Capítulo 8. Sombras, secretos y encuentros
Sombras, secretos y encuentros
Desmanteló frenética toda la alcoba, pero seguían sin aparecer.
Sentía el pulso martilleando acelerado su sien. Una garra invisible prensó la boca de su estómago y un sudor frío le perló la piel. Los papiros no estaban en su escondrijo, ni en ningún rincón de la habitación.
Se detuvo en mitad de la estancia. Acompasó la respiración e intentó rememorar sus actos justo antes de salir.
Había escondido los papiros dentro de un ánfora decorativa que lucía hojas de palmera, e incluso había tenido la prevención de cubrirlos con tierra.
Había escarbado con desesperación, había volcado el ánfora, la había vaciado y no los había hallado.
Y eso sólo podía significar una cosa: alguien los había robado.
Su primer pensamiento acusador iluminó un nombre en su mente: Salama.
Inspiró hondo y salió en su busca.
La encontró en el patio central, apoyada en el brocal del pozo, mientras izaba un cubo rebosante de agua clara.
Se sobresaltó cuando la vio acercarse a ella.
—Mi señora, ¿qué os ha pasado?
Fijó su vista en las sucias manos de Selkis, en su cabello desgreñado y en la crispación de su rostro y se alarmó.
Ella la cogió del brazo y la zarandeó, derramando el agua del cubo que sujetaba.
—¿Dónde están?
La sirvienta agrandó los ojos en una mueca desconcertada.
—¿A qué os referís, mi señora?
—A lo que escondía en el ánfora, lo sabes muy bien.
La muchacha comenzó a negar con la cabeza, sus ojos se humedecieron y su labio inferior empezó a retemblar.
—Juro por la madre Isis que no he cogido vuestras joyas, jamás me atrevería a...
Selkis la soltó e intentó tranquilizarse. El pánico que había asomado al rostro de la doncella demostraba claramente su inocencia. Pero si ella no había sido, ¿quién...?
—¿Alguien más ha entrado en mi habitación?
—No..., no lo sé, mi señora. Sólo yo y vuestro esposo gozamos de esa licencia.
¿Habría sido Najmint? Pero en ese caso, sólo podía suponer que la espiaba.
Pues ¿cómo alguien había de saber, si no, qué ocultaba y dónde?
Esa inquietante suposición la llevó a imaginar que era más que factible que en su alcoba hubiera escondida alguna rejilla o mirilla, alguna pequeña oquedad por la que observarla desde otra estancia.
¿Tendría su alcoba algún túnel secreto? ¿Una puerta camuflada?
De ser así, sólo Najmint podía saberlo, ya que se trataba de su habitación.
Un regusto amargo ascendió por su garganta.
Regresó agitada a su habitación y comenzó a registrar cada rincón.
Palpó paredes, arrastró muebles, escudriñó cada relieve y no halló nada que pudiera confirmarle su sospecha.
No contemplaba enfrentar a Najmint abiertamente, pero sí podía hacer lo mismo que él, o intentarlo al menos, vigilarlo de cerca.
Soliviantada, se asomó al amplio balcón para ver cómo el negro manto nocturno caía sobre Tebas, ennegreciendo sus rincones, encendiendo sus lucernas, vistiendo de misticismo su relieve.
Inspiró el fragante aroma del jazmín y dejó que el silencio apaciguara su inquietud.
Cerró los ojos para sentir la caricia de la diosa Neftis en su rostro, la diosa de la noche.
Tras el sofocante calor al que los sometía Ra, el refrescante abrazo de Iah, dios de la luna, los arropaba en la noche, favoreciendo su descanso.
Selkis sosegó su ánimo envuelta en aquella paz ilusoria que Tebas respiraba.
De todas sus tribulaciones, no cumplir con la promesa hecha a Amsu arrebatándole la posibilidad de convertirse en senut era la que más la desazonaba.
Esos papiros eran valiosos, custodios de un saber ancestral, y ahora ella cargaba en su ya maltrecha conciencia una nueva felonía.
En aquel instante se prometió recuperarlos, averiguar quién los había robado y reponerlos al templo.
No bien terminó de afianzar esa decisión, la acometió una inusitada arcada que la dobló en dos.
Se aferró al pretil del balcón hasta que las náuseas desaparecieron tan repentinamente como habían llegado.
Sin duda serían los nervios por todo lo acontecido.
Ya se iba a la cama cuando un movimiento subrepticio pareció emerger de las sombras del patio interior.
Apenas vislumbró una sombra escabulléndose por uno de los pórticos.
De repente, se apercibió de que ella, desde una posición más elevada y más iluminada, probablemente había estado siendo observada por aquella sombra. ¿Y si era el ladrón?
Sacudió la cabeza y se adentró en la alcoba.
No tenía respuestas a sus muchas preguntas, ni tan siquiera especulaciones plausibles; no obstante, poseía determinación, agudeza y paciencia.
Estaría alerta a su alrededor aguardando la revelación de la diosa de la verdad, si acaso era bendecida por la clarividente Maat en aquel turbio asunto.
Decidió apartar sus muchas y peliagudas cavilaciones y se metió en el lecho.
Cerró los ojos y evocó lo que cada noche la ayudaba a dormir, a Nun junto a ella, envolviéndola con sus brazos.
Soñó que corría por un laberinto, oscuro, húmedo y lóbrego.
Tras ella, pasos acelerados. La perseguían.
Doblaba un recodo tras otro, temerosa de mirar atrás.
Oía una respiración agitada, casi jadeante, tan cerca que casi la sintió en su nuca.
De pronto, frente a ella se detuvo una sombra alta e imponente, sosteniendo un cetro.
Su cabeza era de chacal y sus manos dos garras.
Retrocedió espantada para toparse con una sombra idéntica.
Acorralada, se encogió sobre sí misma, la angustia la venció y gritó desesperada.
Su alarido rebotó en los muros de piedra mezclado con una risa escalofriante, áspera y amenazadora.
Ambas sombras se cernieron sobre ella...
Se incorporó como accionada por un resorte. Sobresaltada y jadeante. Algo cayó sobre su regazo.
Aturdida, descubrió un colgante entre las sábanas de fino lino.
Lo tomó entre las manos y lo observó con estupefacción.
Era un escarabeo de lapislázuli, silueteado por un fino hilo de cobre.
No le pertenecía. Alguien lo había dejado sobre ella, quizá sobre su pecho mientras dormía.
Gimió horrorizada, pues cada noche se aseguraba de cerrar su habitación con llave.
Aquello confirmaba que en aquella estancia había una entrada secreta.
Salió apresurada de la cama, con el pulso latiendo desacompasado en su sien.
Se vistió atropellada y acudió al único hombre que podía darle alguna explicación.
Con todo, no llegó a la puerta. Otra arcada repentina la detuvo.
Se dobló en dos mientras buscaba la escudilla.
Vomitó la frugal cena y se incorporó con otra inquietud nueva.
¿Se habría cumplido la profecía que había soñado?
El palacio respiraba la tranquilidad que precede al alba. Un adormecido y difuminado Ra apenas lograba espantar a Neftis, que, agazapada en los rincones, remoloneaba en su retirada.
Se dirigió hacia un lugar vetado para ella, el barracón de la guardia, donde se encontraban las dependencias de la milicia. Pero también las celdas de los esclavos que eran instruidos en la forzosa leva y el patio de armas.
Reparó en que no sabía con exactitud dónde dormía Najmint.
Y deambuló por los pasillos, quizá buscando una puerta que identificara la capitanía.
Pero todas eran iguales. Más allá, llegó a una larga galería abierta desde la que se veía el patio de armas.
Una campana la detuvo en seco y se ocultó tras una de las columnas.
Se asomó subrepticiamente y descubrió que, abajo, las celdas se abrían tras los gritos imperativos de los centinelas.
Pronto la descubrirían. Decidió salir cuanto antes de aquellas dependencias, cuando lo vio.
Su corazón se detuvo.
Nun caminaba arrastrando los pies con porte exhausto.
Sólo llevaba encima un faldellín mugriento, sujeto a la cintura por un cinto de piel.
Estaba más delgado, pero más fibroso. Su cabello negro lucía más largo de lo que recordaba haberlo visto, y lo recogía en una cola desgreñada.
Pudo ver las espantosas cicatrices aún tiernas que cruzaban su espalda, y algunas heridas nuevas y recientes, todavía con sangre reseca en ellas.
Sintió un aletazo de ira ante su lamentable estado, tan intenso como su deseo de bajar para fundirse en su pecho.
En su ávida observación no fue consciente de que se asomaba sobre la baranda de piedra demasiado. Y uno de los prisioneros murmuró algo y la señaló.
Diversos rostros alzaron su mirada hacia ella.
Pero Selkis sólo absorbió con hambre acumulada la de Nun.
Él parpadeó varias veces para asegurarse de que no era un espejismo.
El asombro dio paso a la consternación y el cantero entreabrió la boca para pronunciar su nombre.
Pudo ver cómo su varonil rostro se desgarraba ante su sola visión.
Sus miradas se enlazaron con tal intensidad que ninguno fue consciente de lo que sucedía a su alrededor.
Ella alargó el brazo ante el desesperado anhelo de tocarlo.
Y él se acercó a la galería preso de la urgencia de acudir a su lado. Pero no pudo dar más que dos pasos.
La cola de un látigo impactó en su espalda, derribándolo sobre la arena.
—¡Detente, maldito! —gritó Selkis iracunda.
El centinela la miró retador con una sonrisa burda prendida en su boca.
Nun logró alzar el rostro hacia ella.
—¡Vete! —exclamó suplicante.