La muerte que respiras Capítulo 3. Ofrendas
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Capítulo 3. Ofrendas

Ofrendas

La afilada mirada de su padre se clavó en ella como una daga envenenada.

Selkis ocultó la desesperación que la desgarraba en un gesto duro y firme. Alzó la barbilla y apretó los labios en un mohín obstinado y desafiante.

—Si él muere, yo también —amenazó.

—A mis ojos ya moriste —aseveró él—. Si llega a descubrirse que fuiste tú la culpable de la muerte de Tutankamón, serás ejecutada y, contigo, mi prestigio y toda oportunidad de acceder al trono.

Selkis sintió un acceso de rabia que no pudo contener.

—Todos saben que Ay será investido faraón, es el consejero real y, además, tiene vínculos reales —replicó mordiente.

Ay era el padre de la difunta reina consorte Nefertiti, madre a su vez de la viuda de Tutankamón. La desconsolada Anjesenamón era la nieta de Ay.

—Ay es un hombre anciano, a su muerte yo gobernaré Egipto.

El tono imperioso de su padre y el brillo ambicioso que brotaba de sus ojos la abrumaron.

—Los lazos sanguíneos que unen a Ay con el oficial Najmint hacen presuponer que se convertirá en su heredero. Demasiados escollos en tu escalada al poder, padre. No te creía tan ingenuo.

La mano de su progenitor restalló con virulencia en su mejilla, girándole el rostro abruptamente.

—Nada que no pueda solucionar —adujo irritado.

Selkis lo miró con odio y profundo resentimiento y sintió cómo moría en ella el respeto por un padre que, aunque estricto, nunca le había puesto una mano encima ni cuando era pequeña.

—O detienes la ejecución o todo el mundo lo sabrá —amenazó ella.

Los ojos del taimado general la taladraron con feroz inquina. En aquella mirada vio asomar a Kek, el dios de la oscuridad, cargado de amenazas veladas.

—No me empujes a actuar contra natura.

—¿Serías capaz, padre, de anteponer el poder terrenal a tu inmortalidad?

Horemheb frunció el ceño, apretó los puños, gruñó y le dio la espalda. Se encaminó hacia el gran ventanal y permaneció ahí, inmóvil y reflexivo un largo instante.

—Tendrás que pagar un precio a cambio —murmuró volviéndose hacia ella.

La esperanza revoloteó en el pecho de Selkis, extendiendo las alas con la gracia de Benú, resucitando su corazón a la vida.

—Lo pagaré con gusto —afirmó.

Su padre avanzó hacia ella con semblante adusto y acentuado ceño.

—Vas a desposarte con quien yo decida, y si alguna vez osas confesar tu felonía, no me importará que, cuando Anubis pose mi corazón en la balanza, mi crimen pese más que mis hazañas en el juicio ante Osiris.

Selkis asintió conforme, notando la quemazón de las lágrimas abrasando sus ojos. Se afanó por reprimir el alivio que acompañaba al pujante sollozo que arañaba su garganta, pero se regocijó en el triunfo que saltaba dichoso en su pecho.

—Ahora desaparece de mi vista. Permanece en tus aposentos hasta que se celebre la boda. —Los afilados ojos oscuros de su padre se tornaron amenazantes—. Y una firme advertencia, Selkis, si osas acercarte a ese esclavo, o permites que él se acerque a ti, lo condenarás a muerte.

La joven asintió de nuevo y salió de la sala a grandes zancadas.

En el amplio pasillo dio rienda suelta a un hondo sollozo y se apoyó en una de las poderosas columnas.

Derramó en su llanto la angustia vivida y agradeció su suerte a la compasiva Isis.

Oyó abrirse los grandes portalones de la entrada y se envaró.

Dos hileras de guardias avanzaron blandiendo sus lanzas rumbo a la cámara del Consejo Real, que ella acababa de abandonar.

Se escondió en un rincón penumbroso hasta que la guardia entró en la sala. Ya se marchaba cuando descubrió a una de las sirvientas susurrar algo a uno de los soldados que custodiaban la puerta. El carácter secreto de aquel mensaje se reveló en sus miradas alertas y sus gestos graves.

Decidió pasar por alto aquel detalle y corrió a refugiarse en su cuarto.

* * *

El sinuoso curso del Nilo bordeaba tímido los numerosos meandros, lamiendo perezoso las arenosas orillas.

Más allá, entre los altos cañaverales, las garzas y los ibis engullían sus escurridizas presas.

Relativamente cerca, dormitaban inmensos cocodrilos, algunos con sus escalofriantes fauces abiertas, quizá para recordar que incluso dormidos su voracidad resultaba un latente peligro.

En la refulgente superficie del río, varias falucas surcaban su cauce cargadas con mercancías diversas, alternándose con barcas de pesca que lanzaban sus redes encomendándose al favor de Sobek, señor de las aguas.

El astro rey apenas se desperezaba ante un horizonte flamígero cuando Selkis fue llamada ante su padre.

Como había avanzado, Ay ahora gobernaba el imperio, ya que Tutankamón no había dejado descendencia.

Él y su esposa habían concebido dos hijas que murieron prematuras, y ante la decadencia física del joven faraón la posibilidad de un heredero se había vislumbrado incierta.

Situación que había hecho germinar en sus asesores un ansia de poder que ahora se colmaba por parte del consejero real.

Era la avanzada edad de éste la que daba alas a la de su padre.

No obstante, Ay, astuto y taimado, planeaba casarse con la sufrida Anjesenamón, su propia nieta, para consolidar su poder confiriéndole un matiz más real ante el pueblo.

Cuando Selkis atravesó las puertas del Consejo, no esperó encontrar a tantos funcionarios reales allí. Y menos al controvertido oficial Najmint, el favorito de Ay, destinado a suplantar a su padre.

Miró confusa a su alrededor. Sus ojos se detuvieron en el escriba que aguardaba instrucciones tras empapar su cálamo en tinta.

Horemheb se acercó a ella con desasosegante solemnidad.

—¿Qué ocurre, padre?

La tomó de la mano y la aproximó con inusitada cortesía junto al oficial. Cuando llegó a su altura, ofreció su mano al joven Najmint, que la cobijó en la suya tras una respetuosa inclinación de cabeza.

En su mente comenzó a dibujarse la situación que pronto tendría lugar.

—Vas a desposarte con el gentil Najmint.

Una parte de ella admiró la sagacidad de su padre.

Najmint suponía una amenaza a su posición, y ahora que Ay gobernaba, Horemheb sería enviado a la frontera para contener a los hititas, con lo que Najmint ampliaría su poder en la corte hasta terminar sucediendo a Ay a su muerte, que era el deseo oculto del consejero real, aunque desconocía el motivo.

Tampoco conocía al detalle los planes de su padre, pero desposarla con su rival era a todas luces el primer paso para acercarlo al trono, de eso estaba segura.

Casi podía sentir el frío roce de la telaraña de intrigas políticas que trazaban aquella sala de un extremo a otro, suspendidas sobre ellos, invisibles a los ojos pero no al olfato, los fétidos efluvios de la traición envolviendo cada rincón.

Selkis fijó su atención en Najmint y se preguntó por qué accedía a aquel desposorio, arriesgándose a la ira de Ay, pues aquella unión clandestina no gozaría de su favor. Sin embargo, el rostro del oficial permanecía sereno y confiado, sin sombra de preocupación.

Pronunciaron sus votos ante el sumo sacerdote del templo de Amón, firmaron el contrato matrimonial frente al escriba y unieron sus manos regalándose una mirada vacua.

Entregaba su vida a aquel hombre desconocido para salvar al que amaría eternamente, convertida en ofrenda viviente al dios que quisiera acogerla en su seno.

No hubo ágape, ni sonaron crótalos, ni vibró el arpa, tan sólo un silencio sepulcral acompañó a los desposados hacia los aposentos de Najmint.

Los altos oficiales de la guardia del faraón vivían dentro del palacio real, en las dependencias exteriores junto al patio de armas, donde se entrenaba la milicia, la poderosa meli de las Dos Tierras.

Cuando llegaron a las dependencias de los oficiales, un guardia les abrió las puertas de la alcoba.

Selkis sintió un aguijonazo de aprensión y se detuvo en el umbral.

Un tamizado torrente de luz atravesaba las cortinas de muselina blanca que ondeaban suavemente, creando caprichosos dibujos de sombras y luces en las losas graníticas que formaban el pavimento.

La estancia era amplia, aunque austera en mobiliario. Pero fue un elemento en cuestión lo que la perturbó impidiéndole avanzar.

El lecho parecía reverberar con luz propia, con un resplandor ominoso que contrajo su estómago, recordándole qué servicios se requerirían de ella sobre aquellas sedosas sábanas.

Percibió de soslayo una ambarina mirada fija en ella e inspiró con honda resignación. La vida de Nun bien merecía cuanto se exigiera de ella.

Se volvió hacia el hombre al que ahora pertenecía e inclinó el rostro en gesto de sumisión.

Los dedos de él se posaron en su barbilla para alzarla con suavidad.

—No debéis temerme —musitó en apenas un susurro.

Selkis asintió sin mirarlo.

—Miradme y veréis en mis ojos a un hombre paciente.

Ella obedeció y se sumergió en la melaza de sus ojos. Descubrió en ella comprensión, gentileza y algo más que no supo identificar.

El dorso de aquellos dedos mariposeó por la línea de su mentón hasta rozar el lóbulo de su oreja. Sus labios se curvaron en una sonrisa meliflua que distendió el ánimo de Selkis.

—Espero que la habitación sea de vuestro agrado, yo dormiré en los barracones con mis hombres.

Aquel anuncio agrandó los ojos de Selkis en un rictus sorpresivo que se apresuró a sofocar, ocultando al tiempo el regocijo que la inundaba.

—Como dispongáis, mi señor.

Najmint tomó su mano y amplió su sonrisa, que en aquel instante se le antojó intrigante. Tras una cortés inclinación de cabeza, se dirigió con paso aplomado hacia la puerta y desapareció tras ella.

Selkis respiró hondo y se sentó a los pies del lecho con las manos cruzadas sobre el regazo. Quizá los dioses no la habían desprovisto de su favor, después de todo.

Hasta ella llegó la densa fragancia del jazmín y la mejorana, y entonces reparó en el rumor del agua.

Se puso en pie y se encaminó hacia la alargada balconada.

Abajo, un estanque rectangular reverberaba bajo la luz del sol con destellos perlados y parpadeantes.

Un diseminado racimo de flores de loto flotaba indolente en la superficie.

La fuente que alimentaba la alberca gorgoteaba entre arbustos de alheña, juncos y acacias.

Aquel vergel, encastrado entre altos muros de piedra, oculto al mundo, como se oculta un tesoro preciado a ojos ambiciosos, invitaba a la introspección e impregnaba de esa paz que deleita los sentidos y evade de la realidad, sumergiendo al espíritu en las entelequias que la rutina estrangulaba con sus trivialidades.

Selkis fijó la vista en la superficie del agua, tan presa como ella en aquellas fronteras pétreas. Y en su fulgor titilante vio un rostro que le oprimió el pecho.

En ese estanque, ella fantasearía con la vida que nunca disfrutaría, con el hombre que jamás poseería. En ese estanque se permitiría acariciar el recuerdo de ese amor que nunca abandonaría su pecho. Al menos, tendría un refugio contra la vida vacía que la aguardaba.

Poco sabía entonces de los planes que Shai, el dios del destino, tenía para ella.