Lilith
LILITH
El temblor la encuentra resguardada en la basílica.
Es como volver atrás en el tiempo, al día en el que todo comenzó a ir mal.
Lilith está esperando el momento de mirar hacia abajo y verse de nuevo vistiendo la túnica del Templo, con una espada inservible en la mano y una telaraña de grietas extendiéndose a sus pies.
Cuando levanta la vista, está segura de que empezarán a caer cascotes del techo, que tendrá que esquivar la inminente ruina, que la Guardia Celestial correrá por todos lados para desalojar a los invitados y enfrentarse a los invasores.
Y, entre toda la gente, verá a Adam de nuevo, revivirá su muerte.
Entre toda la gente, verá a Nathan traicionarla otra vez.
Verá caer a Darien bajo el puñal de un chico embozado en negro.
Nada de eso ocurre. Lo único que pasa es que el polvo de la piedra se desprende del techo y las paredes y trozos de los frescos llueven sobre la nave de la basílica sin hacer daño a nadie.
Las llamas de las velas bailan y las sombras provocan que las estatuas parezcan más vivas, pero las únicas personas que se encuentran allí son Ammarah, ella y el pequeño pelotón de la Guardia Celestial que las ha custodiado a ambas hasta allí después de que los necromantes asaltaran la plaza.
Ni siquiera han tenido tiempo de hablar, de decirse nada, pero Lilith levanta la mirada para fijarse en la reina y la ve cerca del altar.
Tiene el rostro descompuesto por el horror, mientras la Guardia la rodea para protegerla.
Su expresión vulnerable es lo que la obliga a actuar, lo que le recuerda todas sus promesas infantiles sobre mantenerla a salvo.
—¡Ammarah!
Sus ojos se encuentran antes de que lo hagan sus cuerpos.
Lilith estrecha a la reina con fuerza y le escuda la cabeza con su brazo, mientras su protegida, temblorosa, se esconde contra ella y se aferra a su ropa con desesperación.
Justo después, un estruendo lejano hace que la tierra vibre de una manera diferente.
Con una última sacudida, el mundo se endereza, o quizá ha terminado de torcerse.
La santa siente los pies lo suficientemente inestables como para pensar que ha sido lo segundo, aunque no se mueve para comprobarlo.
Como si fueran dos personas perdidas en medio de la tormenta, intentando soportar los embates del viento, tanto Ammarah como Lilith permanecen pegadas, inmóviles.
Siguen así incluso cuando los gritos del exterior llegan hasta ellas.
Siguen así, con la respiración entrecortada y aguardando algún tipo de réplica, incluso cuando son conscientes de que el tiempo corre en su contra.
—¡Majestad! ¡Santa Lilith! ¿Os encontráis bien?
Los soldados estrechan el cerco a su alrededor, aunque no se atreven a tocarlas, como si fueran sagradas.
Lilith apenas se fija en ellos. Sin soltar a Ammarah, alza la vista hacia la vidriera reconstruida en la que se ve la figura de Destino.
Está segura de que sabe lo que ha pasado, pero no tiene ningún sentido.
En su sueño la destrucción la encontraba en las calles, no en la basílica.
Pensaba que tendría un poco más de tiempo, suficiente para explicarle a Ammarah lo que iba a ocurrir.
Ahora se da cuenta de que no es así. No solo por el temblor, sino porque el calor que se le cuela a través de la ropa viene de Eunomia, que ha vuelto a abrir su ojo. La insta a usarla, a hacer algo.
Es la señal de que el Portador está cerca.
—¿Qué está pasando? ¿Qué…?
Ammarah se separa un poco de ella, observándola con los ojos muy abiertos, y Lilith deja caer los brazos. Ahora que están cerca y puede examinar su rostro, se da cuenta de que está un poco más consumido de lo que recuerda, más cansado, y está lleno de preocupación y confusión a partes iguales.
—Es el Portador. Está aquí y va a destruir la muralla. Lo sé. Lo he visto.
La información deja tras de sí la incomodidad que siempre acompaña al título de quien posee el Amuleto, pero también el horror de la imagen que convoca.
A todos los celestiales se les ha enseñado que las murallas son eternas, así que afirmar que se caerán es como anunciar que el reino lo hará, que su dios no es tan todopoderoso como ellos pensaban.
Lilith ve el terror que se apodera de cada uno de los miembros de la Guardia Celestial presentes, pero, sobre todo, se fija en el gesto asustado de Ammarah, en la forma en la que su mirada se apaga, en cómo se aleja de la escena sin necesidad de dar un solo paso atrás.
La ve llevarse una mano al corpiño en lo que parece un gesto inconsciente, como si de pronto le costara respirar bien, y, por un instante, Lilith teme que vaya a desmayarse.
Y entonces los guardias se ponen en marcha. Igual que si despertasen de un sueño, se sacuden el silencio y el horror de encima y recuerdan cuáles son sus prioridades.
—Deberíamos volver a palacio, majestad —dice una mujer justo detrás de la reina—. Os escoltaremos. Os pondremos a salvo junto a la santa.
—También necesitaremos avisar al pueblo —apunta alguien a la derecha de Lilith.
—Podríamos… —empiezan a decir otros dos soldados a la vez.
Ammarah vuelve de ese rincón de su propia mente en el que estaba y mira a su alrededor, a las caras que esperan impacientes sus órdenes.
Algo en ella cambia entonces. Como si se hubiera puesto una máscara, la soberana de los celestiales destierra el miedo y la preocupación de su rostro y los transforma en seguridad.
Alza la barbilla y, solo con ese gesto, su sombra se alarga.
—Salid de aquí y corred la voz —dice con la misma firmeza con la que hablaba encima del cadalso hace solo un rato—. Vuestra prioridad debe ser proteger al pueblo: ayudad a la gente a resguardarse y aseguraos de desalojar las inmediaciones de la muralla. Id.
Los soldados, como si fueran uno solo, hacen una inclinación de cabeza y se ponen en marcha sin cuestionarla.
Probablemente muchos tengan familia ahí fuera y se alegrarán de poder verlos, de asegurarse de que están a salvo mientras cumplen con las órdenes.
Otros parecen más asustados y Lilith se pregunta si harán su trabajo o buscarán un escondite hasta que el peligro pase.
Ha escuchado historias así. Las ha visto suceder en las batallas, aunque la mayoría de los miembros de la Guardia Celestial creen en su misión y muchos consideran que estar ahí y servir a la reina y al pueblo es el camino que Destino desea para ellos.
Una de las guardias se queda rezagada. Permanece junto a la reina, firme, como si la orden no aplicara a ella.
—No es seguro que os quedéis aquí, majestad.
Pero Ammarah la mira con una entereza que Lilith jamás le había visto.
—Esta es la casa de Destino, recién reconstruida para él sobre nuestra fe: no hay lugar más seguro en todo Daiva, igual que no hay sitio mejor para enviarle mis oraciones para que los celestes nos protejan a nosotros y a nuestra santa.
—Hace un gesto con la cabeza hacia la salida—. Ve. Es una orden.
La soldado aprieta los labios, pero agacha la cabeza.
—Que Destino os guarde, majestad.
Ammarah y Lilith siguen a la mujer con la mirada mientras esta recorre la nave de la basílica y sale. Durante un momento, las puertas abiertas dejan entrar el caos de fuera y, después, el lugar vuelve a enterrarse en la quietud.
La santa se gira entonces hacia la reina.
—¿Estás segura de que quieres quedarte aquí sola?
Ammarah asiente por toda respuesta, aunque ante ella deja ver un resquicio de ansiedad cuando toma aire.
Después, su mirada desciende hacia la espada que cuelga de su cadera.
Lilith se pregunta si ella también escucha cómo la insta a ponerse en marcha, si nota sus deseos de beberse la sangre del Portador.
—Estás a punto de cumplir tu misión, ¿verdad? —dice la reina—. Has conseguido a Eunomia y has venido a defendernos con ella. Vas a enfrentarte al emperador.
Es curioso, pero Lilith ha dejado de pensar en ello como una misión y ha acabado interiorizando ese objetivo como algo que desea, que sabe que es justo. Una elección, en vez de algo que otros la están obligando a hacer.
—Destino me dio un sueño y la espada para que me convierta en vuestro escudo. —La sonrisa que le sale es una pobre sombra de una de verdad, pero es todo lo que puede ofrecerle en ese momento—. Por fin podré defenderte, Ammarah, como dijimos tantas veces.
Su promesa de la infancia siempre había conseguido alegrar a la reina al menos un poco, pero en esta ocasión, su amiga permanece seria, incluso triste.
—No me merezco tu protección, Lilith —dice—.
Esto está pasando por mi culpa, porque acepté la Purificación.
Expulsé a mi pueblo de las murallas y acepté una masacre como pago por el daño que se nos había hecho y luego…
luego… —Aprieta los labios y extiende los dedos hacia la santa, la toma de las manos con firmeza—.
Yo no merezco ser salvada, pero este reino sí.
Este reino no merece pagar por los pecados que yo he cometido, así que protégelo a él. Lo dejo en tus manos.
Suena definitivo. Suena como si ella fuera la única salvación y el peso que eso supone la lastra, pero no más de lo que la culpa parece lastrar a la monarca.
Lilith no es ajena a ella, no es ajena a las cargas, al arrepentimiento y quizá incluso al sentimiento de inutilidad.
Porque Ammarah no es una guerrera y debe de sentir que ha fallado desde el único puesto que podía ocupar, pero ¿no han fallado las dos, entonces?
Lilith también participó en la Purificación, no hizo nada por detener la expulsión, ha cometido muchos pecados también.
Pero tiene que creer en la salvación. Tiene que creer que todavía pueden ganarse el perdón, la redención.
—Os protegeré a los dos, Ammarah. Y después lo haremos mejor, ambas.
Se inclina sobre la mano que todavía tiene en la suya y sus labios se posan sobre los nudillos. La reina trata de amagar una sonrisa, pero sale débil, insegura, así que Lilith se esfuerza por darle un poco más de seguridad:
—Cuando vuelva, el Amuleto ya no existirá ni habrá Portadores. Por fin podremos dejar de luchar por el control de nuestro propio tiempo. Te lo juro, Ammarah.
Dice «cuando» y no «si» porque no quiere pensar en la alternativa. Dice «cuando», pero sabe que hay posibilidades de morir, de que cumpla su misión y todo acabe para ella.
Puede aceptarlo. Se iría tranquila si así fuese.
Ammarah toma aire, pero no dice nada. Tan solo asiente, como si la creyese, aunque tiene los ojos brillantes y tira de esa mano que aferra con fuerza para instarla a inclinarse.
Lilith lo hace. Solo un segundo después, la reina se pone de puntillas y sus labios encuentran su frente en un beso dulce, delicado.
—Bendita seas, Santa Lilith.
Ella siente en ese beso una réplica del que un día le dio Altair después de que volviera a la vida, tan cálido. Como ese, le trae paz cuando más la necesita. Como ese, quiere creer que vuelve a ofrecerle el favor de su dios.
Ammarah da un paso hacia atrás. Esta vez su sonrisa parece un poco más consistente.
—Ve. Rezaré por ti.
Aún le da un apretón suave antes de soltarla con una caricia que le deja un cosquilleo en la palma de la mano.
Lilith se da cuenta de que es la reina de los celestiales la que asemeja una santa en ese momento, mientras la vidriera del altar la baña en luces de colores y pinta su vestido blanco como un arcoíris.
Está segura de que, si es ella la que reza por su protección, estará bien. Estarán bien.
Lilith se llena el pecho de aire y le da la espalda a su reina.
Con paso decidido, se encamina hacia su destino.