Nathan #2
Ambos se enamoraron de quienes no debían. Ambos decidieron mentir por ese amor. En algún momento, ambos se vieron atrapados entre el deseo y el deber. La única diferencia entre ellos es por cuál de esas dos cosas eligieron inclinarse al final.
—¿Qué quiere decir eso?
—¿Quién sabe? Pregúntale a tu dios —replica él, con una sonrisa que parecería inocente si no fuera por lo afilado de sus dientes—.
Él tiene todas las respuestas, ¿no? Yo, sin embargo, ya no lo escucho, así que voy a tener que contentarme con hacerte algunas preguntas a ti.
Serás honesta, ¿no? Como se espera de una buena celestial.
—No tengo nada que decirte, demonio.
—Creo que no lo has entendido: no te estoy dando opción.
Y empezaremos con algo sencillo, ¿de acuerdo?
—Nathan se pasa la lengua por los labios—.
Mi boda con Ammarah. Fue decisión tuya, ¿verdad?
Tu dios nunca tuvo esa idea. Fue algo que se te ocurrió a ti, pero decidiste hacerlo pasar por una visión, por una misión divina, para que nadie lo pusiera en duda.
Rhea entorna los ojos, pero permanece callada. No retrocede ni muestra la más mínima señal de estar intimidada, así que Nathan se acerca un poco más, hasta que la mujer no tiene más opción que retroceder por cada paso que él da.
—Podemos hacer esto por las buenas o por las malas, Rhea. Las malas no te van a gustar, te lo aseguro. Las buenas, en cambio, pueden hacer que te salves de lo que tengo preparado para ti. Te conviene colaborar.
La mujer aprieta los dientes cuando su espalda se topa con la pared de la celda. Aun así, levanta la barbilla.
—El Amuleto es la herencia de Santa Aiva. Debía volver a su familia.
—Me lo tomaré como un sí. —Nathan trata de contener el fuego que le estalla dentro, la voz de su interior que le dice que la mate sin más—.
¿Por qué le diste la falsa Eunomia a Adam aquel día?
El de la boda. ¿Por qué esa espada precisamente?
Podría haberme protegido con cualquier otra, pero llevaba a Eunomia, y sé que él nunca la habría cogido por sí mismo.
¿Por qué se la diste? —Rhea entrecierra los ojos, pero no responde, y entonces Nathan se atreve a seguir adivinando—: Lo sabías, ¿no es cierto?
Que yo pondría en marcha el Amuleto algún día.
Lo supiste siempre, por eso me despreciabas tanto.
Lo sabías, pero no se lo dijiste a nadie porque creíste que podías manipular la situación a tu antojo.
Si Adam me mataba con Eunomia, él habría sido el nuevo Portador.
Habría sido el nuevo prometido de Ammarah.
Tu hijo habría sido rey consorte del Sacro Reino y Portador del Amuleto, tu familia habría quedado unida a la de Santa Aiva.
Imagino que eso te habría gustado. Habría sido un destino magnífico.
Rhea lo escucha sin cambiar su expresión y eso es suficiente para que Nathan sepa que tiene razón. Así, por fin, todo encaja. Probablemente esa mujer sea la única en el mundo que podría haber evitado que todo sucediera como sucedió, pero decidió que no lo haría porque era lo que más le convenía.
Aun así, la siguiente vez que la Suma Celestial abre la boca no lo hace para admitir su culpa, sino para comenzar un exorcismo.
Nathan reconoce las palabras antes incluso de que la piel comience a picarle, así que la detiene rápido: alza la mano y la aprieta contra su cuello, estrechando las uñas contra la piel.
La mujer toma aire, con los ojos muy abiertos, y trata de sacudirse con todas sus fuerzas, pero no tiene nada que hacer contra él.
—Dilo —masculla Nathan—. Confiesa tus pecados, Rhea.
La celestial gruñe, alza las manos para clavárselas en el brazo, pero solo tiene fuerza en una de ellas. La otra es demasiado anciana, demasiado débil, demasiado frágil. Podría rompérsela sin esfuerzo.
—Lo estropeaste. Lo… Lo echaste todo a perder —gruñe ella entre jadeos—.
Adam habría tenido un futuro brillante, pero tú se lo arrebataste.
Tú. Echaste a perder años de educación, de preparación.
Solo tendría que haberte matado y habría sido el mayor santo que jamás hubiera existido.
Todo el mundo lo habría admirado. Todo el mundo lo habría querido y habría visto lo bien que lo hice.
Lo hice yo. Lo hice perfecto y tú me lo quita…
La frase se queda en el aire cuando Nathan aprieta más.
En sus ojos negros se han encendido dos llamas pequeñas, rojas, que arden con todo lo que tiene dentro.
La ira le consume el estómago, le arde en las venas y se le extiende hasta la punta de los dedos, que comienzan a quemarle.
La marca de su mano comienza a tatuarse en la piel de la mujer como si fuera hierro candente y Rhea grita, pero Nathan la ignora cuando se inclina hacia su oído.
— Tú me lo quitaste —gruñe el brujo—. A él, pero también todo lo demás.
Me quitaste la posibilidad de una vida tranquila en el Templo, igual a la del resto.
La libertad de amar a quien quisiera. Si tan solo me hubierais permitido eso, quizá el Amuleto seguiría entre estas paredes.
Si tan solo me hubieras dejado tener a Adam, quizá todo sería distinto hoy.
La mujer patea, nerviosa, cada vez más asfixiada, pero él no se mueve, no se aparta. Rhea todavía respira. Todavía respira y sufre y él va a encargarse de que siga haciéndolo. Va a hacer que desee morir, por todos los días en los que él también ha querido hacerlo.
—Gracias por confesar tus pecados, Rhea. Lamentablemente, no va a servirte de nada, porque no voy a dejar que entres en la Corte Celestial. Como ya sabes, Destino no soporta a los mentirosos.
Agarrar su medallón con la otra mano es fácil. Derretirlo todavía más. El oro se funde entre sus dedos ardientes, le baña la piel y salpica el suelo. Rhea abre mucho más los ojos y quizá gritaría si pudiera, si tuviera el aire suficiente, pero no lo tiene, se le está acabando, casi no le queda.
Por eso la suelta. Deja que caiga al suelo tosiendo y luego se acuclilla a su lado con calma, con la mano todavía goteando dorado.
—No voy a matarte —murmura, como si fuera un secreto—. No voy a ahorrarte ni un solo segundo del sufrimiento que te espera. Nos vemos en tus pesadillas, Rhea Moriz.
Eso es todo lo que tiene que decirle. A una parte de él le gustaría atravesarla con Dysnomia, del mismo modo que ella atravesó a Adam con Eunomia, pero de pronto la idea de hacerla sufrir durante días le resulta mucho más satisfactoria.
Que se vuelva loca poco a poco. Que lo vea en sueños, acabando con ella, desangrándola.
Que Destino decida cómo torturarla, ya que es un experto en ello.
Nathan ya ha puesto un pie fuera de la celda cuando la escucha volver a hablar con la voz raspada:
—Me alegro… —Rhea tose, sin aire—. Me alegro de haberlo matado antes de verlo convertido en alguien como tú.
Eso lo detiene y hace que incluso Adriel gruña, furibundo.
«Déjamela a mí», lo escucha decir. «Puedo hacerla sufrir.
Puedo romperla de tantas maneras…». Pero no.
No, no quiere perderse ni un segundo de esa situación.
La vida de Rhea Moriz es suya y todo lo que sufra se lo hará él.
Ha sentido culpa por muchas cosas, se ha tenido que mantener al margen de tantas otras, pero ese momento le pertenece.
Nathan gira la cabeza con las brasas de su rostro apagadas y las pupilas encendidas. Pese a ser dos llamas de fuego, resultan heladas.
—¿Quieres saber algo interesante de mi demonio, Rhea? —La mujer lo observa desde el suelo, intentando a alzarse a duras penas, con el rostro arrugado por el odio en lugar de por la edad—. Es inmune al fuego. ¿Cuánto lo aguantarás tú?
Las llamas estallan alrededor del cuerpo de la Suma Celestial con un solo chasquido de sus dedos y los alaridos de la mujer llenan las mazmorras, pero Nathan no se mueve.
No deja de mirar, hechizado por la manera en la que el fuego crece y consume, por la danza retorcida a la que obliga a bailar al cuerpo que se está tragando.
Rhea grita y grita y grita, tan alto que su sufrimiento debe de resonar por todo el palacio, por toda la ciudad, pero aun así Nathan no aparta la vista.
Adam siempre le decía que él era el fuego, y ahora con fuego lo venga.
Solo se permite disfrutar del espectáculo unos segundos, menos de un minuto.
Otro chasquido es suficiente para que las llamas se extingan y Rhea caiga desmayada contra el suelo, con la ropa hecha trizas contra su piel abrasada.
Ya no habla, apenas se mueve, apenas respira, y Nathan decide que va a ser justo así como va a recordarla a partir de ese momento.
Con las dos partes de su rostro casi indistinguibles por las quemaduras, completamente inútil y vulnerable, abandonada por todos, incluso por su dios.
Lo único que lamenta es no haberlo hecho antes.
En silencio, mientras deja atrás ese cuerpo maltrecho, se lleva la mano al colgante que lleva al cuello y se dice que Adam estaría de acuerdo con él.