Capítulo 34. El emisario de Maat #2
La aclaración de «laicos» era una observación destinada a exonerar al clero de Amón de aquel crimen. Por la mente de Najmint cruzó una enseñanza de su padre: «Toda manifestación de inocencia sin acusación previa es indicativa de culpa».
—La madre de la víctima —prosiguió— lo acusa de haber permitido que su discípula tomara decisiones fatales durante la intervención.
»¿Por qué permitisteis que alguien inexperto se impusiera a vuestro criterio, Amsu?
El aludido miró con detenimiento a sus jueces antes de responder.
—No se impuso a mi criterio, yo compartí el de ella por parecerme cabal y necesario.
—¿Realmente os pareció buena idea que ella introdujera una mano en el cuerpo del niño?
—Me pareció una sugerencia excelente, pues la mano es un mecanismo preciso, toda una obra de ingeniera humana que nos permite ver a través del tacto. Con las tenazas el avance es ciego, y era una zona delicada en extremo. Sin la precisión necesaria podía ocasionar daños letales.
—Fue más bien al contrario, a tenor de las consecuencias posteriores.
El sunu oprimió los labios en una mueca irritada.
—Toda intervención conlleva un riesgo, yo aprobé las sugerencias de mi discípula convencido de su habilidad y su buen juicio.
—Por eso estáis aquí, porque os responsabilizasteis de sus actos.
—Y lo volvería a hacer.
Aquello despertó en los presentes murmullos soterrados, la mayoría sorpresivos y condenatorios.
—¿Reiteráis vuestra culpabilidad?
—Reitero mi inocencia, y abogo por la sabiduría de mi discípula.
Perennefer frunció el ceño reprobador.
—El gran sabio Imhotep, gran maestro de la medicina, detalla con minuciosidad el procedimiento que seguir en las hernias intestinales. ¿Cómo puede un médico de vuestra talla poner por encima de nuestro mentor a una mera aprendiza?
La perfidia de Perennefer estaba a la altura de su agudeza. Intentaba indisponer al público contra Amsu, seguramente para justificar una condena ya estipulada.
—Seguimos el procedimiento —alegó airado—, únicamente se decidió usar la mano en lugar de las tenazas. Y la operación se completó con éxito.
—Ese cambio le costó la vida a un niño. Si la abertura hubiera sido mayor, con las tenazas habría sido suficiente.
—A mayor incisión, mayor riesgo —contrapuso Amsu—, y más probabilidad de que los ujedu envenenen el cuerpo. Por ese motivo decidimos un corte más pequeño, que favorecería la pronta recuperación del pequeño.
—Esa decisión lo mató —sentenció implacable Perennefer.
Najmint avanzó unos pasos y se colocó frente al jurado.
—Lo mató la envidia, la codicia y la maldad.
El rumor de la congregación se alzó sibilante, atónito, expectante.
—No habéis sido autorizado a intervenir —recordó Perennefer.
—Es Maat quien me empuja a hacerlo. En todo tribunal, de la índole que sea, son la justicia y la verdad las que deben alzarse. Y yo, como emisario de ellas, debo comunicarlas.
El primer profeta lo observó contrariado. No obstante, ante aquella premeditada introducción, no podía más que dejarlo continuar.
—Erigiros en emisario de Maat es una afirmación muy arriesgada, a no ser que lo que testifiquéis aquí, bajo el manto de Amón, sea irrefutable.
—Es incuestionable, pues mis pesquisas obtuvieron las pruebas que demuestran mi acusación.
—Adelante, entonces, capitán.
Se hizo un silencio sepulcral en la vasta sala, Najmint lo alargó aumentando la curiosidad de los presentes.
Al cabo, se dirigió a Amsu.
—¿Recomendaste un remedio para combatir las fiebres del niño tras la intervención?
—No, sólo aconsejé traerlo de nuevo a la consulta si empeoraba.
—Sin embargo, tu ayudante acudió a su casa y le entregó a la madre un saco como éste.
Lo soltó de su cinto y lo alzó para mostrarlo a los jueces.
—El niño despertó de la operación y, según su madre, aunque dolorido, parecía encontrarse bien. Fue a raíz de la ingesta del remedio cuando empeoró progresivamente hasta su muerte.
—¿Cómo es posible que un remedio para aliviar la fiebre acabe con la vida de un niño? —inquirió Hasani.
—Porque no era un remedio, sino un veneno.
Buscó a Omari con la mirada y lo encontró con semblante lívido, demudado.
—Este tribunal interpela a Omari para que hable en su propia defensa. Las acusaciones que se están dictando contra él son muy serias —solicitó Perennefer.
El interpelado se debatía internamente. Sus pies parecían querer obedecer, pero su gesto asustado y su mirada errática mostraban su deseo de huir. Lanzó un fugaz vistazo hacia la salida. Ver a dos guardias custodiándola terminó de decidirlo. Avanzó con paso titubeante hacia el estrado.
—¿Qué tienes que decir en tu defensa?
—Amsu miente, me ordenó entregar ese saquito con el remedio.
—¡Miserable embustero! —bramó el sunu .
Najmint se interpuso entre los dos.
—Quizá la vista maltrecha de Amsu le jugara una mala pasada y confundiera los ingredientes —intervino Perennefer.
—¡Juro por Sejmet que no preparé nada! —insistió el sunu .
—Debemos discernir la causa de la muerte, si la causante fue la operación o el brebaje. Y me temo que será difícil, pues es la palabra de uno contra la del otro —adujo el sumo sacerdote.
Najmint se encaró a Omari y sacudió la bolsita frente a él. Era el momento de poner en marcha su plan.
—¿Quién preparó el remedio?
—Yo mismo, por eso me consta que no fue lo que mató al niño.
—Esa seguridad que muestras denota que sabes bien lo que pusiste aquí dentro, ¿no es así?
—Así es.
—He probado su efectividad con un animal y resulta que se trata de un veneno letal.
No se aventuró a concretar más. Rezó para ser lo suficientemente convincente como para que Omari mordiera el anzuelo.
—Eso no es posible, es simple corteza de sauce molida.
—En tal caso, no te importaría probarlo, ¿no es así?
El rostro del muchacho se desencajó, palideciendo visiblemente. Entreabría los labios y los cerraba sin que ningún sonido emergiera de ellos.
Dio un paso atrás.
El rumor impresionado de los asistentes se elevó sobre sus cabezas.
Najmint terminó su intervención con un teatral golpe de efecto. Lanzó el saco hacia Omari y éste saltó hacia atrás asustado.
Lo tenía donde y como quería, y ahora debía terminar su exposición con la contundencia que Omari merecía.
—Este hombre ansiaba ser el discípulo de Amsu, pero la llegada de Selkis, con sus brillantes dones para la medicina, sembró en él un poso de rencor y envidia que fue creciendo a medida que ella demostraba su gran talento.
Tras la operación, él mismo acusó maliciosamente a Selkis de ser temeraria.
Fue envidia, pura y enquistada envidia, lo que motivó ese horrible crimen.
Junto a la codicia de ocupar su lugar. Pero tanto una como la otra no habrían llegado tan lejos si la maldad no las hubiera conjurado en un abrazo tan trágico.
Tras su alegato, no lo sorprendió recibir más de una mirada inquinosa. Acababa de desmontar el plan urdido para expulsar a Amsu del templo, apoyado en esa maldad que tan bien les venía a los que se jactaban de hacer el bien.
Perennefer, con los labios fruncidos en una mueca ofuscada, asintió quedo. Hasani lo fulminó con la mirada. Aquél era el precio de la justicia y de su victoria.
Omari cayó de rodillas y, con los hombros hundidos, abatió la cabeza y dejó que los guardias lo apresaran.
—Amsu, la verdad os ha hecho libre —comenzó Perennefer—, pero no os exonera de la negligencia cometida.
Incluso si hubiera derivado en una recuperación exitosa, las licencias que parecéis tomaros con nuestro oficio sagrado no podemos permitirlas, pues tarde o temprano serán causantes de más denuncias.
Y este templo no puede cobijar bajo su techo a un sunu que profane la profesión como veníais haciendo vos.
Si al niño lo hubiera atendido un médico del vientre, un sunu-jet , no estaríamos en esta situación.
—Poseo la suficiente experiencia para alcanzar el grado de médico generalista.
—Una experiencia que no podéis abalar —replicó Perennefer—.
No lleváis tanto tiempo entre nosotros para merecer esa dispensa.
Hemos sido excesivamente permisivos con vuestra falta de ortodoxia, con vuestra impaciencia por convertiros en generalista sin la suficiente preparación.
Y ahora pasáis por encima de los tratados clásicos del gran Imhotep y obráis con insensatez delegando en una aprendiza.
—Todos y cada uno de mis actos estuvieron motivados por el bienestar del enfermo y su completa sanación. Thot me guio en cada paso y no me arrepiento de ninguno.
—Vuestra arrogancia os ha abocado a esto —sentenció el primer profeta.
—No, es la envidia que despierto lo que me tiene aquí.
El pulso de miradas que tuvo lugar entre ellos crepitó en el ambiente como las ascuas de un fuego descontrolado. Najmint anticipó el inminente veredicto con la acritud de la impotencia ya posada en su garganta.
—Este tribunal os exonera de la muerte de ese pequeño, pero no de vuestras prácticas apócrifas y vuestros métodos espurios. Por ello, seréis expulsado de este templo sin poder ejercer vuestro oficio en ningún rincón del reino de Kemet.
Amsu alzó la barbilla con gesto altivo y le dedicó una sonrisa de suficiencia que desconcertó a los sacerdotes.
—Soy un hombre de edad, con la vista mermada, casi he de agradecer esta obligada retirada.
No obstante, me voy con inmensa tristeza, y no por mí, pues mi labor en este mundo se ha cumplido con creces, sino por vos, que, en lugar de consagrar vuestra existencia a honrar y representar a Amón, os entregáis a la más deleznable bajeza, desterrar a un anciano condenándolo a la indigencia.
No dudo que este juicio os alejará de los campos de Aaru .
Najmint también deseó que el paraíso les estuviera vedado cuando Osiris los juzgara. Ya que no había justicia terrenal, confiaba en que la pluma de Maat pesara lo suficiente para condenarlos al Duat . No merecían menos.
Amsu fue liberado de sus argollas. El sunu se frotó las muñecas, se volvió hacia la salida con porte digno y Najmint lo siguió.
Cuando estuvieron fuera, su aparente impasividad se quebró en un gesto contrito.
—Siento no haber podido hacer más.
—Me has ofrecido la libertad, no hay regalo más preciado.
—Pero te han arrebatado tu pasión.
—No, sólo han precipitado que la traspase. Me aterraba el destierro, ahora veo en él la culminación de un propósito más elevado.
—Convertir a Selkis en una gran senut —adivinó Najmint.
—Ya lo es, yo sólo debo ayudarla a que lo descubra.