Astrey
ASTREY
Estar en el fondo de su propia mente es como escucharlo todo a través de una pared, como intentar ver algo en una noche muy oscura.
Astrey está solo, como hacía años que no lo estaba, y siente ganas de rendirse, de dejarse arrastrar hasta el estómago del demonio y cedérselo todo.
Porque sabe que las murallas han caído y es culpa suya.
Porque cada movimiento que hace es inútil, porque no puede alejarse de la criatura, de su sombra; están unidos y el otro es más fuerte, más poderoso, más listo.
Se ha sentado sobre él y no deja que se levante.
Ni siquiera puede respirar, apenas puede proteger lo poco que le queda de voluntad.
A veces se le permite divisar fragmentos del mundo exterior, imágenes a través de unos ojos que ya no le pertenecen, escuchar palabras de unos labios sobre los que ya no tiene ningún control.
Ve a Caleb derrumbarse bajo piedra y tierra, como si su demonio quisiera enterrarlo.
Escucha el tictac del Amuleto cada vez que lo pone en marcha.
Ve a la santa enfrentarse a él con Eunomia, caer al suelo, perder la espada.
Y entonces, el dolor lo despereza. El dolor lo saca a flote, hace que la oscuridad se disperse un poco, le recuerda quién es.
Ese dolor físico siempre lo ha ayudado a mantener el control y, durante un momento, lo tiene.
Durante un momento, ve a través de sus propios ojos, sin llegar a formar parte de la escena, y Elira está ahí, su voz está ahí:
—¡¡¡Devuélvemelo!!!
Quiere decirle que sigue en ese cuerpo, que va a volver con ella, que le dé un poco más de tiempo.
Ve la rapidez con la que se hace con el Amuleto y quiere decirle que escape, que no se quede ahí, donde el demonio pueda alcanzarla.
Quiere ir a ayudarla, pero las serpientes todavía se le enredan en los tobillos, sus cuerpos fríos y pesados lo lastran hacia abajo.
Intenta quitárselas de encima, desanudarlas, pero ellas aprietan más y más y…
«Nunca debí permitir que te enamoraras de ella».
La voz de su demonio está solo en su cabeza, no en esa boca que él intenta mover desesperadamente, pero sobre la que no tiene ya ningún poder.
No llega a tener el control sobre su cuerpo en ningún momento y por eso no puede detener esos dedos.
No tiene el control y por eso está muy lejos, demasiado lejos, cuando los ojos prestados le muestran la herida, las orejas prestadas captan el gemido de dolor y la respiración entrecortada, el brazo prestado es consciente de la sangre caliente que le corre por la piel.
Elira abre mucho los párpados, sorprendida, solo un segundo antes de toser y mancharse los labios de sangre.
Nota que la presión de su garra se afloja.
Que se inclina hacia delante y se desploma entre esos brazos que ya no siente suyos.
No.
El pánico lo alumbra en la oscuridad. Siente que lo ahoga con mucha más fuerza que las serpientes.
Supone que es eso lo que le da la fuerza que le falta: el instinto de protección, la desesperación, un terror que le clava las garras, lo zarandea y lo obliga a ponerse en marcha.
A luchar. De pronto recupera las ganas, las fuerzas.
No es lógico, pero necesita quitarse de los hombros ese manto que le pesa y nadar hacia la superficie.
Necesita recuperar lo poco que tiene, el control sobre su cuerpo, sobre el Amuleto.
La necesita a ella y esa es razón suficiente para rebelarse.
Astrey araña a las serpientes, le clava las uñas entre las escamas, aprieta los dedos a su alrededor igual que ellas lo aprietan a él.
Libera los pies y nota que se hunde, que el demonio quiere lanzarlo más abajo, quiere devorarlo más, quiere alcanzar su corazón.
Pero su corazón lleva mucho tiempo a buen recaudo.
Si todavía no ha podido robárselo, comérselo, es porque ya no lo guarda en el pecho.
Su corazón, todo lo que significa, se lo dio a Elira hace tiempo, mucho antes de decirle las palabras que lo ataron sin remedio a ella.
Su demonio puede quitarle su cuerpo, puede quitarle el control, puede quitarle el Amuleto.
Pero no puede quitársela a ella.
«Ya lo he hecho».
No. Es mentira. Que se la devuelva.
«Es mejor así».
No lo es. Nunca lo ha sido. Que se la devuelva.
«Me lo acabarás agradeciendo».
Astrey empuja contra la oscuridad, patea, araña, muerde, grita. La engulle, porque sabe que es o ella o él y no piensa perder contra sí mismo. Porque tiene que ser el demonio quien lo obedezca y no al revés. Fue él quien buscó el Trato y no al revés.
—¡¡¡Devuélvemela!!!
Es como salir a flote. Es como romper una burbuja en la que estaba metido, como quebrar unas paredes de cristal.
Astrey toma una bocanada de aire y deja que el dolor lo ancle al mundo.
Lo siente abrasándole la cara, cegándolo de un ojo, punzándole el hombro, retorciéndole los músculos.
Aun así, el peor es el que siente por dentro cuando ve el rostro de Elira caído sobre su hombro, pétreo, sin aliento, con los labios separados.
—No. No, no, no…
Astrey se incorpora al tiempo que tumba a la bruja en el suelo.
Quizá esté soñando. Tiene que estar soñando.
¿Cuántas veces se ha despertado en medio de la noche y se ha asegurado que ella seguía a su lado?
Desde Ilan, muchas. Desde que Nathan le confesó que hubo una línea temporal en la que ella murió, las pesadillas no han cesado.
Así que esta tiene que ser una de ellas.
Otra tortura más de su demonio. Una ilusión. Un pensamiento demasiado vívido.
El brujo toma del rostro a su prometida y es consciente de que tiene la mano manchada de sangre.
Es consciente del hueco que ha quedado en el estómago de ella, de las vísceras que han caído al suelo.
Es consciente de todo, pero eso no puede estar pasándole.
Sus propias manos no han podido hacer eso.
Él nunca se volvería contra ella de esa manera. Es mentira. Es…
«Tú le has hecho esto. Te avisé de que no te encariñaras, espíritu».
Él ha hecho eso. Él, que ha intentado tenerlo todo, que creyó que se lo merecía todo. Que creyó, por alguna razón, que se la merecía a ella…
«Te avisé de que acabaría mal».
Porque siempre acaba mal. Porque no puede tener una familia.
«Te avisé de que no te encariñases».
Porque era más seguro que su corazón se mantuviera en su propio pecho. Al dárselo, la ha condenado también a ella.
Astrey aprieta esa cara entre los dedos antes de darse cuenta de que el Amuleto sigue colgado de las manos de Elira.
Su cuerpo se mueve solo. Se echa hacia delante y aprieta el objeto entre los dedos, lo apoya contra su pecho.
Todavía está caliente. Todavía tiene dentro parte del tiempo que ha robado de la muralla de los celestiales.
—Devuélvemela. Devuélvemela, devuélvemela, devuélvemela…
Porque nada tendría sentido sin ella. Porque no ha llegado tan lejos para perderla.
Porque es su emperatriz. Porque lo estaba llamando, incluso cuando sabía que estaba perdido.
Porque se quedó a su lado, a pesar de que no tenía por qué hacerlo.
Porque quiere más años con ella, más cartas, más noches perdiéndose entre las sábanas, más juegos, más historias, más secretos.
Lo quiere todo.
La quiere a ella.
«No te atrevas».
Pero ya lo está haciendo. El Amuleto está acelerando las agujas y Astrey empieza a ser consciente de los hilos que tiene que mover, cortar, coser.
Va a recuperarla. Va a recuperarla pase lo que pase, igual que Tiempo recuperó a su esposa hace siglos.
Va a recuperarla y, si no queda suficiente tiempo en esas manecillas, se lo quitará a todo Evren si hace falta.
Destruiría imperios por ella.
Se destruiría a sí mismo por ella.
—¡No!
La súplica de la santa queda ahogada por la energía que siente, más fuerte que nunca, más viva que nunca, recorriéndole el cuerpo desde la palma de la mano hasta los confines de su interior.
Lo llena a él y, cuando la lanza hacia el cuerpo que reposa a su lado, entra en su prometida.
Ante sus ojos, los órganos y la carne se restauran, la piel se teje de nuevo hasta cerrarse.
Durante un momento agónico, eso es todo: el cuerpo, curado, rehecho.
Durante un momento, no consigue nada más.
Y entonces, Elira respira. El cambio es apenas perceptible, pero él lo siente, igual que nota el pulso de su corazón cuando lo busca en su cuello.
Los latidos están ahí, débiles, lentos, pero reales, vivos.
Astrey nota que los ojos se le humedecen de puro alivio, pero en su interior el demonio gruñe y muerde y trata de tomar de nuevo el control.
El espíritu tiene que aferrarse al cuerpo que tiene entre los brazos para no permitírselo, para no caer de nuevo en la oscuridad.
«Estás cometiendo un error. Nos estás haciendo débiles. Nos estás condenando».
Astrey enmarca el rostro de su prometida con las manos.
—Que me condene entonces.
Es como un hechizo. Como haber llamado a la mala suerte.
Escucha el paso detrás de él, pero no se le ocurre volverse.
No cuando está tan pendiente de Elira, de sus ojos, que no se abren, no se abren, y no entiende por qué no se abren.
Tienen que abrirse. Tiene que volver con él.
Si lo hace, podrán arreglar todo lo que ha pasado.
Encontrarán la manera, juntos. Se deshará de su demonio si tiene que hacerlo.
Se deshará incluso del Amuleto del Tiempo.
Encontrará la forma de vivir sin ambas cosas, pero no se imagina cómo podría vivir sin ella.
—Lo siento.
Escucha la voz, la reconoce, pero ni siquiera entonces se gira. Tampoco cuando siente el dolor que lo atraviesa desde atrás. Tarda unos instantes en asimilarlo, en bajar la vista y comprenderlo.
La punta de una espada asoma en medio de su pecho.
Astrey traga saliva y le sabe a metal, a óxido.
Sabe que tiene unos segundos, unos últimos segundos, y podría utilizarlos para aferrarse al Amuleto, para pedir más tiempo, para volverlo atrás, para tratar de quedarse en ese mundo por todos los medios.
Pero, a la hora de la verdad, lo único que es capaz de hacer es volver a mirar el rostro de Elira, todavía dormido, herido y manchado de sangre.
Incluso entonces, le parece la mujer más hermosa del mundo. Una reina. Su emperatriz.
En esos preciados segundos, se le escapa el principio de una risa. Irónica. Triste.
—El amor siempre lo complica todo.
Cuando el filo de Dysnomia abandona su cuerpo, se lleva consigo su último aliento.