La muerte que respiras Capítulo 6. Empuñando un nuevo destino
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Capítulo 6. Empuñando un nuevo destino

Empuñando un nuevo destino

El viento silbó malicioso, como si vibrara junto a él la lengua bífida y maledicente de Apofis, el dios serpiente, susurrando fatales augurios.

Apofis representaba el mal y habitaba en el Duat , el temido inframundo. Y Nun podía sentir cómo se había enroscado en su destino, estrangulando su futuro, hasta convertirlo en una delgada y quebradiza línea que otros pisaban impunemente.

Despertó a la vida tras un largo período de convalecencia. Una vida yerma condenada al cautiverio. Habían trocado su condena de muerte por otra más tortuosa, servir como mercenario en la meli del faraón.

Los prisioneros de guerra, los esclavos y los condenados a muerte que poseían las características físicas necesarias eran obligados a servir como soldados de infantería en las numerosas guerras fronterizas con los pueblos que hostigaban la paz.

Las continuas incursiones de hititas, hicsos o nubios desestabilizaban las treguas tan ansiadas por el pueblo de Kemet.

Aunque en verdad era la ambición del faraón por la conquista de regiones nuevas que adherir a su cetro de poder lo que impulsaba aquellas campañas, y no que esas tribus fueran tan díscolas como hacía creer a sus gentes sólo por contar con el beneplácito de sus súbditos, que se habían convertido en un pueblo pacífico y espiritual que rechazaba las armas.

Por ese motivo, necesitaba reclutar forzosamente a prisioneros para engrosar sus ejércitos y ampliar los márgenes de sus territorios.

Nun bebió transido agua de una jarra de loza, derramando el contenido por su rostro y su torso en su ávido ímpetu por satisfacer la sed.

Empuñó su jepesh , la grácil espada curva, y continuó su entrenamiento trazando arcos, lanzando embestidas, retrocediendo y avanzando, emulando con precisión lo aprendido.

Sus compañeros de penurias descansaban exhaustos tras aquella dura jornada de instrucción, pero él proseguía sin desfallecer.

La única manera de conciliar el sueño era caer agotado en el jergón. Y sólo liberando la rabia, su cuerpo y su mente conseguían esos fugaces instantes de descanso.

Su instructor se acercó a él con el ceño fruncido.

—¡Descansa o tu cuerpo enfermará y no nos será de utilidad alguna!

Nun se detuvo jadeante, sintiendo calambrazos doloridos en los músculos de brazos y piernas. Asintió y se sentó junto al inmenso nubio al que llamaban Fenuku, que significaba «anochecer», por su piel oscura y brillante.

Fenuku lo miró censurador. Agitó la cabeza y profirió un gruñido admonitorio.

No le gustaba la compañía, pero aquel lugar era el único que quedaba libre a la sombra, y Nun no se achantó.

El resto de los prisioneros lo observaron con asombro, cualquier hombre con sentido común habría preferido el sol abrasador a disgustar al gigante nubio.

Nun ignoró las miradas y se abrazó las rodillas, apoyando la barbilla en ellas.

Como siempre que se inclinaba tanto, la piel de la espalda le tiraba.

Las cicatrices de los latigazos se entrecruzaban en rosados verdugones como si delimitaran pequeñas regiones en un mapa de carne.

Aquellas fronteras de trazado irregular que asomaban por sus costados y sus hombros lo diferenciaban de los demás, convirtiéndolo en un hombre duro, en un superviviente.

Y les hacía preguntarse qué crimen habría provocado semejante castigo.

El instructor terminó su manzana y se acercó a ellos.

—Abrid bien los ojos, repugnantes sabandijas, dos de mis hombres os mostrarán las técnicas de defensa y ataque en un cuerpo a cuerpo. Después, dos de vosotros se enfrentarán para demostrar lo aprendido. ¡Todos en pie!

Dos soldados de diferentes alturas y constitución comenzaron a cruzar sus aceros.

Nun observó la rapidez en los movimientos del más menudo; a pesar de no contar con la corpulencia necesaria para batir a su enemigo, su agilidad y presteza conseguía esquivar los lances de su rival y, de ese modo, desgastarlo.

El cansancio hacía mella en el más pesado, y finalmente, tras varias ofensivas fallidas, el pequeño hizo un quiebro inesperado, se agachó en mitad de un giro y lo marcó sin que el filo penetrara en la carne, ganando el combate.

—¿Algún voluntario?

Tanto Nun como Fenuku dieron un paso al frente casi al unísono. Fueron los únicos que se ofrecieron a un enfrentamiento cuerpo a cuerpo.

—Bien, la pelea no acabará hasta que uno de los dos acierte en un punto letal. O derribe al oponente sobre la arena.

Les entregaron espadas y escudos de madera y los rodearon formando un círculo que delimitaba la liza.

Nun calibró a su oponente. El nubio era enorme y su aspecto atemorizador.

Tenía el cráneo tonsurado, a excepción de una gruesa y tosca trenza negra que parecía nacerle en la coronilla, como un islote flotando en mitad de un negro océano.

Más que una trenza, semejaba una soga que se balanceaba amenazadora por su espalda, como el aguijón de un escorpión.

Su rostro hosco, decorado con escarificaciones tribales en la frente y en las mejillas, le daba un aspecto demoníaco.

Sus hechuras de por sí ya disuadían a sus rivales, pero era aquella mirada oscura, entrecerrada, fría y letal lo que realmente amedrentaba.

Contuvo el impulso de retroceder que aquel descomunal guerrero provocaba con su porte.

Durante unos instantes caminaron lateralmente en círculos, tanteándose.

Nun escudriñó con atención a su adversario, aceptando resignado que no había ninguna flaqueza aparente que atacar.

Debía agarrarse a su ingenio, pues el nubio lo superaba en todo lo demás.

La única posibilidad que vislumbró para tener alguna oportunidad radicaba en el combate que acababan de presenciar.

Debía ser ágil y veloz y aguardar paciente su oportunidad sin arriesgarse demasiado.

Apenas tuvo tiempo de eludir el primer embate.

Fenuku se abalanzó sobre él como un buey furioso blandiendo la espada.

Sus instintos se agudizaron en los siguientes movimientos de su contrincante, descubriendo con harto asombro que, además de derrochar fuerza, también era ágil.

Aquello lo desalentó. No obstante, no se rindió, se afanó en estudiarlo con más atención mientras esquivaba un lance tras otro.

Atacar con tanto arrojo comenzó a enlentecer los movimientos del nubio, el cansancio hacía mella en él, pero fue su impaciencia lo que comenzó a aflorar precipitando movimientos.

Su urgencia derivó en frustración, sus muecas furiosas anticiparon movimientos atropellados y torpes que Nun supo aprovechar.

Ante la evidente desconcentración del gigante de ébano, logró incorporar una ofensiva a su estrategia de defensa.

Eludió un envite hacia su pecho y, usando su escudo, giró contra el costado de Fenuku, trazando con el filo de la espada un corte largo en la espalda, que de haber sido de acero lo habría derribado.

El resto de los compañeros de armas lo jalearon animosos.

Nun ya alzaba los brazos victorioso cuando un dolor agudo lo catapultó a la arena.

Una pulsante punzada latía en su espalda, a la altura de la cintura.

—Nunca le des la espalda a tu enemigo, ni cuando lo creas vencido —aconsejó el instructor—, aunque creo que esta lección tardarás días en olvidarla.

Los presentes rompieron en carcajadas mientras Fenuku le ofrecía su mano para ponerse en pie. Nun la rechazó y logró incorporarse a duras penas. El dolor se había extendido hasta sus piernas, que respondían trémulas. Se apoyó en una columna mientras recuperaba el aliento.

—Has peleado bien —reconoció el nubio.

—Más limpiamente que tú.

La risa estentórea del esclavo lo soliviantó.

—En el campo de batalla no hay más norma que la de sobrevivir —murmuró sereno—. No existe ética, ni códigos de honor, ni norma alguna. O se vive o se muere, es todo. No lo olvides cuando llegue el momento.

Fenuku se alejó hacia los barracones.