La muerte del tiempo (Time Keeper 3) Nathan
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Nathan

NATHAN

Invadir el Sacro Reino es tan sencillo que casi resulta ofensivo.

Los guardias que les salen al paso no tienen nada que hacer contra toda una comitiva de brujos entrenados y con un único objetivo.

No importa lo mucho que traten de exorcizarlos o lo habilidosos que sean con las armas: esta vez son los brujos quienes toman por sorpresa a los celestiales, quienes tienen un plan bien diseñado, y por eso apenas les cuesta deshacerse de ellos.

Entran en la ciudad como si fueran una historia de terror de las que solían contar en el Templo, como si fueran una catástrofe, un castigo divino.

No son nada de eso. Ni siquiera son demonios, solo humanos.

Y eso quizá sea todavía peor.

Durante todo el camino hasta allí, Nathan se concentra solo en alcanzar el palacio.

Ese es el destino que elige cuando los asaltantes se dividen en dos grupos y, desde ese momento, es también lo único que importa.

Se niega a mirar a su alrededor, por miedo a ver fantasmas en las calles.

No los de la gente que huye, que grita, que se esconde, sino los que le hablan de los días que pasó allí, cuando formaba parte del reino.

Teme ver a Adam en cualquier rincón. Teme pasar por los lugares que recorrió de su mano aquella última noche, la plaza en la que vieron a unas falsas Aiva y Saenal, la posada en la que bailaron y después se besaron hasta que el futuro dejó de importar.

No quiere mirar a la basílica en la que murió, no quiere acercarse al Templo en el que creció, por eso se centra en el castillo y nada más.

En seguir adelante y nada más. En el plan de Elira y nada más.

En algún momento, se da cuenta de que no tiene todo el control sobre su cuerpo.

Adriel le permite alejarse un poco de sí mismo sin que tenga que pedírselo, tan solo como si supiera que eso es justo lo que necesita.

Como si ya se hubiera convertido en una extensión más de él.

El demonio se hace cargo en algún punto del camino y deja que Nathan se refugie en ese lugar de su mente en el que puede dejar de pensar, al menos hasta que se encuentra en medio del vestíbulo de palacio, jadeante, de nuevo consciente de todo su cuerpo y con los cadáveres de varios Guardias Celestiales a sus pies.

No se da cuenta de qué es lo que lo ha hecho volver en sí hasta que escucha la voz de Tamir repitiendo su nombre. Ha puesto una mano sobre su brazo y, cuando Nathan se gira hacia él, se da cuenta de que lo observa con el ceño fruncido, preocupado. Tiene las orejas de zorro levantadas, alerta.

—¿Te encuentras bien? Este fue tu hogar en algún momento, así que quizá esto sea demasiado para…

—Estoy bien —lo interrumpe él—. ¿Habéis encontrado a la reina?

Tamir titubea. No parece muy convencido ante esa respuesta, pero lo deja correr y le hace un ademán con la cabeza para que lo siga.

—No, pero hemos encontrado algo casi igual de interesante. Resulta que alguien nos ha hecho parte del trabajo.

Sin saber qué esperar, Nathan sigue al brujo por los pasillos de palacio, aunque intenta no fijarse demasiado en ellos.

No quiere pensar en todas las veces que estuvo ahí dentro en calidad del prometido de la princesa del Sacro Reino.

No quiere pensar que ese lugar estuvo a punto de ser su cárcel o que, irónicamente, por sus venas en realidad corre la sangre de otra familia real.

El lugar ya ha sido tomado por los brujos, así que ve varios cuerpos más en los pasillos, escucha voces, un graznido de Shiraz y algún grito.

A todo eso también decide cerrarse. Tienen órdenes claras, concretas, y le gustaría ejecutarlas cuanto antes.

Quizá si Ammarah se muestra sumisa y acepta la derrota, todavía pueda salvarse.

La Suma Celestial, en cambio, morirá bajo su mano haga lo que haga. Y con respecto a Lilith…

Nathan mira hacia atrás, como si esperara verla aparecer en cualquier momento. Sus dedos se aprietan alrededor de la empuñadura de Dysnomia, cuya serpiente se le enreda ahora en la muñeca. La nota nerviosa, ansiosa por encontrar en batalla de nuevo a su eterna contrincante.

Tamir lo guía por unas escaleras en las que nunca había estado.

Las mazmorras del palacio son un lugar oscuro y frío, apenas iluminadas por unas pocas antorchas en medio del camino.

Hay dos tipos de celdas: unas tienen puertas de metal que ni siquiera dejan ver su interior y otras barrotes que permiten ver a los prisioneros.

Es en una de esas donde la ve.

Al principio le cuesta identificarla. Rhea Moriz siempre ha sido una mujer orgullosa, de porte imponente, una de las cosas que sus dos hijos heredaron de ella.

Siempre había imaginado que, cuando la volviera a ver, se la encontraría siendo la misma mujer pulcra y altanera que recordaba, con su desprecio perpetuo en el rostro.

Ahora, sin embargo, la Suma Celestial apenas es un bulto envuelto en una manta que se pone en pie con dificultad en cuanto ellos se acercan.

Su túnica está manchada, amarillenta de sudor, de restos de comida.

Está despeinada, con legañas en los ojos.

Aun así, lo que más impactante le resulta es su cara, partida en dos edades: una, joven; la otra, anciana.

Supone que eso se lo hizo él, o más bien el Amuleto del Tiempo. No puede decir que lo lamente.

Él la reconoce, pero está claro que ella no lo reconoce a él cuando se acerca a los barrotes cojeando, se agarra a ellos y grita:

—¡Demonios! ¡Malditos seáis! ¡Cómo os atrevéis a entrar en nuestro reino!

Nathan no puede disimular la sorpresa durante los primeros segundos, pero después en su rostro solo queda una sonrisa de satisfacción. Adriel, en su interior, se relame. O quizá no sea él. Quizá sea solo su propia hambre de venganza.

—Vaya —dice mientras se acerca un paso más a la celda. Lo justo para que ella pueda verlo bien—. Cuánto tiempo, Rhea.

Ella entrecierra los ojos, confundida. Se fija en los cuernos, en los ojos, en el rostro cubierto de brasas, en el pelo blanco y también en la ropa.

Durante una eternidad, lo observa como si no hubiera nada familiar en él y eso hace que Nathan termine de confirmar lo que ya sabía: el chico que una vez vivió entre los muros del Sacro Reino hace mucho que desapareció.

Cuando por fin entiende quién es, Rhea abre mucho los ojos y da un paso atrás. No con miedo, sino con asco.

—Tú.

Nathan extiende un poco más la sonrisa. Siente las ascuas de su rostro cálidas, iluminadas.

—Yo me encargo de ella, Tamir.

Su amigo se fija en él, dubitativo. Quizá en otro momento habría hecho alguna broma, pero no le ha escuchado demasiadas desde que se unió de nuevo a los brujos.

Tamir se ha pasado la mayor parte del tiempo con Garnet y Lilac, refugiado entre los dos espíritus, llorando a su manera la muerte de Denna.

Para Nathan la noticia también fue un golpe.

No la conocía tanto como los demás, pero siempre se portó bien con él.

Admiraba su entereza, le gustaba su carácter directo y siempre estaba dispuesta a ayudar.

Sin ella, no se habría acostumbrado a la ceguera los primeros días de maldición, antes de hacer su Trato.

Si no fuera por los celestiales, la necromante seguiría viva.

Quizá por eso Tamir solo se encoge de hombros. Porque, en el fondo, quizá él también quiera justicia y venganza. Quizá ha entrado en esa ciudad deseando que todos paguen por la amiga que le han quitado.

—Recuerda el plan —dice mientras se da la vuelta para dejarlos a solas—. Por ahora solo tenemos que encerrarlas.

—Claro —responde Nathan, sin apartar la mirada de la Suma Celestial—. Solo vamos a hablar, ¿verdad, Rhea? Somos viejos conocidos.

La expresión de la mujer se contorsiona en una mueca de desprecio y Nathan espera hasta oír que la puerta de las mazmorras se cierra tras Tamir para envainar a Dysnomia y derretir la cerradura de la celda.

La Suma Celestial retrocede otro paso mientras él se adentra en el calabozo, aunque el rostro de la mujer sigue sin mostrar ni un asomo de terror.

Lo único que hay en su cara es desprecio.

—Debí matarte cuando tuve oportunidad.

—Yo también me alegro de verte, Rhea. Ha pasado mucho tiempo, ¿no?

—Nathan vuelve a cerrar la puerta tras de sí con un simple tirón.

El metal se funde de nuevo para atrancarla—.

Esperaba que te encontraran en el Templo, haciendo y deshaciendo a tu antojo, pero parece que han cambiado muchas cosas por aquí.

La mujer no responde directamente, por supuesto. Siempre ha considerado que era ella quien debía decidir el rumbo de todo, incluso de las conversaciones.

—¿Qué haces tú aquí? —gruñe—. El Amuleto ha cambiado de manos, así que deberías estar…

—¿Muerto? Ya, pues parece que no. Parece que hay muchas cosas de mí que no sabes, ¿no?

O quizá nunca supiste nada, después de todo.

—Nathan arruga el ceño, casi como si estuviera contrariado—.

Pero eso significaría que has mentido muchísimo, Rhea, porque siempre decías saberlo todo.

De mí. Del Amuleto. De mi madre. Y eso está fatal.

Los celestiales no mienten. Y, cuando lo hacen, hay que castigarlos para que aprendan la lección. Eso me lo enseñaste tú.

Rhea mantiene esa expresión orgullosa que a Nathan le recuerda tanto a Lilith.

Supone que no es solo por la apariencia física, sino porque esa mujer se esforzó mucho para moldear a su hija a su imagen y semejanza, como si fuera cerámica, aunque siempre le dejó claro que nunca sería tan buena como la pieza original.

—Tú nunca aprendiste nada —masculla la mujer—. Siempre tan… impertinente. Tan molesto. Si tan solo hubieras sido un poco más como tu madre…

—Oh, al contrario. Creo que, de hecho, mi madre y yo nos parecíamos más de lo que tú crees.