Capítulo 1. El elegido #3
—No requiero pago alguno, Nun —musitó queda—.
Ofrece la medicina a tu hermana y olvida que me conociste.
Prometo no regresar a los arrabales ni incordiarte con mi presencia.
Llevas razón en cuanto dices: sólo atraería desgracias sobre vosotros, ningún futuro faraón de Egipto merece tanto sufrimiento.
Nun arqueó las cejas con asombro, frunció el ceño, depositó el cántaro en el suelo y la tomó por los hombros.
—¡Por Atón, Selkis! ¿Cómo un hijo de esclavo podría gobernar Egipto? ¡No hay sentido alguno en tu visión, es un disparate!
Ella lo empujó airada y dio un paso atrás, fulminándolo con mirada enojada.
—¡Da igual ya, porque no se cumplirá! ¡Nunca lo sabremos! Te mofas de mis sueños, me desprecias y te librarás de mí en cuanto salga por esa puerta, tú ganas. Concédeme al menos no hacerme sentir peor de lo que ya me siento.
El resplandor marfileño de una luna plena reveló un rictus arrepentido, pincelando el masculino rostro de Nun.
—Yo... lo lamento más de lo que crees.
—Toma una taza y dale de beber el remedio, he de darme prisa —pidió cerrando sus oídos y sus sentidos al muchacho.
Asintió apesadumbrado, la tristeza inundaba su mirada. Cogió una taza y la llenó hasta el borde con el contenido de la jarra. Medio incorporó a su hermana y poco a poco logró que la fuera bebiendo. La pequeña sudaba y apenas conseguía entreabrir los ojos. Ardía en fiebre.
Selkis volvió a manipular la jarra cuidadosamente para sujetarla a su espalda.
Nun se aprestó a ayudarla y, desde atrás, le fue pasando el cordel rodeando el recipiente.
Sentir sus dedos rozar su cuerpo era el último suplicio que se llevaría como recuerdo.
Cuando estuvo preparada, se dirigió a la puerta, ansiosa por atravesarla y aligerar el nudo de dolor que oprimía su pecho.
Ya salía a la calle cuando una mano aferró su muñeca desde atrás.
Se volvió hacia Nun contrariada y desconcertada, pero se dejó arrastrar de nuevo al interior de la choza.
—Se me ha ocurrido que no tienes por qué arriesgarte más —comenzó en un susurro—.
Deja aquí la jarra, que yo la repartiré esta noche por las casas marcadas.
—Sus ojos emitieron un brillo extraño cuando se posaron sobre sus labios, parecía contenido y tan frustrado como ella—.
Regresa a palacio, no te arriesgues más.
Selkis, incapaz de hablar, obnubilada por el anhelo que manaba de él, se dejó desprender las ataduras para liberar la jarra, que regresó a un rincón en el suelo.
—Que los dioses te provean de fortuna y te otorguen una vida plena y dichosa —murmuró como despedida, escapando nuevamente hacia la puerta.
Cada instante a su lado era un puñal que horadaba su pecho.
—Selkis —pronunció Nun con voz rota, aferrando esta vez su antebrazo.
Cuando se abrazó a ella por detrás y la estrechó contra su pecho, su corazón se detuvo.
—Dejarte marchar es lo más duro que haré en toda mi vida, que ni será plena ni dichosa, porque en ella no estará nunca la mujer que amo.
Ella cerró los ojos, un reguero de lágrimas recorrió sus mejillas. Un débil y estrangulado sollozo escapó de sus labios.
—¿Tienes idea de las veces que he imaginado tenerte entre mis brazos, besarte y hacerte mía? Infinitas, Selkis, infinitas.
—¿Por qué me torturas, Nun? Tomaste una decisión, no desgarres más mi corazón.
El muchacho la hizo girar entre sus brazos, cogiendo su rostro entre las manos.
—Tortura fue tenerte cerca, tentarme con tu belleza y luchar conmigo mismo. Quiero... quiero que comprendas que mi corazón es tuyo y que me lo arranco para que ni tú ni mi familia paguéis por mi falta de voluntad.
Se sostuvieron largamente la mirada, nunca habían estado tan cerca, y los cuerpos de ambos reaccionaron con virulenta lascivia.
Selkis percibió la dureza de Nun, que apenas llevaba un calzón de lino como única vestimenta, contra su vientre.
Sus enhiestos pezones se oprimieron contra el musculado y lampiño torso del esclavo.
Cuando él la tomó por la cintura y la ciñó a su cuerpo, un gemido ardoroso escapó de ella. Nun clavó su turbia mirada en su entreabierta y suplicante boca y, preso de un irreprimible impulso, se abalanzó sobre ella, liberando cuanto había reprimido desde que la conoció.
Una pasión hambrienta los devoró, sus lenguas se frotaron ávidas, sus manos sedientas de piel buscaron consuelo con fervoroso afán, sus cuerpos se frotaron anhelantes y desesperados. Envueltos en una candente nube de lujuria, se arrinconaron contra el penumbroso rincón, jadeantes y enloquecidos.
—Selkis, me arrebatas la cordura, no puedo más... Tu sueño y el mío radican en el mismo principio, el de fundirnos. En el tuyo engendras un hijo; en el mío, lo criamos juntos.
Apenas se separó para clavar en ella una mirada enamorada.
Deshizo la tira de lino de su calzón con tosco apremio y de un profundo empellón se hundió en ella, aguardando un instante a que su carne se amoldara a la intrusión.
Al cabo, comenzó a moverse, lentamente, haciendo alarde de una contención inusitada.
No supo discernir si los gemidos sofocados de la joven eran producto del placer o del dolor ante el derrumbe de su virginidad.
Hubiera deseado prodigarse en un cortejo pausado, pleno de delicadeza y habilidad, prepararla debidamente para la cópula.
No obstante, aquel encuentro abrupto, impulsivo y subrepticio era una liberación, una rendición y al tiempo una despedida.
Nun se obligó a salir de ella, la bajó de sus caderas y tomó con extrema dulzura el hermoso rostro de la mujer en sus ahuecadas palmas.
—Vete ya de mi lado, porque de mi corazón jamás saldrás.
Tras un último y emotivo beso, Selkis abandonó la choza embargada en llanto, corriendo entre las callejuelas penumbrosas, cobijada por aquella grandiosa luna y por su dolor.
* * *
A la mañana siguiente, en el palacio se respiraba un aire desconcertantemente tenso que la preocupó sobremanera.
Percibió una desacostumbrada y agitada premura en los ademanes de sirvientes y esclavos, y una letanía de murmullos soterrados e inquietos que flotaban en el ambiente conformando una melodía sobrecogedora.
Algo grave estaba ocurriendo.
Captó uno de aquellos susurros que iban y venían de boca de una de las esclavas y palideció en el acto: Tutankamón había contraído las fiebres.
Encontró a su padre en la antesala a las estancias privadas del faraón, conversando con el sunu real, el médico de más estatus, que en ese preciso instante, ofuscado y abrumado, agitaba las manos con evidente incomprensión.
—¿Y el remedio? —bramaba Horemheb encarándose al asombrado médico.
—No está, ha desaparecido. Alguien debe de haberlo robado.
—¡Maldición! —rugió su padre, paseando furioso de un lado a otro de la sala—. Juro por Amón que encontraré al culpable y pagará con su vida este atrevimiento.
Selkis se estremeció, su pulso se aceleró y su vientre se agitó preso de un malestar opresivo.
—Mientras busco al culpable, debes confeccionar un nuevo filtro sin pérdida de tiempo. Tutankamón empeora por momentos.
El sunu tragó saliva y se toqueteó nervioso su alopécica cabeza.
—Tardaríamos demasiado —replicó angustiado—, no es un remedio fácil de conseguir.
Entonces, las puertas abatibles de la alcoba real se abrieron para dejar salir de ella a la menuda y frágil figura de la esposa de Tutankamón.
Anjesenamón avanzó hacia el sunu con la ansiedad desdibujando sus facciones.
Por sus mejillas rodaban gruesas lágrimas que no lograban arrancar el tormento que manaba de su mirada.
—Está peor —informó en tono desgarrado—, tenéis que hacer algo, os lo ruego. Si él muere..., caerá la desgracia sobre todos nosotros.
—¿Ha empeorado? —se lamentó el sunu real.
—¡Está agonizando! —explicó Anjesenamón alterada y sollozante.
El médico asintió circunspecto y la miró con gravedad.
Abrió la boca para decir algo, pero al reparar en Horemheb volvió a cerrarla y se frotó las manos en gesto nervioso. Inspiró largamente y negó con la cabeza.
—Haré cuanto pueda, pero los heka deberían comenzar con sus ritos mágicos.
La reina ahogó una exclamación, se llevó la mano a la boca, su rictus se contrajo en una mueca desolada y angustiada. Finalmente asintió y dio la orden.
Selkis sintió la afilada culpa hundiéndose en su pecho, lacerándola con pesados remordimientos que la sepultaron implacables, pero nada podía hacer ya más que aceptar el destino que ella misma había forjado.
Los esclavos corretearon prestos a cumplir su encargo. Horemheb, con un gesto ofuscado, la conminó a seguirlo y ambos abandonaron las dependencias reales.
Se toparon con Ay, que ya impartía órdenes a la guardia para buscar al ladrón del remedio. Selkis sintió cómo su pecho se agitaba y su vientre se encogía, gestándose en ella la duda de si confesar su felonía.
—Tutankamón no puede morir ahora que vuelven a sublevarse los hititas —comenzó el gran general Horemheb—.
Si descubren que Egipto queda sin faraón, crecerán sus ánimos, y si además tenemos en cuenta que la mitad de nuestro ejército ha sucumbido a la plaga, nos hallaremos en una situación muy delicada.
Ay frunció el ceño. El gran consejero real se desprendió del nemes , el lienzo de rayas que siempre llevaba de tocado, y se rascó su pelo corto ensortijado con enojo y desazón.
— Delicada sería suavizarla; trágica sería más adecuada —arguyó con voz estirada—.
Y sólo se me ocurre una cosa. Si lamentablemente fallece el faraón, hemos de mantenerlo en secreto hasta que reduzcamos a los enemigos.
En cuanto al maldito ladrón, hay que encontrarlo y ejecutarlo.
Ya he mandado a la guardia para que investigue los hechos, tendremos un culpable antes de que acabe el día, te lo aseguro, amigo mío.
Ambos se aferraron al antebrazo del otro y asintieron quedos.
—Ya he avisado a los sacerdotes del templo de Amón para que pidan por la vida del faraón —murmuró Ay.