La muerte que respiras
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Prólogo
Era ella, no había duda.
La había reconocido por el parecido con su madre.
La odiaba, porque por su culpa la había perdido.
Tenía que hacérselo pagar.
Ella, aquella cría insolente y altanera, era la culpable de no tener una madre. Sí, se dijo, merecía sufrir su mismo dolor. Miró un puñado de piedras que había apiñadas junto a una casa y pensó que un moretón por cada lágrima sería lo justo.
Se abalanzó hacia aquel montón de guijarros y, al levantar el primero, un escarabajo emergió de un hueco y saltó sobre su mano.
El niño la sacudió aprensivo y el insecto cayó a la tierra panza arriba.
Agitó sus robustas y peludas patas dentadas en un intento por girarse para continuar su huida.
Y aquello lo subyugó. En ese cuerpo negro y brillante moraba el alma de su difunta madre.
Nadie mejor que él lo sabía. Pues había visto cómo se había transmutado en aquel insecto.
Lo interpretó como una señal. Su madre aprobaba su particular venganza. Sonrió complacido.
Con la ayuda de una vara que encontró junto a la pila, ayudó al escarabajo a darse la vuelta y observó alborozado su trayectoria.
Iba hacia ella.
Volvió a mirar a aquella niña que jugaba jubilosa, ajena al drama que su sola existencia había provocado. Y entonces decidió multiplicar sus brazos.
Acudió a la pandilla de amigos con los que solía tramar sus tropelías y les propuso la travesura. Los convenció de la maldad de aquella cría, como si se tratara de uno de los demonios del Amenti . Y los condujo hacia el arsenal de piedras, alentándolos a ser letales.
Los acicateó con una arenga rezumante de odio, contagiándolos de su furia. Y la cuadrilla al completo se aprovisionó de guijarros para comenzar luego a rodearla.
Un moretón por cada lágrima vertida, se repitió mentalmente. Una sonrisa ansiosa estiró sus labios y la sola anticipación de su venganza le proporcionó un cosquilleo desconocido, tan placentero que hasta se relamió de gusto.
Él fue el primero.
Lanzó su piedra con toda la fuerza de la que hizo acopio, apuntando cuidadosamente al pecho. Ahí era donde más le dolía a él.
El brutal impacto la derribó.
Pudo oír un jadeo sobrecogido y luego un lamento dolorido.
Al descubrir la flor roja que comenzaba a teñir su túnica blanca y que se extendía en hebras deshilachadas, el gozo que lo invadió fue tan intenso como los chillidos de la cría.
Ya alzaba el brazo para dar la señal de ataque cuando apareció de la nada un chiquillo alto y escuálido de porte desgarbado. Corrió hacia la niña herida y le susurró algo al oído mientras la ayudaba a ponerse en pie.
—¡A por ellos!
Comenzaron a descargar una andanada tras otras. Y ante su sorpresa, aquel necio cubrió con su cuerpo a la niña mientras la guiaba hacia un angosto callejón del arrabal.
Redoblaron la fiereza de los lances, imprimiendo más ímpetu y premura a la ofensiva. El larguirucho salvador permaneció en la entrada de la calleja, bloqueándola. Ofuscado, atisbó cómo su presa corría veloz como una gacela perdiéndose en el laberíntico trazado de aquel suburbio.
El fracaso de su plan inflamó su furia contra aquel muchacho. Apenas se apercibió de que sus amigos ya no arrojaban guijarros. Porque el muchacho, ensangrentado y malherido, había caído de rodillas sobre la arena. A él no le importó.
Continuó lanzando sus piedras hasta que la gran mano de un adulto lo detuvo.
Sintió una violenta bofetada que le giró la cara.
—¡Ya basta, ese pobre infeliz está medio muerto!
—Él se lo ha buscado —rezongó huraño.
Dos mujeres corrieron a socorrerlo. El hombre que lo había abofeteado lo tomó en brazos y cargó con él calle abajo. Cuando pasaron por su lado, comprobó con regocijo el lamentable estado de su rostro.
Pensó en la fortuna de aquella maldita niña. Y se prometió consagrar su vida para atormentar la de ella.
Poco sabía en aquel momento de lo premonitorio que sería aquel deseo.