Capítulo 1. El elegido
El elegido
Pasear por Tebas, la gran urbe cosmopolita que abrazaba ambas riberas del Nilo, solía resultar una experiencia enriquecedora.
Selkis, hija del gran general de los ejércitos del joven faraón Tutankamón, el poderoso Horemheb, se sabía segura deambulando por las polvorientas callejuelas de la ciudad.
Conocedora del poder de su padre y de los ojos protectores que la acechaban, se permitía la osadía de visitar el barrio de los esclavos, sabiéndose a salvo de peligros.
Pese al soleado día y a que la trepidante actividad de mercados y plazas bullía con igual alborozo, en los rostros de sus convecinos advertía tan claro como las aguas de su amado Nilo que en la gente, daba igual la casta, la sombra del temor oscurecía sus tostados rostros.
A pesar de que el faraón había contenido a los hititas en la frontera norte del reino, y devuelto a los sacerdotes de Amón la influencia y el poder que habían tenido antes de la revolución a manos de Akenatón, restaurando los templos abandonados de Amón, Osiris y Ptah, parecía que la fortuna los hubiera abandonado.
Como si renegar del culto a Atón les hubiera acarreado una especie de maldición.
Las cosechas se habían malogrado, la pesca agotado y la enfermedad paseaba indolente por aquellas calles, sesgando tantas vidas que la alerta de plaga había movilizado a los médicos de la corte, en el estudio de aquel brote de fiebres letales.
Selkis observaba con preocupación las puertas cerradas de algunas chozas de adobe, marcadas con una línea roja, evidenciando el contagio, aunque más la angustiaba el sofocado llanto de niños tras ellas, toses y quejidos lastimosos.
Había ideado un ardid para sacar del palacio real la medicina y repartirla subrepticiamente entre aquellas gentes.
Aquella arriesgada empresa la inquietaba.
Un sudor perlaba su frente, y el kalasiris , su ligero vestido de lino blanco, se adhería a su acanelada piel acentuando sus sinuosas curvas.
Decidió desprenderse de la capa corta que protegía sus hombros y su escote del implacable sol, a pesar de que las dos tenues tiras de níveo lino apenas cubrían sus senos, convirtiéndose así en el centro focal de lujuriosas miradas masculinas.
Se mordió el labio inferior ante la mirada reprobatoria del único hombre que en verdad le interesaba atraer.
Nun, hijo de cantero, se cruzó con ella y de inmediato bajó la mirada, no sin antes apreciar las turgentes curvas de sus pechos, entre arrobado y molesto.
Intentó esquivarla, pero ella se lo impidió. Aquel estrecho y solitario callejón agradablemente sombreado por las esterillas que unían una choza con otra le facilitó su meditada intención.
—Hola, Nun, precisamente a ti te buscaba.
Se sorprendió gratamente al comprobar que podía modular seductoramente su tono, confiriéndole el matiz provocador que pretendía, tal y como observaba en las complacientes sirvientas de la corte.
—Que los dioses guíen tus pasos, Selkis, aunque este arrabal no es sitio adecuado para la hija del poderoso Horemheb.
—¿Vas a reñirme de nuevo, mi buen Nun, cuando sabes de sobra que el objeto primordial de estos pasos es encontrar los tuyos?
Él alzó sus oscuros ojos, insondables como las aguas del Nilo en una noche sin luna, y tan penetrantes que su liviano kalasiris pareció evaporarse bajo el ardor de su mirada.
Como siempre le pasaba cuando estaba junto a él, todo su cuerpo reaccionó ante su presencia, sus pezones se constriñeron anhelantes, su piel clamaba el solaz de sus caricias y sus labios temblaban suplicando un beso.
Paseó la lengua por ellos atrapando en ese gesto la candente atención del muchacho.
—Compruebo una vez más lo mucho que te place atormentarme.
Selkis negó con la cabeza, su bruna, larga y lacia melena se agitó en su vehemencia, y se aproximó a él con mirada tentadora.
—Te equivocas, Nun, eres tú el que se atormenta por voluntad.
El muchacho sacudió la cabeza exasperado, tomando aire lentamente, haciendo acopio de paciencia. En sus ojos brilló la contención.
—Te presentas aquí, medio desnuda, y te crees intocable por ser quien eres. Tientas a tu suerte y eso me enfurece. Oigo los comentarios de los hombres y tengo que morderme la lengua y enfriar mis puños para evitar más rumores de los que ya hay.
—¿Rumores? —inquirió alzando asombrada las cejas.
—¿Acaso crees que ignoran lo que buscas de mí? Tus ojos son tan claros y ardientes como el sol del desierto que nos rodea.
Selkis bajó la mirada abochornada, no obstante, esa veta de rebeldía que siempre la había dominado se impuso a su pudor cuando volvió a alzarla.
En efecto, ardía ante la viril presencia del hombre que robaba sus sueños.
Ahí, frente a ella, tan gallardo, hermoso y cautivador que cortaba el aliento, encendía cada fibra de su ser con la ardorosa necesidad de poseerlo.
Resultaba toda una tentación para los sentidos despertando tan abrumador anhelo en ella, que había de colmarlo antes de que acabara con su juicio.
—¡Tómame, Nun, tan sólo una vez, y aplaca el fuego que me devora desde que te conocí! —gimió suplicante, rozándose contra su pecho, posando las palmas de sus manos en el suave y lampiño pecho del hombre.
El esclavo la tomó por las muñecas y la apartó de él. Maldijo para sus adentros la férrea voluntad del muchacho, a pesar de que su mirada gritaba la misma necesidad que la de ella.
—¿Y caer en desgracia por permitirme tocar las estrellas una noche? —replicó en tono estirado y contenido—. Si sólo yo cayera, habrías sido mía al primer pestañeo de esos mágicos ojos tuyos, pero toda mi familia perdería el favor del faraón, atrayendo sobre ella la ira de tu padre.
—Si somos cuidadosos —comenzó sugerente y esperanzada—, nadie tiene por qué saberlo.
Nun negó con la cabeza con mirada turbia y sufriente pero rictus decidido.
—Estás vetada para mí, Selkis, y nadie lo lamenta más que yo —confesó con hondo abatimiento—. Así pues, retorna tus pasos a palacio, te acompañaré hasta los dromos que flanquean el templo de Osiris.
La tomó del brazo con cierta hosquedad y, sin admitir ni una réplica más, la condujo apresuradamente fuera de los arrabales, entre estrechas callejuelas umbrías donde muros de adobe rojo conferían cierto frescor al sofocante calor de un mediodía abrasador.
Masticó compungida su derrota, al tiempo que maceraba obcecada la manera de gozar del favor de Osiris, a través de una ofrenda.
Sea como fuere, su visión debía cumplirse, en ella, Nun depositaba su semilla en su vientre, del que nacería un niño que sería uno de los más poderosos faraones de Egipto; que, además, Nun fuera tan deseable no hacía más que empujarla a su destino.
Llegaron en silencio a la avenida sitiada por imponentes imágenes vivientes, en la que altas y orgullosas palmeras agitaban sus hojas perezosamente, intercaladas entre los impasibles y adustos rostros de leones con cabeza humana.
Más allá, el alto pilono de piedra caliza que precedía a la colorida entrada adornada con bellísimos jeroglíficos dejaba divisar los majestuosos portalones del templo, tan altos como las palmeras que adornaban su entrada.
Bruñidos en baño de oro y repujados con escenas del dios, refulgían ante ellos, como si manara del templo un halo dorado de la divinidad que encerraba.
A la derecha se abría la avenida con estanques y obeliscos que conducía al palacio real, y que a esa tórrida hora del día estaba sabiamente desierta.
Nun se detuvo, y con mirada severa tomó a Selkis por los hombros.
—Jamás yaceré contigo —aseveró ceñudo—. Y por el ultrajado Atón, padre de todos los dioses, te advierto que, si osas regresar a los arrabales, marcharé a Menfis con toda mi familia y nunca más volverás a verme.
—Si no regreso, tampoco te veré —puntualizó compungida.
—Ése es el destino que debemos respetar —concretó Nun apesadumbrado.
—No, nuestro destino es otro —insistió Selkis con lágrimas contenidas y mueca dolida—. Pero no sé cómo convencerte, mi buen Nun, pues tuve una revelación en un sueño que me persigue sin cesar cada noche. Hemos de gestar a un niño que será relevante en la historia de nuestro reino.
Nun la observó con un deje desilusionado y resopló con cierto hastío negando con la cabeza.
—Por eso me persigues... —rezongó decepcionado, con una mueca desdeñosa y ofendida en su faz—. Por un sueño.
Selkis se apresuró a negar con la cabeza, dio un paso hacia él, para comprobar desesperada cómo retrocedía mientras la fulminaba con la mirada.
—Bien —agregó el esclavo—, ya que no eres víctima del amor, ni parece que de la lujuria, te será más fácil olvidar tus desmanes y repetirte que los sueños sueños son.
—Te amo y te deseo, Nun —se precipitó a replicar alzando la voz, frustrada e impaciente—. Ese sueño me llevó hasta ti, mirarte a los ojos hizo el resto.
El muchacho negó dolido, su apuesto rostro se empañó con un oscuro velo de tristeza. Retrocedió de nuevo, lentamente, pero sin darle la espalda aún.
—No regreses, Selkis, no serás bienvenida. Mis ojos, mi boca y mi cuerpo se cierran a ti a partir de este instante.
Y dándose media vuelta con furiosa vehemencia, se marchó a la carrera, alejándose de su vista, de su vida y de su destino.
Selkis apretó determinante los puños y caminó a buen paso hacia el templo.
Al traspasar el macizo pilono de piedra, se refregó el rostro burdamente con los puños, intentando borrar las lágrimas que quemaban sus ojos, emborronando en ese gesto el mesdemet con que los maquillaba.
Se adentró en la agradecida penumbra del templo de Osiris, acostumbrando sus ojos a la escasa luz que ornamentadas lucernas derramaban sobre el pétreo pavimento en dorados cercos.
Sintió el agradable frescor de la piedra, el fragante incienso de los quemadores y los cánticos sofocados de los sacerdotes que guardaban en ese momento la estatua del dios.