Capítulo 2. Almas selladas #2
Encajó la antorcha en uno de los anclajes de la cámara mortuoria y la recorrió con la mirada.
Los tesoros que quedaban, los de menor escala, estaban clasificados y numerados, a la espera de ser retirados para su estudio.
Hacía apenas diez días que la momia de Tutankamón había sido llevada al museo de El Cairo, por eso Carter había abandonado el enclave momentáneamente.
Sin embargo, Anubis, el dios chacal, permanecía en una esquina de la cámara del tesoro.
Y era a Anubis a quien invocaría con el preciso sortilegio, para que guiara a Selkis hacia Osiris, en busca de justicia y piedad.
Extrajo del maletín el legajo árabe y suspiró hondamente. A continuación, en uno de los anaqueles, de una de las muchas cajas numeradas, sacó la herramienta que necesitaba para la invocación. El Libro de los muertos del mismísimo Tutankamón.
Lo abrió por el capítulo 129 y pasó delicadamente las páginas cosidas. Todos los párrafos comenzaban con la palabra ro , «habla»...
Y eso hizo, pronunciar en voz alta y clara el párrafo seleccionado, utilizando los nombres que había memorizado del texto, en representación de Selkis.
Su voz, grave y sentida, reverberó entre aquellos ancestrales muros. Vibrante y clara, flotó en ondas por la sala, en un eco lóbrego que regresaba a él provocándole escalofríos, no reconociéndose en ella.
Y a medida que recitaba, podía sentir cómo la temperatura descendía abruptamente y su aliento blanqueaba en un vaho sobrecogedor.
La llama de la antorcha retembló repetidas veces, como si alguien soplara insistente sobre ella.
Se mantuvo firme, entonando cada salmo e imprimiendo solemnidad a su tono, afianzando una cadencia reverencial y regular, a pesar de los estremecimientos que lo sacudían.
Cuando terminó, un sonoro soplido, como una brisa helada y susurrante, apagó la antorcha, sumiéndolo en una opresiva negrura. Permaneció inmóvil, tenso y expectante, mientras el pulso amartillaba irregular y atronador su sien y su respiración se agitaba sumiéndolo en un aterrador desasosiego.
Y de repente oyó un siseo que le cortó el aliento, seguido de un escalofriante estertor.
Una leve caricia en sus labios erizó todo el vello de su cuerpo.
Sus latidos se descompasaron cuando un irreal halo azulado emergió de los murales, de la pared donde estaban grababas algunas inscripciones del Libro de los muertos .
De cada trazo refulgió un resplandor intenso que perfiló una silueta frente a él.
Retrocedió tambaleante, impresionado y sumido en un pavor que le cerró la garganta.
Aquella silueta femenina, translúcida pero definida, era la de una mujer joven, egipcia, y tan asombrosamente hermosa que le robó el aliento. Avanzó hacia él con un gesto plácido en el que creyó ver un deje de afectada gratitud.
¿Aquello era real? ¿Estaba presenciando una aparición del más allá? Supo, al instante, de quién se trataba.
Dejó de retroceder, fijando su mirada en ella y conteniendo el deseo de alargar el brazo e intentar tocarla temiendo que se volatilizara.
—No invoquéis a Anubis, todavía no —suplicó ella.
Su voz fue como una tersa y cosquilleante caricia que se filtró hasta su alma, como el susurro de hojas arremolinándose en torno a su cuerpo o el aleteo de una mariposa en su corazón. Se estremeció y la miró intrigado y absolutamente arrobado por ella.
—Sólo deseo liberaros de la maldición y que os reunáis con Nun en el Aaru , vuestro paraíso —arguyó Zaid en tono dulce.
—Antes tenéis que enlazaros a mi alma y presenciar cómo fue mi vida y la de Nun, para testificar por nosotros ante Osiris. ¿Aceptáis que me filtre en vuestros sueños y abra vuestra mente a mi vida?
Zaid asintió quedo, mientras todo su cuerpo se revelaba impeliéndolo a salir corriendo de aquel lugar maldito. No obstante, permaneció impávido, aceptando que estaba atrapado. Era eso, o compartir el destino de sus compañeros.
—Nun fue condenado, torturado y asesinado al día siguiente de fallecer el faraón —replicó él con semblante turbado, recordando lo que manifestaban los textos árabes.
—No —aclaró la mujer—. Yo ofrecí mi destino a cambio de su vida, y mi padre aceptó. Nun no murió, tampoco yo, pero fue mucho peor.
—Reveladme vuestra vida, Selkis, para intentar desgreñar la maldición que por desgracia nos une.
—Marchad a vuestro lecho —murmuró ella esgrimiendo una sonrisa conmovida—.
Acudiré a él esta noche para susurraros la vida que sufrimos tras la muerte de Tutankamón.
Para abrir vuestra mente a ella y reforzar en vuestro corazón la decisión de defender nuestra causa ante Osiris y, por ende, libraros de la muerte que os acecha.
Escribid nuestra historia, para que perdure en la eternidad, completad esos legajos y concedednos la paz.
Selkis se puso frente a él, permitiéndole ahondar en su oscura y cautivadora mirada, en la exquisita proporción de un rostro de líneas regias, de una boca de labios llenos y hermosamente perfilados, de un cuerpo exuberantemente sensual.
Y a pesar de su ingravidez, de ser sólo una especie de proyección luminosa, el cuerpo de Zaid reaccionó ante ella como si fuera tangible.
—Enlazad mi alma a la vuestra —murmuró subyugado—, pues aunque es cierto que mi vida pende de ello, he de confesar que siento incluso impaciencia por gozar de semejante privilegio.
La mujer asintió, alargó un brazo y posó la mano en su pecho.
Atónito y maravillado, no sólo sintió la caricia y el peso de aquella pequeña mano, también una aguda punzada atravesando su corazón.
Un viento cálido, como la brisa del desierto al atardecer, caldeó su interior e inundó su alma de un bálsamo reconfortante que lo hizo sentir tan ingrávido como ella.
—Nuestras almas están selladas...
Y tras ese liviano y alargado susurro, la antorcha se encendió sola, mostrándole la normalidad de la cámara y el apesadumbrado encogimiento de su pecho ante la soledad que lo rodeaba.
No era soledad, se dijo mientras suspiraba y acompasaba su corazón, era vacío, era pesar, era nostalgia, era casi angustia y desazón, era una inefable sensación de pérdida que lo desconcertó casi más que la aparición en sí.
Cerró los ojos para rememorar cada una de sus facciones, para grabarlas en su memoria, ante la incertidumbre de si en verdad la vería de nuevo en sus sueños, como ella había asegurado... ante el temor de que aquello tan sólo hubiera sido producto de su imaginación.
De pronto, se descubrió sonriendo, no sabía si lograría escapar de la maldición, pero sí que sus días, muchos o pocos, gozarían de un carácter tan especial y mágico como el de presenciar la vida del Antiguo Egipto, llevado además de la mano de una mujer como aquélla.
Y en aquel preciso instante halló dentro de él su propio destino, que no era más que aquel que se perfilaba ante sí.
Ahora encontraba explicación a su pasión por esa época determinada, a su tesón por descubrir y revivir aquella dinastía en particular, a su fervor por Tebas y a no haber encontrado más anclaje y propósito a su vida que el de consagrarse a sus estudios.
Había rebuscado ocultamente la razón de aquella necesidad que lo había marcado desde siempre, y ahora la había encontrado.
Ahora emprendería el viaje más apasionante de todos, y en su pecho comenzó a brotar un sentimiento que nunca había imaginado sentir.
Salió de la tumba todavía flotando en aquella nebulosa de dicha y ansiedad que lo acompañaba.
La noche, punteada de estrellas, oscura y límpida, era presidida por una luna plena y nacarada que plateaba las dunas arrancando de la arena el brillo de diminutas partículas semejantes a perlas engarzadas a un manto ondulado.
Guiando sus pasos por un sendero trazado que por fin recorría consciente del destino que hallaría.
Entró en su villa, se despojó de la túnica y la kufiya. Abrió la ventana para que la luna y Selkis entraran por ella y se tumbó desnudo en la cama.
Cerró los ojos y aguardó ansioso.
Tras un breve instante, sintió la caricia de la brisa en su pecho y abrió los ojos. Ella estaba inclinada sobre él. Ambos sonrieron. El corazón de él se encogió emocionado.
—Ven conmigo, Zaid, Tebas nos espera...
Tomó su mano y sintió que tiraba suavemente de él.
Se dejó llevar por ella con una amplia sonrisa, estirando sus labios y una burbujeante emoción inundando su pecho.
Iba a ser testigo presencial, intuía, de una historia tan inmortal como la del alma que lo arrastraba a través de los tiempos.