Darien
DARIEN
El suelo gruñe como una bestia obligada a despertar; los árboles que les sirven de escudo mueven las ramas con la violencia de estar atrapados en un temporal.
Darien pierde pie, deja de sentir el empedrado debajo de él, pero Caleb ya está a su espalda para sostenerlo por los hombros antes de que pueda caer.
Dyne, medio inmovilizada por los grilletes, se apoya en el ancho cuerpo de Derek, que mira al cielo como si esperase ver al sol cubrirse con nubes de tormenta.
Al otro lado de la barricada de vegetación, oyen gritos de sorpresa y miedo, pero están lo suficientemente aislados como para no ver qué sucede.
Aun así, todos son capaces de discernir la nube de polvo, pero es demasiado pequeña como para ser el efecto de la caída de toda la muralla.
Quizá solo haya caído una parte, aunque el resultado sea el mismo: el Sacro Reino ha dejado de ser impenetrable.
Darien traga saliva. El corazón le late con fuerza en los oídos, tan rápido que empieza a dolerle el pecho. En sus hombros, los dedos de Caleb todavía le presionan la piel a través de la ropa.
—Ya está aquí —lo escucha murmurar.
Todos estaban convencidos de que tendrían más tiempo.
—¿Quién? ¿Qué ha sido eso?
Dyne pasa la mirada de unos a otros, todavía con los grilletes puestos. Tienen que quitárselos, Caleb lo ha dicho antes, aunque no tiene muy claro cómo van a hacerlo sin la llave. No cree que puedan romperlos sin más. O quizá sí. Quizá, si tuvieran un arma lo suficientemente fuerte…
—El nuevo Portador está aquí para destruir las murallas.
La mujer centra su atención en Derek, incrédula.
—¿Qué?
Darien se aparta de Caleb. Todavía tiene el puñal de Tara en la mano y eso es suficiente para distraer a Dyne, que ni siquiera debe de ser capaz de gestionar todo lo que está ocurriendo a su alrededor.
Es probable que lleve días en una celda, que no haya tenido más noticias del exterior que lo que sus carceleros le hayan querido contar y, aun así, no serían nuevas de más allá de las murallas.
Darien se agacha delante de ella y alza el cuchillo en el aire en un intento de ganar impulso.
—¿Darien? ¿Qué estás…?
El ruido del metal contra el metal acalla a Derek, que lo mira desde arriba con los ojos muy abiertos. No: no lo mira a él. Lo que está observando es el filo intacto de la daga que se ha quedado clavada en los adoquines del suelo y el eslabón de la cadena destrozado que ha dejado a su paso.
—¿Cómo has hecho eso? —pregunta Dyne con la respiración entrecortada.
Darien toma aire y arranca el puñal del suelo para observarlo.
Él mismo se siente un poco abrumado, sobre todo porque de pronto siente el filo entre las manos un poco distinto.
Nota toda la historia que tiene dentro, aunque ya no pueda acceder a los recuerdos que se han quedado en él a lo largo de tantos siglos.
—Muerte le dio este puñal a Caleb cuando era pequeño —murmura—. Y hace no mucho descubrimos que es un arma más especial de lo que pensábamos. Supongo que quería comprobar hasta qué punto.
Caleb también está sorprendido, pero ni él ni los demás dicen nada mientras Darien termina de soltar a Dyne, que tensa las cadenas de las muñecas para que el muchacho deje caer el filo sobre ellas con toda su fuerza.
Después, la necromante da un paso atrás y prueba a estirar los brazos con un suspiro de alivio.
Derek no ha apartado la mirada de su amiga en todo ese tiempo, pero solo entonces se mueve. Le atrapa una de las muñecas y pasa la punta de los dedos por las heridas que los bordes de metal han ido dejando sobre su piel. Ella hace una mueca, pero no se queja.
—Dime que no fue por mí —dice el chico. Una culpa devastadora se le cuela en la voz, la misma con la que lleva cargando desde que Ishtar se fue—. Dime que no te atraparon mientras intentabas cumplir tu trato con Muerte.
Ella lo mira, desconcertada, sin entender cómo puede saber eso. Aun así, su respuesta es encogerse de hombros.
—Tú habrías hecho lo mismo por mí.
Es una seguridad y Derek ni siquiera se atreve a negarlo.
—¿Qué le prometiste, Dyne? —Ella no responde y su amigo frunce un poco más el ceño, molesto—. Dímelo.
La necromante todavía se resiste un poco más antes de suspirar y frotarse una de las muñecas heridas.
—Me pidió a los herederos de Santa Aiva. A todos.
Por eso mató a los tíos de Ammarah, como han dicho al leer los cargos por los que iban a ejecutarla. Y por eso intentó asesinar a la reina. No actuó solo como una asesina, sin motivos, a sangre fría. Intentaba salvar a alguien, al coste que fuera.
Darien se abraza el vientre, sin saber qué decir. Derek, por su lado, está cada vez más indignado.
—¿Y creíste que te podrías salir con la suya? ¡Era un suicidio, Dyne! ¡Casi te matan!
Ella frunce los labios, pero no retrocede, no aparta la vista. A Darien le recuerda un poco a la entereza que siempre demuestra Caleb, igual de calmada.
—No me arrepiento —replica—. Pero, si quieres que lo deje, lo haré. No puedo deshacer lo asesinatos que ya he cometido, pero todavía puedo perdonar a Ammarah de Daiva, si es lo que quieres. ¿Es eso? ¿Estás satisfecho con la vida que has tenido?
Derek aprieta los dientes y todo su rostro se tensa al pensar en las palabras que probablemente sea incapaz de formular.
Pedirle a Dyne que deje ese trato a medias significaría ignorar el sacrificio de Ishtar, la decisión que tomó en parte para que él viviera.
Dejar viva a Ammarah de Daiva significaría quitarle sentido a la muerte que todavía le mancha las manos a Darien, la muerte con la que no ha dejado de soñar en los últimos dos días.
—Yo…
—Ishtar ha muerto.
Es Caleb quien lo dice, aunque nadie se ha atrevido a pronunciarlo de esa forma en los últimos días.
Su voz los sacude a todos, pero sobre todo a Dyne, que se gira hacia él de golpe, como si hubiera dicho algo impensable.
A Darien se lo parece. No se acostumbra y duda que vaya a acostumbrarse jamás a que la princesa ya no viaje con ellos, a no escuchar su voz o sus bromas o ver su sonrisa de diablillo.
No se acostumbra al hueco que ha dejado en ese grupo, en los corazones de todos.
Caleb baja la vista.
—Es una larga historia y lo hablaremos todo a su debido tiempo, pero todo lo que necesitas saber por ahora es que se sacrificó para que yo pudiera vivir, pero también para que Derek pudiera hacerlo.
Muerte dijo que habías hecho un pacto con ella que podía salvarlo e Ishtar…
Ishtar decidió que esa oportunidad lo valía todo. Incluso su propia vida.
Dyne entreabre los labios, sin saber qué decir.
Su cuerpo se desinfla ante las noticias, su mirada se desenfoca.
Apenas es capaz de reaccionar más que para cerrar los puños.
Darien conoce las sensaciones que se le pasan por el rostro, la incredulidad, la confusión que queda cuando el mundo se sacude demasiado rápido en muy poco tiempo.
Derek tiene los labios apretados y los ojos brillantes. No ha llorado desde que ocurrió todo, pero ahora parece a punto de romperse otra vez.
—No podemos dejarlo a medias, Dyne. Si me echo atrás, si tú te echas atrás, su muerte no habrá servido de nada.
Su amiga se fija en él, consternada, todavía asimilando la noticia. Aun así, toma aire y asiente. No dice nada. No es necesario. Lo único que hace es buscar con la vista a Caleb, que le tiende uno de sus puñales. No está tan calmado como siempre, pero al menos no hay duda en su expresión.
—Id.
No hay más palabras. Dyne acepta el arma y Derek y ella se alejan por la avenida a toda prisa.
Darien los sigue con la mirada mientras respira hondo, intentando deshacer el nudo que se le ha formado en el estómago.
Van a matar a Ammarah. Mientras esa verdad cala un poco más dentro de él, piensa en todo lo que sabe de esa chica, en los momentos que compartieron juntos cuando era la prometida de Nathan.
Él nunca sintió que pudiera o debiera acercarse demasiado, pero siempre le pareció buena.
Dulce. Agradable. Todavía no puede creerse que bajo su mandato los celestiales se embarcaran en una cruzada contra quienes no creyeran en Destino, que se atreviera a expulsar de Daiva a quienes no se consagrasen.
Quizá este sea su castigo por ello. Quizá Sikil tan solo considera que matarla a ella y a sus tíos es una manera de recuperar un poco el equilibrio que ha roto. O quizá tan solo considere que acabar con el legado que comenzó con Santa Aiva es una justa venganza hacia Destino.
—¿Sigues creyendo que merece la pena?
Sus ojos se encuentran con los de Caleb, que lo mira como si quisiera adentrarse en su cabeza para desentrañar todos y cada uno de sus pensamientos.
Hay algo de tensión en su rostro, un miedo que Darien no se había dado cuenta de que estaba ahí.
Supone que todavía va a tardar en convencerse de que no lo ha condenado; que igual que él todavía se acuesta con culpas, Caleb también va a tener que lidiar con las suyas todas las mañanas.
Aun así, tiene clara la respuesta, por eso extiende la mano para atrapar la suya. Apenas la nota, así que la aprieta fuerte.
—Sí —declara. Trata de llenar su voz de la misma calma que su pareja le ha enseñado, la que siempre ha conseguido darle seguridades cuando se sentía más perdido—.
A lo mejor eso me convierte en alguien injusto y egoísta, pero no me importa.
Si eso me permite seguir a tu lado un poco más, seré injusto y egoísta.
Y seré feliz. Quizá no hoy ni mañana. Pero tenemos doce años por delante, ¿verdad?
Caleb toma aire, pero no dice nada. Quizá lo ha dejado sin palabras.
O quizá tiene tantas que decir que la única forma que se le ocurre de hacerlo es inclinarse para besarlo.
Es un gesto delicado, un roce. Darien casi no lo siente, pero es lo suficientemente real como para anclarlo a ese momento y recordarle que ese corazón es el único al que debe prestarle atención con sus poderes.
Supone que esa es su forma de decirle que él lo quiere así, injusto y egoísta.
Supone que estará bien si los dos lo son durante el tiempo que les quede.
Cuando se aleja, Caleb le aprieta un poco más la mano.
—¿Estás preparado?
Darien asiente, aunque es consciente de que está mintiendo.
—Destruyamos el Amuleto.