La muerte que respiras Capítulo 12. Un enemigo que huele a incienso
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Capítulo 12. Un enemigo que huele a incienso

Un enemigo que huele a incienso

La mejoría de Amsu fue sorprendente dada su avanzada edad.

Selkis comprobaba cómo, una semana después, las heridas encostradas se quebraban dejando ver la tierna piel rosada que formaban las cicatrices.

Los lienzos que usaba como vendaje los había empapado sabiamente en resina, para facilitar que los fluidos pestilentes manaran al exterior.

A pesar de necesitar más tiempo para la fusión de los huesos del brazo, que ella había logrado ensamblar más por sentido común que por conocimientos (cosiendo prolijamente y entablillando a continuación con un trozo de corteza), su estado actual era bastante satisfactorio.

Con todo, de lo que más orgullosa se sentía era del emplasto endurecido que supo elaborar a partir de una anotación en el papiro que había estudiado, confeccionado con leche de vaca y cebada.

Había desestimado la otra fórmula que sabía a base de hojas de acacia, goma y agua, por no perder más tiempo en encontrar los ingredientes.

Lo que más la maravilló fue la notable evolución en la fractura de la costilla.

Probablemente el hueso no se había quebrado como había supuesto en un principio, dada la inflamación y el enrojecimiento del costado derecho, sino que se había tratado de una simple fisura que, gracias a la inmovilidad, había sanado casi por completo.

De tal modo, Amsu ya caminaba y se dedicaba plenamente a su fervorosa tarea de aleccionamiento. Atendiendo a pacientes, con la asistencia de Selkis, pues su diestra continuaba parapetada contra su pecho y sostenida por el cabestrillo.

La curiosidad de la muchacha resultaba un acicate motivador para el anciano, que veía renovado su entusiasmo por aquel arte que había gobernado su vida desde que su mentor lo descubrió.

Y más aún, sabedor de que ella sería el digno custodio de su gran secreto.

No obstante, todavía había de formarla debidamente antes de transferirle su particular encomienda.

Aquella mañana estaban siendo supervisados por uno de los sacerdotes del templo, Hasani, encargado de asegurarse de la buena labor de los médicos y de la correcta administración de los tratamientos.

Hasani, como sacerdote y cuarto profeta de Amón y heka , imprimía sus dotes divinos en la sanación, recitando toda una letanía interminable de sortilegios, rezos y hechizos, atribuyendo el éxito de la cura a lo que los dioses dispusieran.

Selkis percibió la inquietud de Amsu, que procuraba disfrazar su disconformidad con un semblante imperturbable. Sin embargo, era traicionado por su ceño, que asomaba impetuoso ante las indicaciones del supervisor.

Ante ellos, un hombre, que tiritaba y se convulsionaba de dolor, era sujetado por dos miembros de su familia. Un enorme bloque de piedra que porteaban le había aplastado los dedos del pie, convirtiéndolos en un amasijo sanguinolento.

Amsu apretaba los puños, haciendo acopio de paciencia, deseoso de practicar la cura y calmar los dolores del pobre desdichado.

Selkis sabía que sólo había una solución posible, dado el maltrecho estado de los dedos, y era amputar y cauterizar la herida.

Pero ambos tuvieron que aguardar, no sin apretar los dientes, a que el supervisor recitara la oración mágica de protección para esquivar el mal y librarse de la contaminación de efluvios nefastos.

—¡Oh, Isis, gran maga! Libérame, desátame de toda cosa maligna y roja causada por un dios, por una diosa, un muerto, una muerta, un hombre o una mujer que venga en mi contra.

Tras alzar los brazos al cielo y elevar la plegaria a Isis, no pareció sufrir la urgencia que requería el caso. Pues, a pesar de los gritos agónicos del paciente, Hasani continuó con su oratoria susurrada, en una especie de absorción mental que agotó la paciencia de Amsu.

—Selkis, prepara el serrucho, y pon un cuchillo en las brasas —apremió mientras le ponía en la boca al herido un trozo de corteza de sauce.

—No podéis privar a este hombre de una parte tan vital de su anatomía. No podría caminar —reprobó Hasani con mirada condenatoria.

—No necesitará los pies en el más allá, y morirá si no amputamos —contravino Amsu.

Hasani negó con la cabeza, la determinación endureciendo su mentón.

—Este caso en particular no es una enfermedad que tratar, es una enfermedad contra la que luchar —repuso Amsu persistente, diferenciando claramente entre un caso leve y uno grave.

—He sido investido con la gracia de la diosa, y hablo en su nombre. Ésta es una herida aparatosa pero que no entraña gravedad.

—Tiene los dedos triturados, Hasani, en este tipo de heridas es frecuente que los ujedu envenenen su sangre y su fétido y maligno aliento aspire la fuerza vital del hombre, abocándolo a la muerte.

—Uno de los heka evitará que eso ocurra recitando los sortilegios mágicos.

—¿Y si no funcionan?

—Eso significaría que merece la muerte. Cuando los dioses dan la espalda negando la curación es porque saben que el paciente en cuestión debe ser castigado por ellos.

—Se recurre a la magia cuando se trata de una enfermedad con la que nada se puede hacer. Un caso de desahucio médico. Y no es así —repuso Amsu tenaz, soliviantando a su interlocutor.

—Decidle a vuestra ut que guarde ese serrucho y que limpie la herida. Con un buen emplasto, sanará —zanjó Hasani obstinado.

—Mi ayudante ya ha recibido las instrucciones que yo considero más eficaces.

El sacerdote del templo apretó los puños, compuso una mueca irritada y ofendida y le arrebató la sierra a Selkis, para dirigirse ofuscado hacia el médico.

—¿Osáis enfrentaros a mí? —tronó admonitorio—.

Soy el divino representante de Sejmet y habréis de hacer lo que se os ordene si deseáis seguir ejerciendo vuestra profesión en este templo.

—Hasani se encaró a Amsu imponiendo su jerarquía y altivez, hostigándolo a su vez con una mirada afilada y retadora.

Finalmente el sunu cedió bajando la cabeza en actitud sumisa. Selkis percibió la tensión en las líneas de su cuerpo, la frustración pinzaba su ser con una furia que se afanaba por aplacar.

—Ordenad a vuestra ut que comience la cura. En apenas unos días este hombre volverá a caminar. Yo mismo lo atenderé en la siguiente revisión.

Y, satisfecho con su imposición, salió de la cámara con porte arrogante y expresión victoriosa.

Amsu alzó el rostro. Su tez acanelada se hallaba congestionada por un paño de ira. Oprimió los labios y la miró con gravedad. Fue fácil vislumbrar la lucha que se debatía en su interior.

Oyó los sollozos dolientes del paciente y vio los gestos crispados de sus acompañantes, que los observaban tan expectantes como ansiosos.

—No hay cura ni emplasto que repare el daño —explicó al afectado—.

Aunque saneemos la herida, es tal el estrago que la sangre se emponzoñará, convirtiéndose en veneno negruzco.

Esa tizne letal recorrerá los metu , los conductos de tu cuerpo, provocándote una muerte dolorosa.

Ya puedo oler sus fétidos efluvios. Mi recomendación es que si deseas vivir me permitas amputar.

—Pe... pero el sacerdo... te... —gimió el paciente, que apenas lograba enfocar la vista.

—Acaba de condenarte a muerte. Si me dejas salvarte nunca sabrá si estás vivo o muerto.

—¿Podrá caminar? —preguntó un hombre maduro, con una preocupación fraternal transfigurando su rostro.

—Puedo conseguirle una réplica de sus dedos a un artesano ducho en esas lides.

Los hombres se miraron con acentuada incredulidad, pero asintieron depositando su fe en el sunu .

—Quie... ro vivir —murmuró el joven sometido a temblores constantes, fustigado por punzadas de dolor que palidecían su rostro.

—¿Cómo te llamas, muchacho?

—Issey.

—Vivirás, Issey —prometió.

Tras una sonrisa paternalista, derramó en Selkis las indicaciones precisas para extirpar los apéndices del pie.

Finalmente fue necesario amputar todos los dedos y parte del frontal del pie. Una vez cauterizada la herida al fuego vivo, untada con miel y vendada, fue sacado a escondidas de la Casa de la vida, por los jardines delanteros.

—¿Una réplica? —inquirió Selkis curiosa mientras se lavaba las manos.

—En efecto, hay un carpintero que confecciona prótesis diversas.

Son piezas caras, algunas con terminaciones exquisitas.

Suelen recurrir a ellos las altas esferas.

Pero puedo pedirle algo sencillo que cumpla su cometido.

Issey podrá atarlo a su pie para conservar el equilibrio, ahorrándose el sostén de un cayado.

—Desconocía su existencia... Me parece fascinante —musitó maravillada.

—Son ciertamente artilugios curiosos. Te llevaré conmigo cuando haga el encargo.

La luz que iluminó el rostro de la joven regocijó el ánimo del maestro.

Algo en su interior le decía que aquella muchacha estaba llamada a hacer grandes descubrimientos.

Pues si algo sabía era que la curiosidad más insaciable era la llave maestra para resolver enigmas, y el inconformismo la herramienta necesaria para perseguir más.

Obtener respuestas a cuantas preguntas surgieran era la meta de aquella mente tan rebosante de fuerza vital.

De aquel espíritu apasionado y ávido de conocimientos.

Se congratuló de su suerte al haberla encontrado, sin duda Shai la había reservado para ponerla en su camino en el momento más oportuno.

A pesar de saber que se había expuesto en el enfrentamiento con Hasani, poco le importaba ya su propio destino, pues contaba con una sucesora merecedora de tan larga espera.

Sumido en sus cavilaciones, se sorprendió al oír un acceso de vómito estrangulado. Selkis corrió hacia la tina y se dobló en dos, presa de violentas náuseas.

Cuando la muchacha se recompuso, la mandó llamar.

—Acércate.

Ella obedeció.

Amsu tuvo que escrutarla muy de cerca por culpa de la nube en su ojo. Pero supo al instante lo acertada que era su suposición.

—Estás preñada, Selkis.

—¿Cómo lo sabes?

—Todo en ti lo indica. Tus náuseas, el brillo de tus ojos, tu reciente desposorio...

La sonrisa ilusionada de Selkis de repente se trocó en un rictus preocupado que confundió a Amsu.

—¿Acaso dudas del alborozo que provocará la buena nueva al capitán? Es un hombre afortunado.

Ella suspiró hondamente, su semblante se oscureció con un velo desazonado.

—No puedo anunciar el resultado de algo no consumado.

El ajado rostro de Amsu compuso una expresión alarmada. Pasó su mano izquierda por su tonsurado cráneo y resopló turbado.

—Muchacha, debes reparar este entuerto cuanto antes. No cuentas con demasiado tiempo para endosar tu estado a quien corresponde.

—Pero yo...

—Nada de peros, muchacha atolondrada, si se descubre tu infidelidad...

—Pero ¡es que yo no he sido infiel! —proclamó tajante.

—Esa semilla que albergas debe de haberla depositado un hombre.

—Uno que amo, y del que me obligaron a separarme, justo antes de casarme con Najmint.

—¿Un matrimonio impuesto?

—Sí.

Amsu compuso un rictus concienzudo mientras acariciaba su barbilla reflexivo.

—¿Existe alguna remota posibilidad de reunirte con tu enamorado?

Selkis barajó la posibilidad de confesar su plan de huida.

A pesar de conocer poco a aquel hombrecillo sabio y justo, su corazón le decía que quizá era la única persona de su entorno en la que podía depositar toda su confianza.

—Estoy tramando un plan para fugarnos juntos —reveló no sin cierta inseguridad—. Si consigo sacarlo de los barracones de los prisioneros —concluyó en apenas un trémulo hilo de voz.

El sunu la observó estupefacto, con el horror pintado en sus facciones.

—¿Es... es un preso?

—Lo condenaron injustamente —clamó con repentina vehemencia. Acto seguido, volvió a bajar la mirada y suspiró como si el peso del mundo se apoyara sobre sus hombros—. Por algo que hice yo.

Aquella última revelación desencajó la mandíbula del médico, que la observó anonadado.

—No sé si quiero saber el delito que cometiste...

—Maté a Tutankamón.