Capítulo 5. La elegida
La elegida
Selkis escuchaba con atención la conversación que tenía lugar tras la puerta entreabierta. Su esposo, el gentil Najmint, había acudido presto a una llamada de su guardia.
Cada mañana, a pesar de no dormir con ella, se adentraba en la alcoba para desearle con un casto beso en la mejilla los buenos días.
Esa rutina se repetía en la noche. A pesar de comportarse con paciente dulzura, sus ojos la recorrían con ardorosa atención, evidenciando el deseo que meritoriamente reprimía.
Aquella mañana, justo cuando ya entraba en su cuarto, lo había requerido su oficial al mando, el aguerrido Bomani. Ella pudo oír su estentórea voz. La frase que pronunció la sacó de la cama: «Mi capitán, han asesinado a uno de los sacerdotes de Amón».
—¡Voy de inmediato! Ve y prepara a la guardia. ¿Han atrapado al culpable?
—Hay un testigo que lo vio salir corriendo del templo.
—En tal caso, no tardaremos en encontrarlo.
—Permíteme cuestionarlo —aseveró Bomani.
—¿No le vio la cara?
—Se la vio.
—¿Entonces? —El tono impaciente de su esposo evidenció su airada confusión.
—El testigo afirma que vio a Anubis salir del templo.
A aquella afirmación la siguió el silencio desconcertado ante una revelación sin sentido.
—Adelántate y comienza a recabar información.
Selkis se retiró con presteza de la puerta y de un salto se metió en el lecho. Aprovechó para desperezarse cuando Najmint se adentró en el cuarto.
Los ojos de su esposo lamieron ávidos su pecho, no logró esconder la lascivia en aquella sonrisa dúctil y afable que le dirigió.
—¿Qué tal ha pasado la noche mi bella esposa?
—Ha sido calurosa pero apacible.
Najmint asintió casi de forma imperceptible y se inclinó sobre ella para depositar el beso de rigor.
—¿Qué tal se presenta vuestro día, esposo?
—Ajetreado, al parecer han asesinado a un sacerdote en el templo de Amón.
Selkis fingió conmoción y sorpresa en un alarde interpretativo impecable. Najmint posó una mano en su hombro en ademán tranquilizador.
—¡Eso es horrible! —exclamó ella—. Los sacerdotes son representantes divinos. Atacarlos es una grave ofensa a los dioses.
—Daremos con el culpable y pagará su felonía —aseguró componiendo un rictus confiado.
—Estoy segura de ello.
Najmint sonrió y sus ojos se posaron un anhelante instante en los jugosos labios de su esposa.
Casi de inmediato apartó la vista hacia la ventana.
A ella no le pasó desapercibida la tirantez de sus nudillos y el pulso contenido en su mentón.
Se rascó una pequeña cicatriz que asomaba en su sien izquierda y se afanó por distender su ánimo sin conseguirlo.
—Debo irme —anunció—. ¿Pasaréis el día leyendo?
—Es mi única distracción en palacio.
La miró con cierta compasión y un fugaz deje de culpa.
—Si os parece bien, podemos pasear por la ribera del Nilo y contemplar el ocaso cuando regrese.
—Me encantaría.
Najmint se puso en pie y caminó hacia la puerta.
Selkis se tumbó de nuevo y resopló aburrida. Dirigió la mirada hacia el papiro que reposaba en la mesita y recordó al instante al anciano que había sido atropellado el día anterior y que ella curó.
Aquel papiro no pertenecía a la colección de la biblioteca de palacio.
Era una compilación de remedios y tratamientos médicos y quirúrgicos que había robado del templo.
Solía ir a diario a visitar al oráculo y a rezar sus plegarias por Nun.
Y en sus visitas se había filtrado en lugares vetados para ella.
Uno de ellos, y el que más la había atraído, era la extensa biblioteca del templo.
Desde aquel aciago día en que sacrificó la vida del faraón por la de aquellos niños del arrabal, la avidez de conocimiento se había instalado en ella como la picazón de un insecto y debía satisfacerla como diera lugar.
En lo más profundo de su ser la regocijaba haber salvado esas vidas, tanto como lamentaba no poseer la sabiduría para volver a hacerlo.
Y a eso lo siguieron multitud de preguntas que no supo contestar, pues las respuestas las celaban los sacerdotes del templo.
El secretismo en el arte de la sanación y la imposibilidad de acceder a él la habían llevado, una vez más, a sustraer lo que ansiaba.
Aquel día, había permanecido pacientemente escondida en un oscuro rincón hasta que vislumbró la oportunidad que aguardaba.
Uno de los sacerdotes había dejado la puerta entreabierta al salir de la cámara donde se reunían.
Y ella había aprovechado fructíferamente la oportunidad.
En aquella sala que olía a incienso, a alcohol y romero, una gran estantería almacenaba pliegos diversos.
Ella había escogido uno al azar y había partido del templo convertida en una sombra.
Leer y aprender habían aumentado considerablemente su curiosidad.
Pero sabía que sólo practicando y confeccionando remedios se adquiría el verdadero conocimiento.
Poco podía imaginar que su primer paciente fuera un médico del templo.
Y que su primera práctica se debiera a un azaroso accidente justo en el momento más propicio, cuando más desatendida estaba la Casa de la Vida.
Sonrió complacida rememorando su actuación.
No había titubeado en cuanto al procedimiento, eso la enorgullecía, pues aparte de haberse embebido de la técnica, el tratamiento aplicado había sido minucioso y además no se había dejado impresionar por una herida tan fea.
Algo que la preocupaba, pues nada tenía que ver el estudio con la práctica, y en su fuero interno se felicitó por el temple y la seguridad derrochados en momentos tan tensos.
Decidió visitar a Amsu, pues así se llamaba aquel sunu , para comprobar su estado. Y con esa intención cosquilleando en su vientre, se levantó y se vistió, prescindiendo de los servicios de su doncella, Salama.
La muchacha apareció justo cuando Selkis ya salía por la puerta.
—¡Disculpad la demora, mi señora!
—Ya te dije que te llamaría si precisaba ayuda, pero no es así, despreocúpate.
—Pero uno de mis cometidos es...
—Pues yo te libero de él —la interrumpió prodigándole una sonrisa tranquilizadora.
La doncella arrugó el ceño con disgusto, pero claudicó retirándose.
Selkis había ocultado el valioso papiro previamente, y aunque sabía que la doncella no sabía leer y que su esposo siempre solicitaba su permiso para entrar, el celo sobre aquel compendio de sabiduría la volvía desconfiada y posesiva.
Salió de palacio por la puerta sur. Los altos muros procuraban una sombra que ofrecía algo de solaz a los transeúntes que huían del inclemente sol. Se ciñó a ellos y caminó por las callejuelas rumbo al templo.
Tebas estaba dividida en dos por el río Nilo.
En la parte oriental bullía la vida, los palacios, los templos, los edificios administrativos, la ciudad con sus casas de adobe, los jardines, las grandes avenidas y las laberínticas calles.
En el lado occidental predominaba la muerte, donde sólo se alzaban las tumbas reales, las civiles y el culto a los difuntos.
Derecha, vida; izquierda, muerte. Y el agua como línea fronteriza entre ambos mundos.
Recorrió la larga avenida de esfinges con cabeza de carnero hasta atravesar el primer pilono, bejenet , una imponente puerta monumental sitiada por dos grandes torres.
Pero lo que verdaderamente impresionaba era el tercer pilono, la fachada principal del templo.
Ante ella se alzaba, magnificente, una fastuosa puerta de oro con el labrado del dios Amón-Ra, simbolizado por una cabeza de carnero decorada en lapislázuli, plata pura y gemas preciosas.
Tras ella se accedía a un patio abierto, flanqueado por colosales efigies.
En un lateral, un enorme lago rectangular servía, además de para las ablaciones, para las ofrendas ceremoniales.
Y a continuación se encontraban los dos santuarios.
Sintió agradecida el frescor de la piedra al adentrarse en la penumbrosa sala hipóstila y, como siempre le ocurría, alzó la mirada hacia las altísimas y gruesas columnas que semejaban un imponente y colorido cañaveral de piedra maciza. Suspiró abrumada.
Miró en derredor, buscando antes al oráculo, necesitaba preguntarle sobre su nueva inquietud, pero no lo halló. Más allá se iniciaba un recorrido de cuestas y escalinatas hacia el sanctasanctórum. A su izquierda se abría un corredor que llevaba hacia un anexo, la Casa de la Vida.
Como cabía esperar, la guardia deambulaba por las dependencias haciendo preguntas e imponiendo su secular autoridad. Al reconocerla, la ignoraban al instante. Selkis permanecía alerta, dispuesta a esconderse de su esposo antes de que reparara en ella.
Así, pudo llegar a la sala de curas sin dar ninguna explicación.
Aquel insolente muchacho que había intentado espantarla el día anterior rebuscaba entre los potes algo que parecía no hallar.
Cuando la descubrió en el umbral de la puerta compuso un mohín irritado y se dirigió hacia ella.
—¡Márchate, o quebrarás el descanso de mi maestro! —susurró altanero.
—Sólo deseaba conocer su estado.
—Ya lo molestó la guardia con sus preguntas, ahora necesita descansar.
Selkis lo esquivó y se dirigió hacia la camilla donde el sunu se hallaba postrado.
—He de comprobar el vendaje, seré tan cuidadosa que ni lo percibirá.
Ignoró el sofocado gruñido disgustado del ayudante y se inclinó sobre Amsu. En ese preciso instante, el anciano abrió sus ojos de mirada velada y los fijó en ella.
—¡Tú!
—Yo —confirmó divertida.
Continuó con su inspección y se alegró de no ver manchas rojizas en los lienzos.
—¿Cómo os encontráis, aparte de dolorido y anquilosado?
—Momificado —contestó.
Selkis rio y sacudió la cabeza.
—Que yo sepa, aún albergáis todos vuestros órganos en vuestro interior.
—No será por falta de vasijas...
Hizo un ademán con el brazo izquierdo hacia las alacenas repletas de ellas y Selkis se sonrió animada con el buen humor de su paciente.
—No, todavía gozáis de bastante vigor, a tenor de las chanzas.
—Las chanzas son el único placer que me permiten los dioses a mi edad.
—Ni sois tan anciano, ni los dioses tan estrictos.
—En efecto, son más magnánimos de lo esperado, te han puesto en mi camino.
Selkis sintió un ligero rubor incendiando sus mejillas ante la mirada de admiración y agradecimiento del anciano.
—Omari, ve a por agua —ordenó Amsu.
El muchacho se precipitó hacia la jarra.
—No, ésa no, se me antoja agua fresca del manantial.
Omari asintió con semblante contrariado y salió de la sala.
—Debe de ser importante lo que necesitáis decirme —murmuró ella con agudeza.
—Mi ayudante no cuenta con la discreción entre sus escasos dones.
—Al menos contáis con vuestra propia y sabia prudencia.
Amsu la observó complacido.
—Con cada palabra que pronuncias, confirmo mi buen juicio. Eres la elegida.
Selkis alzó las cejas y lo contempló expectante.
—¿Elegida para qué fin?
—Para el que ansías.
Se miraron largamente a los ojos, ahondando en la mente ajena, indagando sobre verdades ocultas que pudieran relumbrar en sus miradas, con el recelo de quien sabe ver dentro pero ignora que también se muestra.
—¿Y cómo podéis conocer los anhelos de quien lo desconocéis todo?
Amsu se maravilló ante la incisiva inteligencia de aquella joven, que estaba demostrando una sabiduría fuera de lo habitual.
—He visto la luz de la diosa Sejmet en tus ojos.
Posees el don de la sanación y me atrevo a asegurar que con mi ayuda podrás convertirte en la senut más codiciada de todo Kemet.
Tu nombre pasará a la historia junto el de Merit Ptah, la primera mujer médico de renombre en el reino de las Dos Tierras.
—Sin duda me sobrestimáis.
—¿Acaso no albergas en tu fuero interno el deseo de ser senut ? En caso contrario, no poseerías conocimientos que no te corresponden, ni los habrías puesto en práctica.
Selkis guardó silencio, reconociendo así lo acertado de su suposición.
—Soy una mujer inquieta y curiosa, siempre me ha gustado aprender.
—Tan curiosa como para sustraer conocimientos vedados —afirmó sin que ningún deje acusatorio asomara a su voz.
Selkis sostuvo la mirada sagaz del anciano sin mostrar culpabilidad, pero sin esconder lo que resultaba tan obvio.
—Ante el hambre de conocimiento no hay muro que no pueda ser escalado. Ya que injustamente se celan sus secretos, como si compartirlos los despojara de su valía.
—El conocimiento, muchacha, es poder y, por ende, se reserva a unos pocos privilegiados. Además, es un don divino que otorgan los dioses. Thot, en su sabiduría, lo depositó en los sacerdotes del templo, y ellos lo transmiten a los elegidos. No todos pueden gozar de semejante fortuna.
—Ni todos los afortunados lo merecen, ni todos lo aprovechan, ni todos poseen la virtud ni la pasión necesarias para cumplir su cometido —interpeló Selkis vehemente—. Decidme, entonces, dónde radica el sentido de un secreto que se pierde en mentes dispersas e incapaces.
—Yo sé en qué baso mi elección, mas no puedo hallar un sentido a las de los demás. Así como no debo cuestionarlas.
—Si todos nos ajustáramos a lo que debemos hacer, la poderosa tierra de Kemet no sería tal —replicó ella sintiendo en su interior ese pulso insurrecto que siempre la había gobernado—, pues la fuerza de nuestro pueblo radica en nuestro carácter levantisco y apasionado, en nuestro corazón indómito y ambicioso, en nuestra infinita curiosidad por el mundo que nos rodea y el provecho que podemos sacar de él.
Amsu asintió completamente cautivado por el arrojo y la sapiencia que desprendía aquella joven. Jamás en su larga vida había conocido un espíritu de pensamiento más libre y de corazón más aguerrido.
—Debo darte la razón. Compruebo con deleite que mi elección sí es acertada. Yo seré tu maestro, si me aceptas. Y tú mis manos y mis ojos hasta que Osiris me lleve a su lado. Y quizá el garante de algo mucho más elevado.
Selkis permaneció unos instantes en silencio, no porque albergara duda alguna sobre su respuesta, sino para asimilar la dicha que la embargaba.
—Acepto y me pliego en gratitud ante tal privilegio.
—Pero debes prometerme algo, muchacha.
Ella asintió expectante y rezó por que su sueño no se evaporara ante una promesa imposible.
—Debes reponer los papiros que robaste de la biblioteca del templo. Gracias a mí, ahora tendrás acceso a ellos.
Selkis soltó el aire contenido y sonrió aliviada.
—Prometido, maestro.