Nathan
NATHAN
El cuerpo de Astrey cae junto al de Elira a solo unos pasos de Nathan y este los mira a ambos.
Siguen el uno junto al otro, abrazados incluso entonces, unidos incluso entonces.
Los ve a los dos, la bruja de los mil planes y el brujo de las mil máscaras, pero también se ve a sí mismo en la figura pelirroja que cambia un poco ahora que la muerte le arrebata a su demonio: su tamaño se reduce, su cuerpo adquiere algunas curvas más y pierde un poco de esa apariencia andrógina y difícil de identificar que tanto lo confundió la primera vez que lo vio.
En él se ve a sí mismo no porque se parezcan físicamente, sino porque entiende lo que es tomar las riendas de tu vida solo cuando estás a punto de perder algo que amas.
En Elira, en cambio, ve a Adam. Siempre le ha pasado.
Siempre le ha recordado a él, tan recta, tan alineada con lo que consideraba correcto, incluso cuando eso significaba sacrificarse a sí misma.
Ha estado a punto de no hacerlo. Ha estado a punto de no utilizar la espada, pero esa es la única manera de solucionarlo todo, sin correr más riesgos de los necesarios.
También es la única manera de salvarlos a los dos.
La única manera de hacer por ellos lo que en su momento no pudo hacer por sí mismo y por Adam.
Sí, esa es la única manera de salvarlos a todos.
Nathan Tabiz.
La voz del Amuleto del Tiempo lo llama desde la mano muerta de Astrey y él se fija en la joya con los ojos apagados, casi sin verla. Suena distinta a como sonaba antes. Suena más real, como si la tuviera susurrándole al oído incluso cuando ni siquiera tiene el objeto entre las manos.
Siempre supe que volveríamos a encontrarnos.
Nathan no responde. Tiene las emociones adormecidas, siente a Adriel preparado para tomar el control en cuanto lo necesite, no como un ladrón, ni siquiera como un sustituto, sino como una simple extensión de sí mismo. Aun así, aguanta. Quiere estar al cargo. Quiere ser él quien tome la decisión.
—Nathan.
Esta vez su nombre lo pronuncia una voz humana, débil, a solo unos pasos de él.
El brujo mira a Lilith de soslayo mientras esta trata de incorporarse.
Un poco más allá, junto al cuerpo inconsciente del necromante al que ama, Darien también lo está mirando.
Está débil, pero en sus ojos verdes brilla la misma esperanza que brilla en los de su amiga.
Ambos lo observan como si creyeran que por fin ha elegido ayudarlos.
Lo ha hecho. Nunca ha dejado de pensar en ayudarlos.
Desde el primer momento, en la basílica, todo lo que ha hecho ha sido por ellos también. Por solucionarlo todo.
Pero no como ellos quieren.
Sus expresiones cambian en cuanto Nathan se acerca al cuerpo de Astrey y toma el Amuleto.
Nota su calidez contra los dedos, familiar y, a la vez, muy distinta a la que recordaba.
Nota el tiempo también, pero mientras que antes lo sentía rodeándolo como una soga, corriendo alrededor de sus piernas y sus brazos, ahora lo siente dentro de él, en las venas, en el corazón, pulsando al mismo ritmo que sus latidos.
Antes el tiempo estaba a su alcance.
Ahora él es el tiempo.
—¡Nathan! —Lilith alza la voz, se incorpora sobre un brazo tembloroso. En su expresión, el miedo sustituye poco a poco al alivio—. Tenemos… Tenemos que destruirlo. Lo sabes, ¿verdad? Lo has visto. Sabes que es lo correcto.
Él deja escapar un suspiro y lanza un vistazo hacia la muralla destruida, la sombra de una ciudad sagrada, rota para siempre. Supone que se refiere a eso. A la destrucción que ha provocado. Pero eso no lo ha hecho solo el Amuleto.
—Astrey no quería esto —murmura muy bajo.
Después, se gira hacia Lilith de nuevo—.
No era el plan, nunca lo fue. Pero no tienes nada de lo que preocuparte: voy a solucionarlo.
Pronto ni siquiera sabréis qué ha ocurrido.
Tus visiones no se cumplirán, la muralla se mantendrá entera y todo estará bien.
—La santa abre un poco más los ojos, niega con la cabeza, pero él no cambia su expresión.
Entiende que le cueste comprenderlo, pero tiene que ser lógica—. ¿No quieres salvar a la gente?
Ahora solo hay una manera de hacerlo. Incluso ella tiene que ser consciente de ello, porque su mirada cae sobre el Amuleto del Tiempo y, por primera vez, quizá incluso se plantea si esa es la solución.
—No —concluye la santa al cabo de un par de segundos—. No así, Nathan. No solucionará nada.
Por supuesto que sí. La voz del Amuleto reclama su atención, lo obliga a volver a mirar el objeto que tiene en la mano.
Lo sabes. Lo has visto. Solucionaste la situación en Ilan y podrías volver a hacerlo ahora.
Aunque, por otra parte, quizá sea peligroso dejar las cosas como estaban justo antes de que cayeran las murallas, ¿no crees?
Sabes que yo no soy el enemigo, que ese era el demonio de Astrey.
¿Qué evitará que vuelva a tomar el control?
¿No lo has matado por eso? ¿Para evitar que vuelva a suceder?
Sí, en parte. Matarlo era la única manera de liberarlo de su demonio, de asegurarse de que esa criatura desaparecía para siempre, y lo ha conseguido.
Ahora Adriel lo ha devorado, sin importar lo fuerte que fuera.
Ahora, si lo devolviese a la vida en ese mismo momento, Astrey estaría libre de ese ser que se lo estaba comiendo por dentro, podría buscar otro demonio, quizá uno más débil pero más manejable.
Uno con el que pudiera convivir como él convive con Adriel; uno que estuviera ahí para completarlo, no para anularlo.
Sin embargo, si vuelve atrás en el tiempo, el demonio seguirá ahí, acechando. Y si advierte a Astrey de lo que va a ocurrir…
Su demonio te consideraría una amenaza. Y sabes lo que eso significa. Lo mataría. Tomaría el control y lo mataría, igual que ha hecho con Elira. No le costaría nada. Quizá deberías ir más atrás, ¿no crees?
Más atrás. Sí, quizá. Pero ¿cuánto?
Tan atrás como quieras. Lo suficiente como para cumplir tus verdaderos deseos. ¿O has olvidado ya por qué me pusiste en marcha por primera vez?
No lo ha olvidado, por supuesto que no. El colgante de Adam le quema contra el pecho como un recordatorio de todo lo que ha hecho hasta ese momento.
Por él. Todo por él. Porque lo perdió el día en que la basílica se vino abajo, el día que ese objeto le habló por primera vez.
Pero quizá volver a ese día tampoco solucionaría nada.
Incluso si lograra salvarlo, tendrían que huir, se convertirían en traidores, y no puede saber qué pasaría después.
No, el problema no comenzó aquel día, sino mucho más atrás.
Ahora sabe exactamente dónde, sabe cuándo.
Todo empezó la noche en que su madre se marchó.
Ese día, cuando Tabitha Eliz decidió que recuperaría el Amuleto para el Sacro Reino, fue cuando lo condenó a cargar con él.
Si no lo hubiera hecho, habría tenido una vida normal.
Habría crecido como un niño más del Templo.
Adam y él habrían podido estar juntos sin ningún problema.
Ahora, sabiendo lo que sabe, quizá ni siquiera tendría por qué consagrarse.
Si tan solo consiguiera convencerla de que se quedara a su lado en lugar de ir a buscar a Valerick Brynsen para asesinarlo, si pudiera convencerla de que no tiene por qué ir a por el Amuleto…
Bajo su mano, las manecillas del reloj comienzan a girar y su imagen del mundo cambia, se deshace, se solapa con la de una escena de hace mucho tiempo.
Es la misma sensación que tuvo en aquella ocasión, en medio del nido de Yuda, cuando vio al Inmortal a lo lejos.
Ahora, el terreno en el que se encuentran se cubre de paredes que oscilan de lado a lado.
Es de noche y él lo observa todo desde abajo, tumbado en una cama.
Su madre está ahí. Le acaricia la mejilla. Le dice:
—Voy a solucionarlo todo.
Ve su rostro, su tristeza, pero ni siquiera ella se imagina hasta qué punto va a condenarlo si sale por esa puerta. Si se lo dijera… Si se lo dijera…
Las cosas cambiarían, pero ¿sería suficiente?
Sabes que eso no es el principio, no de todo.
El principio de todo este problema está más atrás, mucho más atrás.
El problema tiene casi mil años, tantos como la muralla.
Ahora lo sabes. Querías vencer a los dioses, ¿verdad?
Querías vengarte de ellos. Podrías hacerlo.
Podrías hacerlo si volvieras al principio de todo.
Al principio de todo. A los tiempos de Chronos y Tara.
Podrías evitar que Tara dé a luz a las dos niñas. Sin Saenal y sin Aiva, nunca habrían existido ni los brujos ni los celestiales ni los necromantes. Véngate de los dioses arrebatándoles a sus siervos. Evita que jueguen con vuestras vidas por siglos y siglos.
A su alrededor todo cambia de nuevo. Las paredes caen y se convierten en los puestos de un mercado.
El silencio se llena de una algarabía de voces, de vendedores que anuncian sus productos y viandantes que pasean por una calle en la que Nathan nunca ha estado, en una ciudad que no conoce.
Desde uno de esos puestos, los ve, observando las joyas que él vende.
Ella, con sus cabellos morenos y su sonrisa de estrella; él, con su tez negra y unos ojos repletos de magia que no dejan de mirarla con adoración.
No, evitar el nacimiento de Saenal y Aiva no cambiaría nada.
Solo necesita esa imagen para saberlo: esa mujer morirá de todos modos en algún momento, pues solo es humana, y ese hombre, ese dios, la traerá de vuelta pase lo que pase.
Y entonces Destino tan solo elegirá a otro paladín con el que destruirlo.
Caos no querrá perderse el juego y seleccionará a otra persona para enfrentarse a Eunomia.
Ambos encontrarán la manera de convencer a otros dos inocentes de luchar por ellos. La historia se repetirá.
Sabes cuál es la solución entonces.
La imagen cambia de nuevo, aunque no tanto. Sigue en la misma calle, en el mismo puesto, y Tara está ante él, pero esta vez está sola y es mucho más joven, tan solo una adolescente. Le sonríe, dulce, encantadora, y Nathan lo entiende al mismo tiempo que el Amuleto dice:
Evita que se conozcan.
Las palabras resuenan en su cabeza como una orden que se siente inclinado a escuchar.
Por fin lo entiende. Durante todo ese tiempo, siempre se ha preguntado por qué el Amuleto parece querer volver atrás, pero ahora por fin tiene sentido.
Ese ha sido su deseo todo ese tiempo. Su voz no es la de Chronos, que siguió reencarnándose, una y otra vez.
Su voz es la del tiempo mismo, la de la magia que corría por sus venas y que quedó encerrada en ese objeto cuando lo mataron.
Y, como tal, su deseo no es salvar a la mujer de la que se enamoró, nunca quiso eso: quiere acabar con ella, porque amarla fue lo que lo condenó.
Tendría que haberla dejado morir. Si lo hubiera hecho, seguiría vivo, eterno, como sus hermanos. Si lo hubiera hecho, todo sería distinto.
Todo sería mejor. Y el precio sería solo una vida.
Nathan no se da cuenta del viento que ha comenzado a levantarse a su alrededor, de lo mucho que arde el Amuleto contra su mano.
Tampoco escucha las voces que se dirigen a él, apenas ininteligibles en medio del bullicio del mercado.
Solo escucha al Amuleto, que siente dentro, en su cabeza, capaz de silenciar todo lo demás.
Esta es la verdadera solución, Nathan Tabiz. Vuelve atrás. Mata a Tara. Cambia el mundo.