La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Darien
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Darien

DARIEN

Nathan se desintegra entre los brazos de Lilith.

Lo que queda de él son poco más que cenizas e, igual que las cenizas, el viento se encarga de soplar para esparcirlas, para convertirlo en solo un recuerdo que ya ni siquiera pueden aferrar.

Unas pequeñas partículas todavía flotan en el aire, les acarician las mejillas.

Algunas juegan a intentar enredarse en el pelo de Lilith y luego se marchan volando.

No queda de él nada más allá de la ropa que la celestial todavía sostiene, roja como la sangre, y ese colgante con forma de estrella que trata de sujetar con dedos temblorosos.

Darien lo ve todo como si no estuviera pasando, como si fuera la visión de otra persona, una en la que permanece de observador. Su prima solloza, pronuncia el nombre del brujo como un salmo, abraza sus prendas contra su pecho hasta que parece que esté herida de muerte.

Sabe que lo está. Los dos lo están.

Por eso, tras el impacto inicial, llega el dolor.

El necromante lo siente acercarse, frío, como una sombra.

Le muerde el pecho, apaga cualquier otro sentimiento.

Nathan se ha ido. Las lágrimas empiezan a caer.

Nathan no va a volver. Los hombros empiezan a temblarle.

Nathan ha preferido morir antes que dejar que Lilith desapareciera.

—No. —La voz de su prima sale entrecortada, ahogada porque tiene medio rostro hundido en esa camisa vacía que nadie va a volver a llenar—. No tenía que ser así. No tenía que ser así…

Sus palabras se pierden, se transforman en poco más que una respiración áspera, entrecortada.

Se ahoga. Darien la ve encogerse sobre su estómago y sabe que lo único que puede hacer por ella es caer a su lado y abrazarla, sostenerla hasta que pase lo peor de la tormenta.

Permitir que se rompa y mantener los trocitos cerca para que no se pierdan.

Quizá por eso él mismo se contiene. Llora, pero no se permite perder el rumbo.

Nota las grietas en su interior, tan parecidas a las que han dejado Nathan y el Amuleto detrás de ellos.

Nota la forma en la que se le contrae el corazón, en la que el pecho se le cierra, pero se obliga a aguantar el golpe.

—No es justo, no es justo, no es…

No lo es. Pocas muertes lo son y ninguna de las que han sucedido ese día pueden serlo.

Pero suceden y seguirán sucediendo. Y el día en el que les toque a ellos, tal vez tampoco lo sean.

Pero no quiere decirle eso a Lilith, sabe que no es lo que necesita, así que la insta a apoyar la mejilla en su hombro y sigue sosteniéndola.

Al principio ni siquiera se da cuenta de lo que pasa.

El dolor lo aturde, le nubla los sentidos, así que no es consciente de que, pegada a la ropa, todavía queda un poco de la calidez de Nathan.

No es una calidez real, sino que es algo que percibe gracias a la magia que ahora le corre por las venas.

Una energía que va acumulándose hasta formar una esfera del tamaño de su puño.

Durante un momento, se queda contra el pecho de Lilith, como si le gustase que ella la acunase.

Como si quisiera quedarse ahí, con ella, con ellos.

Por ese pequeño momento, vuelven a estar juntos.

Darien aprieta los párpados, con las lágrimas cayendo con más fuerza.

Así, cuando la oscuridad lo rodea, cuando pierde de vista los cuerpos caídos, las murallas destruidas, es más fácil fingir que están en otro lugar.

Que se han vuelto a reunir junto a la Fosa de los Infieles y se abrazan.

Que es Lilith la que los invita a ese abrazo.

Que, por unos segundos, todo está bien. Así es más fácil fingir que son tres niños, que siempre van a ser los tres niños que se criaron juntos en el Templo.

Los que iban juntos a todas partes, los que jugaban a que eran otras personas, los que aprendieron a nadar juntos en el lago, los que rompían las reglas, pero siempre de la mano.

Los niños que se sentaban en un rincón del claustro a escuchar las historias de Adam y los jóvenes que se tumbaban juntos a ver las estrellas la Noche de los Milagros.

Son los niños que aprendieron a soñar juntos, los jóvenes que dejaron de contarse sus sueños y ahora son los adultos de los sueños rotos. Los que ya no van a estar juntos nunca más. Los que, de una forma u otra, se perdieron por el camino.

Darien solo abre los ojos cuando la siente llegar.

Muerte camina sin hacer ruido, con los pies descalzos.

Tiene la apariencia de una niña con un vestido de mariposas y el pelo blanco que se supone que comparten los cuatro dioses.

Sus pasos la llevan primero junto a Astrey y, con un gesto, recupera de su interior una pequeña esfera roja que se guarda entre las alas de los insectos que le cubren la piel.

Se queda un momento junto a la pareja de brujos, pero no hace nada más.

Él sabe que la mujer está viva, puede escuchar su corazón latir con lentitud desde donde está, así que Sikil también tiene que saberlo.

Por eso, al final, con la ligereza de una bailarina, se vuelve hacia los tres amigos.

Sus ojos se encuentran y Darien cree ver algo parecido a la pena en ellos.

—Es hora de irse —murmura la diosa.

La esfera tiembla contra su cuerpo y él tiene la tentación de sujetarla, de no dejarla ir.

Quiere pedirle a Muerte que lo deje con ellos un poco más, quiere decirle que todavía no están preparados para dejarlo ir, que no se han despedido.

Quiere pedirle a su diosa que le dé otra oportunidad, que entienda que todo lo que ha hecho lo ha hecho por amor.

Pero con un gesto de sus pequeños dedos, la esfera escapa de su agarre y vuela hasta los brazos de Sikil.

A Darien le parece ver la silueta de Nathan en el siguiente parpadeo.

Durante el resto de su vida, recordará ese momento y estará seguro de que su amigo estaba allí, entre los restos del caos, y miró hacia atrás.

Lo miró a él a los ojos y sonrió como lo hacía antaño, como el niño que nunca se cansaba de hacer travesuras.

Después, echó a andar como si supiera exactamente a dónde tenía que dirigirse antes de desaparecer.

Darien trata de limpiarse los ojos con una mano. Trata de enfocar a su diosa, que todavía lo observa, como si supiera que tiene algo que decir.

—Deja… Deja que se encuentren de nuevo —susurra por debajo del llanto de Lilith, por debajo del sonido de su propio corazón—. Permíteles ser felices.

Sabe que ni siquiera su diosa puede prometer algo así, que no depende de ella, que hay más dioses en juego. Pero la niña cabecea.

—Veré qué puedo hacer.

Eso es todo. Y Darien está dispuesto a contentarse. Por eso la deja marchar. Por eso aprieta a Lilith con más fuerzas y susurra contra su oído:

—Estará bien. Estoy seguro de que estará bien.

Es un deseo lanzado a las estrellas, no una promesa, pero sienta bien decirlo, aunque no sabe si su prima lo escucha, porque no llega a decir nada. No llega a moverse y todavía sujeta la ropa y el colgante contra ella.

Sigue sujetándolos, más callada, aunque igual de ausente, cuando Derek y Dyne llegan, tan solo un par de minutos después.

Darien los siente acercarse antes incluso de mirar hacia atrás y verlos ralentizar el paso al darse cuenta de que todo está demasiado quieto, de que hay demasiada muerte en ese lugar.

Están heridos, manchados de tierra y polvo, pero Derek parece entero, así que supone que lo han conseguido.

Ammarah de Daiva también es una luz apagada y el sacrificio de Ishtar no fue en vano.

Derek traga saliva, sobrecogido.

—¿Qué…?

Pero él ni siquiera le permite terminar su pregunta:

—Caleb —nombra con la voz ronca—. Ayudad a Caleb.

Si Derek ha recuperado la movilidad, también tiene que haber recuperado sus poderes, y los necesitan.

Darien está demasiado débil. Para entonces, las heridas son un dolor sordo al que se ha acostumbrado y, por primera vez, da gracias por la maldición de Destino.

Está seguro de que, de otra forma, ya se habría desmayado.

Puede que no le falte mucho para hacerlo, porque es consciente de toda la sangre que ha perdido, de que tal vez necesite que le curen, porque los bordes de su visión a veces se diluyen, le faltan las fuerzas y la cabeza le da vueltas cuando se mueve rápido.

Derek da un respingo y se apresura a mirar alrededor en busca de su amigo.

Darien sabe que sigue vivo porque no ha dejado de centrar parte de su atención en él en todo ese tiempo, pero no sabe en qué condición se encuentra.

Por suerte, los recién llegados se apresuran hacia él como si de pronto fuera lo único que importase.

Darien solo repara entonces en el objeto que aguarda a unos pasos de él. El Amuleto del Tiempo está detenido, no muy distinto a un reloj cualquiera, demasiado callado para ser capaz de convocar tanto dolor con solo mover sus manecillas.

Pero esa ha sido la última vez. Va a asegurarse de ello.

Se aparta de Lilith lo suficiente para tomarle el rostro y dejar un beso en su frente.

La muchacha ya no llora, como si se le hubieran acabado las lágrimas, aunque tiene las mejillas empapadas.

Ella no se fija en él en ningún momento, sino que tiene los ojos puestos sobre la estrella de Adam.

Puntuándolos hay un par de arrugas que antes no estaban ahí y Darien no puede evitar repasarlas con el pulgar, pero su prima ni siquiera reacciona con esa caricia. Está triste, rota, perdida.

Él también lo está, pero sobre todo se siente agotado.

El sol sigue brillando, aunque la escena tiene un cariz apagado cuando se mueve hacia el Amuleto.

Lo mira y, durante un momento, le parece escuchar algo.

Una voz dice su nombre y él se plantea cogerlo; llega incluso a imaginarse cómo sería tenerlo.

Si lo tomase del suelo ahora, podría cerrar el círculo y devolvérselo al alma de Chronos.

O incluso podría quedárselo él. Podría cambiar la historia, hacer que sea Tara quien lo use por fin.

Sería una justa retribución, la manera de compensarla por no haber tenido control sobre su propio tiempo.

Quizá incluso llegue a imaginarse usándolo.

Se pregunta si el poder del tiempo se parecerá más al de los necromantes o al de los celestiales.

Se pregunta si habría alguna forma de recuperar algo de lo que ha perdido.

A Nathan, a Ishtar, a Adam. Si puede convertir doce años en veinticuatro o treinta y seis o…

Su mano encuentra el metal casi a ciegas y cierra los dedos alrededor de la empuñadura de la daga de Muerte. Está seguro de que la aprieta con más fuerza de la necesaria, pero de pronto le tiembla la mano.

Cuando levanta el arma del suelo, le parece que nunca había pesado tanto.

¿Estás seguro de lo que quieres hacer, Darien Veriz? Conmigo tus deseos estarían al alcance de tu mano…

Darien no sabe si se imagina la voz. No es como nada que haya escuchado antes, pero podría ser una fantasía de su mente exhausta.

Podría ser su cabeza jugándole una mala pasada, insistiendo en ofrecerle cosas que sabe que están fuera de su alcance.

El necromante alza el puñal. Ese objeto tiene que ser destruido.

Ese objeto es, en parte, culpable de sus propias maldiciones.

Mil años lleva en el mundo y mil años es también el tiempo que su alma lleva atormentada.

Mil años dura ya la partida de los dioses que están jugando con Caleb y con él.

¿Y crees que dejarán de jugar si me destruyes? No, solo tendrás un aliado menos.

Darien baja el puñal cuando se niega a escuchar más mentiras, pero también lo hace Tara, que quiere descansar al fin; también lo hace Nevan, que perdió a su amante antes de tiempo por culpa del Amuleto.

Darien baja el puñal, pero lo hace con la fuerza de Ezra y Lev y Hela y cada una de las vidas que han vivido atormentadas durante todo ese tiempo.

El golpe le resuena en los huesos, hace que le castañeen los dientes.

El cuchillo se rompe por la mitad con un chasquido y varios trozos repiquetean sobre el suelo.

Darien contiene la respiración y se queda muy quieto, esperando, pero un segundo después, una grieta empieza a crecer sobre la superficie del Amuleto.

Sigue con la mirada cómo se divide, cómo se ramifica, cómo parece muy superficial, pero cada vez se hace más y más honda y, con un último tictac que lo condena, se parte en mil pedazos.

Solo un segundo después lo hacen también las espadas destinadas a protegerlo, a luchar por él, desprovistas de todo su sentido.

Las ve, las escucha y, un segundo después, contempla cómo la energía contenida de todos los objetos se escapa convertida en mil esferas diminutas, mil espíritus que se mezclan con el aire y se alejan hacia el cielo como pétalos caídos que el viento se lleva lejos.

Darien suelta lo que queda de su puñal y se deja caer con un sollozo en la garganta y el corazón tan roto como el legado de ese dios al que amó en otra vida.

Mil años de historia se disuelven a su alrededor.