La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Dyne
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Dyne

DYNE

El último aliento de Ammarah Aiviz es tan silencioso que Dyne se lo perdería si no pudiera sentir su energía apagándose como una llama que, cansada de brillar, muere dejando atrás solo una sombra de humo.

Su cuerpo se derrumba entre sus brazos y, aunque la necromante se tambalea, no lo suelta.

Prefiere dejar caer el puñal a renunciar a ella o al medallón que todavía sujeta entre los dedos, el que se ha partido con el último latido del corazón de su dueña.

La necromante no lamenta ni uno solo de los asesinatos que carga sobre sus hombros, pero, por primera vez en años, la sangre le pica en las manos.

No importa que una parte de ella crea que es una muerte merecida, no importa que la reina casi pareciese desear que alguien hiciese lo que ella quizá nunca se habría atrevido a hacer con sus propias manos.

Dyne no derrama ni una sola lágrima, pero le duele.

Le duele pese a que sabía que no debía acercarse tanto, que no debía dejar que se le colara bajo la piel.

Nunca debería haberle robado ese primer y último beso.

Nunca debería haberle ofrecido sueños para luego quitárselos, porque ahora han echado raíces en su propia mente y sabe que no va a ser fácil arrancárselas, sino que florecerán con un montón de preguntas sobre lo que podría haber sido.

Con cuidado, se agacha y, al fin, deja el cadáver sobre el suelo, junto al altar.

Se plantea volver a ponerle el medallón alrededor del cuello, pero descarta la idea: es mejor que nadie lo sepa.

Es mejor que crean que sigue entero, que alguien se lo robó, y le den los ritos que merece como monarca, porque si no quizá la lleven a su maldita Fosa.

Así que se queda la joya, encerrada en su propio puño, y después se inclina y deja un beso sobre su frente para plantar sueños felices en su próxima vida.

—Lo siento.

Dyne no echa la vista atrás, aunque se yergue de nuevo en cuanto escucha la voz.

Derek está a solo unos pasos, aunque no lo ha oído acercarse.

Sabe que su amigo lo ha visto todo, pero no hace preguntas.

Las hará, pero no ahora. Ahora solo se estará preguntando cuántas personas más tienen que morir por él.

Lo conoce. Sabe que se culpará, pero la realidad es que ella habría matado al doble de gente si ese era el precio a pagar por mantenerlo a él a su lado.

Habría matado a media ciudad, por egoísta que fuera, para conseguir que el único hermano que conoce siguiera viviendo.

—Está bien —murmura—. Creo que, de todos modos, ella no podría haber seguido viviendo con la culpa, así que espero que en su próxima vida no tenga tanta. Que pueda vivir… más tranquila. Más feliz. ¿Será así, Muerte?

—Tendrá una vida más sencilla. Una en la que nadie elegirá por ella.

La asesina se gira para fijarse en la niña que se ha detenido al principio del largo pasillo flanqueado por los bancos de madera.

Resulta diminuta en la inmensidad de la basílica, descalza, sin más ropa que un vestido hecho de mil colores que se arremolinan y se mezclan.

No, no es eso. Los trozos de tela son en realidad las alas de centenas de mariposas posadas sobre la piel morena de la niña.

Una larga melena de pelo blanco cae suelta a su espalda y los ojos, del mismo verde que los primeros brotes de la primavera, están fijos en los de ella.

Dyne siempre ha sentido idolatría por su diosa, pero, por primera vez en su vida, nota un asomo de resentimiento deslizándose por debajo de su piel.

No se debe solo a Ammarah, sino también a Ishtar.

Al propio Derek, que ha tenido que sufrir una maldición durante días por una traición que él nunca pretendió cometer.

Con cuidado, se pone en pie para encararla.

—He cumplido con mi parte. Es hora de que vos cumpláis con la vuestra.

Sikil ladea la cabeza en un gesto de inocencia y, por el más breve de los momentos, Dyne teme que no vaya a hacerlo, que vaya a señalarle un vacío legal en su trato y le diga que no entendió bien las condiciones.

Pero Muerte no es así. Muerte puede ser injusta, incluso cruel, pero siempre les dice a los suyos lo que espera de ellos.

Por eso asiente y su mirada cae sobre Derek.

—Me alegro de que regreses a nuestra familia, mi niño.

Un gesto de su mano es todo lo que hace falta para que una de las mariposas se desprenda de su vestido.

Tiene unas alas blancas enormes y cruza grácilmente el aire que separa a la diosa de los necromantes; Derek la mira con los ojos muy abiertos, en tensión, pero no se aparta cuando el insecto revolotea alrededor de su cabeza y, al final, se le posa en la mejilla, sobre el tatuaje que no ha dejado de extenderse desde ahí.

En cuanto lo hace, el chico contiene una mueca.

Es el gesto más sutil, como si la sensación de tener la mariposa encima fuera desagradable.

Dyne da un paso hacia delante, está a punto de preguntarle si se encuentra bien, pero entonces las alas del insecto empiezan a cambiar.

Es como si alguien dejara caer una gota de tinta negra sobre ellas.

Empieza en el centro, como un pequeño punto, pero se extiende casi de inmediato y las va tiñendo poco a poco.

A medida que las alas de la mariposa se tornan negras, Derek recupera su movilidad.

Jadea, incrédulo, mientras mueve la mano que tenía en el cabestrillo y abre y cierra los para probarlos; se levanta la manga para comprobar que la enredadera que le pintaba la piel se ha desvanecido.

Los únicos tatuajes que quedan cuando la mariposa vuelve a alzar al vuelo son los de sus antiguas heridas.

El necromante alza la vista y Dyne se da cuenta de que sus ojos ya no parecen los mismos.

Siguen siendo grises, siguen estando tristes, pero también hay algo más en ellos.

Alivio. Incredulidad. También magia. Está segura de que, cuando la observa, está mirando más allá de ella, percibiendo su energía igual que ella percibe la suya.

—Estoy…

Algo similar a un sollozo le rompe la voz, así que Dyne nunca llega a saber qué iba a pronunciar a continuación: «bien», «vivo» o incluso «aquí».

No importa. Ella lo entiende, porque siempre lo ha hecho.

Lo que quiere decir es que vuelve a ser él, pese a los trozos que ha perdido por el camino.

Lo que siente es agradecimiento, pero también vértigo, porque ahora tiene que aprender a vivir sin Ishtar, después de tantos años viviendo casi para ella.

Aun así, Dyne sabe que lo hará. Por la princesa, porque se lo pidió.

Porque, aunque duela, aunque vaya a doler durante mucho tiempo, son necromantes precisamente porque aman la vida, así que al final una mañana se levantará y descubrirá que puede soportarlo, o tal vez una noche, mientras estén mirando las estrella, se girará hacia su amiga y le dirá que se alegra de estar vivo.

Dyne no sabe quién va primero a por el otro, pero lo que sí sabe es que de pronto están abrazados, aferrándose entre sí como nunca se han aferrado a nadie.

Se sostienen, tratan de mantener al otro unido para que no termine de romperse.

Cuando Derek empieza a llorar contra su hombro, cuando solloza como el niño perdido que un día fue, ella aprieta los párpados y los dientes y es fuerte por los dos.

Busca el camino de vuelta al hogar por los dos.

No volvería a abrir los ojos si no fuera por el ruido.

Si no fuera consciente de que la energía de Sikil fluctúa y todas sus mariposas empiezan a aletear al mismo tiempo, como si quisieran marcharse de allí.

Entre las lágrimas que se le amontonan en los ojos, Dyne ve que su diosa alza la vista hacia las constelaciones del techo, como si pudiera leer en ellas el futuro.

—Va a empezar —susurra—. Deberíais marcharos de aquí.

—¿Qué…?

El mundo se sacude de nuevo antes de que pueda terminar la pregunta.