La muerte que respiras Capítulo 1. El elegido #2
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Capítulo 1. El elegido #2

Caminó reverencial por la sala hipóstila, sintiéndose apenas una hormiga entre el bosque de grandes columnas adinteladas de techumbre plana, rumbo al altar central, al naos .

Sobre él, Osiris, de piel verde y semblante regio, con su corona atef , el cayado heka , el látigo nejej y el cetro uas , pareció fijar sus ojos en ella.

A su lado, el pilar dyed , una columna conformada con gavillas de grano atadas y policromadas, representaba la estabilidad de Osiris.

Selkis inclinó la cabeza con solemnidad, arrodillándose a continuación frente a la imagen del dios.

Extendió los brazos hacia Osiris y pronunció en apenas un hilo de voz su ruego, entregando como ofrenda su servidumbre mortal e inmortal.

Se incorporó y, tras una inclinación respetuosa de la cabeza, se dispuso a abandonar el templo, cuando de soslayo atisbó a un anciano que meditaba en una esquina del templo. Se trataba del oráculo. Sus pasos la llevaron inevitablemente hacia él.

—Necesito respuestas a un sueño que me persigue —comenzó sin ocultar su turbación.

El anciano, de ajada y tostada piel, cráneo rasurado, nariz aguileña y mirada vacua, asintió quedamente. Alargó los brazos y extendió las palmas de sus manos hacia ella. Selkis las tomó y fijó la vista en el ojo de Horus que el anciano llevaba pintado sobre su fruncida frente.

Tras un largo y silencioso instante, el oráculo asintió con firmeza, sus labios se estiraron en un mohín curioso y preocupado.

—Has sido elegida por Amón-Ra, señor del trono de las Dos Tierras, para un importante cometido —confirmó con voz rasgada—: salvar la vida de tu faraón; en caso contrario, caerás presa de una maldición.

Selkis frunció el cejo contrariada y confusa, agitando la cabeza en claro desacuerdo.

—Ése no es mi sueño —manifestó altanera—. El todopoderoso Tutankamón es velado por su escolta, cuidado por su esposa y su corte de médicos, y protegido por sus ejércitos. ¿Cómo podría yo, una simple súbdita, salvar su vida, que además no corre peligro alguno?

—Sólo te digo lo que veo, muchacha. De uno de tus actos penderá la vida de tu faraón y el destino de Egipto.

—Pero... pero... ¿y mi sueño? —inquirió confusa—. ¿Y el hombre que amo?

El anciano negó rotundo con la cabeza y bufó exasperado.

—Tus deseos, muchacha, palidecen ante la magnitud de tu destino. Marcha, estate atenta a las señales que sin duda se te mostrarán y obra con juicio, es mucho lo que está en juego.

Selkis no replicó, asintió agradecida y arrastró sus pasos fuera del templo, con una pesada nube de oscura incertidumbre y desconcertado malestar pendiendo sobre ella.

Meditabunda e irritada, caminó hasta el palacio, donde su padre pasaba la mayor parte del tiempo junto al consejero real, el chaty Ay.

Juntos gestionaban el imperio, haciéndole creer al joven Tutankamón que era él quien lo gobernaba, cuando en verdad sólo era informado debidamente de hechos ya decididos y acontecidos por ellos.

En realidad, Tutankamón lo prefería, nada deseaba más para su pueblo que la paz y la estabilidad.

Ya tuvo que luchar contra los hititas y devolver el poder a los sacerdotes de Amón para conseguirlo.

Ahora sólo gozaba del amor a su esposa, la dulce Anjesenamón, y de una plácida vida sin complicaciones; ambos habían perdido dos hijas prematuras, como si el renegado Atón los hubiera maldecido, y sólo se tenían el uno al otro.

Tutankamón amaba profundamente a su esposa, ella era el centro de su vida y en ella se apoyaba diariamente.

Pues, a pesar de su juventud, su cuerpo era anciano, caminaba con bastones, aquejado de una terrible dolencia ósea que lo que recluía en sus aposentos: rara vez salía de palacio.

Selkis pasó la tarde deambulando sin rumbo, dándole forma a la idea que emergía de su cabeza.

Una medida desesperada pero necesaria, pensó mordiéndose el labio inferior nerviosa.

La hermana pequeña de Nun, Acenath, estaba enferma de fiebres, como tantos otros niños de los arrabales.

Ella les llevaría el remedio, que disolvería en una tinaja de agua y les daría a beber a los enfermos, pero sólo a los niños.

Quizá de esa manera, Nun suavizaría su actitud con ella, y aunque no resultara, la decisión de intentar salvar a esos pobres niños llevaba tiempo palpitando en ella.

Los médicos de la corte habían hallado hacía tiempo el remedio, fermentando hongos y extrayendo su jugo, logrando obtener un filtro efectivo para detener las fiebres y salvar al enfermo.

No era la primera plaga que asolaba el imperio, curiosamente, sólo lo sufrían las metrópolis cercanas a los ríos.

Se recostó en un diván, en una de las terrazas que daban a la avenida, desde la que se contemplaban las mejores vistas de Tebas sucumbiendo a un majestuoso ocaso.

La música de flautines y liras la envolvió, una brisa suave se filtró entre las columnatas agitando las gasas escarlatas que las vestían, adormeciéndola con su caricia.

Suspiró, cerró los ojos y se durmió plácidamente, aguardando la noche.

Cuando despertó, la oscuridad engalanaba la ciudad con un manto azul intenso, desvaído ante el halo luminoso que despedían las ventanas de las casas y las altas lucernas de las avenidas.

Antorchas imponentes parpadeaban en un juego de luces y sombras sobre los policromados muros de la ciudad.

La belleza del paraje resultaba un bálsamo para el espíritu y un goce para los sentidos.

Selkis se frotó el rostro para despejarse y se puso en pie.

No tenía tiempo que perder. Correteó subrepticiamente por los anchos pasillos del palacio, escondiéndose tras alguna columna, cuando el eco de unos pasos llegaba hasta ella.

Con el corazón desbocado y la respiración agitada, fue avanzando hasta la cámara donde los sunu trabajaban en el estudio de enfermedades.

Por fortuna, las innumerables vasijas que saturaban los anaqueles estaban etiquetadas.

No le fue difícil encontrar el remedio para las fiebres, pues estaba todavía en la mesa central, rodeado de alambiques, morteros y potes.

Cogió el pote del remedio, lo envolvió en un paño y salió rauda y sigilosa.

Descorrió sus pasos hasta la entrada principal, donde tomó una tinaja, la llenó de agua de una de las grandes fuentes rectangulares y vertió todo el contenido de la pequeña vasija.

Se desprendió del cordón que ceñía la cintura de su kalasiris y, no sin dificultad, se ató prolijamente la jarra a la espalda.

Tomó una gran bocanada de aire y salió ocultamente, apresurando el paso y oteando temerosa tras ella.

Llegó a los arrabales fatigada y más inquieta aún que en palacio. Algo la turbaba, como si un mal auspicio comenzara a enredarla en un halo de creciente malestar que incluso aquejaba su estómago con náuseas y agriaba su gaznate.

Recorrió las desérticas y oscuras callejuelas con un nudo en la garganta y preocupada por la reacción de Nun ante aquella temeridad. Se detuvo ante su destartalada puerta y llamó suavemente con los nudillos, conteniendo el aliento. Aquella era sin duda su última oportunidad.

La puerta se abrió, el titilante resplandor de un candil de aceite iluminó el adormecido rostro de Nun. Cuando enfocó su mirada y la reconoció, su faz se contorsionó en un amasijo de emociones entre las que predominaron el asombro y la furia.

—¡Por todos los dioses, has perdido el juicio!

En ese momento, el firme paso del guardia que hacía la ronda esa noche precipitó el brazo de Nun hacia ella, impulsándola dentro de la choza.

En el interior, los padres de Nun y su hermana pequeña aún dormían arrebujados en sus camastros, aunque en ese instante se removieron inquietos, cambiando su posición. Nun chitó y la llevó a un rincón aparte.

—Traigo una cura para Acenath y para todos los niños enfermos del arrabal.

Se la sustraje al sunu , el médico real, nadie hay enfermo en palacio y ellos pueden hacer más —comenzó Selkis, desprendiéndose de la vasija de metal que llevaba en la espalda y entregándosela a un desconcertado Nun—.

No me parece de justicia que habiendo un remedio para evitar muertes no se utilice.

Él la miró boquiabierto, aturdido y airado. Sus negros ojos se entrecerraron coléricos y su rictus se crispó tensando sus facciones.

—Debes de haber enloquecido, sin duda, pues no hallo sensatez en tus actos —reprendió contenido—. ¿Acaso has pensado cuál será tu castigo cuando se enteren de que robaste la medicina del faraón? Ve y devuélvela de inmediato.

—No —respondió con obcecación—. Si me he expuesto es para ayudar a los que en verdad la necesitan, tu hermana entre ellos. ¿No quieres salvarle la vida a la pequeña Acenath?

Nun la miró con recelo y pesadumbre, agitó la cabeza, su rostro se oscureció pesaroso.

—Y dime, Selkis, ¿cómo pretendes que pague este gran favor que nos haces? Porque si es con lo que ahora mismo se me viene a la mente, sólo te pagaría con el más absoluto desprecio.

Selkis bajó la mirada herida, las lágrimas se acumulaban en sus ojos y el dolor en su corazón.

En efecto, resultaría ignominioso si en su corazón no se alzara, por encima de ese fin, el deseo de salvar las vidas de aquellos pequeños.

La acusadora y decepcionada expresión de Nun evaporó cualquier brizna de esperanza en el cumplimiento de su sueño.

Y con honda derrota, pesarosa y compungida, aceptó para sí que seguir insistiendo no sólo le arrebataría la poca dignidad que ya le quedaba, sino que conseguiría el efecto contrario.

Negó con la cabeza y suspiró abatida, sus grandes ojos se nublaron en ardoroso llanto y dirigió la mirada a Acenath, que dormitaba entre temblores.