Lilith
LILITH
Su sueño se convierte en realidad cuando las murallas comienzan a caer y Lilith corre en medio del caos.
Su único objetivo es avanzar y lo sigue haciendo incluso cuando se choca de frente contra los restos de la muralla, los muertos, los moribundos, la sangre y la desolación.
Corre entre gritos, entre sollozos, entre llamadas de auxilio y súplicas desesperanzadas.
Corre entre las blasfemias hacia su dios, las oraciones y la resignación más absoluta.
Una parte de ella, de su alma, se queda atrás, con toda esa gente, con toda la angustia que se mezcla con el polvo en el aire.
Pero sabe que la necesitan en otro lugar, que tiene que llegar hasta el Portador.
Eunomia se lo recuerda, brillando, ardiendo contra su cadera, mientras ella empuja rocas, trepa, salta y se arrastra para conseguir salir de Daiva.
Más rápido, más rápido.
No puede dejar que ocurra nada más.
Siente todo el peso del mundo sobre los hombros, pero, aun así, solo se detiene a tomar aliento cuando consigue dejar atrás los restos de la muralla.
Todavía le falta un último esfuerzo, una última carrera, pero a lo lejos distingue varias figuras que luchan entre sí.
Distingue el cabello rojo del emperador; distingue las alas pardas de la bruja con la que se toparon al salir del castillo de Damira.
Caleb y Darien están allí también, haciendo crecer raíces y tallos del suelo.
Se mueven rápido, se acercan a su enemigo y luego tratan de retroceder.
A veces lo consiguen. En otras ocasiones, el mundo se vuelve contra ellos: las armas de Astrey son de piedra, de tierra, de barro, de fuego e incluso de aire.
Todas ellas se le antojan tan impredecibles que duda de poder esquivarlas sin su don de santa.
Aun así, no se permite más que un instante para recuperar aliento y coger fuerzas. Para llenarse de seguridad y, por fin, enfrentarse a ese gran destino que lleva toda una vida anhelando.
Mientras Lilith se pone en marcha de nuevo, el emperador de Odelia lucha como si el terreno fuera su paladín.
Consigue evitar por poco un ataque de la bruja que antes era su aliada y se encara con Darien cuando este trata de inmovilizarlo con raíces y correr hacia él con su puñal en alto.
Es en vano. El Portador solo necesita alzar un muro de piedra para detener al muchacho y hacerlo caer al suelo, aunque no se contenta solo con eso.
Un instante después, le lanza dos flechas que le atraviesan los muslos de lado a lado y Darien grita tan alto que Lilith siente que su voz la impulsa, que se le mete en el cuerpo y la llena de adrenalina.
Le gustaría gritar con él, sacarlo de allí, protegerlo como debería haberlo protegido toda la vida.
Lo ve intentar recuperar el arma que se le ha caído al suelo, pero no es capaz de levantarse.
Para entonces, el Portador ya se ha vuelto hacia Caleb, que le ha apresado las piernas con zarzas que intentan clavarle las espinas a través de la ropa.
Astrey ni siquiera parece sentir el dolor.
Esquiva las garras de la mujer que vuelve hacia él como un ave rapaz y lanza filos hacia ella, igual que abre una grieta en el suelo para el necromante.
La imagen que se despliega ante ella parpadea.
El tiempo avanza a trompicones.
La bruja cae. Lilith no es consciente de en qué momento pasa, porque en un segundo estaba en el aire y al siguiente está en el suelo, con un ala desgarrada que cuelga inútil a su espalda.
Elira se revuelve como un pajarillo herido contra los zarcillos de piedra que intentan inmovilizarle la otra ala y grita, gruñe, ruge como un animal acorralado, pero al final se queda quieta, desangrándose en el suelo, en un nido de sus propias plumas.
Caleb se vuelve un momento hacia la bruja, preparado para ayudarla.
—¡A tu derecha!
El aviso de la santa lo salva por muy poco.
Una nueva flecha de oro le pasa rozando el brazo y Lilith, sin aliento y con el corazón latiéndole en cada músculo que ha llevado al límite, se abalanza sobre el Portador.
Pretendía acabar con él de un solo golpe, pero el brujo alza un escudo de tierra que, aunque no es rival para Eunomia, lanza polvo y arena a todos lados cuando se deshace y la ciega durante un instante.
El dolor llega un segundo después: un dardo dorado se le clava en el costado.
El pequeño filo le sobresale por encima de la ropa, lo justo para que ella pueda apretar los dientes y arrancárselo de un tirón.
—Cuatro contra uno no parece una lucha justa —se burla el emperador. Tiene un corte en una mejilla, las espinas le han agujereado el pantalón y se le han clavado en las piernas, pero está más entero que sus enemigos—. Y, aun así, vais perdiendo.
Ninguno de sus dos contrincantes responde. Caleb, a su lado, tan solo intercambia un rápido vistazo con Lilith y asiente a modo de señal.
Atacan a la vez. El necromante trata de inmovilizar al brujo y la santa, por su parte, alza a Eunomia de nuevo.
La lógica le dice que el emperador no debería poder escapar, que tendría que ser un objetivo muy fácil, pero los Portadores no juegan limpio.
De nuevo, la imagen que Lilith tiene ante ella parpadea.
Eunomia, con su ojo abierto, mira hacia Astrey.
Su brillo se intensifica cuando cae y solo corta el aire, porque el brujo ha vuelto a apartarse.
Esta vez, sin embargo, la espada encuentra un nuevo objetivo.
Lilith no puede verlo, pero lo nota: algo se resiste debajo de la hoja y la guerrera aprieta los dientes, hace acopio de toda su fuerza y empuja contra la nada, contra ese muro invisible que no se mueve y se resiste y se resiste…
Y, de pronto, cede.
Tarda en entender lo que ha hecho. Tarda en comprender por qué Caleb no se mueve, por qué tiene el rostro congelado en una mueca de esfuerzo y concentración.
Tarda en comprender por qué el Portador parece tan sorprendido cuando la oye jadear, cuando la ve enderezarse y pasarse una manga por los ojos para limpiarse el sudor.
Tarda en comprender por qué, durante un instante, casi parece vulnerable, humano, y se echa hacia atrás un solo paso, como si la temiera.
En su mano, donde cada vez hay más escamas, las agujas del Amuleto corren alrededor de la esfera de oro.
Un silencio absoluto inunda el mundo.
Y entonces se da cuenta. El tiempo se ha detenido, pero ella, la santa que empuña a Eunomia, que tiene el poder de un dios en las manos, no tiene por qué seguir las mismas normas que el resto de los mortales.
El brujo sale de su estupor con esa risa que recuerda a un chirrido. La sonrisa vuelve a sus labios y sus pupilas dilatadas destellan.
—Al fin una contrincante a mi altura.
El golpe del tiempo al ponerse en marcha de nuevo sí que la desorienta.
Es como un bofetón, como si alguien la hubiera empujado.
El estómago le da un vuelco y sus pies trastabillan.
Está a punto de caer y recuperar el equilibrio a tiempo es lo único que la salva de evitar los filos que salen de la tierra, puntiagudos como agujas.
Mientras, Caleb se vuelve hacia el nuevo lugar en el que se encuentra el Portador.
Ya no se sorprende al ver que se ha movido, aunque su agotamiento es evidente y quizá por eso Astrey ni siquiera se ensaña con él: el primer dardo de oro que le lanza no le da, pero el segundo, el que Lilith ha tirado al suelo hace unos momentos, le alcanza justo en el hombro.
El grito del necromante se mezcla con la risa del demonio, pero no cae.
Se tambalea, inseguro sobre sus propios pies, pero aprieta los dedos alrededor de la empuñadura de su cuchillo y se prepara para atacar.
No le da tiempo.
—¡Detrás de ti!
Esta vez, Caleb no es capaz de apartarse.
El emperador ha construido un muro de piedra y tierra a su espalda y, tan rápido como lo alza, lo deja caer sobre él.
El peso es suficiente para que el necromante caiga al suelo, casi completamente sepultado.
Lilith lo ve revolverse, todavía vivo, mientras la sangre de una herida en la cabeza le resbala por la cara, pero no tarda en perder la consciencia.
—¡Caleb!
El grito de Darien, que está a solo unos pasos del lugar en el que ha caído su pareja, suena desesperado. Pese a sus heridas, trata de levantarse, de arrastrarse hacia el necromante, y Lilith querría ayudarlo, querría acercarse a Caleb y comprobar por sí misma que su corazón todavía late.
Pero antes de que pueda hacerlo, Astrey se vuelve hacia ella.
—Y ahora, vamos a ver qué puedes hacer tú.
Antes de que pueda reaccionar, el Portador modifica el suelo bajo sus pies con un gesto y, como arrastrada por la marea, Lilith queda a unos pasos de él.
Le duele el costado, la herida le arde y Eunomia empieza a pesarle, pero separa los pies en una postura de combate y se obliga a pensar únicamente en su contrincante.
Solo queda ella.
Se concentra rápido y se ve a sí misma esquivando una grieta en el suelo, así que la salva antes de que se abra bajo su cuerpo; se ve corriendo y decide hacerlo antes de que la atrapen las serpientes de piedra que de pronto se lanzan hacia sus tobillos.
Se ve volviendo a cortar la magia del Amuleto cuando el Portador lo pone en marcha y vuelve a sentir el golpe cuando los segundos reclaman su espacio de nuevo.
Durante el siguiente par de minutos, Astrey la pone a prueba y la celestial vive entre dos tiempos, entre su futuro y su presente, se desdobla en esas dos imágenes de sí misma que nunca llegan a encontrarse.
Pero el juego no puede durar para siempre.
Pese a ser santa, Lilith sigue siendo humana y, como tal, sigue cometiendo errores.
No ve la raíz de piedra que el brujo crea para que se le enrede en el tobillo.
Si lo hubiera hecho, quizá podría haber evitado la caída, pero se golpea las rodillas contra el suelo y Eunomia se le cae de las manos cuando intenta evitar el golpe.
Ese segundo es suficiente para que la celestial pierda la concentración.
En menos de un parpadeo, está rodeada de serpientes.
Todas están hechas de piedra, tienen ojos de cristal y bocas abiertas con colmillos de oro.
Todas, sin excepción, se acercan con lentitud, como si saborearan el momento.
El emperador, desde arriba, de pie muy cerca de ella, saborea el momento cuando aparta a Eunomia de una patada.
—Fue divertido mientras duró.
Todas las serpientes atacan a la vez. Le clavan los dientes en los brazos, en las piernas, y lo único que Lilith puede hacer es tirarse al suelo y cubrirse el rostro para evitar que le muerdan la cara.
No supone una gran diferencia. Una le clava los colmillos en el hombro; otra le muerde en el costado, donde ya tenía la herida abierta.
El grito le sale de las entrañas, allá donde los dientes de oro le queman como si estuvieran recién salidos del fuego, cauterizándole las heridas y abrasándola por dentro.
El ataque no puede durar más de un segundo, pero el dolor permanece, es una agonía, y el mundo comienza a nublarse a su alrededor.
Escucha que alguien grita su nombre, que la llama; cree que es Darien, pero no está segura.
Astrey, sobre ella, la mira y sonríe. Sigue rodeada por las serpientes y parece que todas estén esperando a que haga un gesto para volver a hundir los colmillos en su cuerpo.
—Eres bastante decepcionante cuando sueltas la espada, Santa Lilith.
La joven ve que el rostro del brujo se emborrona, fluctúa, amenaza con desaparecer.
Sus palabras le entran en la cabeza a destiempo, tarde, y es consciente de que tiene razón, de que lo es, de que quizá sea decepcionante incluso con la espada.
Porque va a morir. Va a morir y no habrá podido cumplir su misión.
Va a morir y no habrá podido ayudar a Daiva, como se suponía que estaba destinada a hacer.
Habrá fallado.
La profecía de Altair no se va a cumplir.
Se da cuenta de que la vista empieza a oscurecérsele en los bordes en el mismo momento que, como un rayo, una figura cae sobre el Portador y lo lanza al suelo.
Lilith gira la cabeza como en un sueño. Las serpientes se han desvanecido y, en su lugar, dos figuras luchan a unos pasos de distancia.
Debajo está el Portador, revolviéndose como una alimaña a la que han tendido una trampa; encima, Elira Surya, que, con su única ala funcional desplegada, parece enorme, una bestia ilustrada sacada de un libro de leyendas.
La mujer, con los ojos tan rojos como la sangre que le mancha la cara, araña el rostro del Portador con una garra, se lo raja de lado a lado, abre piel y músculo sin piedad.
Su otra mano se clava en el hombro del brujo, un gancho monstruoso que se niega a dejar ir a su víctima.
—¡¡¡Devuélvemelo!!!
Es un grito desesperado, como desesperado es también su siguiente movimiento. La mujer extiende los dedos hacia el Amuleto del Tiempo y tira de él con tanta fuerza que rompe la cadena. Llega a tenerlo entre las manos. Llega a arrebatárselo.
Pero es lo último que hace.
Es rápido y brutal. El emperador de Odelia no tiene garras, pero no las necesita: sus uñas crecen y se afilan tanto como su sonrisa, se convierten en armas, en cuchillos, en puntas de flecha.
Lo suficientemente afiladas para traspasar piel y carne y entrar en el abdomen de la mujer.
Para atravesar sus entrañas y robarle la vida.