Chapter 14
CATORCE
S i hubiera sido capaz de hilar un pensamiento coherente, quizá habría visto lo inútil de todo aquello.
Me daba miedo pararme a pensar que las posibilidades de encontrar a Cathy Cranston eran prácticamente nulas; y que, incluso si la encontraba, probablemente me miraría sin comprender y diría: «¿Frank quién? ».
Descarté volver a L.A. para buscar al chico, Rodney.
No podía arriesgarme: Savoni seguramente tenía toda la zona plagada de policías.
Además, me llevaría muchas horas tediosas rastrear a la gente de aquella fiesta y preguntarles por el paradero de la chica.
Había establecido una conexión tenue entre Cathy y Terrell, y tenía que seguir tirando de ese hilo.
Por desgracia, cuando entré en la San Diego Freeway, lo primero que vi fue la parte trasera de un coche patrulla de la C.H.P.
Tomé la siguiente rampa de salida, encontré un sitio para aparcar y me quedé allí sentada, temblando.
Si Savoni había conseguido el número de matrícula del coche de Rita, la Patrulla de Carreteras ya podría estar alerta, sobre todo si Savoni era tan listo como yo pensaba.
La suerte no iba a durar eternamente. Era hora de empezar a usar la cabeza.
Era evidente que tenía que deshacerme del V.W.
de Rita. Elegí una dirección en una calle residencial cercana, fui hasta un teléfono público y pedí un taxi.
Cuando llegó, yo ya estaba de vuelta en la dirección esperando en la acera, y el V.W.
estaba aparcado a la vuelta de la esquina, fuera de la vista.
—Aeropuerto de Long Beach —le dije al conductor.
En el aeropuerto usé una tarjeta de crédito para alquilar un coche compacto y me dirigí al sur. Miré el reloj. Mediodía. Las náuseas habían remitido y el hambre me roía el estómago. Además, necesitaba sentarme a pensar. Encontré un Denny's y pedí un sándwich de jamón y queso en pan de centeno.
Cuando llegó el sándwich, lo devoré, hice señas frenéticamente a la camarera y pedí tarta de manzana y café. Me entretuve con el postre, saboreando cada bocado azucarado mientras intentaba averiguar cómo iba a localizar a Cathy Cranston en Laguna.
Vaya pista más fría. Estaba completamente sola en esto, ya que no podía recurrir a ninguna fuente oficial.
Laguna Beach era demasiado grande para ir puerta por puerta.
Aunque tampoco era tan malo. Cathy no era precisamente una ciudadana ejemplar.
Si había estado en Laguna durante algún tiempo, si seguía —por favor, Dios— todavía en Laguna, acabaría juntándose con los de su calaña.
Hay gente de la calle, algo mejor que los que frecuentaban el Down Under, pero un grupo cerrado de todos modos.
Tenía algunos contactos y por ahí empezaría.
Pasar a la acción siempre me hace sentir mejor. Pagué la cuenta y conduje hacia el sur mientras trazaba un plan. Como era el primer día del Festival of the Arts, solo había un sitio por donde empezar a buscar.
El tráfico estaba peor que nunca, atascado de amantes del arte sin prisa, y tuve que aparcar muy lejos, cañón abajo, y coger una lanzadera.
El Sawdust Festival estaba en un bosque de eucaliptos altísimos, lo bastante tierra adentro como para que las brisas del océano apenas llegaran.
El sol tostaba el polvo y los árboles desprendían un olor a Noxzema caliente.
Años atrás, el Sawdust Festival surgió para albergar el excedente de artistas y artesanos que no lograban entrar en la prestigiosa exposición del Festival of the Arts.
Su popularidad se disparó, y ahora era uno de los platos fuertes del festival de arte veraniego de Laguna. Pagué la entrada y entré.
El olor a virutas de madera fresca se imponía al aroma del eucalipto.
Cada año los puestos se reconstruyen con madera sin tratar de forma improvisada, lo que le da a todo ese aire desenfadado.
Turistas con las rodillas quemadas por el sol y cámaras japonesas deambulaban por los pasillos, maravillándose ante pilas de cerámica hecha a mano, tejidos de macramé más grandes que la mayoría de las rancheras, delicadas joyas de cloisonné y cuadros chillones hechos con piñas pintadas.
Los puestos trepaban por la ladera, donde una cascada gorgoteaba con aire convincente hasta que mirabas por segunda vez la hierba reseca sobre ella y recordabas que no había llovido en cuatro meses.
Las flores bordeaban los caminos y de las cestas colgantes rebosaban lobelias, alegrías guineanas y fucsias.
Evité deliberadamente el puesto de Amy Terrell y me abrí paso hasta un tocón donde un chico desgarbado estaba sentado, rasgueando un dulcémele con una pluma y cantando canciones populares de los Apalaches con voz aguda y clara.
Llevaba un mono sin camisa y una cinta navajo controlaba a duras penas un afro rubio y tupido.
Una funda de instrumento yacía en el suelo junto a sus pies sucios, bien salpicada —o eso sospechaba yo— con su propio dinero.
—¿Cómo va el negocio, T.J.?
—Eh, Delilah. Estoy fatal. Solo he ganado un mísero dólar. ¿En qué andas metida últimamente?
—Estoy buscando a alguien.
—Qué raro en ti —me dedicó una sonrisa sardónica.
—Se llama Cathy Cranston. Vino a Laguna hace unos seis meses. ¿Te suena?
Miró significativamente la funda del instrumento. Metí un billete de cinco dólares y su sonrisa se ensanchó. —El nombre no me suena, pero sigue.
—Tiene diecisiete años. Miente sobre su edad, pero parece aún más joven. Una chica menuda, delgada, con el pelo largo y negro y unos ojos azul oscuro muy llamativos.
—¿A qué se dedica?
—Posaba para porno en L.A., entre otras cosas.
—Oye, Delilah, aquí tenemos un poco más de clase.
—Quizá sea Miguel Ángel en sus ratos libres. Escucha, T.J., no pretendo insultar tus sensibilidades artísticas, pero necesito encontrar a esta chica.
—No la recuerdo. Seis meses —negó con la cabeza—. Esto no es precisamente estable, Delilah. Seis meses es mucho tiempo. Supongo que podría ir a preguntar por ahí, pero hay un violinista esperando para quitarme el sitio. Y con lo lucrativo que es esto…
—Quizá esto compense tus pérdidas —le entregué un billete de veinte.
—Sin duda ayudará —guardó su equipo—. ¿Dónde puedo localizarte?
—Le di una tarjeta—. Ese es mi servicio de contestador. Iré llamando.
Apenas se levantó del tocón cuando la competencia se instaló y comenzó a afinar su violín.
Ahora que había contactado con T.J., estaba lista para abordar a Amy de nuevo.
Durante el viaje hacia el sur me había dado cuenta de algo importante.
Durante meses, Amy se había aferrado obstinadamente a su versión de que todo era de color de rosa antes de que Frank Terrell desapareciera.
Todas las dudas inquietantes que ahora la asaltaban podrían refrescarle la memoria más que mi insistencia machacona.
Me acerqué al puesto de Amy, donde un montón de búhos bizcos se posaban sobre madera de deriva, y la ligera brisa hacía tintinear campanillas de viento hechas de pesados discos de arcilla que parecían manualidades de guardería.
Me apoyé en el mostrador a esperar. Amy tenía una ayudante, y ambas estaban ocupadas con clientes que parecían mirar más que comprar.
Amy me ignoró hasta que me planté justo delante de ella.
—Quiero hablar contigo.
—Déjame en paz —susurró enfadada.
—Tu gorila interrumpió nuestra conversación ayer. No había terminado.
—Pues yo sí, y si sigues molestándome llamaré a un guardia de seguridad a gritos.
—Mi error —dije, arriesgándome—. Pensé que querrías saber de la chica.
—¿Qué chica?
—Fuiste tú quien lo mencionó. Creo que dijiste que ella y Frank se largaron juntos.
—¿Frank? Si esto es algún tipo de truco...
—Déjame invitarte a un café. Vamos. No podemos hablar aquí.
—Tendrás que ser rápida. Sue está a punto de tomarse el descanso para comer y así puedo ir a ver a Tommy.
Habían colocado unos bancos de madera tosca delante de un pequeño escenario. No había función en ese momento, y los bancos estaban vacíos salvo por unas pocas personas que descansaban los pies y apagaban su sed. Cogimos el café y nos sentamos donde podíamos ver el puesto de Amy.
—Así que tenía razón. —El sudor le brillaba en la frente a Amy y le formaba un bigote perlado sobre el labio superior.
—Había una chica de por medio, joven, muy guapa.
—Ese cabrón —escupió.
—Te trataron como una mierda —dije, compadeciéndola—. ¿Estás segura de que no sospechaste nada?
—¿Yo? ¿Tan estúpida? Dios . ¿Sabes que no me tocó en toda la semana antes de irse? Que estaba nervioso, decía. Que había trabajado demasiado. Y yo me lo tragué. Hasta le tenía lástima .
—¿Alguna vez lo llamó ella a casa?
—Seguramente —dijo con amargura—. Decía que eran llamadas de trabajo. Ahora que lo pienso, los últimos días antes de irse, cada vez que sonaba el teléfono pegaba un bote. Una vez me quitó el auricular de la mano, el muy hijo de puta. ¿Quién es ella?
—Ella...
Me callé de golpe, aferrándome al banco de delante. Dos hombres con trajes oscuros estaban hablando con la ayudante de Amy. Incluso desde esa distancia reconocí a los polis que me habían seguido la noche anterior. La chica señaló amablemente hacia donde estábamos.
—Lo siento. —Dejé el vaso de plástico—. No puedo seguir hablando.
—Pero dijiste que me contarías lo de la chica.
—Luego.
Supuse que tendrían vigilada la salida principal, así que me fui en dirección contraria, intentando no echar a correr, mezclándome con la gente.
Los puestos estaban construidos unos contra otros, formando una pared sólida de secoya, con el único propósito de mantener fuera a los curiosos que no pagaban entrada.
Había un par de puertas con carteles de Prohibido el Paso—Sin Salida—Solo Emergencias, pero cada una estaba vigilada por un tipo con cara de pocos amigos que parecía tomarse los carteles muy en serio.
Pronto los polis pedirían refuerzos, y entonces ¿qué?
No podía esconderme detrás de un perchero de delantales artesanales para siempre.
Me dirigí hacia la cascada.
Las rocas servían de cómodos peldaños para subir la ladera. Empecé a trepar por ellas y enseguida llamé la atención de una viejecita canosa con pinta de ecologista.
—Jovencita, ¿qué hace usted en esas rocas? —gritó—. Va a aplastar los helechos.
—Mantenimiento —le aseguré, temiendo que se pusiera a pedir un guardia a gritos.
Refunfuñó un poco, pero mi respuesta pareció satisfacerla, así que seguí adelante.
Los pies me resbalaban en las superficies viscosas, pero la desesperación me dio el impulso suficiente para llegar hasta arriba, donde pude arrastrarme por la hierba seca y dejarme caer detrás de los puestos.
Montones de restos de madera marcaban el límite trasero del recinto del festival.
Corrí sorteándolos y me metí por un callejón, con los pulmones a punto de estallar del pánico y atascados de polvo reseco por el sol.
Las paredes escarpadas de la ladera, como acantilados, me tenían atrapada, peligrosamente cerca de Laguna Canyon Road.
Aunque hubiera podido escalarlas, habría cantado más que una jirafa cruzando un témpano ártico.
Solo había un sitio por donde salir: de vuelta en el cañón, donde Canyon Road se había convertido, por algún capricho urbanístico, en Broadway, y de pronto en el centro de Laguna.
Me obligué a aflojar el paso y caminar con naturalidad. Al menos las hordas de turistas que iban hacia las tiendas de Forest Avenue me daban algo de cobertura. Pero ¿por cuánto tiempo? Vete a saber. Si T.J. no encontraba algo pronto, volvía a estar en el punto de partida.
Encontré una cabina de teléfono.
—Ya era hora de que llamaras —dijo Rita con severidad—. ¿En qué lío te has metido? La policía ha estado por todas partes. Podrías haberme avisado de que ibas a coger mi coche. Lo rastrearon hasta mí y se armó la gorda.
Así que el juego era hacerse la indignada. Lista, pensé. —Lo siento, Rita.
—Deberías. Y llama al teniente Overholt de inmediato. Dice que si te entregas las cosas te irán mucho mejor.
—Ya lo llamaré. ¿Alguien más ha llamado?
—Un tal Ted. Llamó varias veces, pero le dije que estabas demasiado ocupada para coger clientes. Ah, y un tipo llamado T.J. dijo que había quedado a comer contigo, pero como no apareciste, supuso que te habías rajado.
—Rita, ¿de verdad crees que el teléfono está pinchado?
—¿Y yo qué sé? —preguntó, haciéndose la inocente—. Querías tus mensajes, ahí los tienes. Cuelga y llama al teniente Overholt. Y, cielo, ten cuidado.