te corresponde.

La fatalidad te ha perseguido, muchacha, tu buen corazón te ha metido en líos, pero has de pensar más allá, pensar que quizá cada una de tus lágrimas vertidas son sólo escalones para conducirte hacia el sendero correcto.

Quizá lo que crees desgracia no sea más que el principio de tu andadura hacia lo que estás predestinada a ser.

—Depositas demasiada fe en mí, maestro.

Amsu sonrió beatífico. Posó una mano en el hombre de Selkis y la miró fijamente a los ojos.

—Llevo toda mi vida buscándote y al final fuiste tú la que me encontró. No albergo duda alguna sobre tu destino, lo he visto en mis sueños.

—En los míos está Nun.

El anciano negó con la cabeza lentamente.

—Lo estaba con un fin, y ese fin parece que se ha cumplido. Pero en tu futuro él no está, pero sí su hijo, su estirpe, que según la profecía que Thot plasmó en tus sueños, será un gran hombre que quizá llegue a manejar el destino de Kemet.

Selkis se acarició el vientre con semblante apesadumbrado.

—Nun merece ser libre. Siento que al menos he de ayudarlo en eso.

—Si lo ayudas a escapar, lo perseguirán, lo encontrarán y lo matarán vilmente. Después es posible que den con la persona que lo ayudó, y entonces caerás con él, y con vosotros el destino de ese hijo nonato del que ahora eres responsable.

Los oscuros ojos de Selkis se humedecieron. Su rostro se contrajo preso de la congoja.

—Nun conseguirá su libertad si sirve bien al faraón.

Su destino ahora sólo está en sus manos, tus intervenciones al final siempre consiguen empeorar su situación.

Acéptalo, Selkis, y dirige tus ojos hacia el hombre que puede proporcionarte felicidad, estabilidad y poder.

Najmint ha sido puesto en tu camino por una razón.

Al final, todo está premeditadamente escrito.

A pesar de hallar verdad en los consejos de Amsu, Selkis se resistía a no luchar una última vez por el hombre que amaba.

Y en aquel momento se cuestionó su propio egoísmo en aquel deseo, pues desconocía los anhelos de Nun, aunque intuía que si él supiera que estaba embarazada se negaría a ponerla en peligro.

¿Tan inconsciente era ella para no sopesar los riesgos que entrañaba una empresa tan audaz, y más en su actual estado?

Bajo sus dedos, de alguna incomprensible manera, sintió en aquel instante la incipiente llama de la vida prendiendo en su interior, llenando su oscuridad de luz.

Y aquella veta impulsiva y arrojada que siempre la había gobernado en cuanto hacía comenzó a degradarse con el peso de la responsabilidad.

—Ahora, Selkis, tus problemas son otros. Y al que más urge y más está en tu mano has de ponerle remedio de inmediato.

—¿Qué problema es ése?

—Debes asignarle un buen padre a tu criatura. ¿Y qué mejor hombre que tu esposo?

—Será Najmint quien decida si acepta un hijo que no es suyo.

Amsu chasqueó la lengua con impaciencia. Sacudió la cabeza y la miró reprobador.

—No, niña, no, has de ser más avispada. Debes yacer cuanto antes con tu esposo para hacerle creer que fue él quien te fecundó. Najmint es un hombre muy sagaz, nada escapa a su agudeza.

—Pero yo..., eso es una infamia que no sé si podré llevar a cabo. Engañarlo sobre algo tan grave...

—El parentesco sanguíneo es sólo cosa de faraones.

Los hombres desean hijos que perpetúen su legado, que los ayuden en la siembra, que sustenten la familia, que los acompañen en la vejez.

Deciden creer que han engendrado a su prole, pero en verdad jamás podrían asegurarlo.

Hay más bastardos en Kemet que chacales en la necrópolis.

—Eso no me consuela. Mi conciencia...

—Muchacha, tu conciencia no favorecerá a tu futuro hijo, ni a ti. A veces priman más la supervivencia y la seguridad. Acalla tu conciencia por el bien de ambos. El silencio es la mordaza de la mentira, usa el primero para evitar lo segundo.

—¿Y qué pasa con la verdad?

—Las verdades suelen ser más hirientes que las mentiras. En tu caso en particular, se convertiría en tu verdugo. Guárdala en tu corazón. No sirve para nada más.

Selkis asintió, asumiendo la verdad con la que debía cargar como una losa en su corazón. Mientras, su determinación se forjaba al calor del deber, aniquilando todo vestigio de lealtad hacia el hombre que amaba.

—Najmint es un hombre apuesto, noble y poderoso, Shai ha sido magnánimo contigo, deberías congratularte de tu suerte.

—Y paciente. Una virtud que hasta ahora alababa y que quizá ahora se convierta en un escollo.

—¿Por qué crees eso, muchacha?

—Porque me dijo que no era hombre de disfrutar de algo que no se había ganado. Sabe que mi corazón no le pertenece.

—Y honorable —agregó Amsu con una sonrisa complaciente—, un hombre pleno de virtudes, sin duda.

Pero un hombre al fin y al cabo, susceptible a la belleza y a los encantos de su esposa.

Sedúcelo, quiebra su decisión, nubla su razón.

Ahora compartís lecho, ¿qué mejor oportunidad para rendirlo a la lujuria?

—Oportunidad habrá, disposición no tanta. Antes debo arrancarme a Nun del pensamiento o seré incapaz.

—Quizá Osiris pueda ayudarte con eso.

Selkis alzó las cejas inquisitiva, intuyendo de las muchas facetas divinas que el dios poseía la que podría favorecerla en aquel ardid.

Amsu se dirigió hacia uno de los arcones. Lo abrió y sacó un ánfora sellada.

—Es una pequeña tinaja de shedeh , el vino más preciado en la corte.

En una de mis visitas a la finca de Atón, en la parte occidental del Delta, atendí al jefe viticultor, Rer, y en agradecimiento me regaló su mejor caldo.

Dicen que es excepcional. Toma un par de copas antes de meterte en la cama.

Aturdirá tu pudor y nublará tus reparos.

Selkis tomó el ánfora de barro e inspiró hondamente.

—Así lo haré.

—Me siento como una alcahueta —murmuró Amsu burlón.

—Yo, en cambio, te siento como un amigo, un maestro y un padre.

Él la miró un instante, conteniendo la emoción. Simuló rascarse los ojos y se volvió hacia la ventana.

—Ve, muchacha, y sigue mis consejos. Deja a este viejo con sus pensamientos tan acartonados como su piel y haz una ofrenda a Osiris con este shedeh , saboréalo y olvida tus remilgos. Ahí arriba los dioses nos guían, sólo hemos de ver las señales.

Selkis salió de la cámara casi a la carrera.

Amsu oyó sus pasos alejándose mientras se preguntaba si los consejos dados obedecían más a su interés por ella que a su interés por él mismo. Finalmente decidió que a ambos, sólo así podría conciliar el sueño.

Se abstrajo ante la magnificencia de Atum-Ra, prendiendo con sus fulgores cobrizos el horizonte. El atardecer alargaba las sombras y doraba los rincones, y Tebas brillaba cubierta por ese manto de fuego lánguido y moribundo, que le confería un subyugador velo místico.

No obstante, percibió algo más, algo intangible e invisible, pero tan opresivo que no pudo ignorarlo.

Era una sensación ominosa, como si por aquellas callejas paseara un espíritu maligno ávido de almas.

Aquel desazonador pensamiento persistió inquietando su ánimo.

Algo oscuro se había despertado. Algo siniestro lo acechaba.

Y aquella escalofriante certeza le recorrió la espina dorsal como si la serpiente Apofis reptara viscosa por ella.

Intentó sacudirse esa sensación distrayendo sus pensamientos con otros asuntos. Y a su mente acudió otra certeza, una que había visto en los ojos de Najmint.

El avieso capitán de la guardia amaba a su esposa.

A pesar de su afectada visión, le fue fácil reconocer ese peculiar brillo en la mirada del hombre cada vez que la posaba sobre Selkis.

Su instinto también supo atisbar dentro de Najmint.

Era un buen hombre, inteligente, prudente, paciente y protector, justo lo que ella necesitaba.

No quiso ser injusto con el desconocido Nun, pues si Selkis lo amaba debía de tratarse de un hombre excepcional.

Pero, por desgracia, los dioses no lo habían favorecido, ni en situación ni en condición.

Y en ese momento de la vida de ambos, cualquier posibilidad de estar juntos los abocaría al desastre.

Además, junto a Nun, ella renegaría del destino para el que había nacido. Otra certeza que se sumaba a las ya iluminadas por aquel ocaso junto a la ventana.

Sí, se repitió, sus consejos habían sido sabios, confiaba además en que ella supiera valorar las muchas virtudes de su esposo, y si lo lograba no estaría muy lejos de poder corresponder a sus sentimientos.

La boca de Amsu se estiró en una sonrisa esperanzada.

Suspiró quedo y se alejó de la ventana. Ya buscaba su cena entre los sacos que había apilado Omari en un rincón cuando unos golpes secos y rotundos en la puerta lo sobresaltaron.

Se encaminó hacia ella y la abrió.

El sombrío rostro de Najmint lo desconcertó.

—¿Sucede algo?

—No he podido convencer a Perennefer de que permita el acceso de mi guardia al templo de noche.

—El sumo sacerdote es un hombre muy aferrado a las tradiciones. El chaty Ay ha ordenado que se acelere el proceso de momificación, parece que lo urge subir al trono de Kemet, y durante...

—Conozco las normas —interrumpió Najmint—, pero éste es un caso especial que además pone en riesgo la vida de los sacerdotes, los sunu y heka que residen en el templo.

Tengo la sospecha de que el asesino mora entre vosotros.

Por eso estoy aquí. Cierra bien la puerta, atrinchérate toda la noche y no salgas de esta cámara bajo ningún concepto, ¿entendido? Mis hombres están avisando al resto.

—Así lo haré, capitán.