Elira
ELIRA
Astrey toma su mano, pero no regresa a su lado.
No del todo. Lo nota en la manera en la que se encoge sobre sí mismo y aprieta los dientes, en la forma en la que algunas partes de su rostro destellan bajo el sol, como si tuviera la piel recubierta de escamas a punto de cambiar.
Hasta ese momento, estaba convencida de que lo más peligroso con lo que tenían que lidiar era el Amuleto del Tiempo, que él era lo único que podía distraer a Astrey, lo único que podía obsesionarlo y alejarlo de ella, pero de pronto le preocupa haberse equivocado.
Contra el Amuleto puede luchar, puede intentar arrebatárselo, puede deshacerse de él si es necesario.
Contra su demonio, sin embargo, es mucho más complicado combatir, y está casi segura de que es él quien intenta tomar el control.
Por eso ahora Astrey gruñe, por eso se revuelve y sisea.
Es el demonio quien se lo está quitando y, si ese es el caso, no tiene tan claro qué hacer.
El demonio de Astrey es una parte intrínseca de él, está tan unido a su cuerpo que arrancárselo lo mataría en el acto.
Astrey no es como ella, que dio solo sus manos en su Trato: Astrey lo dio todo.
Y darlo todo significa poder perderlo todo.
—¿Elira?
Es Nathan quien se atreve a acercarse y la llama con duda, precavido.
Ella levanta la mirada, con un nudo en la garganta y el pánico asentado entre las costillas, demasiado cerca del corazón, en ese lugar en el que decidió confiar más que en su cabeza.
Shiraz también se aproxima y comienza a dar vueltas a su alrededor, graznando, ansiosa por no saber qué está ocurriendo.
Aun así, Elira no suelta a Astrey. No puede permitirse ni un segundo de duda.
Tiene que traerlo de vuelta por completo, pero no está segura de cuánto va a tardar ni de cómo hacerlo.
Mientras, el grupo de asalto espera órdenes.
Los ve a todos en tensión, aguardando mientras el hueco en la muralla todavía levanta polvo a su espalda.
Ve a Tamir observándola con los ojos muy abiertos y las orejas alzadas, atento por si la necesita; Garnet, a su lado, tiene el ceño fruncido y detiene a Lilac con una mano para impedir que se acerque demasiado.
Los emisarios de Calais parecen tranquilos pese a todo, pero Ratna Adisen la observa con la expresión severa de una mujer acostumbrada al poder y al conflicto.
Elira no tiene ninguna duda de que la está juzgando.
Para alguien como Adisen, esa situación no es más que un examen.
Quizá ya considere que Astrey ha fallado y ahora esté esperando su reacción para saber si ella aprueba o suspende.
Y tiene que aprobar. Tiene que aprobar si quiere demostrarle a esa mujer y al resto del mundo que puede ser digna de ocupar el trono de Odelia.
Tienen que cruzar las murallas. Pase lo que pase, tienen que seguir el plan. Si no lo hacen, ese viaje no habrá servido en balde. Si no lo hacen, si no ponen orden al caos que acaban de generar, quizá las consecuencias sean peores para todo el mundo.
Elira traga saliva. Su mirada cae de nuevo sobre Astrey, que jadea y gruñe y se encoge sobre sí mismo, y después regresa a Nathan, a todos los demás.
Se siente muy perdida, pero no puede dejar que nadie más lo vea.
Lo que necesita ese grupo son órdenes, directrices, un camino claro que seguir, no dudas.
—Entrad —exige—. El plan sigue en pie. Entrad en el Sacro Reino y demostrad que la protección de las murallas ha caído.
Coged a la reina, a la Suma Celestial y a la santa.
Apresadlas. Evitad a los civiles, pero haced lo que sea necesario con cualquier miembro de la Guardia Celestial que se interponga en vuestro camino.
Nathan entrecierra los ojos. Ya ha desenvainado a Dysnomia y ahora estrecha los dedos alrededor de la empuñadura. Es obvio que está preocupado, porque su mirada se desliza un segundo hacia Astrey antes de regresar a ella.
—¿Y vosotros?
—Volverá conmigo. Solo necesito unos minutos. Volverá. —Sabe cómo suena: desesperada por creerse a sí misma. Pero tiene que hacer todo lo que esté en su mano para que sea así—. Os alcanzaremos en cuanto se recupere.
Astrey trata de alejarse de ella justo en ese momento, trata de rechazar su contacto, pero Elira se aferra con un poco más de fuerza a él.
A su mano. A su brazo, donde le está clavando las uñas.
Nota su sangre cálida manchándole la punta de los dedos, pero aun así no lo suelta.
Él nunca se ha quejado de sus garras, nunca ha intentado protegerse de ellas, nunca ha rechazado el daño que puede hacerle.
A Elira le resulta imposible saber lo que piensa Nathan durante los siguientes segundos, si confía en ella o cree que ha perdido la cabeza.
Al final, el muchacho asiente en un gesto apenas perceptible.
Después, se gira hacia el resto de la comitiva con la expresión resuelta y las brasas del rostro encendidas.
—Ya habéis escuchado a la emperatriz.
No es la emperatriz, al menos no todavía.
Por un momento, eso es todo lo que puede pensar.
Astrey y ella no se han casado, aunque hayan intercambiado anillos.
Denna iba a oficiar la ceremonia y, ahora que ella no está, Elira no sabe cómo van a hacerlo.
Cuándo. Cómo. Quiere casarse con él. Astrey tiene que volver con ella para que puedan volver a casa, al hogar que están empezando a crear juntos, y casarse.
Quiere decírselo. Quiere decirle muchas cosas, quiere devolverle las palabras que él le regaló en un papel que ahora guarda en su mesilla de noche, siempre cerca de ella, y que tiene grabadas en la piel como una quemadura.
Aun así, quizá entre su pequeño destacamento haya personas que piensen que ya se han comprometido, en privado o en secreto, porque nadie cuestiona el título ni las órdenes.
Incluso Shiraz emite un graznido que parece enfatizarlas y se prepara para obedecer.
Todos son tan conscientes como ella de que no pueden desaprovechar la oportunidad que tienen delante.
El Portador ha hecho caer parte de la muralla, como prometió.
El resto les toca a ellos.
Nathan levanta a Dysnomia como un general preparado para guiar a sus tropas hacia la batalla.
Después, por primera vez en la historia, los brujos asaltan el Sacro Reino.