Chapter 10 #3
—Se llama George Crowell —insistí—. Pero puede que haya usado otro nombre por si yo venía a buscarlo. Estaba muy enfadado.
Puse un billete de diez dólares sobre el escritorio, pero él lo rechazó con un gesto de la mano mientras sujetaba la botella de vino con la otra.
—No he visto a nadie, ¿me oyes? Yo me ocupo de mis asuntos. —Vació la botella y se le resbaló de la mano con un estrépito—. No sé nada —murmuró borracho—. Nada, ¿me oyes?
Estaba mintiendo. Quería arrancarle la verdad de su escuálida laringe, pero decidí que hablaría en cuanto se le pasara la borrachera y necesitara otra botella con suficiente desesperación.
Encontré la que tenía escondida en el escritorio y la vacié en la maceta, escribí mi número de teléfono en un papel y se lo metí en el bolsillo de la camisa.
—Llámame si te mejora la memoria. La oferta sigue en pie.
Puso los ojos en blanco y lo dejé como lo había visto por primera vez esa noche: con la cara hundida en el mostrador.
La puerta principal estaba entreabierta, dejando entrar un remolino de aire frío.
La cerré bien al salir. Con todo ese alcohol en la sangre, dudaba que el viejo fuera a congelarse; aun así, no quería que pillara una neumonía antes de contarme lo que sabía sobre Crowell.
Me detuve a cerrarme bien la chaqueta contra el frío salado. El tráfico era escaso y se oía el océano, a dos manzanas de distancia, mordisqueando las playas arenosas. Las farolas eran manchas borrosas, prácticamente inútiles, y olí a la mujer antes de verla acurrucada contra el edificio.
Me alejé, pero ella salió disparada, con el chal andrajoso revoloteando como alas oscuras, y me agarró del brazo.
—Necesito un trago, solo un traguito. —Su aliento me golpeó en la cara, caliente y pútrido—. No tomo esas drogas asquerosas, no señora, no las tomo. Solo un poco de vino para calmarme el estómago.
—Lo siento. —Intenté soltarme, pero ella se aferró.
—¿Un dólar? Con un dólar me basta. Algo de dinero tendrás. Te oí ofrecerle a Wellsey.
Asqueada por el contacto físico con la mujer, me aparté bruscamente y ella se tambaleó hacia atrás.
—¡Perra! —gritó—. Altanera y creída, igual que él . Dándole dinero a Wellsey, pero a mí no me quiso dar nada.
Me quedé muy quieta, sin atreverme a tener esperanzas.
—¿Quién le dio dinero a Wellsey?
—Creen que estoy loca, pero no lo estoy —murmuró, retrocediendo hacia el edificio—. Algo tengo que tener, ¿no?
Fui hacia las sombras y la agarré, la zarandeé con fuerza.
—¿Quién? ¿Quién le dio dinero a Wellsey? Te compraré todo el vino que quieras. Dímelo.
—Gordo, era. Ojos de mala persona. Un anillaco rojo en el meñique. «Lárgate, vieja zorra asquerosa», me dijo.
George Crowell. Lo había visto, sin duda, pero ¿cuánto recordaría aquella mente trastornada?
—¿Por qué le dio dinero a Wellsey?
—«Solo quiero hacer una llamada», le dijo a Wellsey. «Olvida que me has visto. Ve a por una botella». Y le dio dinero a Wellsey, pero a mí no me quiso dar nada.
Crowell debía de haberme seguido toda la noche.
Fácil, teniendo en cuenta que él mismo había trazado mi itinerario.
Debió de arreglar que Rinker estuviera en la habitación 315 a una hora concreta.
En cuanto entré en el Down Under, Crowell vino corriendo hasta aquí, me llamó y subió a esperar.
Estaba tan absorta en mis pensamientos febriles que solo escuché parte de su siguiente frase incoherente.
—...conseguí el dinero, lo poco que quedaba.
La miré fijamente, con la emoción palpitándome en las venas.
—¿Cómo lo hiciste?
—Se lo quité. Le birlé la cartera, limpio y sin que se enterara. Pero solo quedaban dos miserables dólares.
Así que debió de ser antes de que subiera a la habitación de Rinker. Cuando salió, Rinker estaba muerto, yo inconsciente, y Crowell había recuperado sus cuatrocientos dólares.
—En cuanto Wellsey se fue, entré y se lo pedí con buenos modales, pero no me quiso dar nada. Le agarré del brazo —dijo con astucia—. Metí la mano dentro de su abrigo y ni se enteró.
Con aquella peste para distraerlo, no me extrañaba.
—Escucha, esto es muy importante —dije—. Después de sacar el dinero, ¿qué hiciste con la cartera?
—Pues la tengo aquí mismo. Una cartera de cuero muy bonita... nunca se sabe cuándo puede venir bien algo así.
—Mira —dije—, te la compro por cinco dólares.
—Nunca he tenido una cartera de cuero —gimoteó.
—Diez dólares —dije, y saqué un billete del bolso.
Alargó la mano con avidez, pero lo retiré.
—Déjame ver primero la cartera.
—No te la llevas hasta que tenga el dinero. Dámelo.
Negué con la cabeza.
—Ábrela y enséñame el carné de conducir para asegurarme de que era del hombre que busco.
La abrió y me la mostró con manos temblorosas. La foto tras la ventanilla de plástico era mala, pero incluso con esa calidad y la escasa luz de la calle, reconocí a Crowell. Le di el billete y le arrebaté la cartera.
De algún modo logré volver al motel. Tenía el estómago revuelto y temblaba. Conseguí abrir la puerta, me metí bajo las mantas y me acurriqué en posición fetal. Caí en un sueño vacío, demasiado reparador para durar mucho.