La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Astrey
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Astrey

ASTREY

Astrey no ve a los demonios, pero los escucha.

Sabe que están ahí, entre las ruinas, esperando a que se adentre en ellas para lanzarse a por su cuerpo.

Si les deja, lo despedazarán. Le arrancarán los miembros y, poco a poco, se irán abriendo paso a mordiscos hasta su corazón.

El que lo consiga será el ganador. Jugará con él, se lo pasará de garra en garra como si hiciera malabares y luego abrirá la boca hasta desencajar la mandíbula y se lo tragará entero, sin masticar.

Lo verá. Verá como baja por su garganta y sentirá cómo se le va deshaciendo en el estómago.

Mientras todavía quede un trozo de su corazón seguirá vivo, pero en el momento en el que lo pierda por completo estará perdido.

Astrey camina. Deja que la niebla le envuelva el cuerpo como una manta, que lo acune hasta que pueda olvidarse de todo.

Aunque lleva más de media vida soñando con ese momento, de pronto siente miedo.

Miedo de perderse, de no ser un premio lo suficientemente jugoso, de no saber cómo tratar con demonios.

Le dijo a Nilam que no se preocupase, le dijo a Caleb que lo daría todo, pero nadie sale a su encuentro.

Impaciente, mira a su alrededor. Ve sombras deformes que corren entre la niebla y se pregunta si tratan de jugar con él, como si fuera un niño.

Odia que lo traten como a un niño.

—¡Salid! ¡He venido a hacer un Trato!

La niebla parece convertirse en risas. La siente enredarse en sus muñecas como grilletes, subirle por el brazo, acariciarle la garganta. Es algo intangible, un sonido, un susurro, y, al mismo tiempo, una caricia de terciopelo, como tentáculos que lo atan al lugar donde se ha detenido.

—Eres muy pequeño. ¿Qué Trato podrías ofrecernos tú?

Astrey se gira. Hay algo entre los jirones de bruma que ni siquiera hace el amago de parecer humano.

Es una silueta indefinible, pero alta, enorme, que le saca varias cabezas.

Justo al lado se alza una torre todavía más impresionante.

Si cualquiera de las dos formas le cayera encima, lo aplastaría.

Desaparecería y nadie más volvería a saber de él.

—¡Pertenezco a la familia imperial de Odelia!

—clama por primera vez en toda su vida—.

¡Soy descendiente de Brynjart el Inmortal y quiero recuperar el trono del Imperio, que me pertenece por derecho!

Quiero venganza y un demonio lo bastante poderoso como para conseguirla.

Si lo eres, te lo daré todo. Te daré mi cuerpo, te daré mi sangre, te daré hasta mi alma, si ese es el precio.

La risa vuelve, más fuerte. La risa lo llena todo, se le mete en las venas, le toca los huesos y se los recoloca.

Se divide en tantas carcajadas que parece que haya mil enemigos a su alrededor, pero no ve a nadie cuando vuelve la cabeza.

No es hasta que mira hacia abajo que se da cuenta de que está rodeado de serpientes, todas ellas diferentes.

Las hay pequeñas como sus dedos, largas como sus piernas, anchas como su antebrazo.

Las hay amarillas y negras, de todas las tonalidades de verde, rojas como la sangre y azules como el cielo que pende en algún lugar por encima del nido.

Tienen las escamas húmedas y el ruido que hacen cuando se mueven, cuando pasan las unas sobre las otras, cuando se deslizan entre sus piernas, es un susurro con su nombre que lo perseguirá de ese día en adelante.

Algunas han empezado a rodearle los tobillos, pero ni siquiera es capaz de moverse para sacárselas de encima.

No es capaz de hacer nada más que alzar la cabeza y ver que la niebla se retira lo justo para que distinga a la criatura que se cierne sobre él.

Las escamas plateadas destellan como el sol, sus ojos rojos solo tienen una línea negra que está fija sobre él.

Esa criatura es la torre y su cola, que se alza inmensa también, es la primera figura que vio.

—¿Todo? —pregunta, con una voz que es imposible que salga de esa boca donde solo se ve una lengua bífida y un par de colmillos del tamaño de mandobles—. ¿Me lo darás todo, pequeño?

—Todo —responde él, sin aliento.

Las serpientes no sonríen, pero esa parece hacerlo. Le dedica una sonrisa que le parte el rostro en dos, tan afilada como las agujas que tiene como pupilas. Astrey traga saliva y se deja contagiar por ese gesto, llega a mostrarle ese diente roto que oculta bajo los labios.

Y entonces cae sobre él. Entonces, abre por completo la boca y lo devora entero, con ropa y huesos y todo, dejándolo en la más absoluta oscuridad.

La serpiente lleva tragándoselo desde entonces.

Ha estado digiriéndolo poco a poco, deshaciéndole el cuerpo con cada palabra, con cada comentario, con cada idea que ha plantado en su cabeza.

Lleva matándolo sin que el brujo se haya dado cuenta, intentando arrastrarlo a las profundidades, hacerse con su voluntad, y solo es consciente de ello cuando se encuentra de pie frente a las murallas de Daiva.

Se siente un intruso en su propio cuerpo, luchando por el control de sí mismo y del Amuleto del Tiempo.

Está lejos de ese momento, de ese lugar, y lo único que lo ata a la realidad, al presente, es la garra a la que todavía se aferra.

La voz que todavía le habla, que pronuncia su nombre, que lo llama con urgencia:

—Quédate conmigo, Astrey. No lo escuches. Es tu demonio, ¿verdad? Eres más fuerte que él. Recuerda lo que pasó la última vez que dejaste que tuviera el control. Recuerda lo que le hizo a tu tío. Recuerda…

Lo recuerda. Aún sueña con Nilam en el suelo. Aún sueña con su cabeza cercenada. Aún sueña con Caleb, que no tuvo la más mínima oportunidad. Aún sueña y se revuelve mientras intenta despertar y…

«Y sabes que yo vencí aquella vez. Que te lancé al fondo y volveré a hacerlo ahora. ¿Por qué quieres luchar contra mí? ¿No te das cuenta de que somos lo mismo?».

Pero no lo son, quizá nunca lo han sido.

Son dos entidades independientes y a veces están en conflicto.

A veces Astrey quiere más cosas de las que el demonio le permite.

Y el demonio, a cambio, a veces quiere convertirlo en alguien que no es.

Lo hizo cuando mató a su familia. Lo lleva haciendo durante años, cada vez que lo ha intentado alejar de Elira, cada vez que insistía en que era una distracción.

«Ha demostrado serlo. Si no te hubieras encaprichado, ya habríamos vencido a los celestiales. Si no le hicieras caso, ya habrías destruido esa muralla».

No tienen que destruirla. Ya hay una brecha. Eso es lo único que necesitan. Ahora solo hay que pasar dentro. Solo…

«Eres débil. Siempre has sido insignificante. Y no habrías llegado a ninguna parte sin mí».

—Eres más fuerte que él —le susurra la voz de Elira, que le llega a rachas, como si el viento intentara alejarla de él.

Le está apretando la mano y el brujo intenta devolverle el apretón para que nadie pueda apartarla de su lado—.

¿Puedes escucharme? Tienes el poder de someterlo. Llevas años haciéndolo.

Pero no es cierto. En los últimos años no lo ha sometido. En los últimos años no ha intentado luchar contra él, se ha conformado con estar en segundo plano, con ser un simple observador, y no entiende qué ha cambiado. No entiende qué…

«Ella. Ella ha cambiado».

No, eso no…

«Le estás dando más poder que nunca. La estás dejando decidir.

Antes, al menos, mantenías las distancias.

Nuestros secretos eran nuestros y de nadie más.

Nuestros planes no incluían a nadie más.

No la incluían a ella». Pero sus planes siempre nos incluían a…

«… a ti. Sus planes siempre te incluían a ti.

Y a mí me convenían. Lo decías siempre, que si ella triunfaba, nos acercaría a nosotros también a la victoria.

Pero nuestros objetivos eran diferentes.

Y ahora, por alguna razón, la has incluido.

Ahora la escuchas a ella en vez de a mí».

Y eso es lo que le molesta. Le molesta perder el poder sobre él. Le molesta que decida sin él, que ella tenga tanto peso.

«Me lo entregaste todo, espíritu. Y eso también incluye tu corazón. Es mío y puedo hacer lo que quiera con él. Eres mío y puedo hacer lo que quiera contigo, porque sin mí no eres nada».

Pero sin Astrey, el demonio tampoco es nada.

Por eso la lucha está tan igualada. Por eso una mano se aferra a la de Elira y la otra va a por el Amuleto del Tiempo.

Por eso su mirada va de ella a la muralla que todavía sigue en pie.

Por eso se siente tan dividido, caminando por el borde de la consciencia.

Por eso nota una mano monstruosa apretándole ese corazón que todavía le late, que resuena en cada rincón de su cuerpo.

—Arrán… camelo. —Su voz sale ahogada, ronca, cuando consigue enfocar la mirada y clavarla en ese par de ojos naranjas que tiene enfrente—. Llévatelo… No… No dejes… No dejes que lo use.

No sabe si se refiere a su corazón o al Amuleto.

No sabe si sigue siendo él o las palabras que pronuncia nunca llegan a abandonar sus labios.

Lo único de lo que es consciente es de que reúne toda su fuerza de voluntad para darle un tirón a la cadena que lleva alrededor del cuello y se encuentra con una resistencia que le paraliza el brazo.

«No vas a arruinarlo todo», gruñe el demonio.

—No voy a permitir que eches a perder todo lo que hemos estado construyendo durante años —pronuncia a través de su boca.

Lo siente. Siente el momento exacto en el que el demonio da un paso adelante.

Es como una invasión, como si alguien le atase hilos alrededor de los brazos, de las piernas, de los dedos y de la cabeza, y lo empujase a bailar como él quiere.

Es doloroso, es molesto, y Astrey no encuentra las fuerzas para luchar.

El demonio lo embiste con una fuerza que el propio espíritu ni siquiera sabía que tenía, le enreda serpientes alrededor de los tobillos y tira, tira y tira de él hacia abajo, hacia sus fauces abiertas, hacia lo más profundo de su estómago, donde lo deshará, donde terminará como un corazón derretido, mientras sus huesos se convierten en ceniza.

Ya lo siente. El comienzo del fin. El Amuleto deja de estar en su mano porque esa no es su mano, ya no. Una garra trata de alcanzarlo en el último momento, en un gesto desesperado.

—¡Astrey, no!

Pero la tierra ya está temblando y el demonio lanza a Elira hacia atrás con un golpe que la tira al suelo por lo inesperado que es.

Astrey grita desde alguna parte, intenta alcanzar a su demonio, intenta llegar hasta el objeto que le pertenece.

Es el emperador de Odelia, es el Portador, pero también es un niño perdido en la niebla, mirando a todos lados, buscando un demonio que quiera darle su poder.

«Eres muy pequeño», le susurra la bruma con una risa. «¿Qué Trato podrías ofrecernos tú?».

Y es cierto, lo es. Antes tenía algo, justo ahí, entre los dedos, pero ya no se acuerda de qué era.

Ahora lo tiene otro. Lo ve, a través de los jirones, a través de un caleidoscopio de colores borrosos.

Lo ve apretar un objeto dorado entre los dedos hasta que destella, hasta que las agujas se ponen en marcha, más frenéticas que nunca.

Se cruje el cuello, se acomoda en ese cuerpo y murmura:

—Siempre supe que eras demasiado débil. Es una suerte que me tengas a mí para acabar las cosas que tú no eres capaz de hacer.

La tierra tiembla con más fuerza. Una grieta con la forma de una boca se abre bajo sus pies.

A Astrey lo devora la oscuridad.