La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Elira
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Elira

ELIRA

Su grito queda silenciado por el estruendo del derrumbe, casi tan ruidoso como el que hace su esperanza al quebrarse por completo.

Incluso después de que se le agote la voz, el retumbar de la destrucción continúa: el viento trata de llevarse la tierra y el polvo que quedan suspendidos en el aire, lloviendo sobre las casas y la gente, cubriendo la sangre con una capa de olvido.

Ese es el verdadero poder del Amuleto del Tiempo: la aniquilación.

La gente ansía usarlo para la vida, pero su poder es el de convertirlo todo en muerte, en cenizas, en recuerdos de los que en el futuro solo hablarán los libros.

Igual que pasó en Yuda. Igual que pasó en Galia. Igual que ha pasado tantas veces más.

Se suponía que ella lo sabía.

Se suponía que ella no iba a permitir que la historia se repitiera.

Pero ahora está ocurriendo. Una nueva catástrofe sacude Evren y ella está ahí, viéndola de primera mano. Forma parte de los responsables. Sus decisiones, sus planes, han sido algunas de las piezas que han llevado a ese final.

—¿Lo ves? —La voz de Astrey suena por encima del desastre y es lo único capaz de hacer que ella aparte la vista del caos—. Así es como se cambia el mundo.

Elira sabe que no se está dirigiendo a ella, igual que sabe que, aunque tenga su aspecto, esa criatura ya no es Astrey.

Esa no es su sonrisa, porque es demasiado amplia, antinatural, extraña; esos no son sus ojos, porque tienen las pupilas finas como el trazo de una pluma; esa no es su piel, brillante bajo el sol de la tarde, moteada de escamas plateadas.

Van desde algunas partes de su rostro (la frente, los pómulos, el cuello) hasta su mano, que aún sujeta el Amuleto del Tiempo.

Las manecillas siguen girando, incansables, repletas de toda la magia, de todo el tiempo que le acaba de arrebatar a esos muros sagrados.

Elira lo observa como si no lo tuviera a solo unos pasos, sino a mundos enteros de distancia.

No le parece real. Quizá no lo sea. Quizá todo esto sea una pesadilla y en cualquier momento va a despertar y va a encontrarse de nuevo en su cama, con él dormido contra su pecho desnudo.

Podrá despertarlo con un beso y pedirle que le haga olvidar el sueño que acaba de tener y él obedecerá y ella se perderá en sus caricias, en sus labios.

Al cabo de unos minutos ni siquiera recordará qué fue lo que lo hizo abrir los ojos tan de golpe.

No, ese no es Astrey. No es real, nada es real.

Y, aun así, todavía paralizada, no puede evitar murmurar:

—No tenía que ser así.

El demonio se gira hacia ella como si se hubiera olvidado de que tenía compañía.

En su expresión no hay ni rastro de la adoración que suele haber cuando la mira ni de su sonrisa burlona.

Por primera vez en su vida, Elira siente miedo de ese rostro y del ser que se esconde tras él.

El demonio, en cambio, no la teme a ella, porque extiende la sonrisa un poco más (demasiado, demasiado, demasiado) y se acerca.

Su tacto tampoco es igual que siempre cuando se atreve a tomar su mentón entre los dedos. Es frío, resbaladizo, violento. Ella está tan helada, tan bloqueada, que ni siquiera es capaz de moverse para alejarse.

—Te equivocas —replica el ser con satisfacción—. Has estado equivocándote desde el principio, arpía. Así los celestiales por fin sabrán quiénes mandan. ¿No eres tú la que siempre habla de justicia y venganza? Pues esto es justo. Esta es la venganza que los demonios llevamos siglos esperando.

Ella jadea, sin aire, como si esos dedos se lo estuvieran quitando todo.

Sí, quería venganza, pero una controlada.

Quería una venganza directa hacia los culpables del ataque de Damira, de la muerte de Denna.

Quería ir a por quienes daban las órdenes, no a quienes solo vivían en sus territorios.

Quería romper la muralla, sí, pero no para reducirla a cenizas, sino para acabar con las separaciones absurdas, con las diferencias.

Ese era el deseo de Astrey también. Astrey no quería convertirse en otro Inmortal, en la sombra de su padre, en una extensión más de su historia.

Quería hacerlo mejor que él, ser mejor que él.

Pero ahora nadie lo sabrá, porque todo el mundo va a recordarlo como quien continuó el legado del Inmortal.

Dirán que fue digno descendiente de Brynjart, que a él tampoco le tembló el pulso al arrasar por completo el territorio de sus enemigos.

Lo convertirán en una historia de terror, no de esperanza, o en el peor de los casos en un héroe para aquellos que crean que la paz solo se consigue mediante la destrucción y que los celestiales deben ser erradicados.

A nadie le importará si quien usó el Amuleto del Tiempo para derribar las murallas del Sacro Reino era Astrey Brynsen o el demonio que habitaba su cuerpo.

Lo que quedará escrito, lo que pasará a la historia, será el desastre que provocó y el número de víctimas que lo sufrieron. Cientos. Quizá miles.

Una catástrofe más. Una leyenda que otros estudiarán para advertir de los peligros del Amuleto y que, como todas las demás, no servirá de nada.

Es injusto. Es cruel. Iban a cambiar el mundo juntos, pero ahora esa criatura ha ensuciado su utopía, la ha convertido en algo retorcido y terrible que no tiene nada que ver con la forma que ellos querían darle.

Le ha arrebatado a Astrey, lo mantiene lejos de ella, pero sobre todo les ha arrancado de las manos el futuro que podrían haber creado.

Eso es lo que consigue que comience a despertar.

El miedo y la culpa siguen ahí, mordiéndole el pecho, apretándole la garganta, pero la rabia encuentra también su hueco y comienza a crecer.

Sus uñas se extienden, arañan el suelo. Sus alas tiemblan.

Las plumas se le erizan en torno al rostro y los ojos le comienzan a cambiar.

—Devuélvemelo —gruñe—. Devuélveme a Astrey.

Una lengua bífida acaricia esa sonrisa envenenada.

—No hasta que ate todos los cabos que quedan sueltos. La muralla era uno, pero tú eres incluso más molesta. No va a centrarse mientras tú sigas aquí, así que tengo que asegurarme de que dejes de ser un problema.

Pero, antes de que pueda hacer un solo movimiento más, una enredadera lo agarra de la muñeca. De la cadera. De los tobillos. Elira no ve de dónde sale, pero sí la manera en la que tiran de él hacia atrás y lo alejan de ella.

Una sombra salta sobre su prometido.