La muerte que respiras Capítulo 2. Almas selladas
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Capítulo 2. Almas selladas

Almas selladas

Por enésima vez releyó el artículo en The Times , de hacía tres años, escrito por Marie Corelli, la afamada novelista gótica que había incendiado la actualidad asegurando que las muertes relacionadas con la polémica tumba de Tutankamón eran producto de una maldición.

En el artículo aseguraba que su afirmación se basaba en el descubrimiento de unos ancestrales textos árabes que tenía en su poder.

El foco de su interés radicaba en el sobrecogedor vaticinio de Marie un año antes de que se desatara aquella cadena de muertes inexplicables.

La novelista había escrito una carta dirigida a Howard Carter y a su mecenas, lord Carnarvon, anticipando los malos augurios que se desatarían sobre ellos si abrían la tumba de aquel faraón.

Si ella había adelantado el fatal destino que los aguardaba, sin duda su conocimiento provenía de aquellos legajos.

A pesar de ser de origen egipcio, Zaid había sido adoptado por un matrimonio británico, apasionados de la arqueología y muy activos dentro de ese campo.

Una pasión que le habían contagiado hasta llegar a convertirse en asistente del profesor Hugh Evelyn-White, arqueólogo y colaborador adjunto del afamado Carter, el descubridor de la tumba de Tutankamón, y última víctima, la novena, de la oscura maldición que perseguía a los que habían tenido cualquier contacto con la tumba del faraón.

Paseó de nuevo la mirada por sus anotaciones, sintiendo un nudo en el estómago, temiendo ser el siguiente de aquella fatídica lista negra. La releyó mientras el miedo lo atenazaba, reafirmándose en él la única salida que vislumbraba...

Listado cronológico de muertes atribuidas a la maldición :

El 5 de abril de aquel año de 1923, a las 13.

50 horas, en El Cairo, ciento treinta días después de la apertura de la tumba, deja de existir lord Carnarvon, mecenas de Carter, por culpa de la picadura de un insecto y una repentina neumonía.

Sus últimas palabras en medio de su delirio fueron: «He oído su llamada y lo sigo».

El mismo día hay un apagón en toda la ciudad y también disturbios.

Asimismo, casi a la misma hora, pero en su Londres natal, fallece la perrita de lord Carnarvon, inexplicablemente.

Al funeral de Carnarvon asiste su amigo George Jay Gould, un millonario americano que, tras las exequias en El Cairo, fue a visitar la tumba de Tutankamón. A la mañana siguiente comienza a sentirse enfermo y muere por la noche.

En mayo de 1923 muere el profesor La Fleur, arqueólogo canadiense y amigo íntimo de Carter.

En julio de 1923, el príncipe egipcio Ali Fahmy Bey, quien había visitado la tumba, es asesinado en el hotel Savoy de Londres por su esposa, que le descerraja un tiro, y su hermano se suicida.

En septiembre de 1923 muere a los cuarenta y tres años, tras una operación dental, el coronel Audrey Herbert, hermanastro de lord Carnarvon, que estuvo presente en la apertura de la cámara real.

En noviembre de 1923 muere Joel Woolf, un millonario sudafricano que había visitado la tumba: fue asesinado a tiros en Johannesburgo.

En enero de 1924 muere a causa de una misteriosa enfermedad Archibald Douglas-Reid, el especialista que radiografió la momia de Tutankamón.

También en 1924 muere el profesor Hugh Evelyn-White, colaborador de Carter y uno de los primeros en penetrar en la cámara mortuoria. Sufre de depresión nerviosa y se ahorca.

Cerró su libreta de un manotazo y refregó burdamente su rostro. Resopló apesadumbrado y se recostó en su sillón, pasándose inquieto las manos por su espeso cabello negro.

Tenía que regresar a la tumba, a pesar de la inscripción que rezaba sobre ella en una tablilla de coloridos jeroglíficos, un ostracón de arcilla en el que se hallaba grabada la leyenda: «La muerte golpeará con sus alas a aquel que ose perturbar el reposo del faraón».

Tragó saliva y se puso en pie, transpiraba y su camisa de hilo blanca dejaba entrever su acanelada piel.

Se desprendió de ella y de los pantalones y se vistió con una túnica liviana y fresca, de suave lino egipcio, azul noche, con bordados en negro.

Ideal para hacerse pasar por uno de los guardianes de la tumba.

Por primera vez, su aspecto lo ayudaría en su empresa.

Sobre su cabeza dispuso hábilmente una kufiya del mismo color ocultando su cabello.

A pesar de no tener práctica en el uso del turbante árabe, le había bastado con observar cómo lo hacían los excavadores de Carter para no vacilar en su disposición; sería la sangre, pensó irónico.

Tomó su pequeño maletín y salió al frescor de la noche.

El ocaso en el desierto era una de las cosas más hermosas que había visto en su vida.

Las onduladas dunas azuladas se asemejaban a las dulces crestas de un mar calmo.

Y el cielo... el cielo apagaba su incendio en un torrente de intensos púrpuras, cobres y rosados que perfilaban las sombras de palmeras y pirámides, conformando un fondo tan místico y sobrecogedor que robaba el aliento y enamoraba el alma.

Quizá fuera el último que disfrutara, pensó cogitabundo.

No obstante, no iba a permitir que la muerte lo sorprendiera, él la sorprendería a ella.

Su pequeña villa alquilada no estaba lejos de las excavaciones. Decidió ir caminando, quizá para saborear cada espectacular retazo de aquel soberbio atardecer, quizá para alargar la riesgosa decisión que había asumido días atrás.

A cada paso, en su mente rememoraba el fatídico día que entraron en la cámara funeraria, flanqueada por dos espectaculares leones de bronce.

Al instante, evocó las coloridas pinturas murales que representaban a la corte del faraón, tan fastuosas y tan bellas como todo lo que se acumulaba en la tumba.

.. Estatuas reales, el carro ceremonial, arcos, flechas, una imponente réplica de gran tamaño del dios chacal Anubis.

Cofres de oro, madera y marfil, bellamente taraceados.

Tronos ricamente labrados, bustos del faraón, suntuosas máscaras funerarias, joyas y todo tipo de ornamentación ostentosa, incluso maquetas de barcos.

Un impresionante escarabajo alado realizado en lapislázuli dentro de un disco solar, que él acarició completamente obnubilado y perplejo ante la magnificencia de aquel esplendoroso tesoro.

Pero lo mejor fue presenciar lo escondido que estaba en verdad el cuerpo momificado del faraón.

Dentro de un sarcófago de cuarcita amarilla, que ocultaba en su interior tres ataúdes antropomórficos, sucesivos, uno dentro de otro, donde reposaba la ennegrecida momia, de facciones delicadas y cuerpo menudo.

No olvidaría jamás el resuello de ultratumba que pareció escapar del mismísimo Tutankamón cuando rompieron el sello de la tapa mortuoria.

Un velado soplo que erizó la piel de los presentes.

Tampoco olvidaría el gesto de absoluto pavor de los trabajadores egipcios de Carter, señalando horrorizados la tablilla que avisaba de la maldición.

De algún modo, supo que ese día había marcado sus vidas para siempre y, por lo que parecía, también sus muertes.

El suicidio de su profesor fue lo que lo llevó a trazar un plan tan inverosímil como desesperado. La muerte lo seguía, sentía su presencia y su gélido aliento demasiado próximo a él.

Se agitó sacudido por un escalofrío y acarició pensativo su maletín. Aquellos textos árabes que le había cedido Marie eran su única oportunidad.

Llegó a la tumba ya entrada la noche.

Los guardias armados se encontraban en torno a una hoguera, riendo y comiendo, ajenos a la entrada. El hecho de que la maldición hubiera recorrido medio mundo había espantado a turistas y curiosos, habituando a sus guardianes a relajar sus funciones.

Subrepticiamente, se pegó al murete de arenisca de la entrada y se deslizó escalones abajo, con sigilo, hacia el interior de la tumba, tomando la antorcha de la entrada.

Liberó el aliento contenido y respiró hondo antes de abrir su maletín y sacar el antiguo legajo.

Según aquellos textos, debía erradicar el origen de la maldición para anular su efecto. Y tras casi haber memorizado cada palabra, supo que todo se había desencadenado en el mismo corazón de Tebas.

La hermosa hija de Horemheb, uno de los generales de Tutankamón, la bella Selkis, había provocado de manera indirecta la muerte del faraón, robando la medicina para su amado Nun, hijo de cantero y esclavo, para colmo de males.

Anjesenamón, después de haber perdido dos hijas prematuras, enloqueció con la muerte de su joven esposo y, ayudada por los sacerdotes del templo de Amón, logró formular una maldición que perdurara a través de los tiempos.

La misma que había atado el alma de Selkis a una dimensión vacía, donde vagaba su tormento en el inframundo, en el oscuro reino de Osiris, sin poder atravesar las puertas, cavernas y montañas vigiladas por criaturas sobrenaturales y terroríficas.

La maldición la había privado del Libro de los muertos , el que contenía los sortilegios adecuados, que debía recitar para protegerse de esas criaturas y poder llegar hasta el ecuánime Osiris para ser juzgada.

Zaid la compadeció, pues si su único pecado había sido amar tan profundamente, llevar retenida durante tantos siglos en aquel infierno egipcio era sin duda una cruel e injusta condena. Pero él la liberaría, o quizá compartiría su destino.