Capítulo 1. El elegido #4
—Selkis, ve al templo y reza —ordenó Horemheb—. En nada puedes ayudar aquí.
La muchacha se mordió el labio inferior y asintió cabizbaja, desdoblada por una angustiosa incertidumbre. Si se confesaba culpable, no sólo atraería la ira de su padre sobre ella, sino que quizá siguieran sus pasos hasta Nun. En cambio, si permanecía en silencio, otro desdichado pagaría su culpa.
—¡Padre, necesito hablarte!
Horemheb entrecerró suspicaz la mirada y, con gesto reprobador, se acercó a ella.
—Ahora no es momento, Selkis, bien lo sabes.
—Pero es urgente, padre.
—¿Más que el destino de Egipto?
Bajó la cabeza, las lágrimas anegaban sus ojos y la culpa, su corazón. De nuevo, vaciló indecisa, hundió los hombros y resopló cogitabunda.
—Está relacionado con él —afirmó contrita.
Se frotó las palmas de las manos nerviosa y tragó saliva con dificultad.
Horemheb la escrutó con agudo recelo, frunció sus labios ante lo que vislumbró en la faz de su hija y asintió grave. La tomó del brazo y la arrastró a la relativa privacidad de un rincón.
—Habla, Selkis, no tengo tiempo que perder —susurró quedo.
—Fui yo quien robó el remedio y lo entregó a los niños esclavos que lo necesitaban.
Temerosa, observó cómo se obraba el cambio en la expresión del gran general ante aquella revelación.
Sus ojos se abrieron asombrados, la furia los inyectó en sangre, se demudó y sus puños se crisparon.
Todo su cuerpo se tensó al borde del colapso, y, tras aquel abrupto manto de cólera que lo sepultaba en su yugo, llegó un pavor que palideció su moreno rostro y constriñó su pecho en una respiración entrecortada.
—¡Por los dioses, Selkis, dime que no hablas en serio! —siseó entre dientes.
En su velado llanto, Horemheb comprendió que era la verdad lo que había manifestado su hija.
Sintió cómo apuñalaban su corazón con una daga envenenada.
Miró furtivamente a su alrededor y en especial a Ay, que dirigía fugaces e intrigados vistazos hacia ellos, y se obligó a mantener el aplomo necesario para no dar rienda suelta a la desazonada ira que lo dominaba.
—¡Nadie, escúchame bien, nadie debe saber esto!
—advirtió rotundo en un estirado susurro—.
Yo intentaré olvidar estas palabras que ahora horadan mi pecho.
Pero has de prometerme que nunca más saldrán de tu boca.
Si Tutankamón muere, alguien tendrá que morir con él, y será el hombre que traigan a palacio como culpable.
No voy a pedirte explicaciones, porque jamás las entendería.
Has caído ante mis ojos, Selkis, no sólo has puesto en riesgo al imperio, a tu faraón y a ti misma, sino que posiblemente hayas condenado tu inmortalidad.
Los dioses no perdonarán esto tan fácilmente y, para ser franco, creo que yo tampoco.
Tras una dolida mirada, que se grabó a fuego en su alma, Horemheb se apartó abrumado, sin poder ocultar la honda decepción y el incipiente desprecio que nublaba su semblante.
Selkis se abrazó trémula a sí misma y corrió a su cámara envuelta en tan amargo llanto que cada lágrima era veneno que corroía su piel y emponzoñaba su alma de culpa y remordimientos. Alguien moriría por su causa, sin duda merecía el desprecio de su padre y de sus dioses.
* * *
La despertó un desgarrado grito que erizó su piel, incorporándola bruscamente del lecho.
Se vistió a toda prisa y salió de sus aposentos con el corazón galopando atrozmente en su pecho.
Se topó con una de las sirvientas de Anjesenamón, que caminaba cabizbaja y apenada.
—¿Qué está ocurriendo? —inquirió Selkis alterada.
—Nuestro faraón ha muerto —contestó abatida—.
La desgracia se cernirá sobre nuestro pueblo.
La dolida Anjesenamón ha maldecido al que robó el remedio y piensa sellar su tumba con esa maldición, desde dentro.
Acompañará a su amado esposo y hermanastro al más allá, no lo dejará solo en la oscuridad, lo guiará hacia los dioses llevado por su mano.
Ya están acumulando sus más preciados bienes en la cámara del tesoro de la tumba real para que los acompañen en su último viaje.
Selkis ahogó un sollozo que reverberó en su interior como una onda dolorosa que se fue extendiendo por todo su cuerpo.
—Al menos, encontraron al culpable —prosiguió la esclava—. Ojalá pague con el mayor de los tormentos todo el daño que ha causado.
Un aleteo angustioso nació en su vientre, imprimiendo en ella una desazón tan aguda que sintió náuseas.
—¿Dónde tienen al culpable?
—En el patio trasero, a la intemperie, atado a un poste, mientras se decide su condena.
—¿Ha... ha admitido su culpa?
—Sí, ha confesado que fue él quien se coló en palacio y robó la medicina.
Aquello atenazó el pecho de Selkis en un nudo que casi la privó de respirar.
Dejó a la muchacha y corrió por los pasillos hacia el gran patio trasero. Cuando descendió la escalinata, sus pasos se frenaron en seco.
Un sol abrasador azotaba las piedras del pavimento y al desdichado que habían atado a un poste y que apenas se sostenía en pie.
Sus pies resbalaban continuamente en un denso charco de sangre que se extendía bajo él.
Había sido azotado concienzudamente; su espalda, abierta en sanguinolentas brechas, rezumaba regueros escarlatas que, sinuosos, se deslizaban por sus piernas.
Estaba completamente desnudo y apenas se sostenía en pie.
Cuando giró la cabeza y la alzó al implacable sol, Selkis se sintió morir. A pesar de que su hermoso rostro se hallaba desfigurado por los golpes, fue fácil reconocerlo.
No logró estrangular el alarido aterrado y rabioso que nació del centro mismo de su ser y cayó de rodillas al pie de la escalinata, sobrecogida y desgarrada por la magnitud de sus actos.
—Que no os aflija ver a un hombre en semejante estado —la consoló uno de los guardias—, merece todas las penurias de este mundo.
Selkis rechazó la mano del soldado y se puso en pie tambaleante.
—¡¡No fue él!!! —gritó desaforada—. ¡¡¡Fui yo, yo debo estar en ese poste!!!
Los hombres se miraron confundidos, negaron con la cabeza y la observaron como si hubiera perdido el juicio.
—Será mejor que regreséis a vuestra cámara —aconsejó el hombre—. El espectáculo no ha hecho más que empezar.
—¿Puedo... puedo ofrecerle agua al menos? —logró barbotear—. O morirá antes de que acabéis de castigarlo.
El hombre alzó con asombro las cejas para fruncirlas a continuación. Al cabo, asintió.
—Si eso os hace sentir mejor, adelante.
Selkis apretó los dientes, ahogó un profundo sollozo, tomó la jarra de agua que descansaba en la parte umbrosa del patio y se dirigió hacia Nun con el corazón tan hecho trizas como la espalda del muchacho.
Cuando llegó hasta él y vio con horror la dureza del castigo en su rostro, se sintió desfallecer.
—Nun... ¿Por qué...? —sollozó rota.
El muchacho tenía la frente pegada al poste, parpadeó confuso hasta que logró enfocar el único ojo que pudo abrir sobre ella. Sus labios, partidos en varios puntos, se estiraron lastimosamente en una trémula sonrisa.
—Los dioses... me escucharon —murmuró con voz quebrada—. Pedí... pedí verte por última vez.
—No voy a permitir que sigan haciéndote daño —replicó Selkis embargada en llanto—. Tú no fuiste culpable de nada, tú... tú sólo fuiste una víctima, mi víctima.
Nun negó con la cabeza, su sufrida mirada la taladró admonitoria y grave.
—¡No! —exclamó con firmeza—. Tú... tú tienes que vivir, llevas... mi semilla en tu vientre, y... ahora sé que tu visión se cumplirá. Ya... ya cumplí mi destino, y a pesar de su final, lo considero un destino dulce, pues me llevo el corazón de la mujer que amo y dejo el mío con ella.
—Nun, no podré vivir sabiendo que fui yo quien te mató —gimió ella, sintiendo cómo su corazón se resquebrajaba con cada palabra, con el peso del destino que ya los había aplastado sin conmiseración.
—Selkis, lo harás por ese ser que nacerá de ti y al que habrás de amar también por mí. Si he de morir para que él nazca..., y para que tú vivas, nadie tendrá jamás mejor razón para abandonar este mundo.
Se sostuvieron la mirada un largo instante, sollozando en silencio, liberando cuanto sentían y asumiendo que aquel encuentro sería la más amarga de las despedidas.
Selkis acercó sus labios lentamente, depositando un suave y afectado beso en la boca de Nun, que gimió emocionado. El sabor de la sangre no impidió que paladeara también la dulzura de su boca, y con extremo mimo acarició su magullado rostro, derramando en cada gesto todo el amor que la embargaba.
—Espérame en la otra vida, en el Duat , Nun, allí nos reuniremos de nuevo y que Osiris nos juzgue, poniendo nuestros corazones en la balanza, pues estoy segura de que pesan más que la pluma de Maat y que el Ib nos asista —masculló derrotada.
—Sé que mi camino es el más fácil —susurró Nun—, ya que tú quedas aquí presa del sufrimiento y la pérdida... Sin embargo, no permitas que los remordimientos te envenenen, Selkis, pues no olvides nunca que nuestro destino lo decidieron los dioses.
Su voz rasposa se apagó en un acceso de tos violenta. Volvió la cabeza al tiempo que escupía una abrupta bocanada de sangre.
Selkis tomó su cabeza entre las manos, inclinó la jarra sobre su boca y le dio de beber, derramando el sobrante sobre su cabeza.
Unos pasos apremiantes y firmes tensaron a la joven. Los guardias se acercaron a ellos. Se abrazó a Nun sollozante y rota, revolviéndose furibunda contra los hombres que tiraban de ella.
—Nooooooo... —aulló mientras la alejaban del maltrecho cuerpo de Nun.