Lilith
LILITH
—¡Nathan! ¡¡¡Nathan!!!
No importa lo que Lilith grite, no importa cuántas veces lo llame: él es incapaz de escucharla.
Puede que esté a tan solo unos pasos de distancia, pero su mente está muy lejos y solo tiene ojos para el Amuleto del Tiempo.
El objeto, todavía en su mano, hace girar las agujas a un ritmo vertiginoso.
No sabe qué está pasando. No sabe por qué el aire se ha levantado de pronto, por qué le azota la cara, por qué se escucha el inicio de una tormenta en la lejanía.
Un trueno retumba, pese a que el sol sigue en el cielo, y el más leve temblor empieza a rugir bajo su cuerpo.
En el sitio en el que Nathan está de pie, las grietas empiezan a extenderse.
Lilith aprieta los dientes. Su instinto es recuperar a Eunomia, aunque no sabe bien qué es lo que debería hacer con ella.
Ve cómo el ojo se abre en cuanto toca la empuñadura, cómo enfoca a Nathan con su pupila, siente cómo vuelve a quemarle contra la palma de la mano.
El mensaje es claro: esa arma está ahí para acabar con el Portador.
El papel de Lilith es acabar con el Portador.
Siempre lo ha sido, desde aquel primer sueño donde se vio luchando contra él.
Y las misiones de Destino deben ser cumplidas.
Le duele todo el cuerpo cuando se obliga a levantarse.
Las heridas que el emperador de Odelia le ha infligido le tiran de la piel y amenazan con volver a abrirse, pese a estar cauterizadas.
Los brazos le tiemblan con el esfuerzo que supone alzar la espada.
Tiene que matarlo. Ahora que está en trance, sería muy fácil hacerlo.
Sería lo lógico: acabar con él, acabar con el Amuleto, acabar con todo.
Y después… después podría tener esa vida de paz que ansía.
Volvería con Ammarah, se apoyarían la una en la otra, harían de Daiva un lugar mejor.
Reconstruirían la ciudad, la confianza de la gente, el futuro que siempre han querido.
Nadie más lucharía por controlar los restos de un dios muerto, nadie más podría crear desastres de semejante envergadura.
No habría más destrucción ni guerras ni injusticia…
Entonces ¿por qué siente que se está intentando mentir?
Destruir ese objeto no va a enderezarlo todo de la noche a la mañana.
Destruir ese objeto puede darles un respiro, pero los celestiales no tenían el Amuleto cuando decidieron poner en marcha la Purificación.
Muerte no tenía nada que ver con el Amuleto cuando le dio a Darien a elegir entre tres posibles sacrificios.
La justicia no volverá al mundo porque ella mate a su mejor amigo ahora.
Eunomia brilla en su mano. La incita a dar esos pasos que los separan, a cumplir su objetivo. Su ojo pasa de ella a él.
—¡Lilith! ¡Tenemos que detenerlo!
La voz de Darien le llega desde lejos. El necromante apenas puede mover las piernas y, aun así, trata de avanzar. Bajo los pies de Nathan, la telaraña de grietas sigue extendiéndose. Sí. Tienen que detenerlo. Cueste lo que cueste, tienen que detenerlo.
Pero detenerlo no tiene por qué significar matarlo.
Lilith abre los dedos y deja que Eunomia se escurra hasta el suelo. Cae con un golpe sordo y se queda tirada en el suelo, inmóvil, inútil. Puede que fuera su misión conseguir esa espada, pero ella puede decidir si quiere usarla o no. Y no quiere. No va a hacerlo.
En lugar de eso, mientras Darien grita su nombre, Lilith se lanza hacia delante.
Cuando se echa encima de Nathan no es para atacarlo, sino para rodearlo con sus brazos.
Se aferra a él en un abrazo que sabe que es falible, que probablemente sea inútil, pero no le importa.
Es lo único que quiere hacer. Lo único que siente que de verdad debe hacer, al margen de los deseos de su dios.
Nathan siempre la ha escuchado, estuviera donde estuviera.
Nathan siempre la ha protegido, incluso cuando se volvió contra él, así que ahora le toca a ella hacer lo mismo.
—¡No necesitas usarlo, Nathan! —clama. Siente su calidez contra ella. Siente que sigue ahí, respirando, que hay un corazón latiendo dentro de ese pecho—. ¡Nunca lo has necesitado! ¡Estamos aquí, estamos esperándote! ¡¡¡Vuelve con nosotros!!!
Algo cambia. La celestial no sabe qué es, pero nota que el chico se tambalea bajo su peso. Lo ve parpadear. Durante un segundo, sus ojos se encuentran y ella entreabre los labios. Tiene su nombre en la punta de la lengua y las lágrimas en el borde de sus ojos.
Algo cambia. La celestial se da cuenta de que la piel se le eriza, de que los truenos suenan cada vez más cerca, y siente una energía extraña que le recorre todo el cuerpo.
Las agujas del Amuleto se detienen.
Y la magia golpea a Lilith con toda la violencia del tiempo.