Capítulo 11. Tras los muros
Tras los muros
La crecida del Nilo inundó los terrenos de cultivo y su fértil limo caló en aquella tierra labrada cubierta ahora con el divino y negro manto de Min, fuerza generadora de la naturaleza.
Tebas, la gran Ipet Sut, florecía bajo la caricia de los elementos.
Los campos germinaban, el río crepitaba de vida, el sol imprimía vitalidad a los frutos, madurándolos.
El pueblo oraba animoso a los dioses, agradeciendo un año más su protección divina y la generosidad que les era otorgada en favor de sus cosechas.
Las fiebres habían desaparecido y el esplendor de la ciudad resurgía de nuevo con el ímpetu de antaño, recordando a todos que el reino de Kemet era tierra de dioses y hombres, confiriéndoles una fuerza que ningún otro pueblo poseía.
Las lluvias torrenciales aplacaron la mordida de la calima, imprimiendo unas húmedas notas de frescor en la brisa nocturna.
Selkis reflexionaba sobre los acontecimientos vividos aquel día en la penumbra de su alcoba, sobre aquel lecho compartido.
Najmint parecía dormir plácidamente en el otro lado, dándole la espalda.
En efecto, era un hombre de palabra y de honor, un hombre que ejercía un férreo control sobre sus impulsos y necesidades.
Pues, a pesar de observarla, a menudo subrepticiamente, con la lujuria prendida en la mirada, se obligaba a apartar la vista con premura, buscando distraerla en otro lugar, fingiendo afanarse en algo con tal de enfriar su ánimo.
Ella no terminaba de entender la generosa decisión de su esposo, pues por derecho podía exigir el cumplimiento de sus deberes maritales.
Sin embargo, parecía decidido a esperar algo.
No sabía muy bien qué, pero su noble disposición la favorecía.
Entregarse a otro que no fuera Nun representaba para ella una traición a sí misma que apenas podría haber soportado.
Aunque lo habría hecho de no haber otro remedio.
Ordenó los recuerdos de aquel día tan intenso.
El robo de los papiros, el encuentro con Nun y sus primeros pasos en el campo de la cirugía.
Aquello último todavía cosquilleaba en su interior con una pulsión de orgullo y grandes dosis de curiosidad insatisfecha.
Se había embebido de cada lección, asimilando conocimientos, pero al tiempo habían surgido en ella multitud de preguntas para las que ni Amsu tenía respuestas.
El mundo de la medicina, la anatomía humana y las dolencias que aquejaban al hombre, suponía todavía un reto al entendimiento.
Abarcaba tan grandes lagunas que supo que sólo la investigación, la observación y la práctica podrían iluminar aquellos charcos oscuros de ignorancia, más amplios de lo que ella había imaginado.
No todo estaba escrito en los papiros. El gran Imhotep había dado pasos titánicos en el estudio de la sanación; más todavía, quedaban muchos más por dar.
Y de pronto se preguntó de dónde había bebido conocimientos el gran sabio, pues la mayoría de los manuales en cuanto a procedimientos y enfermedades eran de su autoría.
Posiblemente existían en la gran biblioteca del templo más papiros repletos de la sabiduría de los antiguos.
No obstante, uno de sus anhelos era consagrar su vida y sus habilidades a despejar cuantas incógnitas pudiera, hallando remedios a un gran abanico de dolencias.
Quizá incluso lograra al final de su vida condensar lo aprendido en un papiro que estudiaran las generaciones posteriores.
Y entonces cayó en la cuenta de que no había confesado al sunu el robo de los que ella había sustraído.
Sintió un aguijonazo avergonzado y se prometió informar de aquel grave suceso a la mañana siguiente.
Su próxima maquinación competía a Nun.
La evocación de aquel encuentro erizó su piel y aceleró sus latidos.
Sumergirse nuevamente en la mirada del hombre que amaba había dejado sus sentidos a flor de piel.
Todo su ser clamaba por fundirse con él, como si dentro de Nun creciera un tornado que la arrastraba irremisiblemente hacia el centro mismo de su alma.
Esa conexión mística, que la diosa Hathor había forjado entre ellos, trascendía todo entendimiento, toda prudencia y toda razón.
El caprichoso y cruel Shai parecía divertirse jugando con ellos, pero ella jamás se había plegado a la providencia.
Siempre había pensado que el destino lo forjaba uno mismo, con cada decisión tomada, con cada paso dado.
Pues aunque Shai solía plantear encrucijadas, finalmente cada cual elegía el camino por el que deambular.
Y ella tenía muy claro que sacrificaría el suyo con tal de sacar a Nun del sendero al que lo había abocado su egoísta deseo. Y en ese plan se centró de lleno, alejando las hebras del sueño, que, pegajosas, acudían a apresarla en su hipnótica telaraña.
En su condición de esposa del capitán, podría acceder a los barracones, y quizá buscar la llave de las celdas para liberarlo.
Debía ser muy cuidadosa en aquella arriesgada empresa, pues un paso en falso podría ser fatal para ambos.
También requeriría de un cómplice de su entera confianza, pues debía disponer de un caballo veloz, y posiblemente de una distracción para que pudieran huir juntos.
Selkis sintió un vuelco en el corazón ante la imagen de ambos huyendo a caballo rumbo a una vida nueva. Juntos, libres y enamorados, criando a su hijo.
Emitió tan hondo suspiro que Najmint se revolvió en su sueño.
Se volvió hacia ella y pronunció su nombre. Selkis lo creyó despierto y se envaró; sin embargo, él continuaba dormido. ¿Soñaría con ella?
De repente se vio sacudida por un inesperado malestar. Era una mezcla extraña de náuseas y hambre. Se arrebujó bajo la sábana e intentó ignorar aquella molestia.
Cerró los ojos, decidida a entregarse al dios Bes, custodio de los sueños. Pero éste no parecía dispuesto a volver a tender sus tentáculos sobre ella. Se revolvió inquieta y entonces lo oyó.
Era un sonido rasposo, cercano, escalofriante. Ajeno a cualquier resonancia nocturna habitual. Y, además, provenía del interior del cuarto.
Se incorporó alerta, atisbando entre las penumbras, escudriñando los rincones más oscuros. Pero ningún movimiento la sobresaltó. Todo era quietud, todo estaba en su lugar.
Cuando comenzaba a pensar que había sido producto de su imaginación lo oyó otra vez. Exhaló un gemido sobresaltado y se volvió hacia una de las esquinas del cuarto. Era como si una garra arañara la pared por dentro.
Ya salía del lecho cuando un brazo aferró su muñeca.
Najmint se había despertado y negaba con la cabeza. Se levantó de la cama y caminó despacio hacia el origen del sonido. De pronto se oyó un ruido chirriante y como un resorte que encajara en alguna pieza. Najmint se precipitó hacia la esquina y comenzó a palmearla con fuerza.
—¡Aprisa, prende la vela!
Selkis se apresuró a obedecer. Y cuando la llama comenzó a titilar tímida todavía, la acercó al rincón. Ambos inspeccionaron aquella esquina que aparentaba normalidad, pero que escondía un secreto.
—¡Maldición, que los demonios del Amenti devoren mi corazón si no he oído cómo se cerraba una puerta ante mis narices!
No hallaron ningún leve reborde del que tirar ni ningún bloque de piedra cedió a la presión que ejercían.
—No podemos acceder al otro lado desde éste —replicó Selkis con profunda desazón.
—Eso parece —coincidió Najmint con gesto tenso y mirada furiosa—. Habré de buscar los planos de palacio. En algún lugar debe de figurar que existe un túnel secreto hasta aquí.
—Posiblemente habrá más de uno —conjeturó Selkis—. Es más que probable que todo el palacio albergue un entramado secreto de túneles.
Najmint asintió y entonces reparó en la expresión angustiada de su esposa. Deseó estrecharla contra su pecho para reconfortarla; sin embargo, sólo osó posar una mano sobre su hombro a modo de precario consuelo. No estaba muy seguro de cómo reaccionaría ella a un exceso de contacto.
—Mírame, Selkis.
Aquella petición, que tan asidua comenzaba a ser en él, escondía un anhelo, y era que ella adivinara algún día en sus ojos el sentimiento tan enraizado que había despertado en él.
Alargó el contacto visual antes de hablar. Que ella lo mirara con tanta atención le permitía recrearse en aquellos ojos fulgurantes que tanto lo turbaban.
—Te prometo que apresaré al hombre que nos acecha. A mi lado nada has de temer.
La tomó por los hombros como para aseverar aquella promesa y luchó contra el doliente impulso de acercarla a él.
—No albergo duda alguna respecto a eso.
—De momento, impediremos que pueda pasar. Tendrás que ayudarme, debemos apilar muebles en este rincón. Mañana abriré esa maldita puerta aunque tenga que tirar la pared abajo.
Ambos se afanaron en aquella tarea. Colocaron el arcón, encima taburetes y hasta una de las ánforas decorativas. Una vez satisfechos, regresaron a la cama.
Selkis sopló la vela de junco y se arrebujó en su rincón. Y justo en aquel instante su estómago decidió rebelarse.
Corrió hacia uno de los baldes y arrojó el contenido de su estómago entre abruptos estertores.
Najmint la observaba preocupado, pero sin saber qué hacer al respecto.
—Son los nervios —explicó ella, aclarándose la boca con agua fresca de la jarra.
Cuando regresó al lecho le dio la espalda a su esposo y, ya más calmada, cerró los ojos.
No obstante, un movimiento inesperado la envaró. Najmint se había aproximado a ella, sin rozarla, pero lo suficientemente cerca como para sentir su calor corporal. En su afán de protección lo que en realidad conseguía era inquietarla. Selkis se guardó muy bien de demostrarlo y se entregó al sueño.