La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Ammarah #2
94%

Ammarah #2

La reina vuelve a bajar la vista para observar a la muchacha frente a ella, que la observa como si estuviera intentando desentrañar una vez más en qué palabras se esconde la mentira y en cuáles la verdad.

Ammarah siente que se le relajan los hombros, por fin.

La calma se asienta poco a poco, cada vez más real.

—Sé que esto es lo que me merezco —dice mientras se le deshace el nudo que se le ha formado en la garganta—.

Es… Es el pago por todo lo que he hecho.

O por todo lo que no he hecho, quizá. Sea como sea, este reino estará mejor sin mí.

Quien venga detrás habrá aprendido de mis errores.

Estoy segura de que lo hará mucho mejor.

Dyne aprieta los labios. Estrecha los dedos alrededor de la empuñadura de la daga y da un paso hacia delante, pero no levanta el arma.

—No todo ha sido culpa tuya. Y has estado intentando hacerlo mejor, ¿no? Has encerrado a la Suma Celestial y has empezado a tomar tus propias decisiones. No eres tan terrible como piensas, Ammarah.

Qué irónico que la persona que siempre ha sido más crítica con ella, con la que más ha discutido respecto a sus acciones, sea ahora quien trate de consolarla.

Una parte de ella quiere seguir escuchándola.

Quiere que la felicite. Quiere confesarle que escribió una carta al emperador, que llegó a ofrecer su abdicación.

Pero no quiere excusarse más.

Que ese sea su último secreto. Que se sepa algún día, cuando ya no esté, y que decidan sin ella presente si merece la expiación o no. Ella, de todos modos, ya tiene clara su respuesta.

—Soy tan terrible que he destruido Daiva tal y como la conocemos. —Se le escapa una risa, ahogada, triste—. Tenías razón: me recordarán como la reina que lo cambió todo y quizá eso fue una condena desde el principio.

—Eso no…

Pero ni siquiera Dyne puede mentirle a la cara de esa manera. Ni siquiera ella, una experta del engaño, negará lo evidente. Así que la necromante calla y la reina lo prefiere así. Que todo acabe sin discusiones.

Que todo acabe, sin más.

—Hazlo.

Dyne tensa la mandíbula, pero da otro paso hacia delante y Ammarah toma aire, aunque le cuesta mantenerlo en el pecho.

El corpiño la ahoga, o quizá sea el miedo, por mucho que desee convencerse de que no debería tenerlo, de que va a ser fácil, va a ser rápido.

Le gustaría pedirle a la necromante que volviera a poner la expresión seria y sin sentimientos que tenía cuando pasó el cuchillo por la garganta de los brujos.

Le gustaría que fuera impersonal, indoloro.

Le asusta el dolor. Le asusta que haya alguna posibilidad de que, en el último momento, Dyne quiera echarse atrás y la deje ahí, viva y sufriendo.

La asesina se detiene justo frente a ella.

Sus ojos castaños, oscuros, se hunden en los suyos con la misma fuerza con la que ha hundido el arma en el cuerpo de sus enemigos.

El efecto también es el mismo, porque la reina siente que se debilita bajo esa mirada, que se deshace, que se le escapa la sangre del cuerpo incluso sin ninguna herida abierta.

—Me gustaría no tener que hacerlo. Lo sabes, ¿verdad?

—Ammarah odia saber que esa es una verdad—.

Me gustaría… Me gustaría sacarte de este reino y enseñarte cada rincón de Evren.

Enseñarte otra vida distinta. Si estuviera en mi mano, te mostraría un mundo lleno de flores mucho más hermosas que las que hay en tu jardín.

No. No quiere flores, no quiere otra vida.

No quiere sueños si no van a dejar que los cumpla, si no va a poder guardarlos cerca de un corazón que siga latiendo.

Nota que le tiemblan los labios, que los ojos se le llenan de lágrimas.

Se dice que no va a seguirle el juego, pero Ammarah siempre ha sido una experta en mentirse a sí misma.

Aprendió a hacerlo antes incluso de aprender a mentir a los demás.

—¿Y qué más me enseñarías?

Dyne alza la mano en la que no lleva el puñal para acariciarle la mejilla y limpiarle una lágrima.

Está tan cerca que el borde de su túnica le roza la falda del vestido, tan cerca que Ammarah se da cuenta de todos los golpes que le han dado, de todas las cicatrices que le adornan la cara.

Eso también es su culpa. Tiene una hojita de hiedra tatuada en el labio inferior, como si una rama fuese a salirle en cualquier momento de la boca.

Cuando se da cuenta de que no puede dejar de mirarla, cuando se da cuenta de que su corazón está empezando a acelerarse, cierra los ojos para fingir que solo quiere poder imaginar mejor el mundo que ella le está describiendo:

—Te enseñaría prados inmensos, llenos de colores que nunca has visto, y allí te coronaría con flores.

Te llevaría hasta las ruinas más grandes de Arsay y nos inventaríamos mentiras sobre cómo fue la vida hace mil años.

Nadaríamos en océanos brillantes y nos sumergiríamos para conocer las ciudades hundidas en sus aguas.

Caminaríamos por desiertos infinitos y desenterraríamos palacios de arena de entre las dunas.

—Ammarah siente que otra lágrima se descuelga de uno de sus párpados—.

Y… ¿Qué más? ¿Qué te gustaría a ti que te enseñara?

¿Qué no? Se imagina lo que ha dicho, cada paisaje. Se imagina acostada entre la hierba mientras las briznas le acarician las palmas de las manos. Se imagina el tacto de la piedra en los dedos, el cuerpo dejándose arrastrar por la marea y la sensación de los pies hundidos en la arena caliente.

—Todo —admite—. Quiero ver cada maravilla y cada cosa ordinaria. Quiero saber cómo se siente dormir bajo las estrellas. Quiero vivir un amor de leyenda. Quiero… Quiero probar a qué saben los besos. Quiero bailar bajo tormentas. Quiero todos los amaneceres del mundo. Quiero…

Pero calla antes de que el sollozo que siente en la garganta la ahogue y delate su angustia.

Entreabre la boca cuando toma aire y nota el aliento cálido de Dyne contra su piel.

No abre los ojos, sin embargo. No se atreve.

Lo siguiente que sabe es que unos labios se presionan contra los suyos, tiernos, blandos pero seguros.

El estremecimiento que nace de esa caricia prende todo su cuerpo en llamas y, al mismo tiempo, la relaja como si fuera un bálsamo.

Es una sensación extraña, contradictoria.

Al parecer, los besos saben a agua de lluvia, a pétalos de rosas húmedos de rocío, y se sienten como una tempestad sacudiéndola por dentro.

Ammarah abre los ojos justo a tiempo de ver a Dyne separarse y tiene que reprimir el impulso de aferrarse a ella y echarse hacia delante.

Tiene que detenerse para no llevarse una mano a la boca, para no volver a dejar caer la mirada sobre la hoja de hiedra que ahora siente tatuada en su propia boca.

—Has dicho que querías saber a qué sabían los besos, ¿no? —murmura la asesina—. Al menos podía darte eso.

La saliva que traga Ammarah le sabe dulce, a miel.

Aunque sigue teniendo frío, le arden las mejillas, los labios, y sabe que no va a poder volver a apagarlos mientras viva.

También le ardían después de besar a Lilith en la frente, pero son dos sentimientos muy distintos.

El otro beso lo buscó, este se lo han dado en el peor momento.

Y es injusto. Es injusto que haga eso ahora, a punto de clavarle el puñal, a punto de quitárselo todo.

Quiere pensar que no le ha gustado, que no va a querer otro nunca más.

—No… No quería un beso tuyo.

Espera que ella sonría y diga «mentira», pero Dyne solo deja escapar una risa corta, incómoda, estrangulada.

—Lo sé. Lo siento.

Ammarah siente que el corazón se le encoge en el pecho cuando sus ojos vuelven a encontrarse y se da cuenta de que la disculpa es sincera porque la necromante se ha creído su mentira.

Es algo más de lo que arrepentirse y, por un instante, lo único que desea es encontrar el coraje suficiente para ser honesta.

Le gustaría decirle que quiere otro, que quiere morir con su boca en la suya, que nunca había pensado en besarla a ella pero ahora se pregunta por qué no lo ha hecho antes.

Pero no le parece justo, o quizá tan solo siga sin ser lo suficientemente valiente.

Por eso tan solo dice:

—Hazlo. Hazlo ya, Dyne.

Esta vez sí, el cuchillo se alza y Ammarah vuelve a cerrar los ojos.

Un corte limpio en el cordón que le ata el medallón de Destino al cuello es todo lo que Dyne necesita para que la joya caiga en su mano.

Ammarah no cree haber estado sin él desde los doce años y perderlo le deja un sentimiento de indefensión, de desnudez, para el que no estaba preparada.

Aun así, no abre los ojos. Que lo rompa.

No merece mirar a su dios a la cara. No se merece entrar en su Corte.

Quizá no quiera entrar.

Quizá así algún día pueda ver ese mundo que ella le ha prometido.

—¿Una última mentira, majestad?

El acero contra su piel le provoca un escalofrío. Abre la boca, pero deja pasar la oportunidad de confesarle que ya se la ha dicho y busca otra entre todas las cosas que le bullen en el estómago.

Ammarah de Daiva toma aire una última vez.

—Odio que vayas a ser tú quien me mate.

Un segundo de quietud. Dos.

—Descansa en paz, Ammarah.

El puñal se hunde en su piel.