Chapter 8
OCHO
P asaba de medianoche cuando llegamos a la comisaría, pero la actividad estaba en pleno apogeo.
Sonaban teléfonos. Policías uniformados de negro abarrotaban la zona de recepción, esperando que el procedimiento de registro los liberara de sus prisioneros esposados, cuyas chaquetas de cuero los identificaban como Sidewinders.
Los policías parecían sombríos y exhaustos; los Sidewinders sangraban en el suelo mientras gruñían maldiciones y amenazas.
En el rincón, una anciana se mecía en un banco de madera dura, con lágrimas que le resbalaban en silencio por el rostro.
Ralph había dicho que quería mi declaración mientras aún la tuviera fresca.
Ambos sabíamos que mi historia se había desmoronado.
En apariencia, todo era tan condenadamente simple.
Un hombre me había contratado para encontrar a su sobrina, y en el proceso me había topado con una habitación donde el asesino de Jack yacía con un cuchillo en la espalda. Simple, desde luego. Demasiado simple.
Paul Rinker estaba muerto. Muerto. Era lo que había querido, lo que había soñado. Debería sentirme eufórica, aliviada, algo. Mi larga y agonizante búsqueda había terminado, y la justicia había llegado. Entonces, ¿por qué no sentía nada más que un horrible escalofrío de mal presagio?
Dejamos atrás la confusión de la zona de recepción, atravesamos un laberinto de escritorios y recorrimos un pasillo pintado de verde institucional.
Savoni abrió la puerta de una pequeña habitación con una mesa y sillas.
Me detuve en el umbral mientras el escalofrío de mi espalda bajaba unos cuantos grados más.
—Esta es una sala de interrogatorios —dije.
—Aquí se está tranquilo —me dijo Ralph—. ¿Prefieres hablar ahí fuera, en medio de todo ese jaleo?
—No sé por qué tenemos que hablar. Ya te lo he contado todo.
—Solo hay que atar algunos cabos sueltos. En eso consiste el trabajo policial. Lo sabes, Delilah. Vamos, sentémonos. Me duelen los pies.
Se acomodaron al otro lado de la mesa, frente a mí.
—De acuerdo —Ralph se frotó los ojos—. Repasémoslo de nuevo.
Me senté en el borde de una silla dura y recta.
—Ya lo hemos repasado dos, tres veces. Estaba buscando a la chica Crowell...
—Cuya foto ha desaparecido misteriosamente —intervino Savoni.
—Cuya foto fue robada junto con un anticipo de cuatrocientos dólares.
—Un ladrón muy selectivo —se burló Savoni—. Dejó una cartera llena de tarjetas de crédito. ¿De verdad espera que nos traguemos una historia tan inverosímil, Sra. West?
—Vamos, Vic —dijo Ralph con paciencia—. Creo que Delilah está siendo sincera con nosotros.
—Y una mierda, Ralph.
—Pueden dejarlo ya —dije con cansancio—. Conozco esa rutina del poli bueno y el poli malo.
Savoni se encogió de hombros y rebuscó en su bolsillo un caramelo.
—Si de verdad quieren aclarar esto, llamen a George Crowell —les dije. Al diablo con la confidencialidad del cliente—. No recuerdo su número de teléfono, pero su dirección está en algún punto de Lemongrove Drive, en Tustin.
Ralph le hizo un gesto a Savoni.
—Adelante, búscalo, Vic. Y de paso, consulta con el laboratorio.
Cuando Savoni se fue, Ralph enganchó el pie en una silla, la arrastró hacia él y apoyó los pies. Encendió un cigarrillo y bostezó.
—Larga noche.
Me masajeé las sienes.
—Ralph, ¿podría tomar un par de aspirinas? Me está matando la cabeza.
Asintió, bajó los pies de la silla y se levantó con esfuerzo.
—Vuelvo en un minuto.
Crucé los brazos sobre la mesa, apoyé la cabeza contra ellos con cuidado y cerré los ojos. El dolor pulsaba en oleadas gigantescas que barrían la razón como las olas allanan la arena. Respira hondo, me dije. No entres en pánico. Piensa, por el amor de Dios.
Paul Rinker estaba muerto. Alguien le había clavado ese cuchillo en la espalda.
Alguien había logrado lo que yo no había podido hacer, y que se pudra en el infierno , pensé con amargura.
Ahora sabía lo que había sentido desde que me había plantado ante aquel cuerpo grotescamente despatarrado en la cama y lo había reconocido como el asesino de Jack. Me sentía frustrada, estafada, y...
Ralph me puso la mano en el hombro.
—Delilah, ¿estás bien?
—Sí, solo este dolor de cabeza...
—Toma.
Dejó un vaso de plástico lleno de café sobre la mesa, volcó unas aspirinas de un frasco y me las dio.
Murmuré un agradecimiento y me tragué las pastillas con el líquido caliente. Dejaron un regusto amargo que se mezcló con el familiar sabor acre del café de comisaría.
—¿Savoni logró comunicarse con George Crowell?
—Está en ello.
—Ralph, me parece que solo hay una explicación lógica de por qué falta la foto de la chica Crowell.
¿Habría visto el dinero como una vía de escape? ¿Qué clase de desesperación la habría llevado a un acto tan brutal?
—Cathy se la llevó.
—He pensado en eso. De hecho, ahora mismo es mi sospechosa número uno.
No tuve que preguntar quién era la número dos.
—¿Emitiste una orden de búsqueda? —Había descrito a la chica basándome en mi recuerdo de la fotografía mientras veníamos del hotel.
Mientras Ralph asentía, pensé en cómo se sentiría George Crowell cuando se enterara de que su sobrina era sospechosa en un caso de asesinato.
Él era mi cliente. Al margen de mis sentimientos personales, tenía cierta responsabilidad hacia aquel hombre—.
Espero que recuerdes que es solo una cría, Ralph.
Quizá fue un accidente o defensa propia.
Mezclarse con un hombre como Paul Rinker...
Me interrumpí y miré fijamente el café turbio.
—Ralph, todavía tienes dudas sobre mi historia, ¿verdad?
—Soy policía. Me pagan por tener dudas.
—Ojalá pudiera decirte algo que las aclarara. He sido honesta, por muy descabellado que suene todo.
—¿De verdad? Escucha, Delilah, Jack y yo nunca fuimos íntimos, pero lo respetaba y le debo unas cuantas.
Así que voy a olvidarme de que soy policía por un minuto y hablarte como amigo.
Consíguete un abogado, Delilah. Ahora cállate y escucha.
No digo que estés mintiendo. Pasan cosas raras, sí.
Pero supongamos que la pequeña Cathy Crowell está en casa durmiendo y...
—¡Dios! —exclamé—. ¿Cómo no se me ocurrió antes? No, no que esté en casa durmiendo, sino que si entró en pánico, quizá llamó a su tío. Si él me llamó... ¿Puedo usar el teléfono? Quiero comprobar mi contestador.
—Por supuesto. Sabes que tienes derecho a una llamada. Hay un teléfono público afuera. Voy a ver cómo le va a Savoni. Pero, Delilah, si Crowell no ha llamado, consíguete un abogado. ¿Qué tienes que perder?
¿Y de qué serviría? ¿Podría un abogado cambiar los hechos?
¿Podría dar una razón sólida de por qué estaba yo en esa habitación de hotel con el cadáver frío y ensangrentado del asesino de Jack?
Cogí el bolso y seguí a Ralph hasta la puerta.
Señaló el teléfono público y me dejó rebuscar una moneda y marcar el contestador.
Rita contestó al primer tono, tan animada como si no fuera plena madrugada.
—Soy Delilah —dije—. ¿Algún mensaje?
—Ted Lacey llamó varias veces. Quiere que le devuelvas la llamada.
—¿Alguien más?
—No. Bueno, Midge estuvo en la centralita de siete a once. Es bastante fiable, pero puedo comprobarlo si es importante. ¿Pasa algo, cielo? Tienes una voz horrible.
—Rita, esto es importante. ¿Estás segura de que no recibí una llamada de un hombre llamado Crowell, George Crowell?
—No. Como te dije, puedo comprobarlo. ¿Dónde estás? ¿Estás bien?
—Estoy en Los Ángeles, en la comisaría de Westside. Estoy bien, Rita, pero ha sido una noche dura. Encontré al hombre que mató a Jack.
—¿ Lo encontraste ? ¿Te topaste con él en ese trabajo que mencionaste? Gracias a Dios que la policía lo tiene. ¿Cómo demonios lo conseguiste?
—No fue mérito mío como detective. Está muerto, Rita. Encontré su cadáver.
—¡Dios mío! Bueno, al menos se acabó.
—No del todo. Hay algo más. Parece que estaba metido con la chica que estoy buscando. Menuda coincidencia, ¿no?
—La policía no pensará que tú... Olvídate de tu ética y haz que llamen a tu cliente para confirmarlo.
—Están en ello, pero alguien me quitó la información del caso del bolso.
—¿Mientras hacías qué? Delilah, no me lo estás contando todo.
Una puerta se abrió al fondo del pasillo. Savoni vino hacia mí con una sonrisa de satisfacción. Llevaba un sobre marrón abultado en las manos. Ralph lo seguía con gesto sombrío.
—Te llamo luego, Rita —dije, y colgué con las manos sudorosas.
Ralph abrió la puerta de la sala de interrogatorios y esperaron a que entrara primero.
Un silencio denso se instaló mientras Savoni me señalaba una silla, se sentaba al otro lado de la mesa y dejaba el sobre entre nosotros.
Desenvolvió un caramelo con parsimonia. El celofán crujió, anormalmente fuerte en la habitación silenciosa.
—¿Encontraron a George Crowell? —pregunté.
—Ese cliente suyo, Crowell... —Savoni hizo sonar el caramelo contra los dientes.
—¿Hablaron con él?
—No. Lo curioso de Crowell es que, por lo que hemos podido averiguar, no existe.
—¿No existe? —repetí como una idiota.
Podía ver a George Crowell con toda claridad en mi mente, sentado en mi despacho: el pelo ralo enmarcando un cuero cabelludo pecoso, los ojos pálidos, un enorme anillo de rubí brillando con destellos rojos en el meñique de la mano derecha.
—¿De qué me están hablando? —exigí saber.
—Quizá tenga teléfono privado. Les di su dirección...
—Sí, Lemongrove Drive, dijiste. Otra cosa curiosa: no existe ninguna Lemongrove Drive en Tustin. Así que tenemos agresores que desaparecen. Clientes que desaparecen. Calles enteras que desaparecen. ¿Por qué no nos cuenta la verdad, señora West?
—Les he dicho...
—Nos ha contado un montón de gilipolleces.
¿Por qué no nos dice cómo descubrió que el asesino de su marido se alojaba en el Altmont; cómo esperó hasta que estuviera tan borracho que no se tenía en pie...
diablos, quizá usted misma lo ayudó a emborracharse...
y cómo le clavó un cuchillo en la espalda?
—¡Está loco! —el miedo me recorrió la espalda con un escalofrío helado y tiñó mi voz de desesperación—. ¡Ralph, por el amor de Dios!
—De acuerdo —Ralph aplastó el cigarrillo, juntó las manos formando un triángulo y me miró por encima de ellas—. Delilah, ¿había alguien más cuando viste a Crowell?
—No —como Crowell no había hablado con Rita, ella tampoco podía confirmar su existencia—. No convoco testigos cada vez que entra un cliente.
—Te dio un anticipo. Un cheque, quizá.
—En efectivo. Ya les dije que me dio cuatrocientos dólares en efectivo —que habían desaparecido.
—Solo tenemos su palabra —dijo Savoni con voz suave.
—Tiene razón, Delilah. Así es como lo verá el fiscal. Tenías motivo y oportunidad.
—Me golpearon en la cabeza, ¿lo has olvidado?
—No hay prueba visible de eso.
—¿Lo fingí ? Por Dios santo, me han tendido una trampa.
—Me parece que ya he oído eso antes —murmuró Savoni.
Ralph suspiró hondo.
—No me gusta nada esto, Delilah. Joder, por mí te darían una medalla, pero...
—Alguien me tendió una trampa —dije—. Ese tipo, Crowell, o quienquiera que demonios sea. Tiene que ser él. ¿Crees que soy tan estúpida como para contarte una historia falsa que puedes echar abajo tan fácilmente?
—No estabas pensando con claridad. Fue una experiencia muy traumática. Dijiste lo primero que se te pasó por la cabeza y luego ya no pudiste echarte atrás.
—Al fin y al cabo, no esperabas que te pillaran —Savoni esbozó una sonrisa de oreja a oreja. Estuve tentada de decirle que tantos caramelos le estaban pudriendo los dientes.
—¿Qué te parece si lo repasamos otra vez? —dijo Ralph—. Dinos la verdad, Delilah. Quizá hubo circunstancias atenuantes.
Sentía un hormigueo por todo el cuerpo, como si me hubieran desollado y dejado las terminaciones nerviosas en carne viva. Savoni no había terminado conmigo. Observé cómo sus dedos acariciaban los bordes del sobre marrón y lo supe.
Respiré hondo para tranquilizarme y me obliqué a decir con calma:
—He sido sincera contigo, Ralph. Mira, estás basando gran parte de esto en la premisa de que miento sobre la chica Crowell. Debo de haber hablado con cien personas esta noche y les enseñé la foto de Cathy. Puedes comprobarlo.
—Cualquiera puede enseñar una foto y ponerle un nombre —dijo Savoni.
—Entonces, ¿qué pasa con la sangre? Dios mío, sangró como un cerdo. ¿Cómo es que no me manchó nada?
—Es un buen argumento. Lo comprobaremos con el forense —Ralph parecía impresionado.
Savoni no.
—Hay una cosa más —dijo—. Echa un vistazo a esto.
Volcó el sobre marrón sobre la mesa. Un cuchillo cayó con estrépito. Tenía un mango de teca liso y una hoja brillante manchada con motas de un rojo herrumbroso. Lo miré fijamente y el vómito me subió a la garganta, caliente y ácido.
—¿Lo reconoces?
—No —dije con voz apagada.
Era la primera mentira que había dicho en toda la noche.