Epílogo
Muerte estaba allí cuando el bebé abrió los ojos por primera vez.
Ocurrió la noche después de que las murallas del Sacro Reino cayeran, porque no quería hacer esperar más a la energía ansiosa y vibrante, deseosa de vivir una nueva existencia, que llevaba entre los dedos.
Ni siquiera tendría por qué haberse quedado a ver el momento del alumbramiento, pero lo hizo.
En ocasiones como aquella no podía evitar sentir curiosidad.
En ocasiones como aquella le gustaba observar la nueva vida e imaginar a dónde podría llegar.
La criatura nació a pocos minutos de la medianoche, acompañada de un llanto tan escandaloso que dejó claro desde el primer momento que en el futuro se negaría a pasar por aquel mundo de puntillas.
La diosa se acercó a ella después de que la partera la dejara en brazos de su madre, pero nadie fue consciente.
Tampoco se percataron de la caricia que abandonó sobre sus rizos apelmazados y que dejó tras de sí un mechón blanco por el que más tarde su madre se preocuparía.
La niña, sin embargo, lo exhibirá con orgullo años más tarde: se trenzará la parte albina para que destaque todavía más contra el pelirrojo del resto de sus cabellos y proclamará ante quien quiera escucharla que fue bendecida por los mismísimos dioses cuando nació.
Tendrá razón, aunque no lo sepa, aunque nunca recordará a la diosa que se inclinó sobre ella y le susurró:
—Aprovecha esta vida.
La muchacha no tendrá constancia de ese encuentro al crecer, pero, como si el mensaje hubiera calado en su alma, se tomará muy en serio vivir cada instante de esa existencia.
Su madre le dirá a menudo que aprendió a correr antes que a andar, que siempre le soltaba la mano para explorar ese mundo que en los primeros años se redujo a las calles cambiantes de Damira.
Entre sus callejones empinados y laberínticos hace sus primeros amigos y con ellos juega al escondite, a perseguirse y atraparse, a crear nuevos mundos y ser otras personas utilizando su imaginación; en el puerto se congracia con los marineros recién desembarcados que están dispuestos a contarle historias de otras tierras, de otros tiempos, de grandes tesoros e islas que se hunden en el mar.
De ellos aprende las palabras por las que la castigan sus padres, pero también a pescar, a diferenciar las partes de los barcos y el funcionamiento de las velas, a regatear y salirse con la suya.
La muchacha del mechón blanco crece soñando con viajar, con recorrer todo el mapa que hay en un viejo libro que pertenece a su madre.
Sentada junto a ella, en la mesa de su estrecha cocina, mientras el pan está en el horno y la sopa y los guisos burbujean, aprende a anhelar el mundo que le muestra y del que suele contarle un sinfín de historias.
Muchas veces ficticias, pero a veces también reales, sobre los gobernantes del pasado y el Evren de su presente.
Allí descubre que sus padres nacieron en el Sacro Reino de Daiva, pero que tuvieron que abandonar su hogar cuando la antigua reina ordenó que todo el pueblo se convirtiera a su fe.
Se marcharon de allí juntos, de la mano, cuando ella ya estaba en el vientre de su madre, y llegaron a Odelia con la esperanza de una nueva vida.
Eso tarda en comprenderlo, porque el mundo en el que crece la joven es muy diferente a ese que un día conocieron sus padres.
En su mundo no hay naciones protegidas por murallas divinas y cualquiera puede ir a donde desee, aunque a veces escuche ecos de conflictos entre brujos y celestiales.
En su mundo, Daiva y Odelia no están en guerra, igual que no lo están Orlaith o Ilan o Arsay.
Las gobernantes de Evren son justas y el pueblo no necesita tenerles miedo.
Ella, al menos, no teme a la Emperatriz Viuda, que ha fundado escuelas, bibliotecas, universidades y teatros por todo el Imperio y que se dice que siempre abre las puertas de su palacio a cualquiera que lo necesite.
De todos modos, a la muchacha no le interesa tanto la política como las aventuras y las historias de los brujos, precisamente por eso va a buscar un demonio en cuanto cumple los dieciséis años.
Lo busca en Yuda, allá donde dicen que son más peligrosos, pero no le importa, porque no tiene miedo.
Ha soñado con ese momento desde que era muy pequeña, así que está más que preparada cuando una criatura de piel de carbón y fuego se presenta ante ella.
Le parece distinto a los demás solo porque bromea diciéndole que está seguro de que se han visto antes y que, para asegurarse, tiene que comerse sus ojos, así que ella accede.
Solo cuando ya lo siente dentro, acomodándose en sus recovecos, le pregunta:
—¿Y bien? ¿Nos hemos visto antes?
«Sí, diría que sí».
—¿Cuándo? Es la primera vez que vengo a un nido.
«Quizá en otra vida. ¿No sabes que hay cosas que están condenadas a repetirse?».
Ella resopla ante la idea, pero no se le ocurre qué responder a eso.
En realidad, la perspectiva de que algunos sucesos puedan repetirse le resulta emocionante, algo digno de una de esas historias que le encantaba escuchar cuando era niña, así que decide que quizá esa sea la razón por la que en los siguientes días le parece recordar cosas que nunca ha vivido.
Le pasa en el nido, cuando se encuentra con rostros familiares que no ha visto jamás, y le vuelve a pasar cuando decide cruzar el río Nagar para llegar a Arsay y comenzar ese viaje soñado para recorrer el mapa que se ha aprendido de memoria.
Una noche, por ejemplo, mientras el cielo llora astros, le parece ver a alguien contando estrellas con ella.
Llega a girar la cabeza, esperando encontrar una figura a su lado, pero el lugar está vacío.
Está sola también cuando, al día siguiente, le da la impresión de que alguien la sigue por los bosques, intentando seguirle el ritmo.
Tiene la sensación de haber estado antes en el pequeño poblado quemado y abandonado al que llega unos días más tarde y también cree haber visto antes la pequeña casa con la que se topa al poco rato, donde apenas queda mucho más que el recuerdo de un clavicordio y un enorme árbol en lo que en otro tiempo debió de ser un jardín.
No se detiene ahí. Quiere conocer todo el territorio, así que prosigue su camino y se enamora un poco del pasado mientras camina entre las ruinas de una civilización perdida.
Se imagina viviendo entre ellas, pero al mismo tiempo Evren es inmenso y todavía tiene mucho que ofrecerle.
Quiere viajar hasta Eirwynn y ver sus parajes nevados, ahogarse de calor en los desiertos de Calais, descubrir el arte y la moda de Ilan.
Y, sobre todo, quiere visitar el Sacro Reino, el lugar en el que nacieron sus padres.
Aunque para parte de la población los brujos no son muy bien vistos en sus territorios, quiere conocer la capital, contemplar la basílica y comprobar con sus propios ojos si es cierto que la Reina Santa a veces pasea por las calles como si fuese una ciudadana más, acompañada de una lechuza que la sigue a todas partes y desprovista de joyas más allá de su medallón de celestial y un colgante con forma de estrella.
Está soñando con ello cuando la atacan.
Ocurre mientras está acampada, en medio de la noche.
La hoguera que había encendido se ha apagado para entonces y el aullido la despierta de golpe, pero no es capaz de reaccionar a tiempo de evitar que un lobo inmenso se lance a por ella.
Las fauces alcanzan su hombro y la muchacha grita, desgarrada, un instante antes de conseguir convocar el fuego para herirlo y espantarlo.
Aunque lo logra, el dolor la acompaña el resto de la noche, mientras se acurruca en una rama alta para evitar más animales, incapaz de volver a dormir, pero sin atreverse a ponerse en camino hasta que salga el sol.
Encontrar la casa es un golpe de suerte.
A esas alturas ya sabe que los necromantes suelen vivir en comunidades, pero también que algunos prefieren apartarse de los demás, así que avanza hacia la cabaña con la esperanza de que pertenezca a alguno lo suficientemente amable como para ayudarla con sus heridas.
El lugar no tiene nada de especial, más allá del precioso jardín lleno de flores y el gran árbol donde las cintas de colores bailan en cada rama.
Allí, colgando un nuevo recuerdo, hay una muchacha.
Ella es lo último que ve antes de desmayarse.
Cuando despierta, se encuentra a sí misma tumbada en una cama, en una habitación pequeña en la que el aroma a lavanda le llena los sentidos.
A su lado, sentada en una silla, está la misma chica que le ha parecido ver antes de desplomarse.
Canta una canción venida de mucho tiempo atrás mientras cose.
No se ha dado cuenta de que la muchacha del mechón blanco ha despertado, así que por unos segundos esta tan solo la contempla.
Su anfitriona es joven, quizá de su edad, y tiene los ojos castaños más grandes que ha visto nunca, del color de la tierra mojada.
Casi del mismo tono son sus cabellos, rizados y cortados a la altura de los hombros, recogidos por una pañoleta verde a modo de diadema.
Recorriéndole la clavícula, descubriéndola como necromante, el tatuaje blanco de una enredadera destaca contra su piel morena.
Aun así, lo que más le llama la atención es la mancha pálida que ve en su mejilla izquierda. Le recuerda a una constelación, aunque no sabría decir a cuál.
Es preciosa.
La muchacha se da cuenta de que ha abierto los ojos solo cuando alza la vista y sus miradas se encuentran. En cuanto ocurre, la pelirroja siente que algo se le mueve dentro, que se revoluciona, casi como si su demonio quisiera robarle el control.
No es eso. Solo es su corazón, que da un brinco que no entiende.
—¡Estás despierta! —La voz de la necromante es casi tan cantarina como la melodía que ha dejado de tararear—. ¿Cómo te encuentras?
La bruja traga saliva, incapaz de dejar de mirar en esos ojos oscuros, tan distintos a los suyos, azules y claros. Tarda en recuperar las palabras y, cuando las encuentra, perdidas en algún lugar de su estómago, solo es capaz de decir:
—Me has salvado la vida.
La otra chica parpadea, sorprendida, como si acabara de hacer la declaración más impactante del mundo.
Después, divertida, esconde una sonrisa tras la mano y la otra muchacha se pregunta de inmediato cómo será el gesto que esconde bajo sus dedos.
Tiene el impulso irracional de apartarle la mano y verlo, aunque se siente ridícula en cuanto es consciente de ese pensamiento.
—Creo que eso es un poco exagerado, pero me alegro de que estés bien. ¿Cómo te llamas?
—Asra. —La respuesta es tan rápida que casi se atraganta con ella. No sabe por qué se siente tan inquieta, tan torpe—. Me llamo Asra.
—Es un placer, Asra. —A la muchacha parecen hacerle gracia sus nervios, pero aun así le tiende la mano—. Yo soy Estel.
Nunca había aceptado más rápido un apretón, ni siquiera al hacer su Trato.
En cuanto sus dedos se cierran alrededor de la piel de la necromante, siente un estremecimiento nuevo, una energía que le sube por la palma, le recorre todo el cuerpo hasta los pies y deja una calidez extraña dentro de su pecho.
Es casi como volver a hacer un Trato. Se siente igual, como algo mágico e irreversible.
Como si su vida acabara de quedar irremediablemente ligada a la de esa muchacha.
O como si siempre lo hubiera estado.
Por un segundo, Estel mira su apretón, como si ella también lo hubiera notado.
Es solo un instante antes de que las dos se suelten y la necromante se ponga en pie carraspeando.
Se alisa el vestido verde y Asra se percata entonces de que hay más enredaderas inscritas en sus brazos, marcándole la piel.
Es consciente de que esos tatuajes son lo que queda de las cicatrices de aquellos que se convierten en necromantes, así que no puede evitar preguntarse cuántas heridas más esconde y cómo se las hizo.
Es solo una de las muchas cosas que de pronto le gustaría saber sobre ella.
—¿Tienes hambre? —le pregunta Estel—. Mi padre ha preparado algo de desayuno.
Asra titubea, al principio sin saber qué decir.
Se supone que estaba en medio de un viaje, que no quería detenerse demasiado en ninguna parte, que tiene mucho que ver y descubrir, pero hace tiempo que no conversa con nadie más que con su demonio y no come más que lo que caza y recolecta por el camino, así que la idea de sentarse a una mesa, con otras personas (con esa persona) consigue emocionarla más de lo que debería.
Si se queda, podrá hablar un poco más con ella.
Si se queda, quizá descubra la historia de sus cicatrices o consiga ver cómo es su sonrisa cuando no la esconde.
Sí, tiene hambre.
Pero, sobre todo, tiene todo el tiempo del mundo.