La muerte que respiras Capítulo 10. El nacimiento de una senut
22%

Capítulo 10. El nacimiento de una senut

El nacimiento de una SENUT

—Selkis, tienes el don de la oportunidad —masculló con obvio agrado el sunu .

Omari la apartó con tal hosquedad para salir que despertó en Najmint el deseo de seguirlo y golpearlo. No entendía qué hacía ella allí. Aunque lo alivió comprobar que sus dos escoltas la flanqueaban.

Selkis se detuvo contrariada ante lo que veía. Titubeó un instante y finalmente caminó hacia ellos ocultando su estupor. Decidió enfrentar la mirada inquisitiva de Najmint, que la contemplaba aguardando una explicación.

—Vengo a visitar a Amsu.

—¿Y puedo saber por qué motivo?

—Para asegurarme de su restablecimiento. Hace unos días fue arrollado por un...

—Eso lo sé —la interrumpió impaciente—, la pregunta es cómo lo sabes tú.

—Ella es mi salvadora, noble Najmint —apuntó Amsu.

—También es mi esposa, y la hacía orando a los dioses, no rescatando ancianos.

—Hizo algo más que rescatarme —resaltó el sunu —, me ha descubierto sus talentos curativos.

Selkis desplegó sobre Amsu una mirada admonitoria que el anciano no supo apreciar debidamente, seguramente por culpa de su reducida visión.

—Mi bella esposa no deja nunca de sorprenderme —musitó Najmint, colocándose estratégicamente entre ellos para evitar que los avisos gestuales de su mujer finalmente calaran en el sunu —. Me enorgullece descubrir que posee tantos y tan variados talentos, aunque haya decidido ocultármelos.

—¡Oh, sí! La diosa Sejmet mora en su interior. Ella me practicó las curas y ni yo mismo podría haberlo hecho mejor.

Selkis rehuyó su mirada con gesto incómodo.

—E intuyo que por eso la convertiste en tu ayudante —continuó Najmint.

—Sé reconocer el talento innato en cuanto lo veo. Además, ella desea convertirse en senut y, como habéis comprobado, mi vista requiere del auxilio de una más avezada.

El audible suspiro resignado de su esposa divirtió a Najmint, aunque se guardó muy bien de demostrarlo.

Tomó su barbilla entre los dedos y la obligó a mirarlo.

Él, que ya había compuesto un gesto adusto y censurador, sintió cómo la ternura que ella despertaba en él comenzaba a suavizarlo.

Aunque todavía anidaba en su interior el regusto amargo y la pulsión de los celos por la reacción de ella ante Nun, se dejó arrebatar por su expresión contrita y avergonzada.

De nuevo, su atención viajó a la boca de Selkis, que se mordía el labio inferior como una niña sorprendida en una travesura, y supo que, de haber estado a solas, no podría haber estrangulado el deseo de besarla.

Un deseo que comenzaba a consumirlo peligrosamente.

—Bien, querida esposa, es hora de que me muestres esos extraordinarios talentos que tanto han deslumbrado al mejor sunu de Tebas.

Se apartó para que ella pudiera acercarse a Amsu.

Lo miró con extrañeza para, a continuación, depositar su curiosidad en el cadáver que había sobre la mesa. Frunció el ceño confusa y se enfrentó a su maestro buscando una aclaración.

—En efecto, necesito de tus dones para practicar el vaciado y que me describas cuanto veas.

—Yo... yo no..., quiero decir que no estoy preparada para...

—No creo que le duela si no lo haces bien —ironizó el anciano.

Najmint se cruzó de brazos y se apoyó en la pared, disfrutando de la expresión comprometida de su esposa. Sus secretos habían sido puestos al descubierto, y su anhelo como sanadora ahora sería evaluado ante un público inesperado y con un cadáver como paciente.

—Adelante, Selkis, deslúmbranos a todos —profirió mordaz.

Ella lo fulminó con la mirada, pero su gesto embarazoso se evaporó en pos de una determinación apabullante. El acicate, curiosamente, imprimía en ella más seguridad. Su semblante adquirió gravedad y su porte templanza.

—¿Qué he de buscar exactamente?

—Debemos averiguar el veneno que acabó con su vida. Descríbeme primero el estado del cuerpo y luego procede a abrirle el abdomen para comprobar si el culpable sigue ahí.

Selkis inspiró hondo y dirigió una fugaz mirada a Najmint, que permanecía fingidamente impasible ante ella.

—Bien —comenzó, inclinándose sobre el maltrecho cuerpo de Badrú—, su piel luce una curiosa tonalidad cerúlea. Sus globos oculares muestran venas rotas que los enrojecen. Su gesto es crispado, probablemente el dolor sufrido ha sido intenso. Tiene la lengua azul, y vómito reseco alrededor de la boca.

—¿De qué color es el vómito? —preguntó Amsu.

—Cobrizo.

—Continúa.

—Tiene las uñas quebradas, arañazos profundos en la garganta, lo que indica que posiblemente la asfixia fue lo que acabó con su vida. Sus manos están contraídas como las garras de un animal.

—Procede a la apertura. Tienes las herramientas necesarias en ese arcón de la esquina.

Selkis asintió y sacó del arcón varios cuchillos de diversas formas y tamaños.

—Deberías cubrirte con uno de mis mandiles. Aunque su sangre ya estará espesa, no será un trabajo limpio.

Najmint descubrió una frazada colgada de un gancho y se adelantó para ofrecérsela a su esposa. Selkis agradeció el gesto y se cubrió con ella, permitiendo que su esposo la ciñera a su espalda.

—Lo harás bien —le susurró antes de apartarse, imprimiéndole más seguridad.

Ella le regaló una sonrisa agradecida antes de dedicarse a seleccionar una lanceta.

—La que tiene el filo curvo —explicó Amsu—. Traza una «T» inversa. Comienza desde el pecho y el tramo perpendicular sobre el abdomen. Intenta no ejercer demasiada presión o dañarás los órganos internos. Has de seccionar la envoltura exterior, el tejido blando, hasta acceder a las cavidades.

Ella asintió y tomó la lanceta indicada.

La piel estaba fría y el torso algo rígido.

Apoyó la punta del filo y comenzó a trazar una línea longitudinal, despacio, pero con pulso firme.

Como había anticipado el sunu , la sangre emergió densa y oscura en regueros gruesos y perezosos.

La mesa en cuestión era de alabastro y contaba con canales horadados en los bordes para conducir los fluidos hacia una esquina. Un balde de metal los recogía.

—Ahora has de abrir el corte del abdomen con dos separadores e identificar el estómago: es una bolsa con un conducto superior de entrada y uno inferior de salida conectada a toda una red de tripas enrolladas.

Selkis asintió con expresión concentrada siguiendo las instrucciones de Amsu.

A Najmint lo impresionaron la dedicación y la meticulosidad con las que ella trabajaba. En ningún momento percibió un matiz aprensivo en su gesto; al contrario, parecía absorta en su trabajo, movida por una creciente curiosidad que animaba sus ademanes e iluminaba su mirada.

Procedió a extraer el estómago, desvinculándolo del cuerpo con cortes precisos. Lo depositó en una escudilla y lo seccionó longitudinalmente.

El metálico aroma de la sangre se conjugó con la fetidez propia de la muerte. El cuerpo, libre ya de su Ka , su fuerza vital, y del Ba , su alma, dejaba el envoltorio carnal a merced de los elementos, que lo descomponían con la voracidad con la que un chacal devoraba una rata.

—¿Qué ves dentro? —inquirió Amsu ansioso.

—Restos de torta de trigo medio digerida y lo que parece sangre. Nada más. O al menos, nada que sepa identificar.

El sunu entornó los ojos reflexivo. Permaneció un largo instante sumido en sus cavilaciones, mientras la miasma que rezumaba el cadáver hacía palidecer a sus hombres. Selkis permaneció impertérrita, aguardando nuevas instrucciones.

—Quizá el veneno no fuera ingerido, como habíamos supuesto —musitó el anciano.

—¿De qué otra forma puede ser letal? —preguntó Najmint.

—Inhalado —respondió Amsu.

—En tal caso, ¿cómo puede saberse?

—Me temo que vuestra esposa deberá seguir siendo mis manos en una labor algo más peliaguda. ¿Estás preparada, Selkis?

—Sí, maestro.

—Bien, habrás de abrirle el pecho, has de despegar los mantos de piel que lo cubren y dejar a la vista la caja torácica; con algo de fortuna no será necesario serrar el hueso central.

Me interesa conocer el estado de los pulmones, su apariencia exterior.

A tenor de eso, ya valoraré si se requiere extraerlos para observarlos con más atención.

Selkis inspiró profundamente. Oprimió los labios con determinación y comenzó a sesgar la piel, como si limpiara los lomos de un pescado.

Najmint se maravilló una vez más ante la destreza de su esposa.

Aunque su talento fuera innato, sus conocimientos procedían de algún sitio.

Y en aquel momento se prometió desnudar todos y cada uno de los secretos de aquella prodigiosa mujer que ya en su infancia se había perfilado como alguien tocado por los dioses.

—Ya los veo —anunció con fervoroso entusiasmo—, pero son los primeros que veo en mi vida, a excepción de las ilustraciones en... —Se interrumpió de repente. En su exaltación había olvidado que no estaban solos.

Najmint comenzó a sospechar el origen de sus erudiciones médicas. Y aquella cábala imprimió en él un desasosiego inquietante.

—¿Qué color presentan? ¿Están prietos al tacto? —interpeló Amsu, también inmerso en aquel rapto de curiosa excitación.

—Un color oscuro, violáceo. Sí, están duros.

—¿Duros? —masculló con extrañeza.

—Muy prietos; además, ocupan casi toda la cavidad.

—Están inflamados. Es posible que alberguen líquido en su interior. No hará falta que los extraigas, pincha uno y observa lo que sale de él.

Uno de sus hombres se marchó atropelladamente de la estancia con la mano cubriendo su boca.

—Sale líquido rojo —confirmó Selkis.

—Pues, en efecto, el veneno fue inhalado. Hemos de buscar una hierba que, quizá convertida en afeite o en perfume, sea lo suficientemente letal para provocar un fallo respiratorio tan grave.

—¿Cómo es posible que un órgano que se supone contiene la respiración se anegue de líquido? —inquirió Selkis.

—Ese líquido rojo es sangre. Los pocos casos que he tratado en pacientes vivos con afecciones respiratorias graves tosían esputos sanguinolentos.

Algunas dolencias pulmonares, aunque desconocemos el motivo, suelen derivar en una acumulación masiva de sangre en estos órganos que lleva a la muerte, pues los privan de aire y por eso se asfixian.

He presenciado rituales de momificación de pacientes así, y sus pulmones presentaban las mismas características.

Najmint se acercó al sunu .

—He de suponer que el primer asesinato se regirá por las mismas semejanzas, ya que el aspecto exterior del cadáver es casi idéntico a éste. Con lo cual debemos alertar a los sacerdotes sobre cualquier sustancia olorosa desconocida que encuentren. Pero ¿habría alguna forma de concretar más el aviso?

—Me temo que antes habré de consultar unos papiros para acotar más mis aventuradas conjeturas.

—Bien, e imagino que para ello también requerirás de la asistencia de mi avispada esposa.

—Siempre que ella así lo desee.

Ambos posaron sus miradas en Selkis.

—Si puedo ayudar humildemente a esclarecer tan viles crímenes contra los representantes carnales de Amón, lo haré.

—Eso te honra, esposa. Pero no olvides tu propia seguridad o me obligarás a apartarte del templo. Tu salvaguarda es mi máxima prioridad.

—No salgo de palacio sin mi escolta, como acabas de comprobar.

Najmint asintió complacido.

—Ahora he de ocuparme de otras cuestiones que atañen a este caso. Amsu, te dejo al cuidado de mi esposa.

—Es más bien al revés, capitán.

Derramó una mirada orgullosa sobre ella y salió de la cámara tras ordenar a sus hombres que se llevaran el cuerpo y sus despojos.

Bomani lo siguió hasta la cámara del primer profeta de Amón, el sumo sacerdote, el poderoso Perennefer.

Najmint se detuvo en la labrada puerta de la cámara y se volvió hacia su amigo.

—Mientras informo a Perennefer de la gravedad de los hechos, has de averiguar algo importante.

Necesito que hagas un listado con todos los orfebres de Tebas.

La mayoría trabajan el cobre en las alhajas, y quiero que registres sus talleres y sus casas.

El culpable debe encargarlos a alguien o hacerlos él mismo.

—Así lo haré, mi capitán.

Tras un asentimiento con la cabeza, plegándose a la autoridad de Najmint, marchó con paso plomado a cumplir las órdenes.