Capítulo 4. La Casa de la Vida
La Casa de la Vida
Amsu derramó la mirada sobre los numerosos potes de fayenza donde almacenaba los remedios contra diferentes dolencias y entrecerró los ojos rebuscando la etiqueta de purgante en ellos.
Su vista ya no era la de antes, adolecía de la fastidiosa «subida de agua en el ojo» característica de su avanzada edad.
Y a pesar de haber utilizado todo tipo de tratamientos, como aplicarse pomada de sangre de murciélago y un ungüento a base de asafétida y nafta, él, mejor que nadie, sabía que necesitaba de un cirujano para apartar la molesta opacidad que afectaba a sus ojos.
Suspiró resignado y acercó su ajado rostro al recipiente seleccionado para cerciorarse de que era el que precisaba.
Asintió para sí, tomó un cucharón y lo colmó con el brebaje para liberar el vientre.
La espesa consistencia no resultaba nada apetitosa al enfermo, su sabor tampoco ayudaba en la ingesta, pero nada había más efectivo que ese mejunje, compuesto por granos de ricino machacados y mezclados con frutos de sicomoro, macerados previamente en cerveza.
Miró de soslayo al niño que se agitaba entre espasmos dolorosos en los brazos de su madre.
Se aproximó al pequeño paciente y, con un rápido e imperioso gesto, su ayudante, el atolondrado Omari, acudió presto a sujetar la cabeza al pequeño.
Sus agudos alaridos le ofrecieron una gran boca abierta por la que introducir el brebaje. Amsu fue ágil y veloz catapultando el contenido de la cuchara al interior de la garganta. Omari se apresuró a cerrarle la boca y a taponarle la nariz para obligarlo a tragar.
El pequeño agrandó con alarma los ojos y se sacudió con más ahínco, ávido de aire. Cuando por fin le permitieron respirar, boqueó como un pez fuera del agua, tosió y aumentó la intensidad de los sollozos.
—Si esta noche no ha evacuado, tráigalo mañana.
La agradecida madre asintió, tomó su mano y la besó. Antes de irse depositó la voluntad en el platillo de barro destinado a tal fin. En este caso se trataba de una baratija, un brazalete de bronce.
Omari cerró la puerta tras ella y guardó el brazalete en una tinaja destinada a los abalorios.
En otra había monedas y en otra, toda clase de artesanía.
En ocasiones atendía a pacientes tan menesterosos que el pago a sus servicios se reducía a una emocionada mirada rebosante de gratitud.
Curiosamente, aquella remuneración se convertía en lo que daba sentido a su existencia y lo que inflamaba su corazón de gozo.
No obstante, tenía que comer y mantener su reputación.
No había conseguido ser médico de la corte, carecía de las influencias necesarias.
Pero como sunu del pueblo, su vida plácida se veía recompensada de maneras diversas.
Otra de ellas era formar a nuevos médicos en la Casa de la Vida, un apartado dentro del templo donde los sacerdotes custodiaban los papiros repletos de la sabiduría de los antiguos y compartían sus secretos con los médicos.
Por regla general, las enseñanzas se transmitían generacionalmente, aunque también se podían aceptar pupilos cuya buena disposición y talento para la sanación fueran bendecidos por Sejmet, diosa de la curación.
Era fácil ver la luz de la diosa en los ojos de los candidatos más avezados, haciéndolos destacar del resto.
Cuando eso ocurría, Amsu se entregaba por completo a la labor de enseñanza.
Y hacía ya mucho tiempo que ningún postulante gozaba de ese favor divino.
Dirigió una mirada amusgada a Omari y negó frustrado con la cabeza. Aquel muchacho jamás gozaría del talento curativo, ni siquiera era buen ayudante. Era olvidadizo, indolente, y carecía de interés por aquellas complejas artes.
Amsu chasqueó la lengua e inspiró profundamente.
Salió de la consulta tras lavarse las manos. La higiene, como bien descubrió el gran sabio Imhotep, padre de la medicina egipcia, era un arma más contra la ponzoña que provocaba enfermedades.
El templo, silente y reverencial, lo recibió con el abrazo frío que exudaban los grandes bloques de piedra. Sintió la caricia del incienso en sus fosas nasales y se dejó envolver por el eco de sus propios pasos.
Salir al cegador sol del primer mes de Ajet , la estación de las inundaciones, lo hizo entrecerrar los ojos. Ni siquiera el kohl con que los protegía opacaba la irritante luminosidad que irradiaba el implacable Ra.
Se cubrió los ojos con la mano y enfiló la avenida principal flanqueada de enhiestos palmerales.
Oyó un grito y un titilante resonar de arneses se precipitó sobre él. Lo siguiente que sintió fue cómo su cuerpo era embestido y catapultado violentamente hacia delante en una parábola desmadejada que lo impelió contra el suelo. Vio destellos cegadores y luego la negrura.
* * *
Lo primero que discernió tras abrirlos fue el preocupado rostro de una mujer joven. Parecía examinarlo con mirada analítica y rictus concentrado. Movido por la curiosidad, alzó la cabeza y dirigió su vista hacia donde ella la tenía posada.
Agrandó los ojos al comprobar que tenía una fea fractura abierta en su brazo diestro. De manera fulminante, un dolor agudo lo atravesó de parte a parte para sumar horror a aquella espeluznante visión.
—¡Rápido, hay que llevarlo al templo, está perdiendo mucha sangre!
Aquella melódica e imperiosa voz aceleró sus latidos, aumentando su miedo. La muchacha compuso un mohín determinado, apretó los dientes y se desprendió de su fajín. No titubeó en sus hábiles movimientos. Le estaba haciendo un torniquete.
Y en aquel angustioso instante lo vio. Fue tan reconocible que su doliente estado no eclipsó el incipiente regocijo que siempre nacía cuando lo encontraba.
En los hermosos ojos de aquella muchacha moraba la gracia de la diosa Sejmet.
Las punzadas se sucedieron ininterrumpidas con tal intensidad que su conciencia comenzó a nublarse. Apenas oía barboteos ininteligibles a su alrededor mientras era trasladado entre zarandeos apremiantes.
Poco pudo apreciar de los instantes que siguieron a su aparatoso regreso al templo. Su conciencia iba y venía en una marea distorsionada de imágenes inconexas.
Cuando abrió los ojos, moribundos haces solares destellaban tímidos en el horizonte, huyendo de la voracidad de las sombras, que, audaces, asomaban de los rincones para devorar los escasos vestigios diurnos.
Parpadeó reiteradamente hasta lograr enfocar su desmejorada visión.
Ver el mundo tras aquel velo blanquecino lo irritaba y lo preocupaba, pues se espesaba gradualmente.
Y un buen médico precisaba de una vista aguda, de un experimentado conocimiento y de algunos sortilegios con que dar consuelo cuando los tratamientos no eran efectivos.
Muchos de los médicos eran además sacerdotes del templo, con lo que se unía la enfermedad al deseo de los dioses.
Luego estaban los heka , los médicos magos que reducían la curación a recitar toda clase de sortilegios.
Si el enfermo no sanaba ni con un encantamiento mágico era que su pecado había sido tan grande que no obtendría perdón divino y, por tanto, sería entregado a Anubis, el dios chacal y guía de ultratumba que conducía al Duat , al más allá, del que ya no se regresaba.
Él, sin embargo, no creía en eso. La magia y la oración no ofrecían más que solaz.
Los únicos remedios los proporcionaban los sunu , los médicos laicos, a través de la investigación y el aprendizaje, cobijados por la sabiduría de los antiguos, el miedo a la muerte y al dolor y el anhelo de inmortalidad.
Sus pensamientos heréticos los guardaba para él, así como un secreto que comenzaba a pesarle con amargura, pues su vida languidecía y su cometido continuaba incumplido.
Alejó de sí aquellas acerbas reflexiones e intentó discernir el daño de aquel accidente.
Tenía el brazo diestro entablillado, y una tira de lino envolvía con firmeza su torso. Comenzó a palparse con la mano izquierda y enseguida sintió una punzada en el costado. En el atropello también se había fracturado una costilla.
Oyó la puerta abrirse y giró el rostro en su dirección.
Omari portaba una jarra de agua y un lienzo limpio.
Amsu comprobó la minuciosidad en sus vendajes y miró inquisitivo a su ayudante.
—¿Quién me ha curado?
No le pasó desapercibida la expresión ofendida del muchacho ante la incuestionable certeza de su mentor.
En realidad, Amsu sólo lo había aceptado como ayudante a causa de su tara visual, pero Omari albergaba la esperanza de que le transmitiera su sabiduría antes de que fuera llamado a rendir cuentas a Osiris.
Los médicos laicos, los sunu , sólo acudían al templo cuando se los requería, y los sacerdotes de Sejmet, consagrados al templo de Amón, todavía estaban inmersos en el proceso de momificación del difunto faraón, que solía durar setenta días.
Depositó la jarra en el alféizar de la ventana que daba a la parte oeste de la ciudad, y por un instante Amsu se abstrajo en la umbrosa silueta de los edificios enmarcados por un hilo de oro deslumbrante.
—Lo hizo la muchacha que te encontró.
Amsu sonrió para sí, regodeándose de su infalible instinto.
—¿Sabes cómo se llama esa muchacha?
Omari negó con la cabeza.
—No, pero debe de poseer buen linaje, es altanera y mandona.
Su tono disgustado reveló la antipatía que había despertado en él.
Amsu cerró los ojos cavilando sobre la manera de encontrarla.
Visualizó de nuevo aquel joven y hermoso rostro, grabándolo en su memoria.
Algo en su interior lo impelía a encontrarla con urgencia.
En aquel instante se dijo que para mostrarle su agradecimiento, pero en su fuero interno aquel apremio se debía a algo más, a lo que, de momento, decidió no prestar atención.
—Puedes marcharte a casa, Omari, me has servido bien. Déjame el agua cerca antes de irte.
Aquellas palabras borraron el ceño del muchacho. Asintió complacido y se aprestó a obedecer.
—¿Estarás cómodo aquí, maestro?
—La comodidad me ha sido arrebatada, buen Omari, al menos por un tiempo, pero como ya debes de saber, tengo que permanecer inmóvil para favorecer que mis huesos se fusionen de nuevo.
El ayudante asintió sin ocultar su desinterés y salió de la sala con paso ligero.
La noche despertó luciérnagas de luz que parpadeaban en las ventanas de las casas, el canto de los grillos y el murmullo de las hojas de los palmerales sacudidos por la brisa mecieron un sopor al que se entregó agradecido, pues el dolor lo fustigaba en oleadas de diferente intensidad.
Omari había tenido la prevención de dejarle cerca un cuenco con trozos de corteza de sauce, por lo que decidió masticar uno mientras el sueño terminaba de llevárselo.
* * *
Un grito agudo lo despertó.
Su impulso fue incorporarse, y con tan sólo ese amago sintió una punzada que le robó el resuello.
Jadeó hasta que logró acompasar la respiración. Uno de los descubrimientos de los que se jactaba era la importancia que tenía ésta en el control del dolor. Mediante inspiraciones largas y pausadas y logrando que la mente se centrara en otra cuestión, se conseguía rebajar la intensidad.
Oyó pasos a la carrera y rumores de voces.
Se envaró en su ya rígida posición. Tumbado boca arriba, aguzó los oídos.
La puerta de la sala donde se hallaba gruñó en sus goznes. Guiado por su instinto, cerró los ojos.
Alguien pareció entrar y cerrar sigilosamente tras de sí. Otra respiración se sumó a la suya, ésta más agitada y entrecortada y sobrecogedoramente reverberante, lo que lo inquietó todavía más. También percibió un aroma extraño, intenso, ácido, que no supo identificar.
Se sintió observado. Estranguló su curiosidad y se esforzó en parecer dormido.
Al cabo, sintió unos pasos acercándose a su camilla. La curiosidad aumentó, pero también el recelo. Aquel desconocido efluvio se intensificó, descubrió un picante matiz acre que se adhirió a su garganta.
Oyó un tintineo, un gorgoteo, un sofocado gemido placentero, y supuso lo que no veía. El intruso bebía su agua.
No supo cuánto tiempo transcurrió hasta que sus pasos se acercaron a la puerta, la abrió con lentitud y desapareció tras ella.
Hasta él llegó otra fragancia, conocida, ferrosa, ácida, siniestra.
El reconocible aroma de la muerte.