La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Nathan
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Nathan

NATHAN

El presente regresa con el impacto de Lilith contra el suelo.

Nathan todavía tarda unos segundos más en asentarse en él, en sentir que el mundo que lo rodea es real, como si le hubieran arrancado de otro de golpe.

Le duele la cabeza, le pitan los oídos y siente ganas de vomitar, pero se las traga.

El Amuleto del Tiempo sigue en su mano, tan ardiente que está seguro de que le dejaría marca si no tuviera resistencia al fuego o si no fuera el legítimo Portador; en la otra mano todavía aferra con fuerza a Dysnomia.

Cuando alza la vista, la ve.

Lilith es solo un fardo caído a unos pasos de él, una figura encogida sobre sí misma.

Eunomia también está tirada en el suelo, pero lejos del alcance de la santa: se encuentra en el mismo lugar en el que hace unos minutos estaba su dueña y Nathan no entiende por qué.

Lilith debería haberla empuñado. Debería haberlo atacado, pero no lo ha hecho.

Aunque la última vez que se vieron se despidieron con la promesa de una batalla.

Aunque siempre ha dicho que mataría al Portador y ahora él lo es.

Nathan traga saliva, sin comprender nada, mucho menos a ella.

Todo pasa lento, a fragmentos, a parpadeos, pero aun así da un par de pasos hacia delante.

No, no la entiende. Está seguro de que lo ha abrazado, porque todavía siente el fantasma de su agarre en torno a su cuerpo, pero eso no tiene sentido.

—¿Lilith?

Su nombre le sale como la primera nota de un músico, temblorosa y dubitativa.

Cuando se acerca un paso más, se da cuenta de que el cuerpo de su vieja amiga parece un poco más pequeño de lo normal, que está demasiado encogido y la ropa le queda un poco más grande.

No se mueve, pero temblequea. Su cabello, siempre tan rubio y brillante, ha perdido todo el lustre y ahora es grisáceo, quebradizo, mucho más fino.

Puede verle el cuero cabelludo a través de los mechones ajados.

Puede ver el dorso de su mano, lleno de arrugas, de manchas.

Debajo de la piel, los huesos son más visibles que nunca; los nudillos, más protuberantes; las uñas, amarillas.

Nathan lo entiende todo de golpe.

—¡Lilith!

Esta vez el nombre es un grito que suelta justo antes de tirar a Dysnomia y dejarse caer al lado de su amiga.

No le cuesta nada tomarla entre sus brazos, pero le horroriza lo que encuentra cuando la mueve: un rostro consumido, anciano, repleto de surcos profundos.

Sus ojos azules se han vuelto mucho más opacos y pequeños, enmarcados por bolsas y arrugas.

Uno de ellos ni siquiera debe de ver, porque no lo enfoca.

Su boca también se ha hecho más fina y tras ella ya no se esconden todos sus dientes; algunos se han caído, otros están podridos.

Es Lilith, pero no lo parece.

Es Lilith, pero a cada segundo se consume un poco más.

—¡¡¡Lilith!!!

No es Nathan quien grita, demasiado bloqueado como para reaccionar siquiera, sino Darien.

Se acerca cojeando, aunque vuelve a caer al suelo a medio camino, demasiado magullado.

A la distancia a la que se encuentra, sin embargo, consigue ver a su prima, distinguir su aspecto.

Nathan alza la mirada hacia él a tiempo de ver cómo cambia su expresión. El horror. La incredulidad.

—¿Qué has hecho?

—No, no he sido yo, yo no…

Pero calla, incapaz de decir nada. Sin querer decir nada, porque lo único que quiere es fijarse de nuevo en Lilith. La pierde. La está perdiendo. Cada segundo que pasa es tiempo que se va.

Ignórala, dice sin embargo la voz del Amuleto en su cabeza. Es como un aguijón que se le clava en la nuca. Sabes lo que tenemos que hacer.

Matar a Tara. La solución es matar a Tara…

No. No, ¿por qué iba a hacerlo? ¿Por venganza hacia los dioses?

No. No, qué estupidez. A él no le importa Tara, no le importa Chronos.

A él no le importan todas las vidas que se han perdido por aquel amor del pasado ni el mundo que podría haberse creado si tan solo un dios nunca se hubiera enamorado de aquella humana.

¿Y por qué evitaría ese romance? ¿No sabe él mejor que nadie lo injusto que es que otros se interpongan entre dos personas que se aman?

Quizá Chronos y Tara sufrieron, quizá se condenaron a sí mismos y después condenaron al mundo con su amor, pero al menos se conocieron, tuvieron tiempo juntos, vidas enteras en las que reencontrarse después. ¿Por qué él destruiría eso?

¡No seas estúpido! ¡Escúchame!

«No lo hagas. Sálvala».

Adriel aparece entre la neblina en su cabeza como si volviera a mostrarse ante él en medio del nido de Yuda y lo ancla a ese momento, a sus propios deseos.

Como la extensión de sí mismo en la que se ha convertido, le recuerda quién es.

«No podemos salvar a todo el mundo, Nathan. No sabemos cómo resultaría volver atrás, a cualquier momento, ni los efectos que provocaríamos después. Pero al menos podemos salvarla a ella».

Y eso es lo que ha querido durante todo ese tiempo.

Esa es la razón por la que puso el Amuleto en marcha por primera vez: para salvar a alguien.

Adam podría perdonárselo todo, quiere pensar que se lo perdonaría todo, pero siempre ha sabido que nunca le perdonaría que dejara que algo le ocurriera a Lilith.

Y él tampoco podría perdonárselo a sí mismo.

No quiere que esa sea otra de las cosas que no puede perdonarse, no quiere arrepentirse de ese momento. No va a hacerlo.

Tiene que tomar una decisión.

Pronto.

Ya.

Sus dedos se aprietan en torno al Amuleto del Tiempo. A su alrededor todo va demasiado rápido y demasiado lento a la vez y el tiempo es algo que le resulta complicado de aferrar. El Amuleto lucha por el control, se resiste a su poder, trata de escapar de sus manos.

No te dejaré salvarla. Si no vas a darme lo que quiero, entonces la verás morir.

No. No va a permitirlo. Y el Amuleto no es nada sin un Portador que lo controle. La magia del tiempo no es nada sin alguien que la maneje.

Y si no va a dejar que coja el tiempo del resto del mundo, entonces lo cogerá de sí mismo.

No seas necio. No puedes…

Puede. Va a hacerlo. Nota su propio cuerpo, todos sus años de vida, los que ha tenido y los que todavía podrían quedarle. Los ve. Es un niño que juega. Es un amante que se esconde. Es un rebelde que lucha. Es un amigo que se sacrifica.

Es el Portador. Es el legítimo Portador.

Es el tiempo.

«Hazlo».

Nathan aprieta los párpados.

La magia estalla.

El Amuleto se pone en marcha, brilla como una estrella que acaba de nacer.

El mundo no sufre, se queda quieto, pero el poder del tiempo los rodea y los baña y los intercambia.

Nathan nota su cuerpo vaciarse de segundos, de recuerdos y de vida.

Nota cómo todo lo que alguna vez ha sido, todo lo que podía llegar a ser, se aleja de él, lo abandona, lo deja atrás.

Pero no le importa. Está bien, todo está bien, porque mientras él se marchita, Lilith vuelve a florecer.

La muchacha toma una bocanada de aire mientras los pulmones de él se retuercen; la piel de ella se tersa de nuevo mientras la de él se llena de arrugas; las fuerzas de Lilith reaparecen mientras él nota cómo las suyas lo abandonan.

La santa se incorpora de golpe, mientras Nathan se tambalea, se siente cambiar. Se le apagan las ascuas del rostro, se le debilita el cuerpo, que Lilith sujeta por los hombros.

—¡No! ¡No! ¿Qué has hecho? ¡Nathan! ¡Nathan, páralo!

Pero no puede. Ya no puede. No sabe cómo y, de todos modos, no quiere.

Está cansado. Está cansado de la culpa, de las dudas, de todo lo que ha perdido y jamás podrá recuperar; está cansado de vivir anclado en el pasado y de anhelar un futuro que nunca va a conseguir.

Un futuro con Adam, su Adam. Eso es todo lo que ha deseado alguna vez.

Ese es el único mundo con el que siempre ha soñado, pero hace mucho que dejó de ser posible.

Al menos de esta manera evitará perder a otra persona más. Una a la que ha querido tanto como lo quiso a él, aunque fuera de una manera diferente.

Adam es el amor de su vida, pero Lilith siempre será, pese a todo, su mejor amiga.

—¡Nathan, por favor!

La santa repite su nombre una y otra vez, cada vez más recuperada, cada vez más joven.

Lo está apretando contra ella, mientras a él el cuerpo se le empequeñece, mientras el frío comienza a llegar.

Pese a ello, pese a la ansiedad en los gritos de su amiga y la desesperación que ve en su cara, Nathan esboza el principio de una sonrisa y siente algo parecido al alivio por primera vez en mucho tiempo.

No pudo salvar a Adam, pero al menos ha podido salvarla a ella.

Es suficiente. Es más que suficiente.

De pronto, mientras la mirada se le nubla, entiende al amor de su vida mucho mejor de lo que lo ha entendido en todo ese tiempo.

Al principio solo hubo pena, luego llegó la rabia, después el vacío y, ahora, por fin, esa comprensión.

Por supuesto que murió por él. Por supuesto que nunca dudó, que aceptó su destino con templanza y lo abrazó hasta las últimas consecuencias.

Morir es fácil cuando lo haces a cambio de alguien que quieres.

Morir es fácil cuando sabes que ese no es el final.

No lo es. Su alma no la tiene Destino, así que volverá a ese mundo, libre, y con suerte encontrará a Adam.

Lo hará. Tiene que hacerlo, porque él se lo prometió una vez, en su torre, en su refugio, donde nunca existían las mentiras.

«Mi espíritu buscará al tuyo durante todas las reencarnaciones que sean necesarias, hasta que podamos estar juntos, hasta que podamos tener otra oportunidad».

Otra oportunidad. Eso es. Está a punto de conseguir una nueva oportunidad.

Mientras, el resto del mundo seguirá adelante.

Lilith seguirá adelante, aunque ahora llore y grite por él, y será la santa que vengó el Sacro Reino, se convertirá en la leyenda que siempre estuvo destinada a ser.

Darien seguirá adelante, porque tiene que aprovechar los doce años que le quedan junto a la persona de la que se ha enamorado.

Espera que todos los días piense que mereció la pena, que sea feliz, que nunca se arrepienta de todo lo que ha tenido que dar por un poco más de tiempo.

Astrey… Astrey es su último arrepentimiento.

Le hubiera gustado poder salvarlo también a él.

Lo lamenta. Lamenta el dolor que Elira va a sufrir cuando despierte, lo mucho que se le va a romper el corazón.

Pero lo aguantará. Lo aguantará. Astrey no habría podido vivir sin ella, pero ella vivirá sin él.

Ella luchará sin él, por él. Elira, como Adam, siempre fue más fuerte.

—¡Nathan! ¡Nathan!

La voz de Lilith suena desgarrada. Tiene los ojos desbordados de lágrimas, pero ya casi vuelve a ser ella, tal y como la recuerda. La mujer más fuerte que ha conocido. Toda una tempestad.

Estará bien. Sabe que estará bien.

Casi sin fuerzas, Nathan abre la mano para dejar caer el Amuleto del Tiempo, que rueda lejos de él, y se aferra al colgante que lleva al cuello, el que tiene forma de estrella y contiene su corazón.

—Todo está bien. Vuelvo con él.

Después, todo se apaga. Sus sentidos se apagan, su mirada se apaga.

En el final, escucha la voz de Adriel.

«Ha sido un placer ser tu demonio, Nathan Tabiz. Encontrémonos otra vez».

Su sonrisa se convierte en polvo.