Ammarah
AMMARAH
A Ammarah se le hace extraño el silencio que reina en la basílica.
En los últimos tiempos, se ha acostumbrado a pasar sus días rodeada de ajetreo, del sonido de los sirvientes, de los guardias, las discusiones del Consejo.
¿Cuánto tiempo hacía que no sentía esa quietud, esa paz?
Ni siquiera se acuerda, porque hoy incluso su cabeza está callada.
Podría seguir autocompadeciéndose, fustigándose por todos los errores que ha cometido, pero ahora, por fin, lo único que queda es un gran vacío.
Las murallas están cayendo y, con ellas, la última certeza que le quedaba, porque se suponía que esos muros podían resistirlo todo, que llevaban ahí mil años y que iban a seguir ahí por toda la eternidad.
Pero no van a hacerlo y está segura de que eso también es su culpa.
Su carta ha llegado demasiado tarde, se ha puesto en marcha demasiado tarde, y ahora va a perderlo todo.
Lo peor es saber que ni siquiera va a ser ella la única que sufra por sus errores.
Al igual que en la Purificación, mucha gente va a morir.
Mucha gente está a punto de perder a sus familias, sus hogares, y no hay forma humana de que nadie pueda perdonarla después.
Ella misma no va a poder perdonarse.
Lo único que Ammarah de Daiva puede hacer por su pueblo ahora es pedir un milagro, así que reza.
Reza para que su gente no sufra, para que Lilith sobreviva, para que venza al Portador y destruya el Amuleto.
Reza para que sea ella quien traiga la paz a Evren.
Reza para que su dios la guíe de la mano y la ilumine cuando tenga que tomar las decisiones en las que ella ha fallado.
La reina de los celestiales reza y aguarda.
Por eso, cuando la puerta se abre a sus espaldas, sabe que el momento que estaba esperando ha llegado.
Deja caer las manos sobre su regazo, pero no se gira, sino que se queda mirando la corona que ha dejado sobre el altar, como si fuera un sacrificio al dios que la observa desde la vidriera.
También quiere pensar que ha dejado como tributo la máscara que suele llevar en público, esa que se pone para improvisar cuando su vida se vuelve un teatro.
Si supiera que va a ayudar, se quitaría cada joya, cada objeto de valor.
Se quitaría incluso su medallón y ofrecería su alma a cambio de la paz.
No se siente digna de tener una. No se siente digna de que el ojo de Destino siga entero cuando ella está tan rota.
—Deberíais estar en palacio, majestad.
No reconoce la voz. Los pasos que avanzan hacia ella son sigilosos, pero no tienen la cadencia de siempre. Ammarah frunce el ceño y siente un pinchazo en el pecho, la intuición de que algo no va como debería. Son varias las personas que han entrado, quizá dos o tres.
Eso no estaba en su visión.
En el sueño que ha tenido esa misma noche no era eso lo que sucedía.
En su sueño solo se enfrentaba a una persona.
En su sueño, aunque la sangre caía del cuchillo, ella estaba tranquila, casi aliviada, pero ahora siente que el pánico le hiela las piernas.
El mismo frío que la paraliza a ella es el que alimenta las llamas de las velas y apaga algunas de un soplido, dejando la parte derecha de la nave sumida en la penumbra.
Asustada por lo que se va a encontrar, echa un vistazo hacia atrás.
Los brujos no son algo nuevo para Ammarah.
Los ha visto en sus visiones y los ha temido al despertar: le asustan sus rasgos inhumanos, el poder que les permite transformar el mundo a su antojo.
Teme al emperador de Odelia, con ese rostro arrebatador que puede volverse monstruoso con un solo parpadeo.
Durante toda su vida ha temido las historias del Inmortal y el caos que corre por las venas de cada una de esas criaturas.
Pero, pese a todo, no se dormía pensando que pudieran entrar en sus aposentos.
Los brujos eran poco más que una leyenda, porque estaban fuera y nunca podrían traspasar la muralla.
Hasta ahora.
Visten por completo de negro, con el escudo de Odelia grabado en el pecho de sus ligeras armaduras, y llevan armas sujetas a la cadera, aunque los demonios que han alterado sus rasgos son mucho más aterradores.
Ammarah intenta retroceder cuando ve los cuernos y la cola de una de las criaturas, las orejas deformes y las alas de murciélago de la otra, pero no es capaz de moverse, así que se queda ahí, en las escaleras del altar, incapaz incluso de apartar la vista.
Esos seres no se parecen a nada que haya visto antes y, aun así, tienen el aspecto familiar de las pesadillas.
—Si quieres rezar, podrás hacerlo desde tu celda —le dice el brujo de los cuernos.
—Ammarah de Daiva, quedas arrestada y bajo la custodia de los emperadores de Odelia —añade la de las alas membranosas.
La reina abre mucho los ojos, pero antes de que pueda pensar en gritar, una garra de uñas afiladas como cuchillos intenta cogerla del brazo.
Le llega a rozar la manga del vestido, pero, en el último momento, la muchacha la esquiva y cae hacia atrás.
Trata de escapar, aunque sea a gatas; trata de levantarse, de ganarle el pulso al pánico que se le ha hecho una bola en el pecho.
—¡No!
Esta vez sí, su grito resuena en la basílica vacía, salta de pared en pared, de banco en banco, dando la impresión de que hay mil como ella y de que las mil luchan.
A las mil deben de alcanzarlas, de cogerlas del pelo y obligarlas a ponerse en pie y a darse la vuelta.
A las mil, también, se les escapa una lágrima de puro terror cuando les dicen:
—Todo será mucho mejor si no te resistes.
Y a las mil las salva una única figura, salida de las mismísimas sombras que ahora gobiernan una de las alas del edificio.
Ammarah la ve aparecer como si se hubiera quitado una capa negra de encima, como si hubiera nacido del aire, por algún tipo de magia que solo los necromantes entienden.
Ve el filo destellar a la luz de la vidriera, primero desnudo como una hoja de plata y, a continuación, manchado de los rubíes más rojos cuando abre un tajo en el cuello del brujo que la tiene agarrada del pelo.
La mano la suelta de inmediato y la celestial da un paso atrás, tambaleante, con las manos en la boca y un grito atrapado en la garganta.
—Lo siento, pero la reina es mía —murmura Dyne.
Cuando arranca el puñal de nuevo, el cadáver cae a sus pies.
La bruja que queda en pie abre mucho los ojos, incrédula.
Tarda en reaccionar apenas dos segundos, pero eso es todo lo que necesita la necromante para lanzarse sobre ella.
Su contrincante solo tiene tiempo de alzar la mano, aunque Ammarah no sabe si lo hace para defenderse o para usar su magia.
Sea como sea, no llega a tiempo. El filo entra y sale de su garganta y eso es todo.
Todavía con la expresión de sorpresa, cae al suelo.
Todavía con los ojos abiertos, entreabre los labios y su pecho se deshincha.
Aunque Ammarah la mira fijamente, esperando algún tipo de reacción más, no vuelve a coger aire.
No vuelve a moverse, aunque cambia: las alas se deshacen como cera que el suelo se traga, las orejas desaparecen.
De pronto, el monstruo vuelve a ser humano y sangra y sangra, mancillando ese suelo sagrado, creando un mar escarlata que llega hasta la reina y le mancha el bajo de la falda blanca y las zapatillas de seda.
La necromante también observa su obra con la apatía de una asesina que ha cumplido con su trabajo.
En un gesto que parece inconsciente, pasa la hoja del puñal por la tela de la túnica con la que la iban a ejecutar y, después, alza la vista hacia Ammarah.
La soberana deja escapar el aliento cuando sus miradas chocan y trata de convencerse de que el sabor metálico que nota sobre la lengua es solo su imaginación.
De pronto, el mundo vuelve a tener sentido y todo está en su lugar.
Esa imagen, aunque retorcida, es la correcta.
Esa imagen es la que ha visto en sueños: Dyne, a tan solo unos pasos, armada con un cuchillo sucio, mirándola de frente, con la decisión escrita por todo el rostro.
Se dice que si siente ganas de llorar es de alivio.
—No necesitaba ayuda…
Un parpadeo. Una sonrisa que es solo la sombra de una de verdad. Por un momento, vuelven a estar en la celda, frente a frente.
—Mentira.
Es más fácil así. La realidad es más agradable cuando ambas juegan a aparentar que conocen a la otra; cuando pueden fingir, como han hecho esa misma mañana, cuando han intentado convencerse de que podían ser solo dos muchachas que miraban el amanecer juntas.
Ahora pueden volver a hacerlo, con más libertad que nunca.
Ahora no hay nadie que las observe, más allá de las estatuas en sus pedestales.
Ammarah da un paso hacia atrás y sus talones se chocan contra las escaleras del altar. Le recuerdan que no tiene ningún lugar al que huir. Que se supone que no quiere hacerlo.
—Te estaba esperando.
La necromante estudia su expresión, como si la conociera lo suficiente para decidir si eso es cierto o no.
—¿Has tenido una visión?
—Anoche soñé que nos encontrábamos aquí, las dos solas —confiesa.
Prefiere mirar en sus ojos a bajar la vista y encontrar los cadáveres en el suelo—.
Tú estabas a solo un paso, con ese cuchillo manchado de sangre en la mano.
Me decías algo y yo sabía lo que ibas a hacer, como si lo hubiera visto en un sueño. Y estaba… Estaba tranquila.
—¿Y lo estás ahora?
Ammarah no responde de inmediato. Toma aire y alza la vista al fresco del techo. Las constelaciones que se ciernen sobre ella se le antojan empañadas, pero recuperan su forma cuando parpadea. Ante los brujos estaba aterrada, pero ahora…
—Sí. —Y solo necesita pronunciarlo para saber que es cierto. Para sentir un alivio que la hace querer reír, que la hace sentirse ligera—. Sí, estoy tranquila.