Astrey
ASTREY
La primera vez que Astrey vio las murallas del Sacro Reino, pensó que podrían haber sido obra de un brujo.
Su tío le había hablado de ellas en sus lecciones, le había dicho que nadie con un demonio dentro podía acercarse a ellas, pero él había pensado que aquello sonaba más a un desafío que a una prohibición.
Por supuesto, no entendió cómo alguien podía prohibirle a un brujo entrar en ningún sitio hasta que estuvo delante y se dio cuenta de que cada paso que daba para acercarse al muro se sentía como un ejercicio de fuerza de voluntad.
Para entonces ya sabía lo que eran los exorcismos, así que comprendió también que caminar hacia la muralla se sentía como someterse a uno, como si alguien o algo estuviera a punto de extirparle su demonio.
Aun así, Astrey no se alejó de inmediato.
Se quedó allí y, tan curioso como obstinado, intentó transformar la piedra.
Sin embargo, lo único que consiguió fue debilitarse y que le empezara a doler la cabeza, porque era como si cada una de aquellas rocas rechazase su magia. O como si se la tragase.
A lo largo de los años, volvió más veces a la muralla, pero lo único que consiguió fue avanzar un poco más en cada ocasión, en un intento de llevarse a su demonio y a sí mismo más cerca del límite.
Como si someterse a esa tortura por voluntad propia fuese a hacerlo más fuerte.
O como si exponerse a aquel poder durante el tiempo suficiente fuera a otorgarle cierta inmunidad.
Quizá funcionase. Quizá sea gracias a aquellos intentos infructíferos que ahora es capaz de soportar el poder de Destino un poco mejor que los brujos que lo acompañan y que nunca antes han estado allí.
Al fin y al cabo, es el último del grupo en sentir el tirón debajo de la piel, la presencia de esa fuerza que hace que su demonio se revuelva, que le clave las uñas y los dientes, que sufra.
Cuando la magia celestial se manifiesta por fin y trata de empujarlo hacia atrás, Astrey se da cuenta de que el resto de sus acompañantes se han detenido varios pasos por detrás.
Elira tiene una mueca en el rostro, pero se muestra entera, con los pies bien plantados en el suelo, hecha del mismo material que el resto de los orlianos del grupo o, a lo mejor, del mismo orgullo que les impide dar ni un solo paso atrás.
Nathan está blanco, como si estuviera a punto de vomitar, y se aferra a la empuñadura de Dysnomia en busca de algo que lo ancle a la tierra.
Los más afectados parecen ser los brujos de Calais, los cuales permanecen todavía más al margen.
Sus rostros están protegidos por sus velos, pero es evidente que están en tensión, mareados, probablemente debido a la conexión profunda que tienen con sus demonios.
Astrey vuelve los ojos al frente. La muralla todavía está a una distancia considerable, pero tal vez sea buena idea permanecer alejados.
Una parte de él insiste en que debería dar un par de pasos más, que es mejor usar el Amuleto lo más cerca posible, pero no tiene muy claro que, si lo que pretende hacer funciona, al menos una parte del muro no vaya a colapsar.
No sería la entrada sutil que todos están esperando, pero el objeto que cuelga de su cuello es imprevisible, como imprevisible es su voz.
Si no lo echas todo abajo, el poder de Destino seguirá ahí y podría ser una molestia. Puedes hacer una brecha, pero esa se convertirá en la única entrada y la única salida. En cambio, si lo arrasas todo…
No.
«Hazlo. Que sufran. Que reciban las consecuencias de sus actos».
Pero sería injusto que todo un pueblo pagase por los actos de unos cuantos poderosos.
Sería injusto y su demonio tiene que saberlo, igual que lo sabe él.
Además, el plan lleva días enteros trazado.
No puede cambiarlo sin avisar. Sus objetivos son el palacio y el Templo, el resto de la ciudad debe de permanecer lo más intacta posible.
No hay necesidad de destruirlo todo, de crear otra explanada yerma como la de Yuda.
Astrey sacude la cabeza y trata de concentrarse, de ignorar el sonido de movimientos nerviosos a su espalda, de imaginar que está solo delante de esas paredes que quieren arañar el cielo.
Sus dedos llenos de anillos recorren el borde del Amuleto del Tiempo e intenta recuperar ese poder que le hace sentir tan lleno, tan vivo, tan invencible.
Intenta ver lo que los demás no, esa magia fina que sí, está ahí, cosida a las piedras, recubriéndolas.
El paso del tiempo también les afecta a ellas, aunque los años se deslizan con más pereza sobre su superficie, como si algo la escudase.
Se pregunta qué tendría que hacer para derrumbar solo una fracción de esa pared.
Debería ser sencillo. Quitar (segundos, años, siglos) siempre es más fácil que dar.
Su madrastra lo hizo nada más recibir el Amuleto y apenas tuvo que pagar un precio.
Pero es un desperdicio, protesta el talismán. El tiempo está para usarlo. Y, con lo que te darían las murallas, podrías hacer lo que quisieras. Podrías salvar a todo el mundo. Podrías volver atrás. Podrías ver a tu madre de nuevo. Podrías salvarla cuando aún te conocía.
El anillo de su dedo anular parece calentarse, como si respondiese a la llamada de esa voz, como si la memoria atrapada en su interior supiese que están hablando de ella.
Pero no, Astrey no quiere volver atrás. No quiere regresar a la infancia ni revivir nada de lo que ocurrió.
No quiere volver a ser una criatura vulnerable, moldeable, sujeta al deseo de los demás.
No tendrías que hacerlo. Podrías cambiar las cosas. Volverías a tu cuerpo sabiendo lo que sabes. Podrías evitar que Iraides masacrara a toda tu familia.
La idea se le cuela un segundo en la cabeza, juega con sus pensamientos, los tienta.
Podría hacer muchas cosas, si fuera tan sencillo como suena.
Podría darle parte de ese tiempo a su madre, salvarla.
Podría avisar a su padre de la traición que se iba a cometer o, al menos, avisar a Valerick de cómo se iban a torcer las cosas. Podría…
No. Tiene que centrarse en la muralla. Los demás esperan, dependen de él.
Si no lo consigue, habrán hecho todo ese camino para nada.
Si no logra abrir esa brecha en el muro, los celestiales habrán ganado, porque demostrarán que son intocables mientras sigan ocultos tras esas paredes. Destino habrá ganado.
Las agujas empiezan a girar.
Astrey siente el ritmo acelerado en la palma de su mano, se hace eco en sus huesos como una vez se hacía eco el ritmo que marcaba Nilam mientras él tocaba el clavicordio.
Piensa en esos hilos de poder que cubren las murallas, piensa en destruirlos, en dejar la piedra al descubierto, pero algo se resiste.
Algo se revuelve, intenta zafarse de su agarre.
Ya no siente que la piedra se trague su magia, como pasaba cuando intentaba transformarla en sus anteriores visitas, pero le parece como si todavía no fuera suficiente, como si quisiera rasgar una tela y las tijeras no pudiesen cortarla.
Aprieta los dientes y duplica sus esfuerzos.
Se lo imagina. Se imagina cada uno de los sillares siendo embestido por el tiempo, reducido a polvo y tierra, a algo que los demonios puedan manejar.
Vas a tener que dar más de ti, Portador. Un dios puede ganar a otro, pero solo si también hay más fuerza de voluntad.
Tiene la fuerza, siempre la ha tenido. Frustrado, se echa solo un paso más hacia delante, llevándose al límite. Duele, pero puede soportarlo. Duele, pero su demonio sigue enraizado en sus huesos.
El suelo empieza a temblar bajo sus pies.
El borde del Amuleto del Tiempo se le está clavando en los dedos, siente que le abre la piel, pero sigue empujando, sigue tratando de romper el escudo que rodea la muralla.
Gotas de sudor empiezan a perlarle la frente.
Hay demasiado en juego, no puede fallar ahora.
Tiene que usar todo lo que está a su disposición, por eso se le ocurre susurrar, por debajo de su respiración:
—Ayúdame.
Suena como un ruego. Suena como si no pudiera hacerlo solo y odia admitirlo, pero tal vez sea cierto.
Tal vez se equivocó. Tal vez no tenga el poder necesario.
Su demonio gruñe dentro de él y se revuelve de una forma muy diferente a cómo lo estaba haciendo hace un momento, perturbado por la magia celestial.
Alguien pronuncia algo a su espalda, le hace una pregunta, pero no llega a escucharla bien.
A su alrededor, los sonidos suenan cada vez más amortiguados, lejanos, a medida que siente que se hunde en su propio cuerpo, en su propia mente.
«Solo un poco más», dice el demonio y, por primera vez en mucho tiempo, es como si le hablase al oído, como si sus palabras sonasen más altas. Astrey es consciente de que ambos están apretando el Amuleto, que ambos están presionando contra ese escudo invisible.
Probablemente, sin su ayuda, no podría conseguirlo.
El Amuleto tiembla en su mano, se sacude como si quisiera escapar.
Una grieta nace a los pies del Portador y cruza como un rayo en el cielo la distancia que lo separa de la muralla.
Después, empieza a trepar por la piedra.
Esquirlas de roca se desprenden de los sillares y el brujo jadea mientras la grieta asciende, se ramifica como un árbol, como raíces que se extienden por la superficie y que hacen que esos muros ancestrales se desperecen y gruñan.
La presión que sentía en el interior de su cuerpo se afloja en el segundo exacto en el que el tiempo se pone en marcha para la piedra.
Astrey es consciente de cómo pasa por ella, cómo se empieza a deshacer.
Puede entrever un hueco entre la nube de polvo y tierra que se levanta y piensa: «Ya es suficiente», pero sus dedos no se abren, su cuerpo no responde, y la sonrisa que crece en sus labios no la está esbozando él.
Oye algo, voces a su espalda que apenas pasan rozándole, mientras un pánico que le es familiar se apodera de sus pensamientos.
Piensa: «Hay que parar», pero las palabras no salen de su boca, aunque quiere decirlas, quiere gritarlas. Quiere que alguien lo escuche, pero todo lo que se oye es su nombre repetido. Astrey. Astrey. Astrey, Astrey, Astrey…
Piensa: «No quiero esto».
Y un rostro aparece ante él, retorcido en una expresión de preocupación.
Elira mueve los labios, pronuncia su nombre, dice más cosas, pero el Portador apenas es consciente de nada más que del tictac del Amuleto, de la fuerza con la que su demonio exige mover ese cuerpo, de la destrucción que está a punto de causar y no quiere, de verdad que no quiere, de verdad que…
—¡¡¡Astrey, escúchame a mí!!!
La voz rompe el hechizo. Esa orden, ese ruego, llega hasta él y lo toma de la mano.
Es por ella que llega a la superficie y consigue salir a flote.
Consigue abrir los labios y tragarse una bocanada de aire, y sus dedos se abren y sueltan al fin el Amuleto para aferrarse en su lugar a los dedos que su emperatriz tiene sobre su rostro.
El suelo deja de temblar bajo sus pies.
Y, a cambio, todo en lo que creía empieza a derrumbarse a su alrededor.