Capítulo 8. Sombras, secretos y encuentros #2
De nuevo, ella representaba dolor para el hombre que amaba más que a sí misma.
Llorosa, corrió fuera de la galería y no se detuvo hasta que de nuevo llegó a su alcoba.
Allí, se lanzó sobre el lecho sollozando por el destino tan ingrato de un hombre al que sus sentimientos habían estigmatizado, condenándolo al dolor y quizá a la muerte.
Se abrazó el vientre y deseó con todas sus fuerzas que su malestar cobijara la recompensa a ese amor prohibido y maldito al que ambos estaban condenados.
Junto a ella, acompañándola en su aflicción, estaba aquel misterioso colgante.
En un arrebato, lo cogió y lo lanzó con todas sus fuerzas lejos de ella, para sumirse de nuevo en aquella honda pena que parecía prensarla.
Nun había estado todo ese tiempo tan cerca y tan lejos a la vez.
.. Ella era dañina para él, le había robado una vida de paz para arrojarlo a un abismo lleno de tormentos.
¿Podría perdonarse algún día? Y de repente, una débil luz titiló entre aquellos funestos y foscos pensamientos.
¿Y si lograba liberarlo y escapaban juntos?
Se enjugó las lágrimas en un ademán impaciente. No, no se rendiría mientras quedara la más mínima oportunidad. No podría vivir sabiendo que su amor había condenado a Nun. Al menos, intentaría liberarlo a él.
Se incorporó e inspiró profundamente con la decisión remarcando sus facciones.
No, no podría soportar seguir respirando sabiendo que su ingenuidad había conseguido trocar la vida de Nun por una existencia inhumana.
A buen seguro, él habría preferido morir a servir en la meli del faraón como mercenario, sometido a todo tipo de infamias, forzado a luchar en contiendas atroces.
Había subestimado a su padre, él se había ceñido al trato, no ejecutarlo, pero ella debería haber sido más precisa. ¡Condenada necia!
Unos golpes resonaron al otro lado de la puerta. Sabía quién era. Como sabía que debía ocultar su determinación y su dolor hasta que pudiera forjar un plan sensato y llevarlo a cabo.
Se repuso lo suficiente para abrir la puerta y contemplar el ceño de Najmint.
—¿Qué hacíais en las dependencias de la guardia?
Intentó que a su tono no asomara la furia que marcaba pulsante su mentón. El férreo control que ejercía sobre sus emociones parecía quebrarse aguardando una respuesta.
—Os buscaba.
Najmint asintió con sequedad y se adentró en la alcoba. Su porte rígido y envarado y su gesto torvo se ensombrecieron todavía más cuando fijó su atención en la cama revuelta y en el medallón que había en el suelo. Se acercó a él y lo recogió para observarlo.
Cuando giró el rostro hacia ella, su mirada se agrandó conmocionada y alarmada.
—¿De dónde habéis sacado esto? —profirió con dureza, balanceándolo ante ella. Esta vez, su voz sí mostró sus emociones. Estaba furioso, pero también consternado.
—Lo encontré sobre mi pecho cuando desperté. Me asusté y fui en vuestra busca.
La indignación comenzó a deshilacharse en hebras angustiosas. Najmint fruncía el cejo intentando asimilar aquello.
—¿Anoche cerraste vuestra puerta?
—Sí, estaba mañana la he abierto para poder salir. Najmint, alguien ha entrado y no ha sido por la puerta. Estoy convencida de que este cuarto debe de albergar una entrada secreta.
—Llevo años durmiendo aquí —alegó— y jamás he reparado en nada que me condujera a pensar algo así.
Se dirigió hacia el balcón y se asomó, calibrando la altura y los agarres que pudiera ofrecer el muro.
—Es bastante posible que el intruso haya escalado por aquí —aseveró—. Aun así, habrá que comprobar vuestra teoría, no es tan descabellada después de todo.
Se dedicó a estudiar cada palmo de pared y de suelo, golpeando con los puños para comprobar si el sonido que emitía era hueco, palpando en busca de resortes ocultos, escudriñando cada relieve con rigurosa minuciosidad.
—¿El intruso tropezó con esta ánfora y no lo oísteis?
Selkis lamentó no haber recogido la tierra que había derramado en su búsqueda de los papiros. Y como no estaba dispuesta a confesar el verdadero motivo de aquel estropicio, negó con la cabeza.
—Si hay una puerta camuflada no se puede accionar desde dentro. No obstante, me inclino más a pensar que entró por la ventana.
Permaneció un instante en silencio, contemplando el escarabeo. A medida que lo observaba, su rictus se contraía en una mueca angustiada.
Alzó sus ojos hacia ella y asintió para sí, reafirmando la decisión tomada.
—No puedo permitir que sigáis durmiendo sola en esta habitación, ni en ninguna otra. Trasladaré mis enseres de nuevo aquí.
Ante la expresión incómoda de Selkis, agregó:
—Compartiremos el lecho, por mera protección. En cuanto a tus obligaciones maritales, no debes preocuparte. No soy hombre que disfrute de lo que no se ha ganado.
Selkis lo observó con franca admiración. Al menos, los dioses habían sido magnánimos con el elegido.
—Esto te honra, esposo.
Najmint no parecía complacido con su alivio, creyó ver en su mirada un deje disgustado que se apresuró a ocultar tras un velo de forzada inexpresividad.
—Voy a asignarte escolta personal. Un oficial de mi guardia te acompañará a todos sitios y, cuando concluya con mis deberes, seré yo quien vele por ti.
—No creo que sea neces...
—Lo es —la interrumpió tajante. Su firme determinación no admitía reclamo alguno.
Durante unos instantes pareció titubear sobre alguna cuestión, pero finalmente optó por despedirse con un casto beso en la frente.
Sólo cuando vio con la fuerza que cerraba el puño donde portaba el colgante del escarabeo, Selkis adivinó que aquel objeto escondía la razón de la verdadera preocupación de Najmint.
Pensó en lo dificultoso que sería ahora maquinar un plan para liberar a Nun y más todavía para poder escapar con él. Aun así, no era mujer que se achantara ante los inconvenientes. Encontraría el modo y la ocasión para cumplir su promesa.
No se olvidó de Amsu, ni de la confesión sobre el robo de los papiros, pero sí de aspirar a ser senut . Nun era ahora su única prioridad. La guerra se acercaba y el tiempo apremiaba.