La muerte que respiras Capítulo 7. Un hombre paciente
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Capítulo 7. Un hombre paciente

Un hombre paciente

El viento del desierto rizaba con su árida lengua la superficie del río, como si quisiera beber de sus aguas.

Doblegaba a su vez la altivez de los cañaverales y fustigaba implacable con su flamígero azote las hojas de las palmeras.

En él, viajaba el aliento de Seth, el dios de la guerra y protector de Ra.

La muerte del faraón dejaba a Kemet sin protección divina hasta que Ay fuera proclamado su sucesor. Y aquel período solía animar a los pueblos fronterizos a sublevarse desplegando numerosas escaramuzas que alteraban la paz en el Delta del Nilo.

Horemheb debía marchar con su ejército para implantar la paz y plegar a los rebeldes.

Y para ello debía organizar una leva muy particular.

Un ejército de mercenarios temible que sembrara el pánico en los enemigos con su fiereza.

Las tribus del norte necesitaban un escarmiento a la altura, para que no olvidaran jamás el poder de la Tierra Negra.

Él debía quedarse como superior de los cuerpos de seguridad que se encargaban de salvaguardar el Maat en la ciudad, protegiendo la justicia en el reino.

Y, como tal, debía supervisar los diferentes cuerpos, los sa-per , recaudadores de impuestos, los sasha , encargados de la protección del harén, y los medjay , un grupo de élite dedicado a la seguridad personal del faraón.

Najmint seleccionaba a los elegidos, aconsejado por el instructor. No obstante, en su lista ya había un nombre. La vida del cantero había sido el trueque para conseguir lo que siempre había ansiado: a la bella Selkis. Una vida que esperaba masacrasen en la frontera.

Se puso frente a Nun y lo observó con atención.

Buscó en aquel agraciado rostro las razones que habían cautivado a su esposa.

Percibió en la penetrante mirada del hombre un espíritu fuerte, intuyéndose un carácter inquebrantable.

El cantero mostró arrojo sosteniendo su mirada con la misma dureza con la que era escudriñado.

La firmeza de su mentón denotaba una inusitada obstinación y su porte destilaba arrogancia, a pesar de su precaria condición.

Aquellos rasgos lo desconcertaron tanto como lo irritaron.

Lo señaló y nombró, y el escriba militar apuntó su nombre.

Continuó nutriendo aquella lista con hombres de aspecto feroz, hasta formar una división de mercenarios a los que les asignó un oficial, el más inflexible y temerario de su facción, Hanif.

—En dos jornadas partiréis hacia las inmediaciones de Kadesh para contener a los rebeldes hititas. El premio a vuestro valor será la libertad si regresáis con vida o el honor si perecéis defendiendo la tierra bendecida por Amón —anunció en tono imperioso.

Lo que Najmint no dijo fue que el rey hitita les había declarado la guerra porque habían asesinado a su hijo.

Anjesenamón, desesperada por la muerte de su esposo, y en su deseo de evitar que lo sucediera Ay y la tomara como esposa, mandó una misiva secreta al rey Suppiluliuma para ofrecer desposarse con uno de sus hijos, convirtiéndose ella en reina de Kemet, y el hitita en gobernador.

Pero la misiva fue interceptada, y cuando el hijo del rey llegó, los secuaces de Ay le dieron muerte.

La ambición había desatado una guerra que se vislumbraba virulenta.

La venganza de los hititas amenazaba el equilibrio que tanto esfuerzo le había costado mantener al difunto Tutankamón.

La gran traición de Anjesenamón se habría cobrado su vida si no hubiera sido porque Ay necesitaba afianzar su posición real casándose con ella, ya que no le correspondía el trono de Kemet por línea sanguínea.

Ni él, ni Horemheb, ni ningún hombre de las Dos Tierras habría aceptado a un hitita como gobernador.

Suspiró hondamente y rezó por que el manto de Montu los cubriera en la batalla, el dios de la guerra tebano debía velar por ellos más que nunca.

Apartó aquellos funestos pensamientos para cavilar sobre lo sucedido en el templo de Amón.

Habían asesinado a un sacerdote, y de un modo bastante singular. Lo habían envenenado y en su boca abierta de lengua azulada habían depositado un escarabeo. Tan sólo un testigo aseguró haber visto huir a un hombre, un hombre con cabeza de chacal.

Que un asesino se ocultara bajo una máscara de chacal, asignándose el papel de Anubis, le mostraba la desconcertante ambivalencia de aquel fin.

Por un lado ocultaba su identidad mortal para resaltar la divinidad bajo la que justificaba su crimen.

Y si en verdad se creía con esa potestad, si se había erigido en guía al inframundo de las almas que sesgara, no pararía.

Y más cuando dejaba un mensaje en sus bocas en forma de insecto.

Y no cualquier insecto, sino un escarabajo sagrado.

El escarabeo era un amuleto contra la muerte y las enfermedades.

Pero también estaba representado por el dios Jepri, un escarabajo que sostenía un disco solar, el dios que simbolizaba el principio de las transformaciones que experimentan los seres vivos desde que nacen hasta que mueren.

Y también su renacimiento si acaso superaban las pruebas en el Duat , el más allá.

¿Muerte y renacimiento? ¿Qué pretendía el asesino?

Se sacudió aquellos pensamientos, que tardaron en desprenderse de su mente, como si fuera el limo que impregna los campos de cultivo tras desbordarse el Nilo, dejando tras de sí una tierra fértil y negra.

Sólo que en su cabeza ninguna idea racional germinaba, era terreno yermo a falta de más siembra.

Salió del patio de armas y se dirigió hacia la alcoba de su esposa. Le había prometido un paseo por la ribera al ocaso, y el sol ya bajo besaba el horizonte, convertido en un orbe cobrizo.

Llamó a la puerta dos veces, pero no obtuvo respuesta alguna.

La abrió curioso y se asomó para descubrir que Selkis no estaba dentro.

Contrariado, la buscó por las dependencias anexas, por el jardín que tanto la embriagaba, incluso por el dédalo de corredores que surcaban el palacio. Preguntó a su doncella, Salama, pero nada supo decirle.

Acudió a su mano derecha, el fiel Bomani, con la preocupación prensando sus entrañas, y éste le confesó haberla visto por la mañana en el templo.

Ya salía hacia allí cuando se topó con ella en la entrada.

—¿Puedo saber de dónde venís?

Selkis descubrió a Bomani unos pasos por detrás y se encogió de hombros.

—He estado en el templo, rezando a Amón.

Najmint la escrutó incrédulo.

—¿No habéis considerado lo inoportuno de vuestra devoción justo hoy, tras deciros lo del asesinato?

—Ciertamente no, esposo, puesto que el templo estaba custodiado por vuestra guardia personal, y he supuesto que todo culpable suele huir del lugar donde comete la fechoría.

La agudeza de su esposa lo subyugaba tanto como su deslumbrante belleza.

No obstante, debía imponer su autoridad, pues su indómito carácter la convertía en una mujer díscola proclive a toda clase de problemas.

Cargar sobre sus hombros con la muerte del faraón por su espíritu impulsivo e irreflexivo al parecer no había apaciguado su impetuosidad.

Ejercer autoridad en pleno cortejo era contraproducente, pero su seguridad estaba ante todo.

Ser hija del gran general y esposa del capitán de la guardia no la eximiría de más responsabilidades.

—Hasta que capturemos al culpable será mejor que no regreséis al templo, no puedo atender mis deberes preocupándome tanto por mi esposa.

—¿Es una orden, esposo?

Ella, tan astuta como Thot, lo conminó a que fuera más preciso. Najmint no cayó en aquel ardid, pues era muy consciente de lo tentador que le resultaba a su mujer incumplir cualquier imposición.

—Es un favor que os pido, si en verdad tenéis en cuenta los deseos de vuestro esposo —respondió ladino.

Ella asintió fingidamente sumisa, a pesar de que en sus oscuros ojos seguía fulgurando aquella veta indomable que tanto lo subyugaba.

Selkis era todo un reto para él. Siempre lo había sido, desde que de niño la observaba corretear en palacio, ajena al interés que despertaba en un muchacho poco mayor que ella.

Había presenciado el despertar de su carácter único, viéndola enfrentarse a todo lo que considerara injusto, defendiendo siempre al menos favorecido e incluso rebelándose contra su padre derramando su inflamable genio, o engatusándolo con arrumacos y sonrisas.

La había visto crecer sufriendo por cada curva, que, tímida, afloraba moldeando su joven cuerpo, convirtiéndola en la sensual beldad que ahora era.

En su febril y joven imaginación la había poseído tantas veces como miradas ajenas atraía.

Y creyéndola inalcanzable había asumido como inútil cualquier acercamiento.

Había tenido que morir un faraón para que se obrara el milagro.

A decir verdad, oír por accidente la confesión de la joven a su padre suponía una poderosa ventaja sobre Horemheb.

Una baza que guardaría con celo si acaso necesitaba darle uso, pero no había hecho falta.

Sabía sobradamente que el ambicioso general no pondría reparos en el matrimonio, pues le convenía que su hija estuviera al tanto de cuanto acontecía en palacio mientras él defendía la frontera.

Najmint era buen conocedor de la urdimbre de intrigas que se hilaban en la corte, cuanto más cerca de tu rival, más información para acabar con él.

¿Y qué mejor que una hija como informante?

A pesar del enrevesado camino que el destino había elegido hasta ponerla en sus brazos, Najmint se regocijaba de su suerte.

Selkis, a ojos de los hombres, le pertenecía, pero era al favor de la diosa Hathor, la diosa del amor, al que apelaba.

No sería merecedor de ella si no lograba meterse en su corazón.

Un corazón que ahora ocupaba otro hombre.

Pero Najmint era paciente y su tesón, encomiable.

—Quizá si me acompaña Salama y un guardia de vuestra confianza, esposo, podáis consentir que pueda acudir al templo a cumplir con mis oraciones. Corren tiempos convulsos y necesitamos más que nunca el favor de los dioses.

—No os hacía tan devota, mi dulce esposa.

—Encuentro tanto solaz en la casa del Oculto que no puedo más que rendirme a él y a las divinidades que nos arropan.

—Está bien, pero acudiréis a horas tempranas.

Selkis le regaló una sonrisa tan luminosa que su mirada se prendió en esos labios que tanto le robaban el sueño.

Sintió un aguijonazo en su bajo vientre y se tensó.

El deseo emergió imperioso y exigente, aquella hambre voraz que ella despertaba con su sola presencia se aposentó en aquella boca sugerente y generosa que parecía llamarlo con fogoso apremio.

Cerró los puños y se obligó a desviar la mirada.

Pero cuando ella se acercó, se puso de puntillas y besó su mejilla en gesto agradecido, Najmint dejó escapar un gemido sufrido. La contención flaqueó y apenas pudo contener el impulso de estrecharla contra sí y besarla hasta desfallecer, pero se mantuvo envarado e inmóvil.

Su incomodidad fue tan evidente que Selkis se apartó confusa y avergonzada.

—Lamento mi... efusividad... —se disculpó.

Lo sorteó y corrió hacia su alcoba.

Najmint apretó los dientes y dejó escapar una maldición.