Capítulo 9. El luctuoso aroma del cobre
El luctuoso aroma del cobre
Najmint fijó la vista en el cadáver que tenía a los pies. Una sensación ominosa recorrió su espina dorsal. Habían transcurrido apenas dos días desde el primer asesinato.
Un escarabeo exacto al del colgante que habían dejado sobre Selkis asomaba de la boca del sacerdote. Detectó restos resecos de vómito en las comisuras.
Como bien había vaticinado, el asesino se había cobrado otra víctima.
La causa de la muerte era la misma, algún veneno que los privaba de aire hasta matarlos.
Por las venas rotas de los ojos, los músculos del rostro crispados y la lengua, debía de haber sido como si alguien los estrangulara, aunque las únicas marcas en el cuello eran los sangrantes rasguños de la víctima al agonizar en busca de aire, en un gesto fútil y desesperado por combatir a la muerte.
Era otro hombre anciano, esta vez el custodio de la biblioteca del templo. Uno de los escribas reales.
La motivación de los crímenes estaba claramente relacionada con el templo.
Quizá algún discípulo que había tenido rencillas con los sacerdotes o algún devoto que los culpaba de algo había decidido vengarse de ellos.
No obstante, Najmint sólo tenía a mano tres pistas con las que trabajar para dar con él: el veneno utilizado, el escarabeo y la cabeza de chacal bajo la que el culpable se ocultaba.
Si lograba conectarlas entre sí, averiguaría la motivación de los asesinatos.
Se inclinó sobre el cadáver, le extrajo el escarabeo de la boca y procedió a observar el cuerpo con suma atención.
Tomó una de las engarrotadas manos entre las suyas y examinó las uñas.
Estaban quebradas. Aquello le llamó la atención, pues aunque se había arañado la garganta, la piel era un tejido blando, incapaz de astillar las uñas.
Prosiguió con su escrutinio.
Las yemas de los dedos estaban tiznadas de color negro. Posiblemente tinta, aunque parecía emborronada, en lugar de lucir manchas definidas como era natural en un escriba. Tomó apuntes mentales para formular sus preguntas a los expertos que podrían contestarlas.
Apartó de momento de su mente las demás cuestiones que lo inquietaban, como el inoportuno encuentro de su esposa con el cantero, que sabía le ocasionaría problemas, o que el asesino hubiera tenido la osadía de dejarle una advertencia sobre el cuerpo de Selkis.
Sin duda le había planteado un reto inmiscuyéndose en su vida privada, convirtiendo aquel caso en cuestión en algo personal para él.
Pensamiento que lo desazonó profundamente.
El asesino lo desafiaba abiertamente, y Najmint no descansaría hasta atraparlo.
Se puso en pie y recorrió la biblioteca. Uno de los discípulos de los escribas permanecía expectante e inmóvil junto al cadáver.
—¿Cuál es tu nombre?
—Mensah.
—¿Y cuál fue el suyo? —inquirió señalando el cadáver.
—Badrú.
—Muéstrame dónde solía trabajar Badrú.
El ayudante asintió y lo condujo hacia una mesa en una esquina.
Najmint observó el desorden sobre el tablero.
El tintero (un pedazo de madera con sendos orificios que mostraba dos tipos de tinta, negra y roja, y un tercer orificio donde debería estar el cálamo) se hallaba volcado.
Una esponja humedecida y sucia mostraba que había sido utilizada para borrar algún párrafo.
Pero no había papiro alguno sobre la mesa.
—Parece que la muerte lo sorprendió trabajando, pero curiosamente ha desaparecido el pliego sobre el que lo hacía —resaltó Najmint.
Mensah se limitó a asentir sin ocultar su turbación.
—Necesito que mandes llamar al mejor sunu de la Casa de la Vida de inmediato.
—El mejor no puede acudir a vuestra llamada. Se halla convaleciente en su cámara. Fue arrollado por un carro hace unos días.
—En tal caso, seré yo quien lo visite. Vamos.
El discípulo asintió y lo guio fuera de la biblioteca hasta la parte del templo dedicada a la diosa Sejmet, donde los sunu practicaban la sanación.
La primera cámara que había en el corredor era la que buscaban.
Mensah llamó a la puerta y, al cabo, un hombre joven les abrió.
—Omari, al capitán de la guardia real lo urge hablar con tu maestro.
—Pasad.
Aquella voz rasposa provino del fondo de la estancia.
No le pasó inadvertida la mueca irritada en el joven ayudante del sunu.
El hombre estaba postrado en un camastro. Tenía el pecho vendado y un cabestrillo en su brazo diestro.
—Mi nombre es Amsu, y hablar es una de las pocas cosas para las que ahora mismo puedo ser de utilidad.
—Son tus conocimientos a los que apelo. Mi nombre es Najmint, y estoy investigando los asesinatos en el templo.
—El asesino huele a cobre.
Aquella inaudita aseveración lo desconcertó.
—¿Cómo?
—La noche del primer asesinato, alguien entró subrepticiamente en mi cámara.
Mi instinto me aconsejó no abrir los ojos, así que me hice el dormido, permaneciendo atento al resto de los sentidos.
Agudicé el oído para situar al intruso y afiné el olfato.
En mi oficio, el olfato es un sentido que debemos entrenar mucho.
Lo oí acercarse y beber agua de mi jarra.
Pero reparé en dos cosas en particular que consideré extrañas, una fue la respiración sofocada, sibilante, como si algo la hiciera reverberar.
Y lo otro el olor que desprendía. Al principio no supe reconocer la procedencia, pues sus numerosos matices me confundieron, pero tras mucho pensar atiné a identificarla. Y sin duda era cobre.
Najmint abrió la mano y le mostró el escarabeo.
—Está circundado por un hilo de cobre. Lo deposita el asesino en la boca de sus víctimas.
Lo acercó a la nariz para comprobar que no despedía ningún aroma.
—Es el sudor, en contacto con el metal, lo que produce el olor —reveló el sunu —. Me atrevería a asegurar que el hombre que entró en mi cámara manipula cobre de forma habitual.
Najmint asintió. Ya tenía un hilo del que tirar.
—Me estás siendo de gran ayuda, Amsu, sin duda Maat te ha puesto en mi camino. Yo en realidad acudía a ti para intentar desentrañar el veneno utilizado con las víctimas y me encuentro con esta proverbial información.
—Parece que el destino, Shai, ha cruzado nuestros pasos —murmuró el anciano.
—¿Te sientes con las suficientes fuerzas como para examinar visualmente el cuerpo?
—Necesitaré verlo para atreverme a dictaminar algún posible causante de la muerte. Existen multitud de plantas tóxicas y letales que pueden acabar con una vida.
—En tal caso, ordenaré que traigan aquí el cuerpo. No hay tiempo que perder.
Najmint salió de la cámara con paso aplomado, en busca de su guardia, antes de pedir a varios discípulos que trasladaran el cadáver a la cámara de Amsu.
Encontró a Bomani en la entrada principal del templo.
—Creí que había ordenado que el templo estuviera vigilado de día y de noche.
—Y lo ha estado, anoche nadie atravesó sus puertas.
—Lo que significa que el culpable es uno de los que lo habitan.
Bomani asintió quedo.
Sin embargo, aquella reflexión cargada de lógica contravenía un hecho.
Si el culpable era uno de ellos, ¿por qué en el primer asesinato había huido fuera del templo con la cabeza de chacal puesta?
¿Y si el testigo había mentido? Recordó las apreciaciones del sunu sobre la voz sofocada y reverberante.
Encajaba perfectamente con el sonido que se emitiría tras una máscara.
Pero ¿por qué huir a la carrera cuando podía quitarse la cabeza de chacal y ocultarla en cualquier rincón del templo?
Demasiadas incógnitas que debía despejar antes de que hubiera otra muerte.
—Necesitamos permiso del sumo sacerdote para que la guardia ronde el interior del templo cuando se cierren sus puertas.
—No será fácil —anticipó Bomani—, sería transgredir una de sus normas. Y más cuando el cuerpo de Tutankamón continúa ahí dentro en su proceso de momificación.
—Es un caso excepcional que atenta contra sus vidas, conseguiré un permiso especial.
—Así lo espero, o el pueblo se alarmará al ver cómo atentan contra los representantes mortales de los dioses.
—Bomani, ¿a quién encargaste interrogar a los habitantes del templo?
—A nadie, yo mismo recabé información.
—¿Interrogaste a un viejo sunu que está postrado en un camastro con el brazo en cabestrillo?
—Me atendió su ayudante, un tal Omari; me dijo que su maestro dormía y no vio nada.
Najmint asintió. Y le narró la fructífera conversación con Amsu.
—Quiero interrogar personalmente al testigo que vio salir corriendo al hombre con cabeza de chacal. ¿Quién es?
—Es Lukma, el oráculo.
—Bien, ahora necesito que reúnas a dos hombres para que lleven el cadáver de la biblioteca a la cámara de Amsu. Debemos averiguar qué veneno se usó.
Bomani asintió y dio la orden a dos de los soldados que escoltaban la entrada.
Caminaron los cuatro hasta la gran sala del saber y recogieron del suelo el cuerpo para trasladarlo a la cámara de Amsu.
El cadáver ya mostraba signos de rigidez, por lo que su postura encorvada no se distendió cuando fue izado.
El ayudante del sunu , Omari, frunció nuevamente los labios con aquel peculiar rictus de desagrado que parecía habitual en él.
Dispusieron el cuerpo lo más cerca posible del camastro del maestro, sobre una mesa de la que retiraron toda clase de potes. Y lo despojaron de sus ropas.
Amsu entornó los ojos agudizando la vista. Parpadeó repetidas veces, la nube blanquecina que se extendía en uno de ellos dejaba su visión a la mitad.
—Por lo que puedo apreciar, no sin esfuerzo, murió de asfixia. El compuesto que ingirió le provocó un fuerte dolor abdominal y le cerró las vías respiratorias. Esa sustancia reseca en torno a la boca es vómito rojizo, ¿no?
—Sí, así es.
El sunu pareció reflexionar un instante, en el cual pareció sumirse en una introspección repleta de cábalas y suposiciones que forjaba y descartaba, a tenor de las visibles muecas de aprobación y reprobación que esgrimía.
Finalmente emergió de su absorción para mirarlo con una determinación dibujada en su rostro.
—Los síntomas encajan con muchas sustancias tóxicas y letales. Pero es absurdo especular sobre la apariencia exterior, cuando podemos hallar la verdad en el interior.
—Pues es la verdad lo que persigo —concordó Najmint.
—En tal caso, hemos de abrirlo para inspeccionar el contenido de su estómago. La muerte, aunque dolorosa, ha sido rápida, dudo que el ingrediente culpable haya sido digerido por completo.
Todos los ojos se dirigieron hacia Omari, suponiendo que sería las manos de su maestro.
El joven ayudante alzó la barbilla arrogante. Su expresión complacida se trocó en una mueca indefinida ante la aclaración de Amsu:
—Mi nueva discípula se hará cargo de la intervención. Omari la asistirá.
La decepción del muchacho fue tan notoria como su disgusto. Oprimió los labios convirtiendo su boca en una línea blanquecina y se alejó con gesto ofendido hacia la puerta.
Cuando la abrió profirió un gruñido ofuscado ante la figura que se recortaba en el umbral.