La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Caleb
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Caleb

CALEB

Los puñales están a punto de encontrar el cuello de Astrey, pero eso es solo un instante antes de que Caleb se encuentre de pronto en el aire, golpeado por una fuerza invisible que no sabe de dónde viene.

El impacto llega justo después. Su cuerpo encuentra el suelo con una dureza que le arrebata el aire de los pulmones y le hace sentir pequeño, frágil, de nuevo el chiquillo que fue hace mucho tiempo.

No, es todavía peor que entonces. Ahora el dolor le reverbera en los huesos y le recuerda la pérdida de su inmortalidad, lo quebradizo que se ha vuelto.

El daño no va a desaparecer tan fácilmente como antes; las heridas que le inflijan no se van a ir si alguien no se las cura, por eso Darien grita su nombre y se apresura a dejarse caer a su lado.

—¿Necesitas…?

Caleb niega, aunque se le escapa una tos y acaba escupiendo sangre al suelo.

Pese a ello, su mirada se mantiene fija en Astrey, que se ha liberado de las enredaderas que había convocado para sujetarlo.

Aprieta el Amuleto del Tiempo entre los dedos y lo observa con esos ojos de serpiente que tan familiares le resultan.

Son los ojos que tenía cuando mató a Nilam.

Son los ojos que tenía cuando a él le atravesó el corazón.

La sonrisa también es la misma.

—¿Cuántas veces voy a tener que matarte, hermanito ?

Darien también alza la vista y aprieta los dedos sobre su hombro. Nota que su energía vibra cerca, nerviosa pero decidida, mientras lo ayuda a ponerse en pie de nuevo.

Caleb entrecierra los ojos y vuelve a ponerse en guardia.

—Al menos una más si quieres salir vivo de aquí hoy.

Le duele el pecho por la carrera que los ha llevado hasta ahí, por el cansancio y el golpe, pero no permite que nadie lo vea.

Eso lo aprendió de Ishtar. Ella nunca dejaba que la gente supiera cuánto le dolía o lo difícil que podía llegar a ser algo tan sencillo como respirar, así que él tampoco va a hacerlo.

—O también puedes darnos el Amuleto del Tiempo y salvarte —apunta Darien.

La risa de Astrey es estridente, chirriante como filos contra un cristal.

—Lamentablemente, eso no va a poder ser. El Amuleto y yo tenemos mucho que hacer.

Tras él, Elira Surya se pone en pie, tambaleándose.

Su mirada iracunda se encuentra con la de Caleb durante un instante y el necromante se pregunta si recordará lo que él le dijo la noche que le permitió huir de palacio.

Le advirtió de que no podía confiar en Astrey.

Le avisó de que sus objetivos siempre serían más grandes y ahora ha tenido que comprobarlo de primera mano.

—No es él —dice la bruja. Su voz suena fuerte y grave, de ultratumba. Caleb está seguro de que sus ojos no eran tan rojos la última vez que la vio, que en su cuerpo no había tantas plumas—. Ese no es Astrey, el demonio ha tomado el control.

El necromante vuelve a fijarse en esa persona que un día consideró parte de su familia, en el gesto retorcido que le tira de los labios de una manera antinatural.

Por un momento, no puede evitar preguntarse si aquella noche también fue así.

Si fue esa criatura que descansa bajo la piel del brujo la que decidió acabar con su maestro, con él.

Se pregunta, también, si cambiaría algo que hubiera sido así.

El demonio parece saber lo que está pensando. El gesto de su boca crece y crece, su expresión se deforma para darle cabida.

—Yo soy Astrey. Astrey es yo. Me lo dio todo cuando hicimos un Trato, así que siempre seremos lo mismo, uno solo. Hayamos hecho lo que hayamos hecho, lo hemos hecho los dos. Hagamos lo que hagamos, lo haremos los dos.

Caleb entrecierra los párpados, aprieta los dedos alrededor de los puñales que tiene en las manos y se concentra en la energía viva que lo rodea.

Las raíces de los hierbajos, los árboles que hay no demasiado lejos, los cuatro corazones que laten en esa escena.

Hay un quinto que se acerca, que pulsa acelerado por la carrera.

Está lejos, todavía está lejos, pero se dirige hacia ellos.

Solo tienen que conseguirle un poco más de tiempo.

Por suerte, Darien y él van a tener al menos una ayuda más, porque la bruja de alas pardas extiende sus garras. Las ve crecer y crecer, tan mortíferas como cualquier arma.

—No es cierto —grazna Elira—. Astrey es Astrey. Y yo voy a traerlo de vuelta.

Es lo único que dice antes de abalanzarse sobre él emitiendo un grito que suena al graznido de una arpía, al lamento desesperado de un animal.

Caleb y Darien intercambian una única mirada. Una promesa. Una esperanza. Solo tienen que ganar esa última batalla. Después vendrá la casa, el jardín, el bosque, la calma.

Juntos, se lanzan a por el emperador de Odelia.